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Los movimientos sociales alternativos: un balance (julio, 2002)

Francisco Fernández Buey en artnet.com

Jueves 9 de diciembre de 2004, por ediciones simbioticas

La mayor parte de los analistas comparte la idea de que el origen de los nuevos movimientos sociales debe buscarse en el ciclo de luchas y protestas de la década de los sesenta que culmina en 1968 y se prolonga, según los países, hasta mediados los años setenta del siglo XX. La expresión "nuevos movimientos sociales" comprendía entonces básicamente tres: feminismo, ecologismo y pacifismo.

Los tres (feminismo, ecologismo y pacifismo) han nacido en el marco y al rebufo de un movimiento social más amplio, el movimiento estudiantil o universitario que, entre 1965 y 1970, se extendió desde California a Frankfurt y Berlín, desde París a Praga y desde Barcelona y Madrid a Italia y México.

Los tres (feminismo, ecologismo y pacifismo) tienen su origen en las capas medias ilustradas de las sociedades llamadas de capitalismo tardío o avanzado, en una fase de crecimiento económico relativamente acelerado, de acentuada generalización de la enseñanza universitaria (lo que entonces se llamó "masificación") y de incorporación relativamente rápida de la mujer al trabajo externo (no exclusivamente doméstico).

Los tres (feminismo, ecologismo y pacifismo) han crecido, sobre todo por lo que hace a Europa, discutiendo, polemizando y/o dialogando con el movimiento social crítico (e inicialmente alternativo) de la sociedad capitalista más implantado en la época, es decir, con el movimiento obrero y sindical.

Los tres (feminismo, ecologismo y pacifismo) han nacido y se han desarrollado criticando a la vez "la democracia realmente existente" (en Estados Unidos y Europa occidental) y el "socialismo realmente existente" (sobre todo en la URSS y en los países del Pacto de Varsovia).

En su origen fueron básicamente movimientos antiautoritarios, antiburocráticos, antimilitaristas, antiimperialistas, antiproductivistas, antipatriarcales; y, por extensión, fueron también a la vez anticapitalistas (entendiendo por tal su oposición crítica al complejo industrial/patriarcal/militar del industrialismo productivista de la época) y antisocialistas (entendiendo por tal, básicamente, el modelo soviético de socialismo existente en la URSS, no el socialismo como ideal o como movimiento).

Los tres (feminismo, ecologismo y pacifismo) han nacido en Estados Unidos, en conexión con lo que se llamó "contracultura", trasladándose rápidamente, a través de la cultura anglosajona, a todo el mundo. Luego estos movimientos se han ido diferenciando por regiones y/o países casi siempre en función de estos dos factores: a) las peculiaridades culturales y nacionales; b) la implantación relativa, en cada país, del movimiento obrero y sindical con el que polemizaban o dialogaban.

En efecto, allí donde el movimiento obrero y sindical era muy débil o estaba particularmente integrado en el sistema social (casos de Estados Unidos, Alemania, Países Bajos y parte del Norte de Europa) estos otros movimientos sociales alcanzaron bastante rápidamente un alto grado de autonomía, tanto teórica como práctica. El ejemplo más notable en este sentido fueron las "iniciativas ciudadanas" en la RFA de finales de la década de los setenta, origen de lo que luego sería el Partido Verde Alemán.

En aquellos lugares en que, en cambio, el movimiento obrero y sindical (y los partidos políticos a ellos vinculados) habían conservado cierto espíritu de resistencia al sistema (por ejemplo, en la Europa del Sur, en Latinoamérica y en otros lugares) feminismo, ecologismo y pacifismo tuvieron que moverse en los márgenes de la socialdemocracia organizada, fluctuando, por tanto, entre la afirmación de la autonomía y la tendencia a transformar desde dentro estas otras organizaciones y partidos. Tal fue el caso, hasta la década de los ochenta, de Francia (donde los partidos socialista y comunista tenían una importante implantación en la década de los setenta), de Italia (con un partido comunista a punto de llegar al gobierno a mediados de los setenta) y de España, Portugal y Grecia (en fase de transición a formas democráticas y con una muy fuerte implantación de los partidos y movimientos comunistas hasta la década de los ochenta).

II

Dicho eso, habría que añadir tres precisiones necesarias.

Una: hablando con propiedad, los tres movimientos sociales mencionados (feminismo, ecologismo y pacifismo) son sólo relativamente "nuevos". En la década de los setenta del siglo pasado solía decirse que dichos movimientos eran "nuevos" por comparación con el "viejo" movimiento obrero y sindical. Pero, de hecho, el feminismo como movimiento social (sufragista, por ejemplo) es tan antiguo como el movimiento obrero y sindical; el pacifismo como actitud es más antiguo que el movimiento obrero y sindical, y como movimiento propiamente dicho se remonta, en Europa, por lo menos a la antesala de la primera guerra mundial (o, en algunos aspectos, a la guerra franco-prusiana de 1870). De modo que "la novedad" de estos dos movimientos en los años 60-80 tiene que referirse sobre todo a su dimensión (a la realidad social que representaban) y a su orientación (antisistema) más que a las ideas que defienden sobre la igualdad entre los géneros o sobre la paz.

Sí era "nuevo", en todos los sentidos, el movimiento ecologista o medioambientalista, pues aunque antes de los años sesenta había habido personalidades individuales (muy pocas en nuestro ámbito geográfico) de las que puede decirse que fueron "ecologistas" (por ejemplo Henry S. Salt, Aldo Leopold o Rachel Carson) nunca hasta entonces había habido un movimiento social que tuviera como objetivo explícito rectificar abiertamente el productivismo industrialista de nuestras sociedades.

Segunda precisión: muchas veces cuando se escribe sobre el feminismo, el ecologismo y el pacifismo de la década de los setenta, sobre todo el Europa, se tiende a ver su origen en el mayo francés de 1968. Esto es inexacto. Los documentos escritos del movimiento francés de ese año y las grabaciones que han quedado de las asambleas estudiantiles no avalan esta tesis. En los textos y en las grabaciones en que se recogen las reivindicaciones y las discusiones de los estudiantes, obreros e intelectuales que participaron en los acontecimientos del mayo francés apenas hay nada que tenga que ver con el feminismo, el ecologismo y el pacifismo. Hay que considerar, más bien, que el origen intelectual de estos movimientos está en la contracultura norteamericana de la década de los sesenta, vinculada a su vez a una reconsideración radical de las relaciones entre los sexos, al respeto de las diferencias (empezando por las diferencias de género), al retorno a la naturaleza a través de una nueva vida comunitaria, al movimiento en favor de los derechos civiles, a la crítica de la unidimensionalidad característica del capitalismo tardío y a la desobediencia civil como forma principal de protesta.

Tercera precisión: además de estos tres movimientos sociales y del ya mencionado movimiento estudiantil o universitario no se debe olvidar, en este contexto, que por los mismos años se estaba configurando y desarrollando otro movimiento social: el movimiento ciudadano, de base urbana, organizado por barrios, cuyas reivindicaciones (creación y mejora de infraestructuras, de los servicios sanitarios, de las condiciones de salubridad e higiene, de enseñanza, de esparcimiento y ocio, etc.) se entrecruzaban con algunas de las reivindicaciones de los otros movimientos y también con las reivindicaciones tradicionales del movimiento obrero y sindical. Así, por ejemplo, algunas de las luchas de los años setenta en las grandes ciudades incorporan reivindicaciones transversales del movimiento obrero, del movimiento ecologista, del movimiento feminista y del movimiento ciudadano. Este movimiento enlazaba ya, desde principios de la década de los setenta, con las prácticas de lo que en Estados Unidos se llamó "el nuevo vecindario" y con las teorizaciones que por entonces se estaban haciendo sobre el sentido y la función de los movimientos urbanos (H. Lefèbvre, A. Touraine, M. Castells, J. Borja, A. Mattelart) en Estados Unidos, Europa occidental y algunos países latinoamericanos (sobre todo en el Chile de Allende).

Es interesante recordar, a este respecto, que el auge del movimiento ciudadano suscitó ya en esos años una notable controversia sobre si la centralidad movimentista debía estar en el lugar de trabajo (la fábrica, la obra, el tajo, los centros de enseñanza) o en el barrio. Y lo es porque esta controversia estaba poniendo de manifiesto un conflicto de dimensiones parecidas al suscitado por el ecologismo y por el feminismo, a saber: si hay que dar más importancia relativa a la actividad crítica y participativa del trabajador (o trabajadora) como productor (preocupado sobre todo por la venta de la fuerza de trabajo, por las condiciones en que ésta se produce y por el control del sistema productivo) o como ciudadano (preocupado sobre todo por el consumo, el hábitat, el entorno, los derechos sociales y la cultura cívica).

El factor principal que contribuyó a suscitar esta controversia fue, sin duda, la mejora (relativa, pero ya muy perceptible al comienzo de la década de los setenta) de las condiciones de vida de la clase obrera en su conjunto (en Estados Unidos y en la mayoría de los países de la Europa occidental), esto es, lo que se llamó, según los autores, estado asistencial, estado providencia o estado del bienestar.

La controversia en sí tiene importancia para valorar la evolución posterior de los movimientos sociales críticos y alternativos, porque en ella se esbozaban dos estrategias diferenciadas que han estado latentes durante años: de un lado, un desplazamiento generalizado de las preocupaciones básicas de sectores muy importantes de la población hacia temas relacionados con el consumo, el entorno urbano y los servicios sociales, que es, por lo demás, lo que corresponde a una ampliación de las llamadas necesidades básicas también en los estratos bajos de la sociedad; de otro, un desplazamiento de la atención hacia las necesidades y reivindicaciones del proletariado de los países empobrecidos del mundo, precisamente con la consideración de que era en ellos donde podría encontrarse el sujeto revolucionario de los nuevos tiempos.

III

La acentuación, a partir de 1980, del ciclo conservador (tatherismo y reaganismo) en las sociedades industrialmente desarrolladas del Norte (Estados Unidos y Reino Unido, sobre todo) no sólo quebró parcialmente la ética de la resistencia del movimiento obrero y sindical sino que afectó también, y profundamente, a los nuevos movimientos sociales. La primera mitad de la década de los ochenta estuvo marcada, en el plano internacional, por la inflexión ofensiva de Estados Unidos y de la OTAN en materia de estrategia nuclear. Esta inflexión, que fue captada muy bien, ya en sus inicios, por el historiador británico E. P. Thompson, hizo pasar a primer plano (sobre todo en Europa) el movimiento antimilitarista y pacifista.

Sintomáticamente, gran parte de los militantes de los anteriores movimientos ecologista y feminista pasaron a trabajar en los movimientos anti-OTAN y en las organizaciones antimilitaristas y pacifistas. Esto se explica por el temor generalizado que entonces se produjo a una guerra librada con armas nucleares y porque la parte más activa del movimiento ecologista a comienzos de la década de los ochenta se oponía a la energía nuclear en sus diferentes manifestaciones. Así nació lo que se conoce con el nombre de ecopacifismo. Al mismo tiempo el movimiento feminista se vio afectado por los efectos de la reestructuración industrial y por las restricciones impuestas (desde un punto de vista neoliberal) al Estado asistencial que frenaron el ritmo de incorporación de la mujer al trabajo externo, no sólo doméstico.

Así, pues, se puede decir que el gran movimiento social de mediada la década de los ochenta ha sido el movimiento antibelicista y antimilitarista (con sus varias corrientes). Casi todas las grandes manifestaciones de esos años en Europa y buena parte de la literatura movimentista de esa época tienen que ver con la preocupación ante lo que se percibía, con razón, como un inminente peligro de guerra nuclear entre las dos grandes potencias, peligro que no empezó a decrecer hasta la proclamación de la perestroika en la Unión Soviética y la declaración, por parte de Gorbachov, de un desarme unilateral.

Durante ese período, y hasta la celebración del referéndum sobre la OTAN (1986), en la mayoría de las comunidades autónomas que componen el estado español coincidió en este movimiento antibelicista y antimilitarista casi todo lo que quedaba en el país de la vieja izquierda social-comunista con casi todo lo que había nacido en la década de los sesenta como nueva izquierda (libertaria y antiestalinista). Ahí hay que ver, por lo demás, el origen de Izquierda Unida como movimiento político-social.

De ese período habría que subrayar en este balance otras dos cosas.

Primera: la incorporación (cuantitativa y cualitativamente importante) de sectores religiosos (en nuestro caso cristianos) al movimiento antimilitarista; incorporación favorecida no sólo por la actividad de las comunidades de base sino también por la actitud de la jerarquía de algunas iglesias ante las armas nucleares y por el desarrollo de la filosofía latinoamericana de la liberación. Todo eso contribuyó a dar una nueva dimensión ideológica, más mestiza, más plural, al movimiento, factor éste que le diferencia de las marchas antibelicistas de las décadas anteriores en varios países europeos, como Alemania e Inglaterra. De hecho, tanto en la controversia como en la decantación progresiva del movimiento antimilitarista en esos años se pudo observar una tendencia a la aproximación entre el antibelicismo de base marxista o socialista y el punto de vista no-violento de inspiración tolstoiana o gandhiana. La fase ascendente del movimiento antimilitarista termina, sin embargo, hacia el final de la década, sin resolución de la controversia teórica y sin que acabara de producirse una decantación clara entre pacifismo esencialista y antimilitarismo.

Y segunda: la influencia, cada vez mayor en el conjunto de los movimientos sociales, de las reflexiones de origen feminista sobre vida cotidiana, nueva sensibilidad, educación de los sentimientos, diferencias de género e igualdad; una influencia que, independientemente de las fluctuaciones del movimiento feminista propiamente dicho en el aspecto organizativo, se hizo muy patente en el conjunto del movimiento antimilitarista y ecopacifista de entonces. Este fenómeno es observable tanto en algunas de las manifestaciones antibelicistas de la época en Inglaterra como en numerosos documentos teóricos del movimiento en Alemania e Italia.

Paralelamente, durante ese período, se produjo una importante crisis del anterior movimiento ciudadano. Se trata de un proceso con oscilaciones cuyo factor determinante ha sido (casi siempre) la proximidad al gobierno y al poder de unos u otros partidos políticos. Esta crisis tuvo dos derivaciones principales, cuyos ejemplos, emblemáticos, fueron Alemania y España.

En Alemania las anteriores iniciativas ciudadanas, que habían estado poniendo el acento en el voluntariado social frente a la profesionalización y tecnificación de la política institucional y, consiguientemente, en el trabajo asambleario y en el movimentismo, quedaron incorporadas (como gran parte del movimiento pacifista, del ecologismo y del feminismo alternativo) al Partido Verde, que se fue consolidando como una opción político-social independiente de los dos grandes partidos parlamentarios (la democracia cristiana y la socialdemocracia).

En España, con el PSOE en el gobierno desde 1983, el movimiento ciudadano fue perdiendo autonomía, bien por integración de sus miembros en los partidos políticos, bien por incorporación de los mismos en el más amplio movimiento antimilitarista y pacifista. Poco a poco el movimiento ciudadano fue colonizado por los diferentes partidos políticos y su actividad anterior generalmente sustituida por los profesionales de la gestión y de la animación cultural, con lo que el trabajo social voluntario pasó a un segundo plano.

Así, pues, cuando se entra en la nueva fase de distensión internacional (a partir de 1986-1987) todos los movimientos sociales anteriormente mencionados estaban en un nivel más bajo que el que habían alcanzado en la década de los setenta. En España el movimiento anti-OTAN se deshace después de la derrota en el referéndum. El más amplio movimiento antimilitarista se fragmenta en movimientos sociales menores, organizativamente menos articulados (objetores al servicio militar, objetores a los gastos militares, insumisos) y muy marcados, además, por las peculiaridades nacionales y regionales o por la influencia directa de los nacionalismos. Se diría, por tanto, que la nueva situación internacional y el proceso de institucionalización progresiva de estos movimientos han contribuido a hacerlos más plurales pero al mismo tiempo han tenido el efecto de limar las puntas críticas anticapitalistas con que nacieron.

Mientras tanto, paradójicamente, la catástrofe de Chernobyl confirmaba una intuición básica del movimiento ecologista (a saber: que el peligro que representa la industria nuclear no depende de la calificación de los sistemas políticos), y la evolución de los acontecimientos en la URSS y en el conjunto de los países que formaban parte del Pacto de Varsovia confirmaba otra intuición básica del movimiento pacifista (a saber: que el peligro principal, en este ámbito, estaba en el otro lado, el más poderoso tecnológica y económicamente, y el mejor armado)

IV

La caída del muro de Berlín, la desmembración de la URSS, la desaparición del Pacto de Varsovia y el final de la bipolarización en el plano internacional han significado, desde los inicios de la década de los noventa del siglo XX, un nuevo desplazamiento de los ejes principales de la conflictividad mundial. El conflicto del golfo Pérsico se puede considerar como el momento inicial de esta nueva fase, caracterizada por la guerra por los recursos (entre Norte y Sur, entre centro y periferia) así como por las latentes guerras por los mercados y comerciales entre los principales bloques económicos y financieros (Estados Unidos, Japón, UE y, potencialmente, China).

Tras un breve momento inicial de relativa euforia, ideológicamente caracterizado en "Occidente" como "fin de la historia", se ha ido imponiendo la percepción de que las "guerras entre culturas" o "guerras entre civilizaciones" pasaban a ocupar el lugar de la antigua polarización entre los Estados Unidos de Norteamérica y la Unión Soviética. La dimensión étnico-cultural y/o religiosa de las guerras que desde 1990 han tenido lugar en los Balcanes, en Chechenia, en Argelia, en Turquía, en la región africana de los Grandes Lagos, en Oriente Medio, en Afganistán, entre India y Pakistán, etc. parecen confirmar esta percepción, aunque también es verdad que en la presentación de los hechos se tiende a ignorar por lo general otras dimensiones de los mismos: la agudización paralela de los problemas económicos y sociales en el mundo pobre, el aumento de las desigualdades y la existencia de intereses geoestratégicos de las grandes potencias o uniones económicas anteriormente mencionadas.

Es una constante reiterada en la historia mundial desde el siglo XIX el que siempre que decae, por unas u otras razones, la lucha entre las clases reaparecen las viejas luchas religiosas y/o étnico-culturales, sobre todo en la periferia o en los márgenes de lo que I. Wallerstein ha llamado la "economía-mundo". También esto está ocurriendo en las últimas décadas. El nuevo impulso adquirido por el proceso de globalización del sistema capitalista ha producido dos formas paralelas de fundamentalismo en el mundo: de un lado el esencialismo o integrismo llamado "neoliberal", muy vinculado al etnocentrismo euronorteamericano, y, de otro, los nuevos integrismos religiosos, que tienen su parte de resistencia al proceso de uniformización cultural mediante la reafirmación de las identidades y su parte de reacción conservadora en el sentido más peyorativo. En efecto, la nueva situación, que se prolonga a lo largo de toda la década de los noventa, ha producido un desplazamiento de todo el sistema ideológico-político-cultural hacia el conservadurismo y los particularismos. Esto está afectando también a los movimientos sociales aquí considerados.

Es el momento de decir que "pacifismo", "ecologismo" y "feminismo", sin más consideraciones, ya no significan, en el contexto actual, lo que significaron hace veinte años. De la misma manera que cuando alguien pronuncia la palabra "izquierda" hoy en día es razonable preguntar "qué izquierda", así también cuando se pronuncian esas otras palabras hay que preguntar qué pacifismo, qué ecologismo, qué feminismo.

De hecho, los tres principales movimientos sociales surgidos en la década de los sesenta están pasando ahora por una decantación. Oscilan entre: a) la institucionalización e integración en partidos políticos preexistentes (cuyas nombres no corresponden ya a sus programas); b) la utilización de los partidos políticos tradicionales para institucionalizar las propias reivindicaciones; c) la aceptación de la financiación estatal directa; y d) la preservación de la ética de la resistencia o de la solidaridad internacionalista en el presente. Esta oscilación afecta muy sensiblemente a la autonomía de dichos movimientos. Y, en general, puede añadirse que también ellos, los movimientos sociales con tendencia a la institucionalización, cumplen la ley de Robert Michels sobre la burocratización necesaria de las grandes organizaciones sociopolíticas, incluso en los casos en que dichas organizaciones siguen afirmando ritualmente su vocación alternativa en la sociedad existente.

Un rasgo característico importante de la evolución de estos movimientos en la década de los noventa es la mayor concreción y relativa desideologización de sus propuestas, la tendencia a lo que suele llamarse "realismo". Esto es muy patente, por ejemplo, en la transformación de una parte del movimiento ecologista en partidos verdes o ecopacifistas. Y vale, con variantes, lo mismo para España que para Alemania, Países Bajos, Francia o Italia. Al tiempo que una parte de las propuestas del feminismo, del ecologismo y del movimiento de objetores ha calado en el conjunto de la sociedad civil también se ha producido un debilitamiento del anterior movimentismo asambleario en favor del politicismo y, consiguientemente, una crisis en la autonomía de los tres movimientos que frecuentemente se han visto sacudidos por discusiones acerca de la participación en los procesos electorales detrás de un algún partido político o alianza electoral mayor.

V

Se puede decir que en la década de los noventa había ya en nuestras sociedades europeas más movimiento organizado institucionalmente por arriba (y pagado o subvencionado por las instituciones) que por abajo. Se ha ido pasando de primar el trabajo estrictamente voluntario de los afiliados a la consideración, muy extendida, de que la profesionalización exige ampliar las subvenciones estatales. Al consolidarse tal sistema de relaciones el movimiento social, por alternativo que diga seguir siendo, tiende a convertirse en un grupo de presión, bien sea del Estado en general, bien de los autogobiernos autonómicos, bien, en última instancia, de los partidos políticos preexistentes.

Esta circunstancia puede explicar dos datos sociológicos, aparentemente contradictorios, según los cuales, por una parte, ha aumentado mucho el porcentaje de jóvenes afiliados a diferentes ONG (mientras desciende entre ellos la aceptación de los partidos políticos) y, sin embargo, por otra parte, se consolida, y no sólo electoralmente, la ideología "neoliberal". Todo ocurre como si en la crisis del llamado estado asistencial una parte relativamente importante de las asistencias y de las subvenciones estatales estuvieran siendo dedicadas a la integración en el sistema de los antiguos "nuevos" movimientos.

Un análisis detallado del número de manifestaciones, participantes, entidades convocantes y orientación de las mismas, en el ámbito del ecologismo, del pacifismo y del feminismo desde 1991 hasta 1999 confirmaría seguramente esta impresión. Pero por el momento, y a falta de ese análisis, se puede dejar en eso: en impresión. La cual, de todas formas, se refuerza cuando se observa lo que está siendo la evolución o la tendencia de buena parte de las llamadas Organizaciones No Gubernamentales, a veces presentadas por los medios de comunicación como el movimiento social más importante de la década de los noventa. Me remito en este punto al detallado análisis realizado recientemente por Joan Picas Contreras en "El papel de las organizaciones no gubernamentales y la crisis del desarrollo", presentado el año 2001 como tesis doctoral en la división de ciencias sociales de la universidad de Barcelona.

Para empezar, parece una exageración calificar de movimiento (así, en singular) una amalgama tan heterogénea de organizaciones y asociaciones con objetivos, fines y metas sociopolíticos y socioculturales tan diversos. Éstos incluyen desde la práctica de la caridad (en el sentido más tradicional de la palabra) para con los segmentos sociales excluidos o en peor situación en diferentes países del mundo hasta la ayuda al desarrollo ecológicamente orientado pasando por el comercio justo o por la ayuda humanitaria a refugiados y desplazados, lo que incluye numerosísimos proyectos de colaboración internacional solidaria. Por consiguiente, al describir la evolución de las Organizaciones No Gubernamentales es mejor hablar de movimientos (en plural) y con orientaciones ideológicas contrapuestas.

En segundo lugar, se debe precisar que una parte importante de estas organizaciones sólo son "no-gubernamentales" nominalmente: muchas de ellas dependen (y no sólo en lo económico) de los gobiernos; otras han sido ya creadas directamente por los gobiernos (en sus diferentes instancias) con la intención política de contrarrestrar la influencia de organizaciones previamente existentes y que actuaban, éstas sí, con inequívoca autonomía; algunas aparecen como la forma posmoderna de la beneficencia organizada por los ayuntamientos y los gobiernos municipales o por instituciones eclesiásticas que compiten indirectamente en la alternancia gubernamental; y sólo algunas, la minoría, pueden ser consideradas como asociaciones voluntarias dependientes de los fondos aportados por sus afiliados. Reconocer que esto es así no implica juicio alguno sobre la mayor o menor eficiencia de cada una de ellas en relación con los fines propuestos, pero sí sugiere la existencia de un cambio general de orientación respecto de lo que fueron los movimientos críticos y alternativos de las décadas pasadas.

Por último, el carácter no-gubernamental de algunas de estas organizaciones tiene que entenderse en un sentido restrictivo, no en un sentido amplio. O sea: son independientes, cuando lo son, de este o de aquel gobierno, no del gobierno en general. Esta precisión se hace necesaria porque, en ocasiones, al hablar de las ONG se desliza, equívocamente, la afirmación de que constituyen (o son parte de) la "sociedad civil" frente al Estado, incluyendo en éste, como algo contrapuesto a la "sociedad civil", todo el arco de los partidos políticos parlamentarios. En realidad, la actual apropiación neoliberal o social-liberal del concepto de "sociedad civil" y el uso vago que habitualmente se hace de la expresión "agentes sociales" es parte del equívoco. Es el mismo equívoco que sirve para trivializar la diferencia histórica entre liberalismo y libertarismo.

Contra las apariencias, y por paradójico que pueda parecer eso en esta fase de ascenso del neoliberalismo conservador y de la ideología dominante del Estado mínimo, el papel del Estado en nuestras sociedades se ha reforzado en todos los ámbitos importantes de la vida menos en uno: el control de los mercados y de las relaciones laborales. El Estado y los autogobiernos regionales o nacionales dimiten sólo parcialmente de su función educativa (tanto en la enseñanza pública reglada como en los medios de comunicación), pues no dejan de orientar la dirección de las privatizaciones subvencionado (con dinero público) las organizaciones ideológicamente más próximas. Este proceso influye igualmente en la evolución de las ONG y del conjunto de los movimientos sociales. A diferencia de lo que ocurría en los movimientos de las décadas anteriores, la decantación libertaria y/o voluntariamente extraparlamentaria o anti-sistema en el feminismo, en el ecologismo y en el pacifismo se hizo mínima en Europa durante la década de los noventa, de modo que algunas de las hipótesis avanzadas por Guy Debord en Consideraciones sobre la sociedad del espectáculo se han hecho realidad. Desde ahí se entienden bien buena parte de las críticas internas (de James Petras a John Holloway) que se han pronunciado sobre las ONG y otros movimientos sociales en estos últimos años.

Pero, por otra parte, entre el movimentismo anti-sistema (libertario o neomarxista) y la institucionalización acelerada de muchas de las organizaciones no-gubernamentales había, al empezar la presente década, todo un abanico de actitudes y comportamientos críticos ante los poderes establecidos. Ya la simple observación de la existencia de este abanico de actitudes, que van desde la ética de la resistencia a la propuesta de otras formas de hacer política, no permite concluir que la integración de los movimientos sociales en el sistema capitalista del Imperio sea una característica general.

La primera excepción importante a esta tendencia, desde mediados de los años noventa, es seguramente el movimiento okupa, criminalizado en muchos países porque atenta contra la sacrosanta propiedad privada en sociedades que dicen garantizar constitucionalmente el derecho a la vivienda. De todos los movimientos sociales surgidos en la década de los noventa éste es el que ha afirmado con más coherencia y radicalidad la propia autonomía respecto de las instituciones y de los partidos políticos institucionalizados, seguramente porque en la concreción de sus reivindicaciones pone el dedo en la llaga de una de las lacras más llamativas del sistema y que más afecta los jóvenes en el momento actual. En este punto me remito a la interesante investigación que sobre el movimiento okupa en Cataluña está realizando Jaume Asens Lodrà, un anticipo de la cual fue presentado en el Departamento de Sociología de la UPF el año pasado.

De todas formas, en este ámbito de la no-integración hay que considerar también las actividades críticas de algunas organizaciones con importante implantación en todo el mundo, como "Greenpeace" y "Amnistía Internacional", así como las asociaciones y organizaciones (surgidas durante los últimos años en los cinco continentes) en favor de los inmigrantes pobres en países ricos, asociaciones antirracistas, en defensa de los derechos sociales de los trabajadores, en defensa de las mujeres maltratadas, contra la esclavización de los niños, en defensa de las culturas indígenas, en favor de un uso alternativo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, etcétera.

Estas últimas asociaciones no siempre han logrado hasta ahora cristalizar en verdaderos movimientos coordinados y estructurados, pese a lo cual parecen estar anunciando al menos un concepto alternativo de ciudadanía para el siglo XXI, una revisión de la idea ilustrada de tolerancia y una ampliación de la idea tradicional de los derechos humanos.

VI

El fenómeno más significativo del cambio de siglo en lo relativo a los movimientos sociales alternativos ha sido el rápido desarrollo del llamado "movimiento antiglobalización". En su génesis hay tres ciudades muy distintas que, sin embargo, simbolizan bien lo que este nuevo movimiento quiere representar: Chiapas, Seattle y Porto Alegre.

Numerosos cronistas han coincidido en señalar como un primer antecedente de este movimiento el Primer Encuentro Intercontinental por la Humanidad y Contra el Neoliberalismo organizado del 27 de julio al 3 de agosto de 1996, en Chiapas, México, por iniciativa del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional). Esta iniciativa se prolongaría luego en varias reuniones más y daría impulso a la propuesta de una Acción Global de los Pueblos en la que se complementan las reivindicaciones indigenistas del neozapatismo y la orientación mundialista crítica de la globalización neoliberal. En este ámbito empezaron a discutirse y a esbozarse algunas de las reivindicaciones que han inspirado las acciones más importantes del movimiento antiglobalización hasta la fecha: primero en Seattle (noviembre de 1999), luego en Praga (septiembre de 2000), Porto Alegre (enero de 2001), Génova (julio de 2001) y, ya en el año 2002, en Barcelona, Roma y nuevamente Porto Alegre.

En poco más de dos años la dimensión alcanzada por el movimiento antiglobalización y su repercusión mediática han sido impresionantes, tanto por el número de participantes en las manifestaciones (en crecimiento sostenido desde la movilización en Seattle) organizadas contra diferentes reuniones de la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el G-8, la cumbre europea etc., y por su composición (que es realmente internacional y multicultural) como por el número de asociaciones vinculadas (más de un millar de organizaciones de los cinco continentes ya en el I Foro Social Mundial de Porto Alegre).

El denominado movimiento antiglobalización es propiamente un movimiento de resistencia global, un movimiento de movimientos, en el que se puede considerar superada la anterior distinción entre viejos y nuevos movimientos sociales, pues en él concurren sindicatos y partidos políticos de izquierda, organizaciones ecologistas, pacifistas y feministas, asociaciones indigenistas, antirracistas y grupos de ciudadanos que ponen el acento en la defensa de los derechos humanos, de los derechos sociales y de los derechos civiles.

Esto no quiere decir que se trate de un movimiento de síntesis en la que hayan desaparecido las tendencias y diferencias ideológicas, tácticas y estratégicas que caracterizaron a los otros movimientos aquí analizados. Tales diferencias siguen existiendo y aparecen con claridad en muchos de los documentos producidos y en las manifestaciones organizadas por el movimiento. El movimiento antiglobalización ha heredado de los anteriores movimientos sociales el espíritu crítico respecto de las actuaciones de los partidos políticos tradicionales y de las cúpulas sindicales así como también su énfasis originario en la autonomía respecto de los mismos. Pero, por otra parte, ha dejado en un lugar secundario muchas de las discusiones que sacudían e estos otros movimientos en su fase de declinación en favor del análisis de los efectos (económicos, sociales y culturales) de la globalización neoliberal y en favor de la concreción de sus objetivos alternativos. Es en este sentido en el que se puede decir, por tanto, que empieza a hacerse anacrónica la anterior diferenciación entre movimientos viejos y nuevos.

Un síntoma de ello es la incorporación al movimiento de movimientos tanto de sindicatos importantes - en Estados Unidos, en Brasil, en Italia, en Francia, en España, etc.- como de algunos partidos políticos que llevan tiempo actuando en el límite entre la política institucional y el movimentismo. Así, por ejemplo, militantes y dirigentes del Partido de los Trabajadores de Brasil, de Izquierda Unida en España, del Partido de la Refundación Comunista en Italia, del Partido Verde Alemán e incluso de varios partidos socialistas se han comprometido desde el primer momento con este movimiento junto a personas, organizaciones y asociaciones de todo el mundo que disienten profundamente de todos los partidos con representación parlamentaria.

Probablemente la explicación de esta característica no es sólo que el movimiento de movimientos está todavía en sus inicios. Hay también otros factores coadyuvantes. Entre ellos habría que subrayar los siguientes: una coincidencia muy amplia en priorizar lo social frente a lo político; la crítica compartida a la democracia representativa actualmente existente en la mayoría de los países; la conciencia de la involución autoritaria, fascistizante o neofascista de lo que habitualmente se llama neoliberalismo; la creación, a través de Internet, de redes propias de contrainformación, diálogo y discusión. Este último factor tiene por el momento una gran importancia pues ha evitado que la agenda del movimiento quedara determinada desde el principio, como está ocurriendo con casi todos los sindicatos y partidos políticos institucionalizados, por la presión de los grandes medios de comunicación. Lo que mantiene, por lo demás, la unidad de acción entre fuerzas diversas es, por una parte, la resistencia al nuevo autoritarismo implicado en las políticas neoliberales y, por otra, la dimensión prepolítica (social, ética o contracultural) de algunas de sus reivindicaciones principales.

A pesar de la heterogeneidad de este movimiento de movimientos, que es evidente, hay toda una serie de objetivos compartidos por las diversas organizaciones y personas comprometidos en el mismo: el control del poder ahora ilimitado de las multinacionales, la condonación de la deuda externa de los países empobrecidos, la reforma radical (o la supresión) de las grandes organizaciones económicas y políticas internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, la construcción de una democracia participativa como alternativa a la democracia representativa realmente existente. En la formulación de objetivos el movimiento oscila entre una estrategia declaradamente anti-neoliberal y una estrategia decididamente anticapitalista.

En la conciencia de la mayoría de las personas y organizaciones que lo integran el movimiento antiglobalización es un movimiento anti-sistema. Pero no lo es en el mismo sentido en que lo eran originalmente los movimientos sociales alternativos del 68, entre otras razones porque hoy se conoce mucho mejor lo que el "sistema" es y sobre todo sus vías directas e indirectas de asimilación inmediata de todo aquello que se presenta como alternativo. Comparativamente, una de las cosas que llaman la atención es que este movimiento de movimientos ha abandonado la inspiración romántica, marcusiana, de la crítica a los medios de comunicación y a la publicidad para poner el acento en un uso alternativo del más avanzado de los medios de comunicación existentes.

El listado de las acciones que el movimiento antiglobalización ha programado en Porto Alegre para 2002-2003 da ya una idea de la amplitud de sus objetivos. Allí el movimiento se ha comprometido a dar la batalla por el acceso de las gentes pobres al agua potable y a los fármacos que ahora no están a su alcance, señaladamente para combatir el SIDA; se ha comprometido a presionar para modificar la estrategia de la FAO contra el hambre en el mundo; se ha comprometido a exigir la adhesión de todos los gobiernos al protocolo de Kyoto; ha incorporado la reivindicación del 0,7 del PIB para la ayuda a los países empobrecidos; se ha comprometido a dar la batalla contra el comercio de armas y por la reconversión de las fábricas de armamentos; se ha manifestado contra las patentización de partes de seres vivos; ha hecho campaña a favor de la tasa Tobin y de la cancelación de la deuda de los países empobrecidos; y ha hecho suya las reivindicaciones indigenistas frente a la globalización cultural que conduce a la homogeneización y a la extinción de lenguas y culturas minoritarias. Es obvio que todos y cada uno de estos objetivos chocan de frente, en mayor o menor medida, con la orientación neoliberal de la globalización en curso.

Aun así, la caracterización habitual de este movimiento en curso como antiglobalizador es todavía imprecisa. En primer lugar porque supone en él un genérico empeño crítico contra la globalización en general cuando la mayoría de las organizaciones, grupos y personas que lo componen se oponen propiamente a esta globalización, es decir, a la gestión neoliberal y neocapitalista de un proceso, el proceso de globalización, que viene de lejos. En segundo lugar porque esa caracterización parece implicar en el movimiento una orientación exclusivamente negativa, anti, cuando uno de los rasgos del mismo está siendo ya su capacidad para hacer propuestas alternativas en positivo.

El conocido slogan "otro mundo es posible" no es sólo una palabra recuperadora del espíritu de la utopía; es también expresión de la convicción interna del movimiento en el sentido de que hay ya propuestas alternativas realizables. Basta con pensar a este respecto en las aportaciones teóricas de algunas de las personas que más han influido en el desarrollo de la conciencia de los militantes y organizaciones que componen el movimiento: Marcos, subcomandante del FZLN, sobre el vínculo existente entre la defensa de los deseos y necesidades de los indígenas y la autonomía de los movimientos; Noam Chomsky, con su crítica radical de la política exterior de EE.UU desde la época de la guerra fría hasta el 7 de octubre de 2001: Bernard Cassen e Ignacio Ramonet, de Le monde diplomatique, como promotores (entre otros) del Foro Social Mundial de Porto Alegre; Tarso Genro y Raul Pont, alcaldes de Porto Alegre en distintos momentos, sobre la virtualidad de la democracia participativa en los ámbitos local y regional; Walden Bello, director de Focus, sobre la democratización de la economía global; Susan George, del Instituto Transnacional de Ámsterdam, sobre la posible democratización de la Organización Mundial de Trabajo; Hazen Henderson sobre lo que puede ser un desarrollo humano sostenible; Diane Matte, feminista, sobre las posibles medidas para corregir el efecto negativo de globalización actual entre las mujeres del mundo; Naomi Klein sobre el papel de las grandes marcas (Nike, Microsoft, MacDonald’s, Motorola, Coca cola, etc.) en el mercado mundial y cómo hacerlas frente; José Bové sobre los métodos de acción a emplear contra las grandes empresas transnacionales en la agricultura; I. Wallernstein sobre el sistema-mundo como perspectiva de análisis; Toni Negri y Michael Hart sobre la caracterización del Imperio actual y las perspectivas de un movimiento simétrico contra la globalización sin mediaciones ideológicas...

La novedad de este movimiento de movimientos respecto de otros movimientos sociales anteriores es su carácter no sólo internacionalista sino realmente mundial, su aspiración a una ciudadanía planetaria respetuosa de las diferencias lingüísticas y culturales. Hasta ahora ninguno de los movimientos sociales críticos y alternativos mencionados en este balance había logrado tener una dimensión así, o sea, una organización que oponer a las grandes instituciones económicas internacionales y a las asociaciones políticas institucionalizadas que, con matices, dan su apoyo a las organizaciones económicas básicas del sistema. Los partidos comunistas dejaron de tener una organización internacional hace tiempo; los sindicatos no han logrado levantar una organización internacional operativa que vaya más allá del análisis conjunto de las situaciones; los partidos nominalmente socialistas la tienen pero no son ya ni siquiera arena en los engranajes del sistema que ha generado esta fase de la globalización; los otros movimientos no pasaron del "pensar globalmente y actuar localmente". De manera que el mundialismo crítico del sistema que quedaba en las últimas décadas había que buscarlo en algunos documentos de la UNESCO o en algunas organizaciones religiosas con vocación ecuménica. Esa situación ha empezado a cambiar en los dos últimos años al irse configurando una red de redes con presencia de personas y organizaciones de los cinco continentes.

Otra de las consecuencias de la aparición del movimiento de movimientos es la tendencia a superar una de las limitaciones de los movimientos sociales críticos y alternativos de las décadas anteriores: el ser, en muchos casos, movimientos de un solo asunto, por grande e importante que este asunto fuera (la crisis medioambiental, la crítica de las armas, las reivindicaciones de las mujeres). Las manifestaciones de Seattle, Praga, Génova y Barcelona, por una parte, y el intercambio de ideas y proyectos alternativos que ha supuesto la creación del Foro Social Mundial, por otra, obliga a inscribir el trabajo cotidiano de asociaciones críticas que siguen dedicándose mayormente a un solo asunto (sea éste el comercio justo, las batallas ambientales, la cooperación, la defensa de los derechos de los inmigrantes o la lucha contra el SIDA) en un proyecto colectivo más amplio y de dimensión internacional. De manera que, como ha escrito Vittorio Agnoletto, representante italiano en el consejo del Foro Social Mundial, la multiplicidad de las prácticas no implica ahora buscar el mínimo común denominador sino el máximo común múltiplo.

Entre los rasgos que caracterizan este movimiento de movimientos hay que subrayar cuatro que están cargados de futuro: 1º el rechazo de toda subalternidad respecto de la política institucional y de los partidos políticos existentes; 2º el compromiso con la globalización de los derechos de las personas y de los pueblos, lo que da una dimensión nueva a la lucha por los derechos humanos; 3º la implicación en la realización de formas avanzadas de democracia local; 4) la tendencia a la ampliación de la democracia representativa en democracia participativa empezando por las organizaciones del propio movimiento.

Aun es pronto para entrar a valorar lo que el movimiento antiglobalización lleva en su seno. Pero hay en él varios síntomas esperanzadores que conviene mencionar. El primero de estos síntomas es el crecimiento de la conciencia de que, para hacer frente a los peores efectos de la globalización neoliberal, hay que superar la atomización de los otros movimientos sociales alternativos y su dimensión nacional-estatal para establecer una estrategia global de actuaciones también en un ámbito mundial. Es en este sentido en el que el movimiento antiglobalización se estructura como un movimiento de movimientos, como una red de redes conectadas en distintos ámbitos geográficos. El segundo síntoma esperanzador es que, habiendo cuajado en los países ricos del planeta (Estados Unidos de Norteamérica y la Unión Europea principalmente), el actual movimiento antiglobalización pone el acento en la crítica de las desigualdades que perjudican mayormente a las poblaciones empobrecidas o excluidas de los países de África, Asia y América Latina. Expresa, por tanto, de forma inequívoca, su compromiso con las gentes que están en peor situación en el mundo actual. De este modo el movimiento enlaza bien con las principales resistencias, protestas y movilizaciones de los países y pueblos periféricos o semiperiféricos respecto al centro del Imperio, en particular con las propuestas y experiencias organizativas de Chiapas y Porto Alegre y con las propuestas del Foro Social Mundial.

VII

No se puede ocultar que tanto en el Foro Social Mundial como en el movimiento mismo existen discrepancias y puntos de vista muy distintos sobre el qué hacer, cómo actuar y qué priorizar. Para empezar hay discrepancias sobre la caracterización del Imperio y del imperialismo en su fase actual. A este respecto es interesante la polémica suscitada a partir de la publicación por las prensas universitarias de Harvard, en 2001, del libro de Negri y Hardt, muy apreciado entre los militantes norteamericanos del movimiento antiglobalización pero muy discutido en América y Latina y en Europa en estos últimos meses.

Para Negri y Hardt el Imperio actual es el resultado de un proceso histórico derivado de la progresiva disolución de los estados-nación, un orden mundial sin centro ni periferia, parecido al antiguo imperio romano pero con tres Romas: Washington (sede de la Bomba), New York (sede de la moneda dominante) y Los Angeles (sede del espectáculo). Negri y Hardt han llevado la analogía histórica a la anticipación político-social: de la misma manera que el cristianismo acabó históricamente con el imperio romano, así también la globalización económica acabará generando una globalización simétrica del antagonismo político, a través de la cual el movimiento antiglobalización opondrá al capital y a la moneda los deseos alternativos y las formas de vida radicales.

A la imagen de un Imperio con tres Romas norteamericanas los seguidores de las teorías de Inmanuel Wallerstein en el movimiento caracterizan la globalización como la prolongación de un proceso que se viene produciendo desde la aparición, en el siglo XVI, de un sistema mundial que se habría ido perfilando en los últimos tiempos como consecuencia de varios factores nuevos: el hundimiento del sistema socialista, la posibilidad de convertir todo el mundo en un mercado con una misma lógica unipolar y la hegemonía del capitalismo financiero favorecida por las nuevas comunicaciones y por la existencia de las empresas transnacionales. Más preocupados que Negri y Hardt por la persistencia del etnocentrismo en la actualidad, los seguidores de Wallerstein en el movimiento caracterizan el Imperio actual como una estructura tripartita diferenciada, con un centro, una periferia y una semiperiferia, a la que la estrategia global alternativa tendría que atender para respetar la especificidad de los distintos movimientos que componen el movimiento global y que se despliegan en las distintas zonas del planeta.

Al pasar ya a la discusión estratégica hay personas que piensan que el movimiento debería desentenderse para siempre del viejo asunto del poder y limitarse a luchar por cambiar el mundo neoliberal globalizado sin aspirar a la toma del poder, aunque obligando a los poderes a conceder derechos que hoy niegan. En esa dirección ha escrito, por ejemplo, John Holloway en Change the world without taking power (Pluto Press, 2002). Pero también hay personas en el movimiento que piensan que, después de la etapa resistencial en que ahora estamos, el viejo asunto del poder volverá a plantearse y que conviene repensarlo ya para evitar conocidos errores y decepciones. John Holloway (que defiende "el antipoder de los insubordinados" basándose en la estrategia zapatista) y Atilio Boron, director de CLACSO, han mantenido una interesante polémica sobre esto en los papeles que publica el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, comprometido también en el movimiento y con el Foro Social Mundial.

Como en todo movimiento social sano hay en el movimiento antiglobalización una dimensión prepolítica importante, una atención preferente a la ética y a la coherencia en los comportamientos. Esta dimensión se está valorando mucho, sobre todo en Europa donde la confusión entre política y politiquería hace estragos. Es esta dimensión prepolítica pero no antipolítica en sentido estricto, lo que produce entusiasmo entre los que se mueven en este ámbito. Pero también ahí se esboza ya un debate interesante sobre cómo hay que interpretar la dimensión prepolítica del movimiento. En unos casos se usa el término prepolítico para acentúan la dimensión ética del movimiento y subrayar que sus preocupaciones y objetivos no son todavía políticos en sentido riguroso; en otros, en cambio, el término prepolítico alude a la prioridad que en el movimiento hay que dar a lo social. Este debate ha empezado a explicitarse en Italia a raíz de la publicación de un número de la revista Micromega dedicado monográficamente a la "primavera de los movimientos". Por el momento lo que puede decirse ya es que el movimiento antiglobalización constituye la forma de expresión más potente del malestar cultural que ha producido la posmodernidad capitalista en la época del Imperio único.

El que este movimiento llegue a pasar de la fase resistencial (de la ética de la resistencia) a las propuestas programáticas alternativas dependerá principalmente de la forma en que logre conciliar las distintas tradiciones emancipatorias que se advierten en su seno y coordinar así las inevitables diferencias culturales que la globalización alternativa conllevan. Se podría decir, para concluir, que el tono general, libertario, antiautoritario, de buena parte del movimiento de movimientos ha sido inteligentemente captado por Marcos al proponer una figura de la retórica clásica, el oxímoro, como próximo programa del mismo. La idea de que el oxímoro sea el próximo programa del movimiento es, claro está, una ironía. Pero una ironía que refleja bien la aspiración de volver del revés el discurso de la globalización neoliberal para poner de manifiesto sus contradicciones.

Oxímoro viene de "oxus" (afilado, agudo, penetrante) y "moros" (tonto, idiota) y es el nombre de una figura literaria consistente en aplicar a una palabra un epíteto que la contradice o parece contradecirla ("luz oscura", "silencio ensordecedor", "espontaneidad calculada", "crecimiento negativo", etc.). En un mundo posmoderno que ha visto ya cómo todas las grandes palabras del lenguaje político iban siendo deshonradas por la Compañía del Gran Poder (en Occidente y en Oriente, en el Norte y en el Sur) y que ha llegado a identificar "inteligencia" con "espionaje", oxímoro, como figura literaria, designa ya expresiones sutiles e irónicas que a primera vista pudieran parecer tonterías, pero que no lo son, como no lo fue en otros tiempos el erasmiano elogio de la locura. La consigna indigenista, recogida por el neozapatismo, que reza "mandar obedeciendo" es un oxímoro de este tipo. Expresa con ironía la intención de desentenderse de la "toma del Palacio" (a sabiendas de que eso, en el momento actual, no es posible), sugiere, sin embargo, que puede lograrse la hegemonía (en la acepción gramsciana) presionando desde abajo y deja ir la paradoja que necesariamente suscitará en el oyente o en lector un movimiento que dice a la vez querer "mandar obedeciendo" e inspirarse nada menos que en Zapata.

En cualquier caso, la reflexión de Marcos recoge bien una de las preocupaciones latentes en muchas personas activas en el movimiento antiglobalización: volver a dar a las palabras su capacidad de nombrar con verdad por el procedimiento de retorcer el discurso dominante. De eso sabían ya mucho Guy Debord y los situacionistas del 68. El oxímoro de Marcos es que los que mandan nos están haciendo vivir una "globalización fragmentada". El programa que se esboza desde ahí: hacer la globalización verdaderamente global con la intención de mostrar que el capitalismo en su fase actual, neoliberal, se contradice a sí mismo, lleva en su seno la serpiente de la contradicción.

Uno de los aspectos más llamativos y a la vez más alentadores de este movimiento de movimientos que se está esbozando en los inicios del siglo XXI es la facilidad con que integra en sus encuentros la sofisticada cultura crítica del discurso dominante y el lenguaje claro, sencillo y radical de las culturas indígenas y campesinas. Apunta ahí la posibilidad de una fusión entre tradición e innovación, esto es, de un entendimiento entre las culturas campesinas de la resistencia y de la supervivencia (a las que el cítico británico John Berger ha dedicado muchas páginas hermosas en estos últimos años) y el resistencialismo derivado del malestar de las culturas urbanistas, que desde hace décadas (desde Brecht a los situacionistas pasando por el teatro del absurdo y algunas de las manifestaciones de la contracultura) viene generando, en Europa y en EE.UU, el gusto por la paradoja, por el detournement, como forma para hacer estallar las contradicciones de la ideología dominante que es ahora la ideología del fin de las ideologías.

Particularmente instructiva, en este ámbito, resulta la comparación entre el discurso irónico de Marcos sobre el papel del oxímoro como programa y el tono y la forma con que Rafael Alegría, secretario del comité de coordinación internacional de Vía Campesina, está expresado las reinvindicaciones de los campesinos pobres y de los agricultores de cuatro continentes. Pues estas dos maneras de comunicar lo que se quiere en la actual fase de mundialización del capital (o sea, lo que son las preocupaciones, necesidades y deseos de la humanidad sufriente comprendidas por la humanidad pensante) conviven y están presentes tanto en el Foro Social Mundial como en las grandes manifestaciones contra la globalización neoliberal de los últimos meses.

Efectivamente, si la preferencia de Marcos por el oxímoro tiende a retorcer el discurso de los poderosos para poner de manifiesto que también ahora, en el nuevo Imperio, el rey está desnudo, el pograma de Vía Campesina, tal como lo ha expuesto Rafael Alegría en Porto Alegre y en otros foros, junta en una verdadera ecología sociopolítica de la pobreza la reivindicación social, la lucha por la ampliación de los derechos humanos y la preocupación medioambientalista.

Vía Campesina, que dice representar a cincuenta millones de campesinos de sesenta países (campesinos sin tierra de Brasil, pequeños productores agricolas de Tailandia, pueblos indígenas latinoamericanos, campesinos franceses), ayuda a entender mejor el sentido del oxímoro de Marcos. Así Rafael Alegría no sólo ha recordado al mundo la persistencia de la necesidad de la reforma agraria en aquellos países empobrecidos donde dominan las oligarquías nacionales ahora en colaboración con las empresas transnacionales, sino que nos propone además un modelo de agricultura campesina sostenible como alternativa al modelo intensivo de la agroindustria mercantilizada.

Este modelo alternativo se basa en una idea clara y sencilla: los alimentos no deben ser considerados como una mercancía sino como un bien de la humanidad, como algo a lo que todos los humanos tienen derecho. Esta idea lleva a otra, igualmente clara y simple: la de soberanía alimentaria. Lo que implica acceso a la tierra para quienes la trabajan, defensa de los derechos de las mujeres en el campo, control de la producción y de la distribución de los productos agrícolas. Pero también defensa de la biodiversidad y de la sostenibilidad medioambiental, oposición a las manipulaciónes genéticas, denuncia de los riesgos implicados en la producción de transgénicos, etc.

Se va perfilando así un programa de ecología sociopolítica de la pobreza que por primera vez desde que feminismo y ecologismo se convirtieron en movimientos sociales alternativos permite encontrar un lenguaje común entre personas y organizaciones que viven en un mismo mundo pero de las que muchas veces se ha dicho que no eran propiamente contemporáneas. Esta es, en suma, otra de las virtualidades del actual movimiento de movimientos contra la globalizazción neoliberal: hacer contemporáneos a hombres y mujeres del Sur y del Norte que hasta hace un par de décadas tenían muchas dificultades para entenderse no sólo por las diferencias de situación sino también por la dificultad para encontrar un lenguaje común en el que entenderse y expresar necesidades y reivindicaciones muy distintas.

Unidad en la diversidad y la diferencia, pues. Esa es otra de las características del movimiento de movimientos. Lo que convierte en oxímoro también la expresión, tan utilizada en los últimos tiempos, de "pensamiento único".

Barcelona, VII/200

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