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Los nuevos capitalistas

José Luis Mateos en El Periódico de Aragón

Sábado 29 de octubre de 2005, por ediciones simbioticas


Se ha producido una democratización del ansia de mando, y el proletariado tiende a desaparecer atrapado entre dos fuegos: la revolución tecnológica (que quita puestos de trabajo) y la de los jefes

Corren malos tiempos para los trabajadores. Lo están viviendo en sus carnes los de la General Motors. Hay muchas cosas, y nuevas, que llaman la atención en esta crisis de deslocalización (vaya significado tan funesto para tan aparentemente inofensiva palabrita). Así como hace unos pocos años daba la impresión de que había un apoyo masivo a las reivindicaciones del factor trabajo, esta vez, cuando la empresa quiere recortar derechos que ya estaban allí, no parece que eso impresione mucho a la opinión pública. ¿Qué ha sido de los derechos laborales tan arduamente conseguidos? ¡Qué lejos están los obreros de Chicago que murieron en 1888 por defenderlos! ¿Hemos reculado en la marcha de la historia? El otro día me puse a ver Tiempos modernos (1936), la genial película de Chaplin. Pero... ¡si hemos vuelto allí! Es como si hubiese cambiado la sensibilidad social.

ESTAMOS EN un juego de mayorías y minorías. Si las mayorías son la parte débil, pues bien. Pero, ¿qué ocurre si los débiles son minoritarios...? Pues que no les hace caso nadie, pues ni son poderosos ni son muchos. Aquí habría que recordar al filósofo Leszek Kolakowsky (perseguido por el Partido Comunista polaco de Gomulka), cuando arguye que la izquierda debe defender sus ideas, aunque estas sean minoritarias. Antaño las revoluciones triunfaban por la fuerza del número. Ahora mismo los trabajadores son ya los menos frente a la legión de empresarios que encabezan la estructura social española.

De ahí que el proletariado (¿o ya no se llama así?), además de sufrir los inconvenientes de estar en la base de la jerarquía social, sufren los derivados de su marginalidad, en sentido puro y etimológico. Su problema es ya algo acotado, exclusivo de un colectivo, que no afecta ni a la sociedad como tal, ni a la mayoría de las gentes que componen esa misma sociedad.

Esta es una sociedad de empresarios. Casi hasta da vergüenza confesarse asalariado. Todo el mundo se autodenomina como empresario. Ya hay más jefes que indios. "Yo también quiero ser jefe". Así, el que no pueda ser empresario será jefe. No se sabe muy bien de qué, pero "jefe". Digamos que se ha producido una democratización del ansia de mando.

Además, como andan por ahí sueltos tantos jefes que... en fin, pues mucha gente dice "si ése está ahí, por qué no voy a estarlo yo". Y el proletariado puro y duro tendiendo a desaparecer, atrapado entre dos fuegos: la revolución tecnológica (que quita puestos de trabajo, con el beneplácito mansurrón de aquellos a quienes perjudica) y la revolución de los jefes, que como hemos dicho, ya son más.

Acabó la guerra fría. Cayó el telón de acero, pero en realidad los dos bloques estaban más indemnes de lo que se pensaba. Y de "fin de la historia", nada de nada. El capitalismo observó que —a pesar de que los tanques soviéticos ya no podrían "liberar" más al pueblo, como "lo hicieron" en Budapest en 1956 y en Praga en 1968— el marxismo había penetrado casi en exclusiva en el pensamiento, y por tanto en la opinión individual y colectiva de las gentes, por lo que seguía teniendo sus dificultades para imponer sus criterios de mercado. Así, Gorbachov no sabemos muy bien si fue un agente capitalista para acabar con el comunismo, o un agente para infiltrar marxismo en las entrañas del capitalismo.

Y EL MARXISMO, que tras la caída del telón de acero había visto peligrar su hegemonía intelectual con tanto Popper, Sorman y Fukuyama, se vio en la necesidad de introducirse en las estructuras económicas, hasta entonces exclusivas del capitalismo. Los marxistas ya no iban a estudiar sólo filosofía, historia o sociología, sino también economía, disciplina de la que ya son conspicuos maestros. De esta manera, se creó una simbiosis como la de la actinia y el cangrejo ermitaño. Las dos corrientes se vieron favorecidas. El capitalismo está más rampante que nunca, con los marxistas de prebostes. Y el marxismo ha encontrado su tabla de salvación, pues sus gentes dirigen la sociedad capitalista. Son los nuevos amos. Y ejercen sin los complejos de los patronos de toda la vida. ¿Cómo van a tenerlos si ellos son la conciencia de los trabajadores? Ya se sabe. No hay peor cuña que la de la misma madera.

Así, se consigue ese híbrido, esa solución de compromiso, que de momento está aquí y ahora. Y que frena las reivindicaciones sociales y laborales de los más débiles, utilizando a las mismas piezas de procedencia marxista. ¿Será ésta la tercera vía?

*Historiador y médico

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