1. Es posible la izquierda hoy? Si lo es, dónde está, quién la representa? Qué parte de innovación y qué parte de tradición debe asumir?
2. Cuáles son los cambios necesarios que en general debería asumir?
3. Qué aspectos concretos serían centrales para una transformación de la izquierda?
4. Qué margen de actuación tiene la política hoy?
1. Efectivamente, creo que el debate no está tanto en la necesidad de la izquierda sino, más bien, en su viabilidad práctica. Lógicamente, la cuestión previa a precisar es qué entendemos por “izquierda”: en esto habría que distinguir entre una visión sociológica o convencional de la misma y otra más desiderativa o ideal. La primera permite considerar como gentes de izquierda a todas aquéllas que son, en mayor o menor medida, críticas del capitalismo y ponen en primer plano la lucha por la igualdad y la justicia social; la segunda iría más lejos ya que estaría convencida de que para la realización consecuente de esos valores hace falta una ruptura radical con el capitalismo que permita ir construyendo un nuevo tipo de sociedad basada en otra lógica “civilizatoria”. Obviamente, yo apuesto por esta izquierda que no acepta como “natural” y “eterno” el capitalismo global y que sigue pensando en la necesidad de reconstruir el mundo bajo otras bases. Por eso, a la hora de contestar dónde está la izquierda en el sentido convencional, podría decirse que se encuentra en ese amplio mapa -fragmentado y dividido sin duda- de redes grupales muy diversas en el ámbito político, social, cultural y de la vida cotidiana que se han socializado en torno a la lucha por las libertades y la igualdad social y que electoralmente se expresan votando a las distintas expresiones políticas que van, en el caso español por ejemplo, desde el PSOE -sin que ello signifique que todos los que voten a ese partido sean de izquierdas, ya que existe el famoso y deseado “centro”...- hasta las formaciones de izquierda nacionales o nacionalistas, sin olvidar a un sector en notable crecimiento que opta por el abstencionismo como forma de expresar su rechazo a un sistema que sólo permite la “alternancia” en los gobiernos dentro de unas constricciones irrebasables. Pero, si nos referimos a la izquierda con voluntad de ir construyendo un proyecto de ruptura con el capitalismo, diferente por tanto de una “tercera vía” o incluso de la socialdemocracia clásica y del “comunismo” oficial, hay que reconocer que su viabilidad se está demostrando difícil y que su fuerza es reducida. No obstante, yo diría que, más allá de los pequeños grupos o de las corrientes que se autodefinen como anticapitalistas, sí cabe apuntar que en el nuevo ciclo histórico inaugurado por el levantamiento zapatista de 1994 hay síntomas esperanzadores de que se está produciendo una confluencia de sectores de muy diversa procedencia en torno a la lucha contra los efectos sociales, políticos, culturales y ecológicos del proceso de globalización capitalista. Quizás el Foro Social de Porto Alegre de enero de este 2001 sea el ejemplo más visible como lugar de encuentro de ese abanico de gente que aspira a converger y confluir en torno a la crítica y a la propuesta de alternativas. Por eso el eslogan “Sí, es posible” que se popularizó en Seattle es revelador de que estamos pasando de la justificación de la necesidad de la izquierda a la demostración de que es posible no sólo la resistencia sino también la reconstrucción de esa misma izquierda. En cuanto a la parte que debería haber de innovación y la parte de tradición en ese proceso, se trata de una cuestión más compleja. Es curioso, por ejemplo, que algunos de los participantes en los Foros Alternativos recientes establezcan cierta analogía entre el ambiente tan plural y solidario que se vive en esas reuniones y el que existía en la Primera Internacional Obrera. Ahí hay una tradición a reivindicar: la de la solidaridad y la convergencia, la de la búsqueda de un consenso de trabajo contra el “enemigo común”, y no la de la competencia y la lucha permanente por la posesión de la “la verdad” entre unos y otros grupos. En resumen, hay que ir tejiendo de nuevo lazos sociales de tipo comunitario horizontales y transversales entre los distintos movimientos y organizaciones que se oponen al capitalismo realmente existente. Y hay que renunciar a dos concepciones del partido que han tenido consecuencias nefastas: la electoralista, que ha terminado adaptándose a la lógica dominante del capitalismo y a la competencia por el “centro”; y la de una vanguardia autoproclamada, convencida de su posesión de la verdad y amoral en el recurso a cualquier medio -incluida la violencia indiscriminada- para imponer sus presuntos fines emancipatorios.
2. Muchos son sin duda los cambios necesarios a asumir. En primer lugar, intentar reinterpretar el mundo en que vivimos. Porque es evidente que sigue siendo capitalista e incluso hay más razones para hablar hoy de imperialismo global que antes. Pero han cambiado muchas cosas, especialmente las que tienen que ver con la vieja contradicción fundamental entre capital y trabajo: la teoría de la explotación continúa siendo válida, pero las condiciones en que se realiza se han modificado debido a los avances tecnocientíficos y a las nuevas formas de organización de la producción y del trabajo que se han ido estableciendo en el marco del nuevo régimen de acumulación capitalista de base predominantemente financiera. Esto es más visible si cabe en los países del Norte donde se desarrollaron los Estados de bienestar, ya que es fácil constatar en ellos la ofensiva en toda regla contra los derechos sociales y la tendencia a la extensión del número de vulnerables y excluidos de la posibilidad de obtener un puesto de trabajo remunerado estable. Pero la misma cuestión social aparece hoy cada vez más imbricada con la crisis ecológica global y con las desigualdades de géneros. Por eso, cuando algunos/as decimos que la izquierda tiene que ser “roji-verde-violeta”, no lo hacemos por “postmodernismo” sino, simplemente, porque en la realidad aparecen interdependientes. Hoy las consecuencias ecológicas destructivas de las políticas económicas neoliberales dan razones más poderosas todavía para rechazar el productivismo capitalista y no se puede ofrecer alternativas sin tener en cuenta nociones fundamentales como las situaciones límite de riesgo y los daños irreversibles que está provocando el actual modelo civilizatorio. Lo mismo podríamos decir respecto a la redefinición del concepto de trabajo que tenga en cuenta no sólo el pagado sino también el doméstico, incluyendo el dedicado al “cuidado”, y el voluntario. Junto a esa labor de conocimiento mejor del mundo que vivimos y de sus tendencias a medio y largo plazo, hay un segundo cambio a asumir. Tiene que ver con el reconocimiento de que hay más razones que antes si cabe para rechazar el capitalismo, pero al mismo tiempo con la percepción mayoritaria de que se ha cerrado un ciclo histórico guiado por la ideología del “progreso” y por la generación de expectativas crecientes de cambio hacia una sociedad mejor. Ahí es donde entran en juego, por un lado, el enorme daño que ha supuesto la identificación dominante del “comunismo” con la URSS y, por otro, la crisis de centralidad del movimiento obrero derivada tanto de las mutaciones socio-organizativas producidas -con el paso del “obrero-masa” al “obrero segmentado”- como de la adaptación creciente a la lógica capitalista de sus principales partidos y sindicatos. Pienso que la izquierda alternativa a construir tiene que aprender a luchar en unas coordenadas distintas a las que fueron inauguradas por la Revolución Francesa y por la Revolución Rusa y que en cierto modo tuvieron su último aliento en 1968. Porque desde 1989 asistimos a una reducción del horizonte de cambio que ven posible los y las de abajo y, con ello, a una pérdida de credibilidad de los proyectos socialistas, incluidos aquéllos que nunca tuvieron que ver con la “mentira desconcertante” de la que hablaba Anton Ciliga cuando se refería al “socialismo” vigente en la URSS. En ese contexto no podemos despreciar la importancia que tienen aquellos movimientos identitarios que, pese a que sus expresiones políticas más sectarias y excluyentes sean rechazables, constituyen diiferentes formas de reacción frente a un “globalismo” que pretende generalizar el modelo de individualismo posesivo, consumista y “americanizado”. La izquierda tendría que esforzarse por vincular esas luchas -que exigen una “justicia de reconocimiento”, incluido, por supuesto, el de las naciones y etnias sin Estado propio- dentro de un proyecto emancipatorio común basado en una justicia social y ecológica, y no oponerse a ellas en nombre de un abstracto universalismo o, lo que es peor, de la defensa de unos Estados que históricamente se construyeron negando la diversidad interna de sus pueblos. Para volver a hacer creíble un socialismo democrático, autogestionario e internacionalista no hay recetas: sólo me atrevo a apuntar que debería moverse evitando tanto el escollo de un “social-liberalismo” suicida para la izquierda como el de la mera resistencia y la autoafirmación de una minoría que se limita a defender un programa máximo. Habrá que ensayar una nueva estrategia de lucha por “reformas no reformistas”, basada en la defensa y extensión de derechos y poderes ciudadanos, demostrando que, como se proclama en Porto Alegre, “otro mundo es posible” y otras políticas transformadoras y rupturistas con el (des)orden mundial también lo son.
3. Algunos aspectos concretos de transformación de la izquierda ya han aparecido mencionados, directa o indirectamente, en las respuestas anteriores. Quizás el primero tenga que ver con algo en lo que Fernández Buey ha insistido desde hace tiempo -la “reforma intelectual y moral de la izquierda”- o con lo que también Jorge Riechmann y otros, ligàndolo más a la conciencia de vulnerabilidad del mundo en que vivimos, han definido como la necesidad de una “segunda Ilustración”; en resumen, hace falta un cambio de actitudes y de cultura política que reformule una idea del socialismo que queremos, razonada y factible, capaz de responder al conjunto de desigualdades e injusticias estructurales que genera el capitalismo. En ese proceso, y en un mundo en el que los “media” pretenden controlar la “agenda” política, la búsqueda de una nueva pedagogía política en los discursos y la acción simbólica será fundamental. Pero ese cambio de actitudes implica que no hay que esperar a la hipotética nueva sociedad para empezar a demostrar la viabilidad de aquello por lo que luchamos: desde la potenciación de experiencias piloto desmercantilizadas en todos los ámbitos de lucha posibles hasta la construcción de organizaciones políticas y sociales en las que la democracia participativa se refuerce, contrarrestando así tanto la vieja ley de hierro de la oligarquía como la dialéctica “amigo-enemigo” que tiende a instaurarse en muchas de ellas. La firmeza en las convicciones anticapitalistas no tiene por qué estar reñida con el diálogo, la duda y la búsqueda de puntos de convergencia entre la diversidad de gentes “perdedoras” y dispuestas a luchar frente a este sistema.
4. Reflexionar sobre la política hoy obliga a preguntarse también sobre qué entendemos por ésta: si nos remitimos a la idea convencional de la misma, habría que reconocer que si se trata de la gestión de los medios sin cuestionar los fines establecidos desde los grandes poderes económicos, institucionales y culturales, ésa no es la política que debería impulsar una izquierda alternativa. Para que una política basada en la búsqueda de la superación de los antagonismos en un sentido emancipatorio vuelva a estar de actualidad, probablemente habrá que armarse de una “lenta impaciencia” que vaya demostrando que tanto desde las instituciones como, sobre todo, desde fuera de ellas es posible una política alternativa a favor de los y las de abajo, dispuesta a cuestionar el “consenso” dominante y a hacer visibles los conflictos latentes y reales que atraviesan a nuestras sociedades en sus distintos ámbitos. Desde esa concepción amplia y sin fronteras rígidas -que también practica la derecha frente a los ámbitos más íntimos de nuestra vida cotidiana-, habrá que pensar también en una reconstrucción de la izquierda en torno a una pluralidad de redes organizativas, ligadas a los diferentes movimientos sociales y a distintas expresiones políticas, y ya no alrededor del eje central partido-sindicato que presidió prácticamente su evolución hasta ahora.
Madrid, 13 de enero de 2001
simbióticas