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Nada es tan desalentador como un esclavo satisfecho. Cartas desde la prisión. Ricardo Flores Magón
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Tesis sobre el nuevo fascismo europeo

Redacción colectiva Luogo Comune

Domingo 4 de diciembre de 2005, por ediciones simbioticas


1. El fascismo europeo de finales de siglo es el hermano gemelo, o bien el "doble" terrorífico de las más radicales instancias de libertad y de comunidad que se entreabren en la crisis de la sociedad del trabajo. Es la caricatura maligna de lo que podrían hacer hombres y mujeres en la época de la comunicación generalizada, cuando el saber y el pensamiento se presentan nítidamente como un bien común. Es la transformación en pesadilla de aquello que Marx llamaba el "sueño de una cosa".

El fascismo posmoderno no arraiga en las habitaciones cerradas del Ministerio del Interior, sino en el caleidoscopio de las formas de vida metropolitanas. No se desarrolla en el ámbito siempre temible de los aparatos institucionales, sino que concierne a aquello que sería más digno de esperanza: los comportamientos colectivos que se sustraen a la representación política. No es un feroz agarradero del poder constituido, sino la configuración eventual del "contrapoder" popular. Puede convertirse en un rasgo fisionómico por parte de las clases subalternas, en el modo en que éstas exorcicen y al mismo tiempo confirmen su propio carácter subalterno. En pocas palabras, el nuevo fascismo se dibuja como guerra civil en el seno de un trabajo asalariado arrollado por la tempestad tecnológica y ética del posfordismo. Toca de cerca a la intelectualidad de masa, a los impulsos autonomistas y desestatalizadores, a las "singularidades cualesquiera", a los ciudadanos avispados de la sociedad del espectáculo.

Frente al fascismo, la izquierda ha tendido a marcar una distancia infranqueable, cuando no incluso una diferencia antropológica: ahora, en cambio, se trata de reconocer su naturaleza de espejo deformante. O sea, su proximidad a las experiencias productivas y culturales de las que parte también la política revolucionaria. Sólo un gesto de acercamiento puede predisponer antídotos adecuados. Mirar a la cara al hermano gemelo significa colocar la propia praxis en un estado de excepción en el que el curso más prometedor siempre está a punto de bifurcarse en catástrofe.

2. El fascismo europeo de finales de siglo es una respuesta patológica al progresivo desplazamiento extraestatal de la soberanía y a la evidente obsolescencia que en lo sucesivo caracteriza al trabajo sometido a un patrón. Ya sólo por estos motivos, está en las antípodas del fascismo histórico. Cualquier eco o analogía sugerida por el término sólo lleva a confusión. No obstante, el uso del término es oportuno: oportuno para señalar, hoy como en los años veinte, un fenómeno esencialmente diferente de una inclinación conservadora, iliberal, represiva por parte de los gobiernos. Para señalar, precisamente, a un "hermano gemelo" robusto y espantoso.

3. A veces se ha designado la metamorfosis de los sistemas sociales en Occidente, durante los años treinta, con una expresión tan perspicua como aparentemente paradójica: socialismo del capital. Con ella se alude al papel determinante que asume el Estado en el ciclo económico, al final del laissez-faire liberal, a los procesos de centralización y planificación conducidos por la industria pública, a las políticas de pleno empleo, al exordio del Welfare. La réplica capitalista a la revolución de Octubre y a la crisis del 29 fue una gigantesca socialización (o mejor dicho, estatalización) de las relaciones de producción. Por decirlo con Marx, se dio "una superación de la propiedad privada en el propio terreno de la propiedad privada".

Como sabemos, el fascismo histórico representó una variante o una articulación del "socialismo del capital". Hiperestatalismo, militarización del trabajo que no se distingue de su exaltación, apoyo público a la demanda efectiva, fordismo político (es decir, trasladado a forma de gobierno): son estos algunos de sus rasgos importantes. El modelo elaborado por Lord Keynes tuvo una realización práctica no sólo en el New Deal roosveltiano, sino también en la política económica del Tercer Reich.

La metamorfosis de los sistemas sociales en Occidente, durante los años ochenta y noventa, puede sintetizarse del modo más pertinente con la expresión: comunismo del capital. Esto significa que la iniciativa capitalista orquesta a su favor precisamente las condiciones materiales y culturales que asegurarían un sereno realismo a la perspectiva comunista. Pensemos en los objetivos que constituyen la "sustancia de las cosas esperadas" de los revolucionarios modernos: abolición del escándalo intolerable que es la persistencia del trabajo asalariado; extinción del Estado como industria de la coerción y "monopolio de la decisión política"; valorización de todo lo que hace irrepetible la vida del individuo. Pues bien, en el curso de la última década se ha puesto en escena una interpretación capciosa y terrible de esos mismos objetivos. En primer lugar: la irreversible contracción del tiempo de trabajo socialmente necesario ha ido pareja al aumento del horario para quien está "dentro" y de la marginación para quien se queda "fuera". También, y en especial, cuando es exprimido por las horas extraordinarias, el conjunto de los trabajadores dependientes se presenta como "superpoblación" o "ejército industrial de reserva". En segundo lugar, la crisis radical, o incluso la disgregación, de los Estados nacionales se explica como reproducción en miniatura, como cajas chinas, de la forma-Estado. En tercer lugar, tras la caída de un "equivalente universal" capaz de una vigencia efectiva asistimos a un culto fetichista de las diferencias: sólo que éstas últimas, reivindicando un subrepticio fundamento substancial, dan lugar a todo tipo de jerarquías vejatorias y discriminadoras. El fascismo europeo de finales de siglo se nutre del "comunismo del capital". Juega la partida en el confín incierto entre trabajo y no-trabajo, organiza a su manera el tiempo social excedente, secunda la proliferación cancerosa de la forma-Estado, ofrece refugios variables a la ausencia de pertenencia y el desarraigo que surgen del vivir la condición estructural de "superpoblación", escande "diferencias" lábiles y sin embargo amenazadoras.

4. Max Horkheimer, en su estudio de 1942 sobre el Estado autoritario, determina la base material del fascismo en la destrucción sistemática de la esfera de la circulación en tanto ámbito de la Liberté y de la Égalité. La concentración del proceso productivo por parte de los monopolios desautoriza, según Horkheimer, la apariencia de un "intercambio justo" entre sujetos paritarios en que se basa la igualdad jurídica y todo el "Edén de los derechos" burgués. Con la degradación de la libre competencia se desmorona la libertad tout court. El despotismo del régimen de fábrica, lejos de permanecer como una verdad oculta e impresentable, pasa al primer plano, pone a su servicio teatralmente el ámbito de la circulación, se convierte en modelo institucional, se afirma como auténtico nomos de la tierra. Los módulos operativos de la producción de masa irrumpen en la política y en la organización del Estado. Los procedimientos basados en el consenso (cuyo modelo es el intercambio de equivalentes) dan paso a procedimientos prescriptivos de carácter técnico, suministrados por las conexiones concretas del proceso de trabajo.

En la posguerra, el antifascismo toma acta de las condiciones materiales que habían determinado el naufragio de los regímenes liberales. En consecuencia, para no dejarse burlar por las palabras, concibe la democracia en primer lugar como democracia industrial. Titulares de la ciudadanía no son ya los individuos atomizados que interaccionan en el mercado, sino los productores. Identidad trabajista e identidad democrática tienden a coincidir. El individuo es representado en el trabajo, el trabajo en el Estado: ese es el proyecto global, ya sea realizado o relegado en el tiempo, pero en todo caso dotado de dignidad constitucional. El ocaso de la Primera república italiana no se distingue de la conflagración de ese proyecto, de la desaparición de sus propios fundamentos. Y sobre los escombros de la democracia industrial se deja ver la silhouette del fascismo posmoderno.

El peso sólo residual del tiempo de trabajo en la producción de la riqueza, el papel determinante que en ella desempeñan el saber abstracto y la comunicación lingüística, el hecho de que los procesos de socialización tengan su propio baricentro fuera de la fábrica y de la oficina, el civilizado desprecio hacia cualquier reedición de la "ética del trabajo", todo ello y más cosas aún hacen políticamente irrepresentable a la fuerza de trabajo posfordista. Si tal irrepresentabilidad no se hace un principio positivo, un eje constitucional, un elemento definitorio de la democracia, aquella, como mero "ya no", puede determinar las condiciones para una drástica restricción de las libertades.

El fascismo posmoderno hunde sus raíces en la destrucción de la esfera laboral como ámbito privilegiado de la socialización y lugar de adquisición de la identidad política.

5. Marx decía: la fuerza de trabajo no puede perder sus cualidades de no capital, de virtual "negación del capital", sin dejar de constituir al instante la levadura del proceso de acumulación. Hoy habría que decir: la fuerza de trabajo posfordista no puede perder sus cualidades de no trabajo -o sea, no puede dejar de participar en una forma de cooperación social más amplia que la cooperación productiva capitalista- sin perder al mismo tiempo sus virtudes valorizadoras. En las fábricas de la "calidad total" o en la industria cultural, es buen trabajador el que vierte en la ejecución de la propia tarea actitudes, competencias, saberes, gustos, inclinaciones maduradas en el vasto mundo, fuera del tiempo específicamente dedicado al "curro". Hoy merece el título de Stajanov quien saca provecho profesionalmente de un actuar-en-concierto que sobrepasa (y contradice) la estrecha socialidad de las "profesiones" conocidas.

La política estatal apunta a recuperar siempre desde el principio la cooperación social excedente a la cooperación laboral, imponiendo a aquella los criterios y unidades de medida de ésta. El fascismo de finales de siglo, en cambio, da una expresión directa a la "cooperación excedente": pero una expresión jerárquica, racista, despótica. Hace de la socialización extralaboral un ámbito descompuesto y bestial, predispuesto al ejercicio del dominio personal; instala en él los mitos de la autodeterminación étnica, de las raíces recuperadas, del "suelo y sangre" de supermercado; reestablece entre sus pliegues vínculos familiaristas, de secta o de clan, destinados a conseguir el disciplinamiento de los cuerpos que ya no proporciona la relación de trabajo.

El fascismo de finales de siglo es una forma de colonización bárbara de la cooperación social extralaboral. Es la parodia granguiñolesca de una política finalmente no estatal.

6. Las principales orientaciones de la cultura europea de la última década no ofrecen un antídoto, ni tampoco un indiscutible punto de resistencia al nuevo fascismo. Es más, este último distorsiona y reutiliza, en una especie de némesis ultrajante, conceptos e imágenes-del-mundo aparejados para celebrar el "fin de la historia" y de sus ritos sangrientos. En particular, el pensamiento posmoderno, que ha descrito la reducción a trabajo asalariado del saber y del lenguaje como una irrupción liberadora de las "diferencias", o como un eufórico paso del Uno a los Muchos, no puede considerarse inocente cuando es precisamente en los Muchos donde se afirman formas fascistas de microfísica del poder.

7. La crisis de la democracia representativa es interpretada, en Italia, por las Leghe y por algunas componentes de las formaciones referendarias: por tanto, por los baciabambini de la "segunda república". Son voces diversas entre sí, es más, en competencia unas con otras, pero todas hacen coincidir la descomposición de la representación (o, mejor dicho, de la representabilidad) con la restricción de la participación política y de la democracia en general. Cuidado: es cierto que no se trata de posiciones "fascistas", sino de proyectos cuya realización determina el espacio vacío, o la tierra de nadie en la que el fascismo de finales de siglo puede de hecho fortalecerse.

Hoy, el antifascismo radical consiste en concebir la crisis de la representación no ya como inevitable esclerosis de la democracia, sino, por el contrario, como la ocasión extraordinaria para su desarrollo sustancial. Dicho de otro modo, inmunizarse del "hermano gemelo" significa, hoy, elaborar y experimentar organismos de democracia no representativa. Frente a la riña furibunda entre proporcionalistas y mayoritarios (ayer), así como entre primerturnistas y segundoturnistas (mañana), parece oportuno poner sobre la mesa una pregunta de otro tenor, pero todo menos evasiva. Es esta: ¿cómo organizar los soviets de la intelectualidad de masa y de todo el trabajo posfordista? ¿Cómo articular una esfera pública radicalmente extraparlamentaria? ¿Qué instituciones democráticas -y, por esa razón precisamente, no representativas- pueden dar plena expresión política a la trama actual que forman trabajo, comunicación y saber abstracto? Preguntas de cierta urgencia, como demuestra el pequeño Tiennanmen que el pasado otoño ha empezado a pagar las cuentas al sindicato de Estado.

Notas

Publicado en la revista romana Luogo Comune, año III, nº 4, junio de 1993. Luogo Comune es un proyecto de organización del pensamiento crítico (ya clausurado) que durante unos años ha reunido a diversos "inasimilables" del mundo militante y académico italiano. Entre sus colaboradores cuenta con participantes en la experiencia de la autonomía obrera en los años setenta -es el caso del filosofo Paolo Virno, o de Franco Berardi, Bifo, de Franco Piperno, entre otros así como de bichos raros del pensamiento italiano -entre el pensiero debole y el hegelianismo barato- es el caso de Giorgio Agamben o de Augusto Illuminati. El texto que presentamos no va firmado pero responde a una redaccion colectiva de los colaboradores de la revista. (N. de la pantera)

En el ámbito de la relación salarial, podemos llamar posfordismo al proceso que, a partir de la mitad de los años setenta, invierte la secuencia keynesiana demanda/produccion/empleo mediante la cual dice que los beneficios de hoy hacen las inversiones de mañana y el empleo de pasado mañana. Es la lógica de base de las llamadas políticas de desinflación competitiva, tanto en su versión de derecha como en la socialliberal, con la salvedad de que lo que para una constituye una condición estratégica para reestablecer los mecanismos flexibles de la regulación competitiva de la relación salarial, no representa para la otra más que una medicina necesaria y transitoria, dictada por las constricciones objetivas de la mundialización. En el plano de los procesos productivos y de las formas de mando sobre la cooperación social, el posfordismo remite de modo general a la informatización de lo social, la automatización en las fábricas, el trabajo difuso, la hegemonía creciente del trabajo inmaterial y del llamado terciario (comunicativo, cognitivo y científico, performativo, afectivo), la mundialización en acto de los procesos productivos. El posfordismo es, siempre, crisis, su genealogía no nos lleva al agotamiento técnico de un régimen de acumulación, sino al cuestionamiento de las propias bases de control de la relación salarial y de subordinación del trabajo vivo al trabajo muerto, del capital variable al capital fijo. La crisis es una crisis social, que corresponde al desarrollo de un sujeto colectivo que se ha negado como fuerza de trabajo y como consumidor masificado, vaciado de toda cualidad y toda existencia autónoma, salvo en su integración en el capital. Hay una continuidad que une la microconflictividad, el absentismo sistematico, el sabotaje (el rechazo del trabajo en la cadena), al deseo general de promoción social (lucha por la escolarización de masa) y de valorización de las capacidades como medios de reapropiación de los mecanismos sociales de la producción y la reproducción. (N. de la pantera)

Intelectualidad de masa es un intento, siempre prospectivo, de definir al proletariado posfordista. Este se ve constituido por una masa obrera reestructurada por los procesos de producción informatizados y automatizados, procesos gestionados de manera centralizada por un proletariado intelectual cada vez más numeroso y cada vez más metido en el trabajo en la informática, la comunicación, la formación, subtendido y constituido por la imbricación permanente de la actividad técnico-científica y del duro esfuerzo de la producción de las mercancías, por el empresariado de las redes en que se manifiesta esa imbricación, por la combinación cada vez más íntima y la recomposición del tiempo de trabajo y de las formas de vida. En la subsunción (inclusión y sometimiento) científica del trabajo productivo, en la abstracción y la socialización crecientes de la producción, la fuerza de trabajo posfordista es cada vez más cooperante y autónoma. El propio desarrollo de la productividad da al proletariado una independencia máxima en tanto base intelectual y cooperativa, en tanto empresariado económico. Ahora bien, es un error comprender solamente o sobre todo la intelectualidad de masa como un conjunto de funciones: informatic@s, investigador@s, emplead@s de la industria cultural, etc. Con esa expresión se designa más bien una cualidad y un signo distintivo de toda la fuerza de trabajo social de la época posfordista, allí donde se ha puesto a trabajar al lenguaje mismo, donde se ha convertido en trabajo asalariado. La intelectualidad de masa son l@s nuev@s contratad@s de la gran fábrica automovilística, escolarizad@s y ya socializad@s antes de entrar al taller; l@s estudiantes que, bloqueando las universidades, vuelven a poner en tela de juicio la forma misma de las fuerzas productivas con una voluntad de experimentación y de construcción; l@s inmigrantes, para quienes la lucha por el salario nunca es separable de una confrontación, incluso de fricciones, entre las lenguas, las formas de vida, los modelos éticos. La intelectualidad de masa se ve en el centro de una paradoja bastante instructiva. Podemos señalar sus principales características sobre todo a nivel de los hábitos metropolitanos, de los usos del lenguaje, del consumo cultural. No obstante, precisamente cuando la producción ya no parece ofrecer una identidad, se proyecta sobre cualquier aspecto de la experiencia, sometiendo entonces a su cargo las competencias comunicativas, las inclinaciones éticas, los matices de la subjetividad. (N. de la pantera)

Singularidad cualquiera es el concepto que Giorgio Agamben propone para pensar una comunidad venidera. Cualquiera es la figura de la singularidad pura. La singularidad cualquiera no tiene identidad, no se determina en relación a un concepto, pero no por ello es simplemente indeterminada; más bien es determinada únicamente a través de su relación con una idea, es decir, con la totalidad de sus posibilidades. Lo que lo cualquiera añade a la singularidad no es más que un vacío, un límite; lo cualquiera es una singularidad más un espacio vacío, una singularidad finita y, no obstante, indeterminable en función de un concepto. Pero una singularidad más un espacio vacío no puede ser más que una exterioridad pura, una pura exposición. En este sentido, cualquiera es el acontecimiento de un afuera. ¿Cuál puede ser la política de la singularidad cualquiera o, dicho de otra manera, de un ser cuya comunidad no se ve mediatizada ni por una condición de pertenencia (ser roj@, madrileñ@, comunista) ni por la ausencia de toda condición de pertenencia, sino por la pertenencia misma? La novedad de la política que se anuncia es que ya no será una lucha por la conquista o el control del Estado, sino una lucha entre el Estado y el no-Estado (la humanidad), disyunción irremediable entre las singularidades cualesquiera y la organización estatal. Esto no tiene nada que ver con la simple reivindicación de lo social contra el Estado. Las singularidades cualesquiera no pueden formar una societas porque no disponen de ninguna identidad que pudieran hacer valer, de ningún lazo de pertenencia que podrían hacer reconocer. La singularidad cualquiera, que quiere apropiarse de la pertenencia misma, de su propio ser en el lenguaje y rechaza, entonces, toda identidad y toda condición de pertenencia es, entonces, el principal enemigo del Estado. (N. de la pantera)

El fordismo como proceso de modificación de la relación salarial y productiva y reproductiva fue el producto complejo y progresivo de las luchas de la clase obrera americana. El modelo de la gran firma y el oligopolio concentrado, por encima de las determinaciones económicas (los mercados de masa y la economías de escala), se forjó a finales del siglo pasado para responder a la desestructuración de las reglas de la competencia del mercado de trabajo determinada por el movimiento de los "Caballeros del trabajo". De hecho, los principios de la OCT (organización científica del trabajo) se definieron durante esta misma época, mucho antes del desarrollo de la producción de masa, con el fin de privar al "obrero profesional" de su savoir-faire, en el que descansaban su autosuficiencia productiva y el proyecto político autogestionario (cuyo equivalente en Europa fue el movimiento de los "consejos" a finales de la segunda década de este siglo). El "cronómetro" y, a continuación, la cadena de montaje determinaron un formidable proceso de abstracción del trabajo. La instalación de una articulación funcional entre las normas de producción y las del consumo de masa es, igual-mente, el resultado del primer gran ciclo de luchas del obrero-masa, los wobblies (formas de sabotaje) de los IWW (Industrial Workers of the World). El origen del Five Dollars Day, introducido por H. Ford, no hay que buscarlo en las nuevas condiciones técnico-económicas de la producción en serie, sino en el rechazo obrero de la cadena. De manera aún más decisiva, el New Deal, con su esfuerzo de integración estable de esta figura obrera en los mecanismos de negociación colectiva y del consumo de masa es el resultado del antagonismo obrero. Sólo a posteriori y a tientas en cada momento, esa lógica de la conflictividad puede considerarse como la articulación de un conjunto de principios técnico-económicos y de compromisos institucionales. Las diferentes configuraciones de la relación salarial explican la diversidad de las trayectorias nacionales en el crecimiento y la crisis del fordismo. (N. de la pantera)

Tout court: "A secas" (N. de la pantera)

En griego clásico, nomos significa: "uso, costumbre, orden, fundamento, derecho, regla, norma." En este caso, nomos remite a una normatividad, un derecho basado en entidades como raza, nación, estirpe. sangre (sea, por ejemplo, el citado «sangre y suelo» nacionalsocialista, pero también, desde luego, módulos de identidad nacional de carácter a la vez religioso y territorial, sin ir más lejos el siempre pestilente nacionalismo español). El nomos se opone, aunque no puede hablarse de una oposición absoluta- cara a l@s amateurs del Estado de Derecho, a una normatividad positiva, histórica y/o social, que alterna y combina genealogía con formalismo, procedimiento con sobredeterminación oportuna, apertura con cierre transcendente. No en vano, hasta cierto punto hoy podríamos hablar, en determinados casos y usos, de la práctica estatal de los Derechos Humanos como la postulación de un nomos que se remite al Territorio insondable del Hombre o de la Persona humana contra la productividad ética y normativa de n

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