Muchos ciudadanos deseamos una enseñanza democrática, libre, solidaria y alejada de las manipulaciones tempranas que el catolicismo lleva a cabo en las mentes infantiles con el beneplácito de las instituciones y con la financiación del Estado. Junto a la pederastia intelectual, emocional y espiritual que se realiza en las aulas católicas, existen, igualmente, otros peligros más implacables, aunque no menos desoladores, en la educación religiosa. Peligros que los padres y la sociedad deben conocer para, desde la libertad que otorga la información plena, actuar en consecuencia.
Náyade Urrero
Fuente: Diario El Plural/ Artículo de Gustavo Vidal
¿Son seguros los colegios católicos? Informe PISA de Educación, Iglesia y agresiones sexuales
Aunque el imperio de la razón prendió en las mentes ilustradas de Bartolomé Cossío, Gumersindo de Azcárate, Giner de los Ríos o Nicolás Salmerón, aquellos intentos krausistas de implantar, en España, una enseñanza crítica, laica y científica colisionaron con la colosal muralla de la intolerancia católica. Recordemos el “¡Ah!, pero ¿en España se investiga?”, frase con la que fue recibido Ramón y Cajal en la Universidad de Berlín en octubre de 1889.
Y no es necesario evocar aquella locución porque todos sabemos que las órdenes católicas han monopolizado, durante siglos, la educación en España. La consecuencia (no podía ser otra) ha sido la penuria de pensamiento crítico y de espíritu científico en un ambiente cuartelero de culto a la memoria. Y de aquella polvareda tóxica, los actuales fangos: tras el informe PISA, España suspende en enseñanza científica… ¿qué esperábamos?
A día de hoy, sea por sistema concertado o por centros privados, la enseñanza continúa, en gran parte, en manos católicas. A veces, las consecuencias son espeluznantes. Ha tenido que ser en la demócrata Nueva York donde se alerte, en forma de comic, sobre las agresiones sexuales de sacerdotes pederastas. Esta lacra, como demuestra el periodista Pepe Rodríguez, no es ocasional: “La iglesia esconde y minimiza este tremendo problema, pero no estamos ante algo puntual” (Pederastia e iglesia católica- Ediciones B).
Las primeras denuncias por abusos sexuales contra sacerdotes católicos se incoaron en los ambientes demócratas de EEUU. Más de cuatro mil religiosos fueron acusados. Los medios que destaparon esta cazuela podrida, acusaron a la iglesia católica de silenciar estos delitos y encubrir a los autores.
Según los estudios de Barbagli-Santoro (1995) y Barbagli-Colombo (1996) la “cifra negra de criminalidad” en las agresiones sexuales es muy elevada. Por “cifra negra de criminalidad”, la criminología entiende los delitos no denunciados. A diferencia de los robos a vehículos que son denunciados casi todos para cobrar el seguro, en los delitos de índole sexual sólo se denuncia una pequeña parte. Aún así, son miles las denuncias, en todo el mundo, contra religiosos católicos. Esto nos aboca a deducir que los abusos sexuales de sacerdotes a menores son muy numerosos y cualquier cosa menos esporádicos.
Como una flor en mitad de un vertedero, el claretiano español, Aquilino Bocos, declaraba al semanario católico “Vida Nueva” que la iglesia ha sido “remisa” a la hora de “condenar, aplicar medidas eficaces e impedir que se puedan repetir” los abusos sexuales y que siguió una política de “silencio y ocultación de los hechos”.
Por ello, puede arrastrarnos a hervir de ira la carta de Joseph Ratzinger, en mayo de 2001, a todos los obispos católicos. El ahora Papa amenazaba con excomunión a quien denunciara estos abusos a la policía; antes debía concluir la iglesia sus “investigaciones particulares”. Asimismo establecía que los casos de abuso sexual a niños estaban sujetos a “secreto pontificio”. No pocos autores han execrado la política vaticana de ocultar estos delitos a las autoridades y limitarse a trasladar de diócesis al religioso pederasta.
Por todo lo expuesto, los responsables de la Conferencia Episcopal deben explicar, sin encubrimiento de ningún tipo ni “reserva moral” alguna, todo lo que sepan sobre abusos sexuales en sus diócesis y centros de enseñanza. Sorprende la rapidez eléctrica de la iglesia para arremeter contra la ampliación de derechos a algunos colectivos y la ralentización jurásica ante la lacra de los abusos sexuales a menores.
Hasta que los responsables eclesiásticos actúen con firmeza (es decir, desenmascaren de oficio a los presuntos culpables, aclaren todas las denuncias desde el primer momento y entreguen de inmediato a la justicia cuantas pruebas acumulen) sólo cabrá preguntarnos: ¿son lugares seguros los colegios religiosos para los niños y los adolescentes? A la luz de lo aquí escrito, cada cual debe responder a esa pregunta. Y, en consecuencia, meditar muy bien donde colocará (o no colocará) la “X” en su próxima declaración del IRPF.
gvidalmanzanares@gmail.com
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