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Sostenibilidad y cultura: una visión desde lo local

Jueves 4 de junio de 2009, por José Ramón I. Alba


«...para que una comunidad goce de un bienestar sostenible debe ejercer su derecho a la autonomía cultural y a diseñar las prioridades para sus practicas expresivas y creativas, sean esta públicas o privadas, individuales o colectivas. En este sentido, podemos definir a una colectividad humana como sustentable mientras sea capaz de desarrollar en sus propios términos un entorno cultural que le permita identificarse, utilizar códigos comunes de estructuración simbólica y producir autónomamente nuevos lenguajes… Proyecto ICSI. Informe sobre cultura y Sustentabilidad en Iberoamérica. oei.es»

La escenografía social en la que hoy representamos la vida cotidiana está dominada por un hipercapitalismo (Baudrillard, Lipovetsky) de autorrepresentación indefinida en la que el capital ha transcendido su inicial misión de producir nuevas mercancías: se ha especializado en la producción de imágenes y signos. Las sociedades hipercapitalistas producen un escenario de simulación que enmascara la carencia de una realidad profunda.

Y la cultura no escapa de este panorama en el que todo fluye bajo la lógica del valor-uso, del valor-consumo, del valor-signo como mucho. Porque hoy todo es producido (la cultura también), todo circula aunque sea carente de sentido (la cultura también), todo es inducido por una tecno-estructura mundial que tiende a difuminar los contornos para reducir el objeto a una mancha desenfocada (la cultura también), a un objeto de deseo con valor de mercancía (todo es deseado y abandonado en un lapso infinitesimal de tiempo) a un simulacro que enmascara la realidad, la necesidad elemental. O lo que es peor, logra un efecto de invisibilidad por saturación: todo es cultura. Un efecto hipertélico en el que el exceso de desarrollo logra anular la función. Cuando todo es cultura nada es cultura.

La apariencia consigue su objetivo: todo es “como si”. Mientras tanto el flujo y reflujo de los simulacros componen un efecto de realidad hasta que nos preguntamos si existe la sostenibilidad cultural en el ámbito macro, en el contexto transpolítico. Por una razón muy simple: desligada la cultura de su función social, política, comunitaria, subversiva… ya no es más que una apariencia, una mercancía hipercapitalista en la que, simplemente, el concepto sostenibilidad es nada, nada de nada, a lo sumo un trampantojo: la expresión de los valores de la mercancía. Porque cuando se crea una esfera artificial - transeconómica - de la cultura es cuando los escenarios capitalistas deben también crear procedimientos de simulación con aires de sostenibilidad. Sólo si creamos anomalías deberemos crear antídotos.

Entonces ¿de qué hablamos cuando decimos sostenibilidad? Puede que este término no sea sino una simulación más (simular y disimular son dos de las grandes estrategias de la confusión), un intento de enmascaramiento. Una seducción fría que pone en suspenso, en suspenso profiláctico, la regla (el orden simbólico) y la ley (el orden de lo real), un suspenso en el que se pueden confundir las acciones más de insolentes.

El concepto de sostenibilidad se hunde desde esta perspectiva y podemos afirmar con rotundidad que nada puede ser sostenible desde los principios y valores del capital. Nada, y la cultura no puede librarse de esta realidad ya que asistimos a un modelo de desarrollo muy definido: producción de mercancías como cultura y producción de cultura como mercancía. La imposibilidad de lo sostenible esta servida.

En este escenario la relación entre cultura y desarrollo esta llena de complejidades. Aunque bien es cierto que se han dado grandes pasos, gran parte de los poderes actuales siguen estando dominados por las consideraciones de desarrollo desde las ópticas económicas y economicistas más radicales. En realidad la situación global que nos invade (me cuesta enormemente llamarla crisis ya que esta nos lleva únicamente a términos exclusivamente financieros) proviene de una auténtica desestructuración de valores, de la preponderancia exclusiva de un capitalismo radical que prima, aunque de forma bien solapada y disimulada (este es el peligro) la explotación en cualquiera de sus sentidos. Esta desestructuración unida a unos procesos de aniquilación de la conciencia critica en los ciudadanos (la trampa del bienestar, la felicidad secuestrada) ha conseguido anular el carácter estructurado de la cultura hasta convertirla en una mercancía más del sistema global. Aún más, la aculturación de los pueblos ha conseguido una desestabilización muy práctica para el poder: un auténtico aislamiento de los caracteres culturales básicos, una ruptura de los símbolos como estrategia de estructuración social hasta convertirlos en unidades mínimas de consumo alegórico y fundamentadas sobre cuatro consignas sencillas y fáciles de digerir. ¿Es posible una sostenibilidad desde estos parámetros uniformizadores?

Sin embargo no dejamos de oír afirmaciones que sostienen que la cultura gana cada vez más relevancia en los procesos de formulación de políticas públicas, que es tomada como un componente transversal. ¿Es cierto? El problema realmente grave es que las políticas culturales todavía no han logrado consolidarse realmente como políticas públicas con peso propio, de hecho en el mejor de los casos son usadas como maquillaje para el desarrollo de otros intereses mercantiles ¿Qué son las industrias culturales? ¿Qué es el turismo cultural?

En este escenario debemos preguntarnos cómo fortalecemos la cultura desde los gobiernos locales. y ahí es donde creo que debemos apostar como primera medida por la organización que sostiene la cultura local. Este seria un buen principio. Porque, ¿existen verdaderos profesionales de la cultura dentro de las administraciones? Evidentemente contamos con excelentes historiadores, arqueólogos, antropólogos, programadores, gerentes… que desempeñan su labor desde una profesionalidad incuestionable. Pero carecemos dentro de las administraciones de teóricos de la cultura que sepan amalgamar esos saberes en la búsqueda de un objetivo de desarrollo general y sistémico. Se echa de menos la investigación, la estrategia, la visión prospectiva, la racionalización filosófica. Esto y que parece que vamos olvidando los ejes teóricos que fundamentan la visión actual de la cultura:

* El enfoque fenomenológico-hermenéutico que orienta su alcance hacia el significado y la interpretación (Berger)

* La antropología cultural que lo hace hacia la simbolización (Douglas)

* El neoestructuralismo que la hace girar en torno a los discursos (Derrida)

* El neomarxismo que busca procesos de comunicación e ideológicos (Habermas)

Una dificultad que parte de la falta de formación, en general, políticos y técnicos incluidos, acerca de las teorías contemporáneas de la cultura. Digamos que estamos en un momento de generación de espectáculos culturales, de producción cultural de consumo, de generación de públicos pasivos y que todavía limitamos la investigación y aplicación de teorías de la cultura. Asistimos todavía a un paradigma funcionalista olvidándonos de una cultura, en términos de García Canclini, como elemento de producción, circulación y consumo de significados. La cultura no se debe limitar a montar exposiciones y conciertos como la sanidad no se limita a la administración de fármacos

Desde esta perspectiva podemos decir sin duda que el organismo (cultura) cede trascendencia a los órganos (acciones) y cada uno de ellos es una prolongación diferenciada del cuerpo que actúa en realidad como una prótesis. La cultura ya no es una totalidad. Se ha anulado cualquier tipo de diálogo entre las partes, se ha establecido una parcelación protésica de intereses y objetivos en la que cada miembro se abstraes del todo.

Al hilo: es extremadamente urgente traspasar los modelos de producción orientados hacia un consumo pasivo, orientados al mero entretenimiento y recuperar el aspecto transformador de la cultura. Superar la domesticación a la que ha sido abocada mientras se ha ido acercando a las consideraciones neoliberales poniéndola al mismo nivel de explotación capitalista que al resto de las mercancías. Esta apropiación de los discursos de la cultura (contagiado por cierto y con gran eficacia a todos los implicados en el “negocio” de la cultura, incluso a los más concienciados) ha llevado a considerar la dimensión cultural, con mayúscula, de las ciudades como un mero adorno. Profundizar en los aspectos de cultura de proximidad, de cultura de participación, de sociocultura, de cultura de las culturas… es simplemente ignorado y protegido por un proyecto claro y agresivo para mantener una cultura del escaparte, del espectáculo (Debord). Esto es lo que debilita verdaderamente la consideración de la cultura como el cuarto pilar de sostenibilidad.

Por ello la sostenibilidad de la cultura nunca será posible si ésta es considerada como una mercancía, como un producto de regeneración financiera de las ciudades, como un artículo de especulación de las industrias culturales, como un entramado de poder de las civilizaciones dominantes, como un elemento de domesticación y uniformización de valores, como un objeto para el letargo, como una inversión de rentabilidad y lucro.

Quizá haya que decir que la sostenibilidad de la cultura comienza desde dentro, desde muy cerca, desde lo local, desde las mismas organizaciones públicas que la mantienen, con el refuerzo de su potencial social. Quizá deberemos considerar que no hay sostenibilidad de la cultura sin una cultura de la sostenibilidad y que esta nace desde los mínimos espacios.

SOSTENIBILIDAD Y CONOCIMIENTO

Por eso mismo quiero afirmar (quiero creer a pesar de lo que veo) que la única base sobre la que puede apoyarse una sostenibilidad real para la cultura local es el conocimiento, un conocimiento que tiene que permear entre todas las capas de la organización, entre todas las capas de la sociedad para destilar su néctar al ciudadano. Si la misión de la cultura es curarnos de la ceguera que nos invade la maniobra es clara: relacionar conocimiento y razón, una relación que debe de ser el fundamento y referencia para la construcción continua de la realidad, para la construcción continua de cultura..

Sin embargo el conocimiento no tiene demasiado prestigio en este tiempo: no tiene sentido práctico. Y si logra alguna influencia es porque esta orientado hacia la producción: la producción de eventos, la producción de espectáculos, la producción de ceremonias para la diversión. No en vano este conocimiento también ha sido incluido en las necesidades de mercantilización. La reflexión ha perdido gloria. Todo se orienta hacia el “progreso económico” sin tener en cuenta que la implicación de desarrollo social es tan importante o más para el sostenimiento integral de cualquier sociedad y que ese sostenimiento pasa inapelablemente por una salud cultural fuerte. Lo peor es que el ciudadano ha caído en la trampa. Por eso, y vistos los comportamientos cotidianos y la talentuda oferta televisiva (y de determinadas mal llamadas industrias culturales) que día tras día se ofrece y consume me cuesta mucho ser optimista sobre el aumento adecuado del nivel cultural de nuestras sociedades. En realidad más bien parece que asistimos a un momento en el que la ignorancia es aplaudida. La cultura tiene una seria competencia: el entretenimiento predigerido, el espectáculo vacío, la ceremonia narcótica.

Pero no nos engañemos y asumamos nuestra responsabilidad en todo este “desastre”. Hemos jugado, hemos coqueteado con el poder mediático y hemos hecho de la cultura, desde los gobiernos locales, un fasto más para mayor gloria de la autoridad. Nos hemos apartado del sentido profundo de la cultura y hemos abrazado las referencias de una hipermodernidad capitalizada. Y desde esta cultura escaparatista estamos colaborando en la creación de una sociedad orientada hacia la “ignorancia orgullosa” y sustentada sobre una total ausencia de crítica y reflexión, sobre una extremada ausencia de compromiso colectivo, de responsabilidad individual. Y, hablo siempre considerando honrosas excepciones, la cultura local esta fuertemente asociada, consciente o inconscientemente, con los recursos hipercapitalistas, con las estrategias para la creación de ciudadanos agradecidos por el pan y entretenidos por el circo.

Como sociedades nos estamos convirtiendo, cada vez más, en sociedades ignorantes, en sociedades “satisfechas” en las que el esfuerzo intelectual, de la razón, no tiene cabida. ¿Podemos asumir una ciudad, un ciudadano, que desprecia, que ignora a lo sumo, la cultura? ¿Qué sociedad podemos construir sin un ciudadano culto, crítico? Insisto aunque parezca algo sombrío: arrinconando el carácter social de la cultura hemos colaborado para generar una sociedad ignorante acostumbrada al ocio pasivo y orientada hacia una dejadez intelectual orgullosa. Una sociedad disgregada y secuestrada por la simulación del capital. Una sociedad que no piensa.

La cultura local tiene la misión de encauzar el espíritu crítico de la ciudadanía, la misión de hacerle pensar, de apoyarle en el ejercicio de la reflexión. La cultura local debe de hacerse consciente de su papel catalizador y minimizar en lo posible su tendencia a servir de amplificador de las tendencias uniformizadoras y domesticadoras que amenazar con la anulación del espíritu critico, subversivo. Es necesario retomar los “antiguos” principios de la sociocultura y fomentar ciudadanos que se enfrenten a cuestiones políticas, éticas y sociales desde la responsabilidad común. Por ello la estrategia para la sostenibilidad de cultura local debe descansar sobre la idea de creación de una sólida estructura de conocimiento que trabaje a favor de la generación de saber.

Recuperar el carácter social de la cultura. Recuperar el contenido reflexivo de la cultura. Recuperar el espíritu subversivo de la cultura. Recuperar la vocación cosmopolita de la cultura. Las mejores referencias para la sostenibilidad de la cultura local.

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