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Poder y resistencia en entornos virtuales: notas para un debate sobre el fetichismo de las TIC y la desmovilización política

Martín Mora Martínez en el 1er Congreso ONLINE del Observatorio para la CiberSociedad

Viernes 21 de enero de 2005, por ediciones simbioticas

Resumen

En esta comunicación se presentan algunas consideraciones acerca del entramado del poder y la resistencia en los entornos virtuales, configurados con las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC). Se propone un repaso a vuelapluma de algunos temas que presentan nuestro panorama de lo cibercultural: como producción cultural, como atmósfera tecnocientífica, como tema en las ciencias sociales, como una nueva forma de control social. De la mano de algunos ejemplos relacionados con la teoría social se desarrolla nuestra propuesta a discutir con dos tesis: 1) las TIC se inscriben en un modelo fetichista de orden panóptico y constituyen una de las formas más naturalizadas del dispositivo de control en nuestros días; y 2) al trivializarse en su novedad generan un evidente efecto de desmovilización política que se desplaza en una globalidad estéril.

Esbozo liminar

El ciberespacio es la última forma de la cibernética social, es decir, de la interconexión de los individuos y de la puesta en red de lo viviente. La cibernética se define como la ciencia del gobierno. Si la velocidad es el poder, la velocidad absoluta que permite la cibernética instantánea es el poder absoluto. Se podría asistir a un condicionamiento mundial de las sociedades por y en el ciberespacio. Nosotros somos la única sociedad que ha alcanzado los límites planetarios. La mundialización es el “fin del mundo”, como afirma Paul Virilio, pero no en el sentido apocalíptico, sino en el sentido de un acabamiento, de una clausura. El ciberespacio señala el advenimiento de este medio-velocidad absoluto, convertido en la señal de salida de la carrera, el medio político por excelencia. La puesta en práctica de la velocidad de la luz hace que la Tierra en cuanto extensión se reduzca, por así decirlo, a nada, y que el único lugar que subsista sea la velocidad misma. Cuando Einstein habla de la relatividad, se refiere a los espacios cósmicos, a la velocidad de las partículas. La velocidad de la luz es, como su nombre lo indica, un horizonte cosmológico. Hoy la relatividad ha sido repatriada a la Tierra, a escala de la vida cotidiana, y nosotros debemos regularla a través del ciberespacio y sus formas de socialización.

Cualquiera que esté mínimamente familiarizado con el funcionamiento de las computadoras, sabe que los comandos que se teclean son un tipo de habla cuyo efecto no es tanto comunicar como hacer que ocurran cosas directa e inevitablemente. Son, dicho de otro modo, conjuros, prácticas sociales, y cualquiera que esté con las macrotendencias tecnosociales del momento (desde la creciente dependencia que tienen las economías del flujo global de palabras y números muy fetichizados, hasta la boyante capacidad de los bioingenieros para pronunciar los conjuros escritos en el texto de cuatro letras del DNA) sabe que la lógica del conjuro está impregnando a toda velocidad el tejido social. Como afirma Paul Virilio, la caja de resonancia de la Internet es ya tan fuerte como la de la televisión. Y el riesgo no es la censura por privación de información sino rigurosamente lo contrario: la censura por saturación, indiferenciación, ruido e interferencias, babelización: todo el mundo habla, nadie se escucha. Crece la despolitización. Surge la posibilidad de nuevos movimientos sociales: tecnoguerrillas, hackers, crackers...

Identidades, movimientos sociales y redes

Los drones que reseña Virilio, las videocámaras en la calle supuestamente para control de tráfico, los teléfonos móviles y los localizadores vía satélite, la detección de los flujos de comunicación en la Internet, las nanotecnologías, las tarjetas bancarias «inteligentes» y toda la parafernalia de accesorios tecnológicos, parecen crear una enloquecida atmósfera de rasgos paranoides en donde los Expedientes X, no son sino la densificación de la metáfora cultural de la sospecha y la conjuras permanentes: la vida privada acosada por las tecnologías como sostiene Duclos (1999) o su elevación a terrenos de arte contemporáneo como hace Sophie Calle con sus exposiciones basadas en los objetos que cada cumpleaños recibe, o la narración fotográfica de su desarrollo y final de relación de pareja, o la serie de imágenes obtenidas en una estrategia en la que se hace seguir por un detective que la espía y fotografía durante una semana, por encargo de la misma artista a través de su propia madre.

El ambiente de sospecha no puede darse de otra manera cuando aparecen en los medios las notas acerca de proyectos como el del NIMA (National Imagery and Mapping Agency), dependiente del Pentágono gringo y que tiene por encargo el de centralizar las imágenes captadas por satélites militares y elaborar un estándar de tratamiento numérico de imágenes. O el Proyecto Echelon que hará lo mismo con respecto a las escuchas en todo el globo. Se tienen, así, los ojos y los oídos globalmente localizados en un alarde tecnológico que expande el panóptico a niveles mundiales: «televigilancia global», la denomina Virilio, quien cita al jefe de estado mayor de la Fuerza Aérea yanqui, en su comparecencia ante el Congreso de su país: «En el primer trimestre del siglo XXI seremos capaces de detectar, seguir y poner en la mira casi en tiempo real a cualquier elemento de importancia en movimiento por la superficie de la Tierra» (1999: 4). En suma: la disolución de la dicotomía apriorística entre los objetos y los sujetos, entre lo no humano y lo humano, entre el fetichismo de los artefactos y la reificación de lo humano. Tiene razón Virilio cuando dice que «hay que dejar de fantasear sobre el más allá del hombre con la robótica [...] No hay más allá del hombre [...] El hombre no es el centro del mundo, es el fin del mundo» (1997: 87).

Pero, ¡alto ahí! Creemos con Wodiczko y con Certeau que las prácticas cotidianas de las personas más ordinarias (la metis) ofrecen la resistencia que rompe toda pretención de control: desenchufar los cacharros que nos controlan sigue siendo una posibilidad al alcance de la mano mientras no existan (que no sucederá) las máquinas autorreguladas de manera totalmente independiente. El Rabino de Praga y su Golem, el doctor Frankenstein y su Monstruo, son estupendas alegorías del temor a ser dominados por aquello que producimos. Y ese temor es justamente lo que produce el efecto temido: la profecía autocumplida. Sin derrochar optimismo de integrado ni destilar amargura de apocalíptico como describía Eco, podemos declarar como principio que, en relación con la tecnología y sus usos, somos optimistas de luto.

Una de las cosas que vale la pena resaltar en la escenificación de las formas cambiantes es la que insiste en considerar a los objetos como metáforas densificadas, como cristalizaciones formales de lo social. De manera cercana a las reflexiones de Latour (1998) quien sitúa en un marco de simetría y traducción las relaciones entre los objetos y los sujetos, como agentes humanos y como agentes no-humanos: «cuasisujetos y cuasiobjetos». No siendo mera herramienta o prótesis de lo humano, lo artefactual se constituye en un actante más que no es ni una propiedad «objetiva» de lo humano ni una trascendencia de lo humano:

Al operar por medio de artefactos, la dominación y la exclusión se ocultan bajo la apariencia de fuerzas objetivas y naturales: la teoría crítica plantea, de este modo, una tautología -las relaciones sociales no son sino relaciones sociales- a las que añade, luego, una teoría de la conspiración -la sociedad se oculta detrás del fetiche de las técnicas.

Pero, las técnicas no son fetiches, son impredecibles, no son medios sino mediadores, medios y fines al mismo tiempo; y es por esto por lo que atañen al tejido social (Latour en Domènech y Tirado 1998: 283-283).

Los artefactos crean también su contexto de aplicación. No obedecen a la volubilidad humana. Por lo mismo, cuando se han presentado las propuestas artefactuales y vehiculares de Wodiczko no ha sido con la intención de aludir a la high tech, ni al fetichismo cyborg, ni al arte como actividad para exquisitos y estetas. Ha sido, desde luego, vislumbrándolas como entidades explicativas que definen una situación al parejo de las agencias humanas, ambientales, históricas... y todas las que concurran a la inteligibilidad de dicha situación. En efecto, como apunta Latour, la reflexión sobre la tecnología y la ciencia debe evitar los escollos alternos entre la Escila contenida en el fetichismo de la tecnología y el Caribdis depositado en el reclamo para la restauración de una supuesta «agencia humana que se encuentra tras esos ídolos». En suma: la disolución de la dicotomía apriorística entre los objetos y los sujetos, entre lo no humano y lo humano, entre el fetichismo de los artefactos y la reificación de lo humano. Tiene razón Virilio cuando dice que «hay que dejar de fantasear sobre el más allá del hombre con la robótica [...] No hay más allá del hombre [...] El hombre no es el centro del mundo, es el fin del mundo» (1997: 87).

Los ecos de Donna Haraway son inevitables a la hora de detenernos en las fronteras de las formas sociales. Es verdad que a finales del siglo XX todos somos cyborgs: «todos somos quimeras, híbridos teorizados y fabricados de máquina y organismo [...] un mundo cyborg podría tratar de realidades sociales y corporales vividas en las que la gente no tiene miedo de su parentesco con animales y máquinas ni de identidades permanentemente parciales ni de puntos de vista contradictorios» (Haraway 1995: 254-263). Una manera de la dislocación identitaria que ha producido la virtualidad de la internet es la que ha estudiado Turkle (1998) con la comunidades on line. Esta errancia mediante lo virtual se escenifica en los juegos de los dominios multiusuarios (MUD), en donde las comunidades sólo existen a través de los ordenadores y creando personajes con historias diversas. Así, un mismo participante puede confeccionarse todas las identidades o roles que sea capaz de mantener en el juego, difuminando el género, la edad, las procedencias, las características físicas, «atributos psicológicos», etc. Creando sus roles o avatares, como se les define en el argot cibernauta. Como señala Turkle, los personajes creados no tienen por qué ser humanos, y hay más de dos géneros. Además a los participantes se les invita a que ayuden a construir el propio mundo del ordenador. Pueden crear una «habitación» [...] El anonimato de los MUD (se te conoce sólo por los nombres que das a tus personajes) permite un amplio margen para que los individuos expresen «aspectos del yo» inéditos hasta entonces (1998: 47).

La variación es posible precisamente por la posibilidad de tener abiertas en el ordenador varias ventanas simultáneamente, situando al jugador en varios contextos al mismo tiempo. Pero lo más interesante es que, en la práctica cotidiana, dichas ventanas se han convertido en una metáfora poderosa para replantear al yo (o al self) como un sistema múltiple, contextual, negociable, cambiante, provisional, «distribuido y de tiempo compartido», como acota Turkle. Con este y otros ejemplos sobre al traslocación identitaria de las épocas de la internet y de telépolis (Gergen 1992, Echeverría 1998, Poissant 1997, Ascott 1997, Mora 1995c), es posible acotar que la virtualidad y la errancia telemática hacen posible la densificación de la metáfora de las identidades multilocalizadas y atravesadas por un conocimiento situado: el paseante por la internet construye un juego de espejos en donde tiene su alter ego en el paseante por las calles de la metrópolis.

No es aleatorio que gran parte de la potencia teórica de los llamados estudios culturales y los estudios postcoloniales esté cifrada en la discusión de temas como éstos y de otros como la cultura de masas, el feminismo, el chicanismo, el viaje, el postmarxismo, la new age, las narrativas del cuerpo, el psicoanálisis, la música, el SIDA, el «black feminism», etcétera (cfr. Grossberg, Nelson y Treichler 1992; Chambers 1994, 1998; Chambers y Curti 1996; Toro 1997; Anzaldúa 1987; Spivak 1987, 1990, 1993; Bhabha 1994; Minh-ha 1989; Hannerz 1996; Rosaldo 1989; Clifford 1997; García Canclini 1990, 1998; Parker 1998; Said 1990).

Como es observable, la idea de lo humano no ha desaparecido sin más. Ha dado lugar a muchas propuestas que buscan reconciliar mundos separados por una taxonomía absolutista. Los artefactos y la tecnología, lo animal, lo vegetal y mineral, los géneros, es decir, lo quimérico cyborg, ofrecen límites permeables. No importa ciertamente en donde termina uno y continúa lo otro sino, más bien, de qué manera esas hibrideces operan y construyen sus ámbitos de definición, su espacio situacional de prácticas. Ciertamente, los personajes liminales que hemos acompañado en su travesía por estas páginas no son ni los únicos, ni los más importantes: son los que quisimos resaltar en el horizonte urbano; los que actúan con extraña atracción al lado nuestro. Nosotros mismos somos todos ellos, para decirlo al modo de Haraway.

Panópticos y redes: poder y acción política

En el caso de las ciberculturas, una de las áreas de trabajo tiene que ver con la utilización de las tecnologías, de las llamadas TIC, es decir, de las tecnologías de la información y la comunicación, y más concretamente con el artefacto que es el ordenador y con los efectos sociales que tiene su uso. Para explicar un poco lo que es un panóptico es importante hablar del proyecto Echelon y para explicar la idea de lo que es una red conviene subrayar el papel de Indymedia. El proyecto Echelon surgió de Estados con la intención de aprovechar la infraestructura de los satélites y hacer un modelo de vigilancia, rastreo y cruce de informaciones en sitios estratégicos de todo el planeta. Los centros de operaciones básicos estaban en Estados Unidos, en Australia y en Inglaterra. A esta red Echelon se han ido añadiendo gobiernos distintos que quieren conformar una gran red de vigilancia vía satélite y vía nodos en tierra.

El proyecto Echelon ha pretendido ser una especie de gran panóptico, en el sentido foucaultiano, es decir, un espacio centralizado de vigilancia y control para hacer una tarea de disuasión. Funciona con el principio del panoptismo -al margen de que funcione realmente o no- como vigilancia del fax, el teléfono, los mensajes de correo electrónico, los medios de comunicación. Una de las cosas que ha demostrado que el proyecto Echelon no funciona, no controla nada, han sido los dos aviones que se estrellaron en las torres gemelas de Nueva York. No sirvió para nada tanto ejercicio de vigilancia: fue inútil para una cosa tan peregrina como secuestrar y estrellar un avión.

Indymedia (http://www.indymedia.org/), (que en primera instancia es una especie de portal), es una red completa de movimientos sociales alternativos o de nuevos movimientos sociales cuyo nodo de relación son páginas web y trabajo concreto en lo local. Indymedia y sus diferentes foros de trabajo intentan generar una gran movilización antiglobalización, que tiene que hacerse presente en los diferentes escenarios con actividad muy concreta de acción directa. Lo que constituye una de sus debilidades -y esta es una hipótesis- es que Indymedia lo que ha hecho es desmovilizar, porque no es lo mismo suponer un efecto movilizador a partir del uso del correo electrónico o en un foro virtual, que salir a la calle y hacer algo concreto. Son dos instancias distintas de acción política, con lógicas distintas y que no siempre convergen.

El supuesto trabajo de red ha funcionado poco porque lo que ha hecho ha sido ser contrapunto. Lo mismo se vio hace unas semanas aquí en Barcelona. Convendría plantearse el asunto al revés. Si la policía no hubiera estado allí, la gente que se iba a manifestar no hubiera tenido ningún rol concreto. Pero como la policía estaba allí, la gente tenía que manifestarse y entonces, todos contentos, hacían su tarea: los policías haciendo labor de presión y de control y los otros haciendo labor de resistencia y anticontrol, etcétera. El resultado final ha sido que los dos han trabajado para una instancia concreta, que son las reuniones "cumbre" de los organizadores de lo global -que cada vez que monten su "pieza cómica" van a tener gente que va a hacer movida, van a tener publicidad y éxito asegurado y van a sacrificar la movilidad de la gente, como ha ocurrido en Barcelona. Eso es lo que buscan las "cumbres": no ha funcionado para nada en concreto. Al igual que con Echelon se desmantela el concepto: el panóptico no sirve para nada y la Red no sirve para mucho.

Finalmente, la acción política. Lo que hace toda moda es construir un escenario nuevo para repensar lo social, pero al mismo tiempo se tiene que agotar irremediablemente. La función que tiene el lenguaje es construir cosas para luego endurecerse en conceptos a los que hay que desmantelar para hacer otros nuevos. No se vale tener un concepto que sirve para todo. Es como tener una herramienta en muchos casos. Puede decirse, sin demasiada audacia, que lo que provocan a veces las TIC es un efecto de desmovilización real, con el supuesto fantasmal de que uno se moviliza, que uno está en la Red, lo que sea. En efecto, sí se está en la Red pero, al mismo tiempo, se diluye esta presencia. Si entendemos la idea de la actualidad y la virtualidad, debemos entender que lo virtual es lo posible; que entonces lo posible se va construyendo con actualizaciones, con actualidades. Entonces, si no se saben las condiciones y problemas de dichas actualizaciones en las comunidades más claramente "locales", lo posible no es viable, y entonces lo virtual puede ser un concepto que no tiene sentido. En otras palabras, la institución generada localmente a partir de la virtualidad, genera un efecto de supuesta actualidad encarnada en aparatos, procedimientos, dispositivos: la Red misma como un fetiche, la "comunidad virtual" como una nueva entelequia que desmoviliza, que despolitiza, que encubre con supuestos tecnocientíficos la acción política efectiva.

Puntualizando: la acción política no debería respetar los límites de las disciplinas, ni despreciar espacios de producción cultural como todos los de las ciberculturas; pero tampoco repetir mecánicamente los mantras de las comunidades virtuales, la ciberguerrilla, los ecofeminismos, etc. Tampoco consiste en algo tan banal como que alguien monte una página web, la llame "Indymedia", "Plektopoi" o "Nodo 50", para que cuando todo el mundo entre ahí, "ya se estén movilizado acciones políticas efectivas".

Consideraciones finales

Los medios telemáticos son ante todo herramientas pragmáticas, no entidades metafísicas. La teorización acerca de las redes telemáticas, la crítica de la red, la arqueología informática, los estudios culturales, la crítica del arte digital, etc., nos ayudan a comprender las leyes de los medios de comunicación, pero no deberían convertirse en un fin en sí mismos. Es demasiado fácil formular la afirmación elegante y, al mismo tiempo, moderadamente realista de que deberíamos desaparecer del ámbito de lo virtual y regresar a la “acción social”. Esta légitima exhortación a abandonar la sobreestimada “ciberesfera informática” atendiendo al reclamo apocalíptico de que se trata de “una moda vacía y publicitada en exceso”, y a surgir de nuevo en el nivel de “la calle”, está estableciendo una falsa distinción entre política real y virtual. Los movimientos sociales siempre han contado con una gran variedad de actividades relacionadas con los medios. Cada “acción”, incluso la “más directa”, posee un alto grado de información que se dirige a distintos grupos y objetivos. En este sentido, los medios expresan con mucha fuerza las relaciones sociales. Pero lo que no pueden hacer los medios es reagrupar y organizar movimientos sociales. Ya no debería ser nuestra tarea prioritaria hacer que “se escuchen las voces de la gente, las voces de los oprimidos”. Este modelo deja todavía intacta la vieja jerarquía vertical de los medios de comunicación. Deberíamos intentar dejar de hablar por otra gente.

En las comunidades online los participantes entran desde todas partes del mundo, cada uno desde su máquina individual y se unen a comunidades que sólo existen a través del ordenador. Son realidades virtuales sociales, socializaciones construidas en el ciberespacio. Los participantes se hallan en el mismo “espacio”. Pueden comunicarse entre sí, hablar y reunirse en grandes grupos o bien en privado. Las redes de científicos, los nuevos movimientos sociales, son formas de esta socialización telemática constituyente de modelos de identidad traslocados y proteiformes. Algunos académicos se sienten tentados a pensar que la vida en el ciberespacio es insignificante, que es una huida o una diversión sin sentido. Las subestimamos por nuestra cuenta y riesgo. Debemos entender la dinámica de las experiencias virtuales para hacer un buen uso de ellas así como para prever los riesgos. Si cultivamos nuestra percepción de lo que hay detrás de nuestras personalidades en la pantalla, es más probable que consigamos emplear la experiencia virtual para la transformación social, al comprender que muchas manifestaciones de la multiplicidad en nuestra cultura, incluida la adopción de personalidades online, están contribuyendo a un replanteamiento general de las tradicionales concepciones unitarias de la identidad. En este contexto, las experiencias con las comunidades virtuales nos ayudan a analizar estas nuevas visiones del yo, de la acción social y sus actores, de la producción de conocimientos científicos y de las formas de la identidad transhumana y del espinoso vínculo entre el poder, la resistencia y las nuevas formas de tecnología virtual. Guadalajara, México: a 20 de julio de 2002

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Dr. Martín Mora Martínez
Departamento de Estudios Socio-Urbanos (DESU)
Universidad de Guadalajara, México
martinymora@hotmail.com
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