Los artistas postmodernos tienen a quien todavía pinta cuadros por un burgués que realiza obras para decorar las paredes de los biencomidos de su clase, pero ellos son mucho peores, puesto que quienes compran sus instalaciones, sus proyectos y sus happenings, no son ya siquiera particulares; quienes les compran y promocionan son bancos y multinacionales, gobiernos dominantes e industrias imperiales. El artista postmoderno es el creador del capitalismo globalizado. Mientras que el artista moderno tuvo aún una relación humana con la obra y el espectador, el postmoderno se deshumaniza, se vende por completo, se prostituye en su integridad o, lo que es lo mismo, resulta absolutamente absorbido por un sistema que se alimenta de paradojas. El artista postmoderno contra más antisistema se cree más fortalece a esas estructuras que le aplauden, premian y pagan sus ataques. Desaparecido el sujeto impera un sistema que esgrime autocríticas con el objetivo doble de generarse una buena conciencia al tiempo que proclamar su invulnerabilidad, suscitando la falsa sensación de ejercitar la autocrítica.
Sin embargo algunos artistas actuales consiguen el difícil malabarismo de la crítica desde dentro, los menos, y muchas veces no precisamente los que más se lo creen y a quienes más se premia y aplaude. Pero las excepciones confirman la regla. Quizás quede espacio para la verdadera ruptura estética y la certera crítica de lo establecido, una actividad siempre cercada por esa tensión que produce el riesgo de retroalimentar a la bestia que se combate y pasar a formar parte de las inversiones de una multinacional.
Un ejemplo de dicha tensión pudiera ser la de los casos del escultor vasco Javier Pérez y del artista madrileño Santiago Sierra, representantes oficiales de una España regida por el Partido Popular en las bienales de Venecia de 2002 y 2003 respectivamente. El primero criticó a un poder que cierra periódicos (Egin) y censura las listas de los independentistas (ilegalización de Batasuna) y el segundo, consagrado a la crítica marxiana de la mercantilización de todo lo existente, realizó en el pabellón de Venecia un recinto cerrado y tapiado con ladrillo al que para acceder había que enseñar el DNI español y en cuyo interior sólo había los deshechos de la obra, condenando manifiestamente con ello la política de inmigración de quienes le llevaban como representante oficial de la España del apartheid al evento.
La lectura oficial no pudo ser más complaciente y desinformadora: “Para participar en este importante y significativo evento el Ministerio de Asuntos Exteriores ha elegido a la comisaria Rosa Martínez, quien, a su vez, ha apostado por el artista Santiago Sierra para el Pabellón de España... Por otro lado, la obra de Santiago Sierra enlaza con la siempre actual indagación sobre los límites del arte, sobre la propia noción de lo artístico, y se sirve para ello de lenguajes arriesgados, de propuestas que cuestionan valores estéticos y morales firmemente asentados” (Decía o le habían escrito para que lo firmara, la Ministra de Asuntos Exteriores del gobierno del PP español y supernumeraria del Opus Dei, Ana Palacio, en el Prólogo del libro: Santiago Sierra. Pabellón de España. 50 bienal de Venecia. Libro con 4CD’s que podía comprarse cualquier inmigrante sin papeles por el módico precio de 50 euros). Palabrería hueca y vacía, válida para rellenar con cualesquiera contenidos. Algo muy propio de la filosofía capitalista postmoderna.
Pero lo que hace en realidad Santiago Sierra son cosas como contratar durante dos semanas a un indigente y meterle en un hueco bajo tierra, a siete dólares la hora, para la realización de unas fotografías. Pagar a 200 personas para ser teñidas de rubio, cosa que hizo en la anterior bienal de Venecia. O pagar 20 dólares a 10 personas por masturbarse frente a una cámara de vídeo. Los biencomidos con buena conciencia le califican de perverso. Pero según él mismo declara, defendiéndose acertadamente, la perversión no es suya sino que es esencial al capitalismo y se encuentra en ese hecho de la venalidad universal que supone la conversión de cualquier cosa en mercancía: “Perverso no es masturbarse, teñirse o tatuarse la piel. La perversión está en el hecho de comprar cuerpos, voluntades, tiempo”.
Hay muchos artistas e intelectuales que ya se han olvidado de que la sociedad moderna es, entre otras cosas, también la sociedad capitalista. Santiago Sierra no lo ha olvidado y su tesón, su anámnesis y el que la fama y el triunfo no le hayan hecho cambiar de chaqueta; merece todos los elogios y los más grandes respetos. Él mismo es un ejemplo, en un mundo en el que frustrados ex-marxistas están deseosos de venderse, que invalida su teoría: no todo se puede comprar y vender, y aunque se vendan las fotos que produce, al menos a Santiago Sierra, no han podido comprarlo, pues lo que dice y hace demuestra, que no se ha vendido.
simbióticas