Los comportamientos neofascistas (de ese nuevo fascismo dialéctico y mediático, no impositivo y militar) que de manera obvia se han multiplicado en las más altas jerarquías políticas durante los últimos años, se sustentan en los microfascismos tolerados que afectan al entorno inmediato de muchas personas. Si nos devuelven un cambio erróneo en la panadería, exigimos el arreglo de cuentas. Si nuestra última adquisición no funciona al enchufarla, la reparación o sustitución es incuestionable. En cambio, si en nuestro día a día nos vemos inmersos en situaciones de desprecio, negaciones injustificadas, caos e incluso ataques personales desde ámbitos superiores, enmudecemos. Enunciarlo como en estos textos es un primer paso básico; denunciarlo, una herramienta que no se debe temer utilizar, aunque la manera de hacerlo sea farragosa y no se obtenga respuesta de quien debiera darla. Sólo con la superación, que no desaparición, prácticamente imposible, de estos microfascismos, estaremos en condiciones de que fructiferen indignaciones y protestas globales como las que en tiempos muy recientes han llegado a conjuntar al 90% de la población, y que han terminado diluyéndose como un azucarillo en el café obnubilante de un bombardeo mediático o reblando frente a tanques de miles de euros mensuales. Uno de los escenarios más frecuentes para la germinación y el robustecimiento de estos microfascismos es el ámbito laboral, generalmente conformado por jerarquías verticales de fácil contaminación. En el sector privado se ha llegado a un punto en el que resulta chocante el ejemplo que todavía no ha derivado a una sobreexplotación mantenida con implicaciones personales en los empleados, que en ocasiones se suman a ella intensificando la presión de las actitudes fascistas sobre los propios compañeros. Precisamente estos últimos casos son los que resultan más dolorosos por incomprensibles. No obstante, en la función pública, que, de acuerdo con mucha gente, debe actuar de punta de lanza en la consecución de logros para los trabajadores – los microfascismos también han efectuado su puesta en escena. Y aquí está una de las principales preguntas que me formulo y lanzo en busca de respuesta: ¿Por qué?. Una posible explicación para el sector privado es la obtención de beneficios económicos o, en su defecto - pues en muchas ocasiones se consigue disminuir el rendimiento o empeorar la calidad final del producto – poseer una corte de aduladores serviles siempre primados frente al trabajador correcto aún cuando no reivindica. ¿Pero entre el funcionariado?. Las aspiraciones económicas resultan verdaderamente remotas, y el número de posibles aduladores de quien oprime bastante ínfimo entre unos trabajadores no tan vendidos como en el sector privado. Al contrario, la aplicación de estrategias fascistas, perjudica la gestión, la dificulta, y complica igualmente el día a día de quien las ejecuta; se autoatrapan en la situación que han creado. Quizá soy demasiado inocente en mis explicaciones o soy incapaz de descubrir motivaciones obvias; por eso las demando a quien lea este escrito, porque conocerlas es un medio de superar dichos comportamientos. En el caso de que no existan estas causas será mucho más dificultoso, pues se asimilarán al comportamiento lobotomizado, a una ceguera, temporal o permanente pero siempre insondable, de estos fascistas domésticos. Continuando con el espíritu del texto original, el de favorecer la detección de los microfascismos y estimular la respuesta a los mismos, me permito aumentar el listado de mecanismos que, sin ser exclusivos, son utilizados para articular las estrategias fascistas:
Fomento del caos: de una desorganización que multiplica inútilmente el trabajo.
Búsqueda de desavenencias personales entre compañeros.
Justificación hipócrita de comportamientos: “es por tu bien”.
Apropiación de éxitos comunes / Exculpación de errores propios o comunes.
Ausencia de respuestas a quejas argumentadas.
Autodefinición como salvadores de situaciones o incluso personas
Para entender mejor estos mecanismos se puede proseguir con el ejemplo de la panadería. Hay que imaginar que, para dar las vueltas, el dependiente cambia el billete de 20 € entregado a veinte monedas de 1 €, las cuales vuelve a agrupar en billetes de 5 €, uno de los cuales vuelve a convertir en monedas para la devolución definitiva. Este proceso, a todas luces complicado e inútil, lo justifica argumentando la necesidad de mantener un estricto control de la contabilidad, pero provoca, precisamente, un error en el cambio. El cliente protesta indicando cual sería la cantidad exacta a devolver, pero no recibe respuesta. El dependiente continua con su trasiego de calderilla hasta que de repente acierta en la cuenta y devuelve el cambio correcto, advirtiendo al cliente que la próxima vez no haga un pago tan complicado, que sólo se ha podido solucionar satisfactoriamente gracias a su método de control. Quien piense que con este ejemplo he caído en una exageración ridícula, ya me gustaría a mí que fuera así. En mi todavía corta experiencia laboral (no llega a cuatro años) tanto en el ámbito público como todavía más en el privado, he asistido a varias escenas de similar catadura que dejan a uno estupefacto, y momentáneamente desarmado para cualquier respuesta lógica. Se consigue en muchas ocasiones la anulación de la reacción mediante esta gestión surrealista, cada vez más extendida. Aprendamos a descubrirla, intentemos entenderla, para poder así combatirla. Ya existen guías que nos pueden ayudar en el proceso: una de ellas es la película Smoking room (Julio Wallovits y Roger Gual), hábil escenificación de un microfascismo (ojalá este término comience a ser reconocido mayoritariamente) en el ámbito laboral; o Dogville (Lars von Trier), que, como en Ensayo de la ceguera (José Saramago) diseccionan la naturaleza humana en situaciones de extrapolación universal. A través de la visualización y lectura de estas obras se puede conocer más acerca de las actitudes fascistas que incluso pueden surgir en nosotros mismos. Y pueden ayudar, sobre todo, a ver dichas actitudes desde fuera, a abstraerse de ese entorno muchas veces opresor y aprender a mirarlo, aprender a observar a sus promotores como a los primates en la jaula del zoo, con sus idas y venidas más o menos alocadas, con sus ocasionales movimientos espasmódicos tras los barrotes. A veces no se puede reprimir una carcajada y a partir de entonces, ya se está liberado para proceder a la queja y a la respuesta:
Perdone, me devuelve 50 céntimos de menos...
Rubén Castélls
simbióticas