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"Que frágil es la memoria cuando necesitamos excusas para construir fronteras y barreras para el otro. Hace tan solo unas décadas nuestros familiares emigraban en busca de una tierra donde, lejos de su lugar de origen, encontrar un trabajo digno y un trozo de pan. Esa fue la otra posguerra, de la que apenas se habla porque tal vez pocos fueron (...) [ Sigue... > ]
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Notas sobre la dominación tecnológica

Altediciones

Martes 2 de noviembre de 2004, por ediciones simbioticas


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Está en la esencia del capitalismo reducir a su merced ­y lo más a menudo por la destrucción- todo lo que es bien común para transformarlo en propiedad privada o en mercancía. Actualmente, por medio de las biotecnologías, se apropia de la producción de lo vivo. Por ejemplo, el 12 de mayo el Parlamento Europeo autorizó la patente de las plantas, los animales y de las partes del cuerpo humano.

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La reglamentación de la naturaleza por el capitalismo comenzó en el siglo XVI en Inglaterra con el movimiento de los cercamientos (enclosures), primer acto de apropiación de los espacios públicos colectivos -comunales-. Desde finales del siglo XIX, paralelamente al desarrollo de la ciencia y de la industria, el proceso de privatización de lo vivo se había iniciado con la creación de semillas híbridas que perdían sus propiedades y veían caer sus rendimientos a partir de la segunda generación. Hoy día, la patente de lo vivo, la fabricación y puesta en circulación de los OMG son una forma de esta lógica mercantil e industrial que quiere reducir "nuestros bienes comunes más intimos" ­Rifkin El siglo biotec-, los genes, a una materia prima transformada en mercancía: la irrupción de los OMG en el mundo representa un salto cualitativo en la puesta en marcha de un modo de producción de la alimentación completamente artificial y remodelable a voluntad según las necesidades de la industria. La naturaleza sería, al parecer, indefinidamente manipulable sin que en cambio la vida humana sea afectada.

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Ahora que en Occidente, la inmensa mayoría de los agricultores ha desaparecido para dejar lugar a los empleados de un sector agro-alimentario detentado por algunas multinacionales, se estrecha por completo el cerco a la agricultura. En los Estados Unidos, gracias a las investigaciones realizadas por los polis privados de la agencia Pinkerton, la firma agro-química Monsanto persigue judicialmente a los agricultores que se sirven del grano recolectado como semilla para el año siguiente y consiguen que sea destruida su cosecha. Las semillas, antes de ser semillas, son mercancías dependientes de patentes, vendidas bajo la forma de kit semilla-herbicida-pesticida. Esta sumisión de la agricultura a las elecciones de las multinacionales realiza la destrucción radical del saber hacer y las posibilidades de autonomía local.

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La etapa siguiente del avasallamiento de la agricultura es la esterilización de las semillas: "En marzo de 1998, la genética acaba de marcar un nuevo punto con la patente Terminator acordada por el departamento americano de agricultura y una firma privada, la Delta and Pine Land Co. La técnica consiste en introducir un transgénico asesino que impide el desarrollo de la germinación del grano recogido: la planta se desarrolla en condiciones habituales, produce una cosecha normal pero produce un grano biológicamente estéril. En mayo de 1998, la multinacional Monsanto vuelve a comprar la Delta and Pine Land Co. y la patente Terminator ­patentada o en curso de ser patentada en 87 países-, por la que ella acuerda en estos momentos el derecho exclusivo con el Departamento de Agricultura en Washington. (...) Curiosas "ciencias de la vida" que se encarnizan contra esta propiedad maravillosa de lo vivo de reproducirse y de multiplicarse en el campo del agricultor, a fin de que el capital se reproduzca y se multiplique en la cuenta del inversor." (J.P. Berlan, R.C. Lewontin, Le Monde Diplomatique, diciembre 1998.)

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Contrariamente a sus inicios, donde debía probar su legitimidad frente a la hegemonía de la religión, explicando un mundo inteligible por la experiencia, la ciencia produce actualmente unos descubrimientos de los que no puede considerar todas las consecuencias. Exige, ahora, a sus detractores que demuestren científicamente las razones de sus dudas, cuando incluso el mismo sentido común aprehende sencillamente los riesgos. Desde los ensayos consecutivos de la Segunda Guerra Mundial y el desarrollo "civil" de la energía nuclear, la producción de OMG es el nuevo "ensayo" al tamaño natural de una producción no solamente emancipada de las características de lo vivo sino radicalmente hostil al mismo: marca la voluntad de crear un punto de no retorno. El antiguo presidente de la Comisión de Genética Biomolecular, Axel Kahn, puede declarar así tranquilamente: "La única posibilidad es ir hacia delante. Hay que proceder caso por caso, pero los tests no son suficientes. Hay que tener cultivos transgénicos sobre millares de hectáreas (...) Una moratoria sobre los cultivos transgénicos vendría a "no querer saber" los problemas que podrían aparecer a gran escala. Esto es porque la Comision de Genética Biomolecular está en contra" (Agra Press semanal, 21/10/96, p 32). Señalamos que este nuevo Doctor Folamour es actualmente director adjunto del departamento de ciencias de la vida en Rhone-Poulenc, transfomada en Aventis desde su fusión con Hoetsch.

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En oposición a lo que afirma la propaganda de las firmas Monsanto, Novartis y Rhone-Poulenc (campaña publicitaria aparecida en junio de 1998), la introducción de los OMG va a agravar la miseria y los problemas alimentarios en los países llamados en vías de desarrollo. Los OMG, en inicio destinados a los países solventes, permitirán así producir los sucedáneos de las plantas cultivadas hoy día para la exportación por los países pobres: después de haber substituido los cultivos de subsistencia por los cultivos destinados a la exportación , los occidentales comienzan a suprimir estos últimos. Por ejemplo, se llega a hacer producir el aceito laurico ­normalmente extraido de los huesos del coco o de las palmeras- por la colza transgénica. Si esta substitución tiene por efecto rebajar los costes, el mercado de aceite laurico escapará de Asia y África. Estas multinacionales no consagran ninguna inversión a otros tipos de investigación porque no hay beneficio en atender a la resolución de los problemas del "Tercer Mundo". Esta propaganda sobre los OMG enmascara el hecho fundamental de que la organización de la agricultura de los países llamados subdesarrollados depende en primer lugar de la relación de fuerzas del orden político y económico: latifundismo, invasión por los productos rentables de los países desarrollados, guerras, en una palabra la dominación del Sur por el Norte.

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El conjunto del medio científico conoce muy bien la naturaleza de los riesgos ligados a la difusión de los OMG, pero se niega a sacar la menor conclusión práctica: contrariamente a las sociedades de seguros que renunciaron a cubrirlos. Hay, en primer lugar, un empobrecimiento de la biodiversidad cultivada derivada del hecho del acaparamiento de las variedades por unas firmas cada vez más concentradas. Esta estrategia de monopolio limita ya la elección de los campesinos, para los cuales está prohibido germinar los granos provenientes de su propia cosecha, ya sean salidos de las semillas transgénicas o tradicionales. Por otra parte, un campesino vecino de un campo transgénico verá sus cultivos transformarse por la interpolinización. En fin, se añade, en detrimento de la biodiversidad natural y de los equilibrios de los medios, la polución genética ligada al flujo de genes normalmente intercambiados entre plantas seleccionadas, plantas salvajes y adventicias de la misma familia. Esta polución genética conferirá a estos últimos unas propiedades y resistencias indeseables que pueden afectar demasiado a la rizoesfera y no solamente de los suelos cultivados. Citamos igualmente otros riesgos actualmente considerados: creación de nuevas variedades quiméricas de las que se ignora todo (el tabaco con un gen de la luciérnaga o el tomate con un gen del pescado, probable aparición de fenómenos de resistencias a los pesticidas de los insectos y de las plantas que se transformaran en "superpredadores" o "superplantas" nocivas, casi indestructibles, riesgos de aumento de ciertos tipos de cánceres en el hombre (por ejemplo, el cáncer de testículo, vease The Lancet, 15/4/1995) y fenómenos de alergias. Como en el caso de la producción de plutonio y de los transuranios por la industria nuclear, soltamos en la naturaleza unos elementos fabricados y venenosos que no existían.

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Pero todo esto no tiene ninguna importancia para los industriales que han rechazado en la óptica limitada de un beneficio inmediato toda visión a largo plazo. Tal como lo proclama crudamente el director de imagen de Monsanto : "nosotros no tenemos que garantizar la seguridad de los productos alimentarios genéticamente modificados. Nuestro interés es vender lo más posible. Es la Food and Drug Administration quien tiene que velar su seguridad". Se aprecia mejor el jugo de esta declaración si se sabe que Monsato ocupa cargos de decisión en esta institución estatal de control... Como para lo nuclear, una vez más el controlador es el controlado.

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Cada vez más visiblemente totalitaria, la economía mundial encuentra en el desarrollo de los OMG nuevos medios conformados a su expansión delirante. Si la competencia provoca actualmente rabia entre las firmas agroquímicas (concentraciones, reestructuraciones con la corte habitual de despidos), se constatará que estos feroces adversarios en los negocios saben transformarse en "competentes aliados" cada vez que la inquietud aflora en el público, notablemente en las campañas publicitarias.

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"La tecnología es ante todo el discurso de la mentira (...) la mentira se sitúa en la totalidad del discurso tecnológico que afirma alto y fuerte los "valores" por el mismo medio que niega estos valores (...) El gran designio es que, ante todo, no hubiese conflictos" (Jacques Ellul, El bluff tecnológico) La esencia del totalitarismo tecnológico consiste en sustituir unas elecciones de orden político por soluciones técnicas. Éstas engendran nuevos problemas que las multinacionales y los burócratas pretenden gestionar de manera racional, es decir cada vez más técnicamente. Esta manera de afrontar el conjunto de los aspectos de la vida humana congela toda imaginación haciendo que por encima de cualquier otra cosa sólo sean posibles las soluciones técnicas, los paliativos, las prótesis.

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Es lo más corriente en torno a las decisiones delicadas que debe imponer imperiosamente, que la lógica capitalista y burocrática modernice su modo de gestión política. Del mismo modo que la aparición de los OGM es el fruto de la manipulación genética, la gestión política implica la manipulación de los individuos. Es necesario injertar el gen de la responsabilidad en los individuos desposeídos y dispuestos a recibirlo, para crear la ilusión de una participación ciudadana desprovista de toda dimensión decisional. Implicar moralmente al ciudadano permite a los poderes diluir sus responsabilidades.

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El ciudadano encarna una de las contradicciones centrales del capitalismo: al igual que en el campo de la producción, el capitalismo necesita integrar y excluir simultáneamente a los hombres en tanto que asalariados, el espacio político realiza simultáneamente la participación y exclusión de los hombres en tanto que ciudadanos. La gestión política actual se encuentra en efecto enfrentada a la obligación de tener que asumir un desgarro insoportable: al mismo tiempo que aspira en todo a alejar lo más posible a los individuos de la dirección de sus asuntos, se queja de la apatía general y la banalización de los comportamientos "incívicos" que esa situación genera ineluctablemente.

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El ciudadano moderno aparece hoy en día como la figura más mistificante de la impotencia política reinante.

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El ciudadano vota, seguro de hacer una elección política. Se le ha llegado a persuadir de que en un Estado de derecho todo es mejorable con un poco de buena voluntad ciudadana. Se le ha venido a hacer creer que él es tomado en consideración en unas decisiones que sin embargo jamás ha tomado. Algunos días ocurre incluso que se le obliga a manifestarse.

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El ciudadano se reconoce esencialmente por el grado de adhesión que mantiene en el espacio de los valores y las representaciones comunes de la clase media que han resultado ser dominantes para todos. Él es indiferentemente estudiante satisfecho, pedagogo perplejo, director comercial inquieto, empleado del sector cultural, lector de Télérama u otras bourideuseries, obrero razonable, quizás parado... En este sentido, su incapacidad política no es más que un aspecto del movimiento más vasto de desposesión que él encuentra en el conjunto de sus actividades cotidianas.

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A la manera de un producto de sustitución milagrosa, el discurso ciudadano surge en un momento en el que incluso las formas tradicionales de participación política y sindical se derrumban definitivamente. La aceleración del hundimiento de la vida social política desde los últimos diez años se explica principalmente por el fin de la falsa enemistad Este-Oeste, la desaparición de la clase obrera, y la victoria pareja de la lógica mercantil. Con la ayuda del medio asociativo de izquierda, instrumentalizado de manera paternalista por unos políticos sin embargo desacreditados, el ciudadano prospera en un proceso de mutación de la política donde toda oposición seria se desvanece, donde cada partido no cubre más que la gestión día a día de los cambios decididos por otros. Entidad elegida para colmar el vacío político y social, la figura del ciudadano es la abstracción que se eleva sobre sus ruinas.

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A pesar de que le gusta imaginarse ocupado, el ciudadano es por excelencia el hombre de la irresolución. Constantemente perdido cuando es cuestión de asentar una elección en cualquier materia, de la importancia que sea, es el hombre de las inquietudes jamás superadas. Unicamente producido para validar asuntos y elecciones preestablecidas, sigue estando más frecuentemente en la ignorancia casi completa de los actuales mecanismos de manipulación política, de ahí su propensión humanitarista. Como no se cuestiona jamás el asunto del poder, se agita en un ágora virtual que él desearía sin heridas ni conflictos. El ciudadano moderno es sin duda un cándido, tal como lo señaló con la más grande satisfacción el diputado Le Déaut, expresidente de la Oficina parlamentaria de elecciones científica y tecnológicas y organizador de la "Conferencia de ciudadanos" sobre los OMG en junio de 1998.

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Como no puede jamás decidir nada por sí mismo, todo se transforma para el ciudadano en simple objeto de conocimiento a perseguir indefinidamente. Aquí se encuentra la razón por la cual no aceptará más que debates desnudos de toda implicación práctica. El "debate" constituye en efecto el cuadro privilegiado de la efusión ciudadana: en la alegría de su insatisfacción sometida, escucha religiosamente la palabra tranquilizadora de los expertos que le revelan la imprescindible "objetividad" del saber doctoral; cuanto más progresa en la adquisición ilusoria de ese conocimiento, más piensa que ha llegado el momento de afirmar una decisión fiable y plena. Sin embargo, en el momento preciso en que su seguridad parece más fuerte, es atrapado de nuevo por su irresolución enfermiza, se hunde despreciado y desgraciado en la cuneta de su incertidumbre específica. Porque jamás quiere concluir. Su estado de embrutecimiento se manifiesta ahora por la confusión y la ausencia de interés por las cuestiones que apuntan felizmente a sus tristes charlatanerías. Y cuando en el debate de la Ciudad de Villette, se le anuncia que el desarrollo de los OMG es un último resorte indispensable si Europa no quiere distanciarse económicamente de los Estados Unidos, se queda apático frente a lo que, visiblemente, no es más que un dictado. Porque renuncia a todo uso de su voluntad y su discernimiento, el ciudadano, al mismo tiempo que sus maestros están en disposición de afrontar toda empresa, se ve reducido lógicamente a la necesidad de tolerarlo todo.

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Al alba del siglo XXI, con Internet y la Love Parade, el teléfono móvil y centenares de canales por cable, el espectador y el internauta, o lo que es igual, el hombre moderno, se ha transformado en un extremista del consenso: para escuchar únicamente lo que le da la gana escuchar y lo que le adula, le basta con zapear, pues en cualquier sitio encontrará una variedad ilimitada de discursos que ocultan las mismas mentiras, la misma propaganda que oculta innumerables tráficos de influencia. De su participación en este juego con el poder, el ciudadano extrae la satisfacción de contribuir a dar una forma humana a la potencia de la cual es el juguete y que destruye igualmente al mundo y a los hombres.

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Frente a un mundo que se precipita cada más resueltamente hacia un caos generalizado y en el cual la definición del hombre presentada por la ideología biotecnológica se reduce a la sola expresión de su código de ADN, la ciudadanía es una esas píldoras que tragamos para enmascarar los efectos derivados de una enfermedad incurable. De hecho, la liquidación de la impotencia política en la que cada uno está sujeto permanece vinculada a la, mucho más amplia, del sistema institucionalizado por el Estado y la lógica mercantil desde hace dos siglos. Esta liquidación tendrá una oportunidad de empezar cuando los individuos, rechazando la pasividad organizada y reconociendo sus fuerzas individuales como fuerzas sociales, reinventen el espacio público donde los diálogos ejecutorios (debates con aplicaciones prácticas) que conciernen a todos los aspectos de la existencia puedan tener lugar. En este cuadro, en oposición a un fantasmático "fin de la historia", las posibilidades ofrecidas a las ideas y a los principios de este combate, visible y directamente, siempre con la perspectiva de apoyar elecciones auténticamente vinculantes, constituirán las bases de expresión de una democracia completa y universal, por la cual el conjunto de los hombres podrá al fin crear su propia historia.

Algunos Enemigos del Mejor de los Mundos Transgénicos

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