Como un simple argumento de índole técnica cabe declarar, al inicio de este Informe, que la formulación de políticas se apoya en las propuestas teóricas solamente cuando se establece, precisamente, una relación entre teoría y práctica. Es la propuesta de quien escribe este Informe lo que se afirma en un documento reciente, sobre el tema de la relación entre teoría y formulación de políticas: “The London School of Economics and Polítical Science reputation is founded less on that old canard of polítical radicalism than on its ability to develop outstanding theoretical analysis and apply it to inform polítical policy-making” _. En este sentido apoyar la formulación de políticas en el área cultural pasa por el eje de la comprensión profunda de un complejo fenómeno multivariable, en cuyo apoyo institucional suele caerse en la tentación de la rutina y de los caminos establecidos, cuando es menester abrir nuevas oportunidades, estimular nuevos actores, permitir el acceso a nuevas concepciones del quehacer y acontecer cultural. En general una Introducción, por breve que sea, permite adelantar una posición frente al tema. En ese sentido nada más oportuno que un libro reciente escrito por el mexicano Carlos Fuentes, “Por un progreso incluyente”.
Fuentes expresa en términos literarios la angustia latinoamericana acerca de una realidad común a la mayoría de nuestros países:
“¿Progreso para quiénes? ¿Progreso para cuántos? La creciente fractura entre la economía especulativa y la economía productiva, la creciente separación entre regiones, ocupaciones y expectativas, augura una funesta parcelación del país. División no solo entre ricos y pobres, sino entre regiones enteras y dentro de cada clase social. El pequeño industrial no puede competir con el grande y mientras éste se asocia a mercados internacionales pujantes, aquel es abandonado a mercados nacionales moribundos. Cierto, la maquila deja más que el ejido, y el salario y entrenamiento del trabajador en una empresa transnacional japonesa o alemana en México es mejor que la emigración laboral forzosa o el hacinamiento desesperado en las ciudades perdidas. La clase media que pudo rescatar de las crisis sucesivas ahorros, negocios, inversiones, se separa cada vez más de la clase media pauperizada que no puede pagar la escuela privada, la mensualidad del coche o hipoteca del apartamento”.
He allí, entonces, un profundo contenido literario, que, sin embargo, envuelve una posible equivocación conceptual frente al problema del progreso, que se supone que es bueno, que va y debe ir siempre en etapas cada vez de mayor bienestar. Pero, me permito plantearlo, si bien la idea del progreso es aceptada en forma universal, empleando ahora la analogía de desarrollo y del tipo sostenible, es solamente una de las diversas formas de interpretar como acaece el futuro. Ciertamente, la idea del Progreso es lineal, pero hay otras interpretaciones, menos populares, como las de Arnold J. Toynbee, quien en su monumental obra History of the World (1934-1954) plantea cómo las sociedades atraviesan caminos que no necesariamente son lineales, sino que se organizan alrededor de ejes cuyo desenlace puede significar un retroceso, en el sentido de la Decadencia de Occidente, de Oswald Spengler (1918-1922), en donde las sociedades que todas las civilizaciones y las culturas atraviesan los mismos ciclos históricos, de auge y decadencia._
Hoy en día la idea del desarrollo, como objetivo, forma parte de la retórica y de la mitología. Nadie, en su sano juicio, intentaría explicar la noción de desarrollo como una tendencia que puede ir hacia adelante, el progreso, pero también hacia atrás, el retroceso, la decadencia, el mecanismo que en vez de mejorar empeora, individuos y sociedades. Es decir, para citar a Fuentes nuevamente:
“En la ultima mitad de este siglo buena parte del tiempo se nos ha ido tratando de demostrar que somos buenos socios, dignos aliados, accionistas confiables del Progreso Occidental S.A. ... Más papistas que el Papa, habíamos creído con ciega fe que nuestra inserción en las rutas globales del progreso y que nuestra consagración beata de las fuerzas del mercado resolverían todos nuestros problemas. Ha llegado la hora de abrir bien los ojos y darnos cuenta de que ese ideal que perseguimos desde el albor de la Independencia, nuestro amasiato con la Diosa Progreso, ha entrado en crisis, está mutando perceptiblemente, ha generado tantos problemas como los que pretendía resolver y no ofrece, de manera alguna una panacea radiante para un país como el nuestro”
Este escepticismo de Fuentes debemos retomarlo en forma constructiva y pensar que el progreso, léase desarrollo, es una construcción, es una fábrica de la realidad, que no es obra de un demiurgo sino de las propias acciones e interrelaciones de los hombres y de sus sociedades.
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