Web.art y net.art no son sólo barbarismos de difícil traducción castellana, como otra tanta infinitud de términos de procedencia anglosajona que han ido jalonando los hitos del arte actual (y sobre todo el arte tecnológico -en particular- y de nuestra cultura contemporánea -en general-), sino que, por sí mismos, no representan sino una confusa maraña de aproximaciones dispares a las formas operativas del arte actual. Enfrentarlos resulta casi tan obsceno como puede ser proponer una pugna entre un armario y una flor, sin que además haya propósito alguno destinado a tal confrontación. Sin embargo, en su sin-sentido y en la imposibilidad más absoluta de llegar a conclusión alguna al respecto, es precisamente donde radica su interés. Porque, a partir de este estéril y titánico esfuerzo -prácticamente baldío- acertamos a comprender las perversas desviaciones de tantas y tantas actitudes operacionales de la crítica actual con respecto a una serie de prácticas actuales del arte que, ni por asomo, son capaces de alcanzar a comprender. No es un problema de capacidad o de falta de voluntad, sino que se trata de algo mucho más grave y profundo..., y que no es sino el hecho mismo de pertenecer a una cultura que ya no posee más conexión con aquella que se pretende analizar (evaluar) que la de la cita. Para hablar de web.art o net.art es preciso estar ya instalado en esta nueva cultura emergente. Una cultura cuyos parámetros particulares (y sus correspondencias antagónicas con la precedente) describió con rotunda nitidez Roy Ascott (precisamente no muy lejos de aquí y en fechas no muy lejanas)
simbióticas