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“No te preocupés -me dijo-. Así debe ser. Los que hacen de la objetividad una religión, mienten. Ellos no quieren ser objetivos, mentira: quieren ser objetos, para salvarse del dolor humano.” Eduardo Galeano
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Programando la discordia

Martes 21 de diciembre de 2004, por José Ramón I. Alba


El franquismo tuvo la osadía, la desfachatez y el cinismo cruel de otorgarse la virtud de salvadores de la patria y acusar de traidores a quienes defendían un régimen alcanzado a través de las urnas. La mentira y el descrédito se instaló e instauró como norma tejiendo alrededor de ella un halo de justificación que honró lo que fue una auténtica infamia contra el pueblo. La intransigencia fascista no pudo hacer suya la voluntad de una mayoría (hoy también le cuesta como podemos comprobar) y utilizó todos los medios a su alcance, incluidos los religiosos, no lo olvidemos ahora que dicen ser perseguidos mientras utilizan un respaldo democrático que desprecian y en el que no creen, para enfrentar a un conjunto de la población que iba poco a poco alcanzando un desarrollo social y cultural que no había conocido antes. Ni el poder militar, ni el religioso, ni el económico pudieron ni quisieron una situación de homogeneización social tan peligrosa para sus privilegios. Satanizaron a los “rojos” (muchos de ellos seguro que ni siquiera sabían que lo eran) y lanzaron contra ellos eficaces acusaciones, unas acusaciones que acabaron por creer quienes durante y después del triunfo se pusieron al lado de los golpistas y les arroparon. Unas acusaciones que tomaron tal fuerza que consiguieron borrar la auténtica verdad de la crueldad ejercida contra todo un pueblo (hoy todavía quedan miles de cuerpos olvidados en fosas comunes y en cunetas).

Imputando traición señalaron el camino que hoy siguen sus herederos. Establecieron la formula cínica de una derecha intransigente y sectaria que envenena y enturbia la vida política y obstaculiza sistemáticamente cualquier movimiento cívico. La asfixia, la falsedad y el descrédito son la táctica. Lo que consiguieron desde la tiranía franquista es lo que quiere conseguir la derecha fascista actual acusando de vileza y de deslealtad a quien se atreve a contradecir o pone en cuestión sus mentiras. Y lo más desastroso es que lo hacen actuando desde la impunidad que les otorga un régimen democrático al que desean someter.

La desfachatez de estos fascistas unida al adormilamiento ciudadano (tomemos nuestra parte de culpa al abandonar el espectro político que nos concierne) suponen un excelente caldo de cultivo para enterrar cualquier asomo de razón y frescura critica. Y hoy, en mayor medida que antes, cuentan con poderosas herramientas mediáticas y con los mismos púlpitos desde donde vociferan contra el sentido común y la voluntad colectiva. Unos medios y unos púlpitos que, no lo olvidemos, sostenemos y soportamos los indeseables. Asi, mientras minan la convivencia programando la discordia y el desequilibrio desde la prepotencia, nosotros nos mantenemos en la más estricta coherencia de respeto marcados por el estricto crédito que le concedemos a la tolerancia (¿hasta donde llega la razón de una tolerancia que permite una Fundación Nacional Francisco Franco?).

Hoy también es traidor quien disiente. Quien desde cualquier entorno opta por denunciar la tiranía y el abuso. Se manifiesta la extrema derecha que parecía haber desaparecido de este país, una extrema derecha que se ha camuflado durante años y que hoy ni siquiera intenta disimular sus verdaderos intereses. Espero que sirvan todas estas manifestaciones repetidas de intolerancia y desprecio para adquirir conciencia sobre la verdadera cara de un fascismo anclado en el rancio espíritu nacional al que recurren e invocan (cada vez me sorprende más que haya personas, en apariencia inteligentes, equilibradas y sensatas, que todavía crean en un proyecto de centro —¿qué es el centro?— que no hace sino camuflar ultrajes).

El espítu franquista que confundió e inmoló la voluntad de una sociedad entera se recompone de nuevo desde la arrogancia y el cinismo. Sus mentiras son las mismas que entonces, sus objetivos no han cambiado. Deberíamos haber aprendido.

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