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Paradojas de la globalización cultural

En el libro Cultura y Globalización, publicado por la Red Para el Desarrollo de las Ciencias Sociales

Lunes 22 de agosto de 2005, por ediciones simbioticas

Dos ámbitos decisivos de la vida se encuentran hoy globalizados microelectrónicamente y cruzan fronteras sin limitaciones de espacio ni dilaciones en el tiempo, a saber, la información y las finanzas. Ocurre con la transmisión de mensajes lo mismo que con la circulación del dinero: no hay límite espacial ni demora temporal entre emisores y receptores de mensajes. Esto crea una interdependencia inédita en la economía financiera y en el diálogo a escala planetaria. Interdependencia que se juega en las antípodas: como máxima vulnerabilidad económica de las sociedades nacionales frente a movimientos que ocurren en cualquier otro punto del planeta, y como apertura de nuevos nichos en la economía global donde las economías locales pueden insertar sus productos. Y en el campo de la comunicación: oportunidad inédita de recrear y pluralizar nuestra identidad con las señales que otros nos envían a distancia y que nos hablan de otras formas de ver el mundo y, en contraste, debilitamiento de las identidades por su exposición al flujo incesante de señales que las recubren, las interpelan y las disuelven. La globalización no tiene, por tanto, un signo único. Por el contrario, conjuga todas las opciones en un guión de final abierta. Al menos, por ahora.

El hecho de que los flujos de información y la circulación de imágenes en la nueva industria comunicativa sean instantáneos y globalizados, imprime en quienes participan percepciones paradójicas. De una parte infunde la sensación de protagonismo en la construcción de mensajes, porque a través del ciberespacio son cada vez más (aunque proporcionalmente pocos) los que hacen circular sus discursos con un esfuerzo mínimo. De otra parte sensación de anonimato al contrastar nuestra capacidad individual con el volumen inconmensurable de mensajes y de emisores que están presentes a diario en la comunicación interactiva a distancia. Para los que sólo acceden a la televisión y no a la pantalla del monitor (y que son la abrumadora mayoría), el protagonismo creciente por la decodificación propia de los múltiples mensajes ajenos, tan tematizada ahora por los estudios culturales de recepción local; y en contraste con ello la conformidad con el hecho de que no serán nunca ellos quienes decidan sobre qué imágenes, qué textos y qué símbolos se imponen en el mercado cultural. Por un lado la impotencia del sujeto ante un orden que lo rebasa en volumen de información, de transacciones, mensajes e innovaciones tecnológicas; y por otro lado las tantas nuevas opciones de autorealización por vía de la extroversión mass-mediática (o por el contrario, imposibilidad de realizarse por esta extroversión en que nada sedimenta de verdad); de una parte la expansión de la interlocución desde lo presencial al diálogo a distancia como expediente cotidiano de vínculo con el otro, y por otro lado la aniquilación del otro en esta falta de presencialidad que afecta una porción creciente de nuestros actos comunicativos. Todo esto hace que en la subjetividad se recombinen nuevas formas de ser activo y ser pasivo, nueva percepción del tiempo y la distancia, nuevas representaciones del diálogo y la comunicación, nueva relación con la información y el conocimiento. Probablemente, formas que están signadas también por otras jerarquías de lo bueno y lo malo, lo útil y lo inútil, lo entretenido y lo aburrido. A nivel global, otros efectos asociados: la obsolescencia acelerada de los puntos de vista en el baile general de las interpretaciones, y al mismo tiempo el atrincheramiento fundamentalista como mecanismo de defensa frente a este baile. Menor perfil en el conflicto ideológico (porque no hay ideología que resista semejante transparencia informativa y diversidad de interpretaciones), pero al mismo tiempo un mayor peso, a escala internacional y local, del conflicto entre culturas y valores (como nuevo "punto focal" en las tensiones y diversiones que unen la conciencia personal con la aldea global). De un lado la pérdida de memoria histórica a medida que aumenta la información sobre la contingencia de turno y, en contrapartida, destreza en manejo de la anticipación y actualización de información. Más plasticidad de espíritu y a la vez más inconsistencia valórica. No es sólo, como piensa Peter Berger, la globalización de los ejecutivos, los académicos y la cultura popular. Es un cambio de tempo y de tiempo que lo permea todo.

De manera que la globalización afecta las categorías básicas de nuestra percepción de la realidad en cuanto transgrede la relación tiempo-espacio y la reinventa bajo condiciones de aceleración exponencial: se comprimen ambas categorías de lo real por vía de la microelectrónica, que hace circular una cantidad inconmensurable de "bits" a la vez en un espacio reducido a la nada por la velocidad de la luz con que estas unidades comunicativas operan. Tal aceleración temporal y desplazamiento espacial se dan con especial intensidad en los dos ámbitos recién señalados donde la microelectrónica tiene aplicación: en la circulación del dinero y de las imágenes (como íconos, pero también como textos). Si algo no tiene precedente es el volumen de masa monetaria y de imágenes que se desplaza sin límites de espacio y ocupando un tiempo infinitesimal.

¿ Pero cómo se distribuye ese incremento en la circulación entre las personas? Sin duda de manera paradojal: mientras el dinero viaja concentrándose, las imágenes lo hacen diseminándose. Un reciente informe de las Naciones Unidas sobre concentración de la riqueza en el mundo señala que actualmente la fortuna sumada de las 225 familias más adineradas del planeta es equivalente a lo que posee el 47% más pobre de la población total del mundo, que suma alrededor de 2.500 millones de habitantes, y las 3 personas más ricas poseen más dinero que el PIB sumado de los 48 países más pobres. En contraste con ello, el número de aparatos de televisión por cada mil habitantes ha aumentado exponencialmente durante las últimas cuatro décadas, y crece la redificación de la TV por cable a una velocidad aún mayor. Con ello se agiganta la brecha entre quienes poseen el dinero y quienes consumen las imágenes. Tanto más inquietante resulta esto cuando consideramos que las imágenes se distribuyen gracias al dinero de las empresas que publicitan sus productos y servicios en la pantalla, con lo cual promueven expectativas de consumo y de uso cada vez más distantes de la disponibilidad real de ingresos de la gran masa de televidentes.

Con ello la globalización impacta sobre las sociedades nacionales exacerbando simultáneamente sus brechas sociales y su desarrollo comunicacional. El abaratamiento relativo de la conexión a la pantalla no guarda proporciones con el precio de los productos que se publicitan en ella. Crecen simultáneamente una cultura de expectativas de consumo y una cultura de frustración o sublimación de aquéllas. El individuo medio de una sociedad periférica se ve obligado a disociar entre un amplio menú de consumo simbólico y otro, mucho más restringido, de acceso al progreso material y a una mayor participación en la carreta del progreso. La ecuación de la síntesis entre consumo material y consumo simbólico, promesa histórica del desarrollo o de su discurso, debe recomponerse en la cabeza de la gran mayoría de latinoamericanos que se tragó el cuento de la modernización con happy end incluido. Por ningún lado asoma ahora esa síntesis que se esperaba obtener de la modernización clásica: síntesis entre integración material (vía redistribución de los beneficios del crecimiento), e integración simbólica (por vía de la política, los mass-media y de la educación). Asistimos más bien a una caricatura, con un portentoso desarrollo de opciones de gratificación simbólica por vía de la apertura comunicacional, y una concentración creciente de los beneficios económicos de la apertura externa en pocas manos. Para los demás, las manos vacías y los ojos colmados con imágenes del mundo. Valga esta caricatura para hacer más gráfica la realidad.

¿ Significa esto más desintegración, o una dosificación distinta de los componentes de la integración social ? La pobreza no disminuye su proporción dentro de la población total de los países en desarrollo; pero sí aumentan sostenidamente la densidad de televisores y computadores (los primeros ya en casi todos los hogares pobres, los segundos expandiéndose rápidamente desde la clase alta hacia la clase media), y las expectativas de consumo de toda la población. Por cierto, las compensaciones a la desigualdad material por vía de la identificación simbólica no son tan marcadas como en otras sociedades menos secularizadas (pienso sobre todo en las de raigambre islámica, más homogéneas en cultura y en valores, y que por esa vía resuelven la falta de integración socio-económica). Sin embargo la globalización también produce, a su manera, un curioso efecto de identificación colectiva en nuestras sociedades y en nuestras juventudes: no con decálogos o mandatos divinos pero sí con una sensibilidad publicitaria común, una estética del zapping o el shopping en que jóvenes ricos y pobres comulgan, una cultura del software y de los discursos ad hoc, un perspectivismo de pantalla y una empatía con el melodrama. Las miles de señales que se emiten por múltiples medios de comunicación de masas van generando, sobre todo entre los jóvenes, complicidades grupales, tribus muy cohesionadas hacia adentro (aunque sea de manera efímera y espasmódica), símbolos épicos o líricos para el consumo de masas. En esto Brasil puede constituir un nuevo paradigma: el país con la peor distribución del ingreso de América Latina y las mayores desigualdades geográficas, posee una industria cultural transnacionalizada, una de las mayores empresas de la imagen en el mundo (O Globo), y una densidad televisiva que permite que ricos y pobres comulguen juntos, una hora al día, frente a los mismos dramas de las mismas telenovelas.

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