Cada día resulta más difícil distinguir, apreciar las diferencias que por esencia deberían identificar a las ideologías. Mientras la derecha contamina las palabras y con ellas roba, modifica y vacía de contenido los conceptos (es capaz, sin vergüenza alguna, de invocar a la libertad para reprimir a los individuos), la izquierda —supuesta, supongo— decolora sin reparo su discurso y difumina sus principios intrínsecos. La derecha ha aprendido a disfrazarse, la izquierda ha optado por esconderse. Esta degeneración, esta distorsión, esta difusión de los símbolos, de las esencias, de los comportamientos en fin, facilita un excelente caldo de cultivo en el que se desarrollan a la perfección y sin cortapisas los microfascismos (Yo no voy a entrar en el juego de edulcorar ningún término, no voy a optar por el lenguaje políticamente correcto porque esto ayuda sin duda alguna a aumentar el disfraz de la tiranía y porque creo firmemente que sí hay derecha e izquierda y que cada día la primera va reforzando sus privilegios y marcando más las diferencias entre las personas). Unos microfascismos que, a modo de reproducción bacteriana van invadiendo el ecosistema social al que infectan mientras fagocitan, en nombre del desarrollo natural, a aquellos otros organismos que se didienten. Y lo hacen de forma sibilina porque han comprendido (adaptación al medio) que la violencia física, de momento, les resta eficacia. La estrategia es sencilla: proximidad y dialéctica. Proximidad, interviniendo únicamente en el entorno más inmediato para no provocar la alarma. Dialéctica, actuando en nombre de la eficacia y el bienestar. La eficacia es extraordinaria: la proximidad permite que, con mínima energía, se entreteje una red que sostiene a la perfección tiranías superiores, fascismos de calado global.
Todo esto podría considerarse una teoría paranoica si no la estuviésemos observando a diario. La intolerancia individual experimenta un auténtico desarrollo exponencial cuando se aplica a los grupos: crea dogma e impide la heterodoxia. El peligro esta servido: quien desarrolla o consiente actitudes fascistas en su entorno más inmediato, propicia y alienta una sociedad fascista. (Hay pequeños “aznarbushes” que serian tremendamente peligrosos si alcanzaran puestos similares).
Por ello, la responsabilidad de esta infección es nuestra cuando aceptamos, disculpamos y ocultamos los abusos. Quizá ocurre que han conseguido anularnos (estrategia de desautorización). Quizá ocurre que nos deslumbra su discurso neoliberal (estrategia dialéctica). Quizá es que no nos afecta directa y personalmente (estrategia de proximidad).
En muchos entornos laborales, referencio patrones de comportamiento presentes en el mío, estas actitudes se convierten en modelos de gestión. Unos modelos que van minando a las personas hasta alcanzar su anulación. En fin, si creemos que lo mencionado está lejos reflexionemos sobre los siguientes mecanismos que activan esta patología. Veamos:
Búsqueda de la mansa obediencia
Desprecio de la inteligencia (esta, además, no es necesaria cuando se tiene la fuerza)
Desconfianza hacia el que disiente
Censura al disconforme.
Amenaza al oponente
Exilio del diferente
Recelo ante lo nuevo
Prepotencia excluyente
Apriorismo de valías
Descalificación
Creación de docilidad y dependencia a través del temor
Fomento de la pereza intelectual
Argumentación a través del mando
Negación del hedonismo
Aupamiento arbitrario de adláteres
Menosprecio hacia los niveles inferiores
Ensalzamiento del criterio único
Negación de la evidencia
Paternalismo obsequioso
Encubrimiento funcional de los castigos
Desnaturalización de la igualdad
Ignorancia del derecho ajeno
Anulación personal a partir del aislamiento
Incapacitación laboral a partir de la usurpación de responsabilidades
Por otra parte, como complemento a estos mecanismos, una vez que se ha infectado al organismo (individuo o grupo) y se le ha dejado bajo mínimos niveles de motivación se produce una realimentación automática que refuerza los argumentos de quien oprime. Surge el fundamento por excelencia: “no se os puede dejar solos”. Comienza desde aquí una escalada imparable de justificaciones que van endureciendo el talante mientras ofrecen pruebas de su razón. Quien quiera entender que entienda.
El reto esta servido: debemos identificar y desvelar los emboscados microfascismos que proliferan en nuestro entorno inmediato y debemos neutralizar su expansión. Será conveniente que, además de la acción individual, partidos políticos de cierta orientación progresista y de izquierda (nada hacemos con que cambien de signo los gobernantes si en la calle, el trabajo, la familia… se siguen utilizando métodos coercitivos), además de sindicatos del mismo signo, se preocupen por combatir esta estrategia microfascista. Los partidos políticos en el entorno social, los sindicatos en el entorno laboral, los individuos en el ámbito relacional.
Comunicación y pensamiento critico pueden ser eficaces remedios.
José Ramón I. Alba
simbióticas