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Violencia, medios de comunicación y privatización de la vida social

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Miércoles 9 de julio de 2008, por ediciones simbioticas


No es fácil definir qué es la violencia. Lo que sí se puede sostener es que ahí donde alcanza cuotas elevadas, como sucede en sociedades como la salvadoreña, se convierte en un acicate para la privatización de la vida social. Dicho lo anterior, conviene señalar que la violencia se puede concretar (y de hecho se concreta) en dos contextos sociales bien delimitados: un contexto o ámbito privado y un contexto o ámbito público. Toda la gama de relaciones sociales violentas que se generan en el seno familiar, escolar o laboral pertenece a una violencia que se ejerce en un espacio privado. Por su parte, toda la gama de relaciones sociales violentas que se generan en calles, avenidas, plazas y estadios —en fin, las múltiples formas de la violencia urbana— son propias de una violencia que se ejerce en un espacio público, entendiendo por tal la esfera en la cual los individuos no sólo interactúan con los "Otros", sino en la que se convierten en ciudadanos.

Ambos tipos de violencia —la que se ejerce en el ámbito privado y la que se ejerce en el ámbito público— han dado pie a las más diversas investigaciones y reflexiones desde la sociología, la economía y la criminología. Sin embargo, aunque la violencia que se ejerce en el espacio privado es sumamente grave y dolorosa para las víctimas, es la que se ejerce en el espacio público la que más ha llamado la atención no sólo de analistas e investigadores, sino de periodistas, comentaristas, fotoperiodistas y editorialistas de los medios de comunicación. Es sobre esta violencia que los medios de comunicación hacen su labor de lectura y relectura; es esta violencia, junto al espacio público en el cual se ejerce, la que es recreada y representada por los medios para los ciudadanos, cuyas experiencias reales de violencia son filtradas (leídas e interpretadas) a la luz de la lectura e interpretación mediáticas.

Las razones por las cuales la violencia que se ejerce en el espacio público es la que más eco tiene en los medios de comunicación son múltiples y complejas. Sin embargo, destacan cuatro: primero, su misma publicidad, es decir, el estar a la vista de terceros, lo cual impide que sea una experiencia exclusiva de sus agentes y victimas directos; segundo, su facilidad para ser tratada como información, esto es, como un hecho que puede ser comunicado a otros con el respaldo de unas pruebas mínimas; tercero, la facilidad con la que sus víctimas y victimarios se convierten en actores anónimos —en gentío, como diría Carlos Monsiváis—, con lo cual es fácil reducirla a cifra, a número, diluyendo (u obviando) el drama individual de quienes se ven involucrados en ella; cuarto, su mayor brutalidad y gravedad, que facilita el uso mediático de ella, no sólo en el plano de las imágenes —lo cual es obvio—, sino también en el plano de los énfasis interpretativos (por ejemplo, dando pie a la formulación de hipótesis sobre los motivos de los victimarios o sobre su identidad) que van más allá del hecho mismo de violencia del cual se pretende informar a los ciudadanos.

Asimismo, la violencia que se ejerce en el espacio público obliga a los ciudadanos a refugiarse en el ámbito privado, donde prolifera otro tipo de violencia, oculta a la vista de todos, salvo de sus víctimas y victimarios directos. Es decir, la violencia que se ejerce en el espacio público es un aliciente para la privatización de la vida social, para la retirada de los ciudadanos de plazas, parques, calles y avenidas, y para su atrincheramiento en esos refugios amurallados, con gruesos muros y barrotes a su alrededor, que son las casas y residencias de la mayoría de ciudades latinoamericanas. La violencia real —cuya magnitud se ve reflejada en las estadísticas de criminalidad— obliga a los ciudadanos a hacer del espacio público un mero lugar de paso, cuando no de huida, lo cual depende de cuán fuerte sea en el mismo la violencia y cuán "señalizado" haya sido el mismo como lugar de violencia por los medios de comunicación. Porque también contribuye a este abandono del espacio público la violencia recreada por los medios de comunicación —cuya magnitud y gravedad se ve reflejada en el discurso e imágenes mediáticas—, es decir, la violencia en su dimensión simbólica.

La violencia real y su recreación en los medios de comunicación reafirman en los ciudadanos la convicción de que la calle está llena de peligros y que, como contrapartida, el ámbito de mayor seguridad es el privado, preferentemente el espacio familiar, donde, gracias a la tecnología —VHS, DVD, Internet, la televisión por cable—, se puede estar en contacto con el mundo exterior, sin los riesgos que suponen las relaciones con los "Otros", esos peligrosos desconocidos que pueden ser ladrones, carteristas, violadores, drogadictos o simples agresores de sus semejantes. Abandonar el espacio público supone dejarlo en manos de esos "Otros", criminales reales o ficticios; supone cederles una cuota inalienable de la propia libertad y de los propios derechos —el derecho a tener una vida pública y a gozar de los bienes públicos—; es decir, significa renunciar a la propia ciudadanía, porque esta no puede concretarse si no es en el espacio público.

Dicho de otra forma, cuando los miembros de una sociedad abandonan el espacio público, no sólo contribuyen a la destrucción de éste —que de espacio de todos, pasa a convertirse en espacio de unos pocos: los criminales reales o virtuales—, sino que renuncian a su ciudadanía. Se asiste a la desnaturalización de la función social del espacio público que, en cierta medida, se convierte en una función privada: servir de nicho para individuos y grupos particulares que se lo apropian como su lugar de reproducción material y social. Asistimos también a un grave proceso de debilitamiento de la ciudadanía, en la medida en que sectores importantes de la población ceden, movidos por el miedo, el espacio público a otros individuos y grupos.

En esta autoexclusión juega un papel inobjetable la violencia real, pero también juega un papel no menos inobjetable la recreación simbólica de la violencia que hacen los medios de comunicación: la primera está fechada y situada; la segunda, no tiene fecha ni lugar, porque puede ser vista y reproducida según sean las necesidades mediáticas. Su impacto social es de mayor amplitud: todos, no sólo los que estuvieron en el lugar y el momento en que sucedió el hecho violento, pueden verlo, comentarlo y hacerlo saber a otros, tantas veces como la televisión o los periódicos lo recreen visual y discursivamente.

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