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"El problema es que la clase política que tiene acceso al poder debe cumplir unas determinadas características de mediocridad. Las personas muy inteligentes evidentemente son sensibles, tienen sensibilidad. Son gente considerada peligrosa para ejercer el poder porque a veces tienen contradicciones, sentimientos, ideas, cambios de orientación en (...) [ Sigue... > ]
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Mirar el presente.

Viernes 29 de abril de 2005, por José Ramón I. Alba


Mucho y bueno nos están ofreciendo últimamente sobre las realidades que rodearon la Guerra Civil y los años posteriores. Tanto bueno que es necesario leerlo y hacerlo desde la templanza para no ir más allá de una reflexión consecuente y serena. Pero tanto bueno seria que la reflexión llegase hasta el presente y fuésemos capaces de observar y reaccionar ante una realidad que, diferente porque son diferentes los entornos sociológicos (internos y externos), mucho se acerca a ciertos comportamientos e intenciones. Porque bueno seria ver que aquellas fuerzas fascistas utilizan medios sutiles para ir “fusilando” la inteligencia de los ciudadanos. Desde tácticas mediáticas infringen un daño extremo a una comunidad que pretende ser abierta y libre.

Por eso no es poco lo que se purifique del pasado pero poco es lo que se analiza del presente. Amparados en una excusa de tolerancia mal entendida callamos cotidianamente los abusos y atropellos de una ideología retrógrada y obcecada en unos principios sectarios e intransigentes. No sé si es bueno decirlo así pero ¡demócrata lo serás tú! Porque ni por asomo creo que el respeto sea callar y no responder, ofrecer continua mejilla (herencia doctrinal que les ha ido muy bien para “apacentar rebaños”). Porque, aunque no lo creamos, el continuo carroñeo al que nos tienen sometidos va haciendo daño. Un daño neutro en apariencia porque no es inmediato, porque los efectos no surgen de forma alarmante, porque no provoca sangre. Esa es la característica de la actual violencia fascista: revestida de civilizada dialéctica cala en grado sumo en una ciudadanía saturada de simpleza y vacío (¿acaso alguien cree que toda la programación televisiva es casual? ¿acaso alguien puede creer que no obedece a un objetivo anulador?)

Y no creo, mal me convencerán de lo contrario, que en virtud de una democracia como ésta, haya que respetar a quienes, bajo su palio, abusan de un sistema en el que realmente no creen, es más, que a buen seguro les molesta y suprimirían. Que haya que respetar a quienes anulan el civismo y agreden impunemente a las libertades individuales. Pepistas y papistas. Por fin y de nuevo unidas las dos fuerzas tradicionales para la defensa de la leyenda nacional y amparados en una sociedad laica y plural que les acoge (pobres católicos de base, pienso, ante tan miserables espectáculos; pobres conservadores sensatos que tienen que ser incluidos en un paquete tan rancio).

Pero la culpa es nuestra. Porque mientras nosotros callamos ellos arrollan. Es nuestra la culpa por creer que un sistema de libertades se sostiene por él mismo sin necesidad de cuidados (la trampa de la democracia). Por creer que la tolerancia descansa sobre la asimilación de improperios, es decir sobre la pasividad cómplice. Por creer que lo social y políticamente correcto es la única vía de la concordia. Por perder tanto tiempo en lo superficial olvidando lo esencial. Por creer a pies juntillas afirmaciones y acusaciones sin reclamar argumentos. Por sostener y justificar cretinos y dictadores en nuestro entorno próximo. Culpa nuestra por no salir a la calle, por no apagar la tele una semana, por no dejar una semana de poner gasolina, por no sacar durante una semana el dinero de nuestros bancos, por no acudir a las puertas de nuestros parlamentos, por no educar desde la responsabilidad a nuestros hijos…

Culpa nuestra es que el germen autoritario y fascista se multiplique hoy bajo un excelente caldo de cultivo. Perdónenme los puristas de la democracia pero yo no puedo, ni quiero, respetar a quienes pretenden anular las libertades de cualquier individuo. Porque el respeto no debe convertirse en connivencia. Porque en estos momentos el daño es la pasividad.

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