Un amigo cercano ha puesto en mis manos varias críticas que se acaban de difundir, supuestamente a partir del “escepticismo científico”, en un artículo que dedica el conocido rotativo estadounidense The New York Times al documental “Una Verdad Inconveniente”, del ex-vicepresidente Albert Gore, en el que se aborda la cuestión del calentamiento global. Dado que en un artículo anterior me atreví a comentar y ampliar los testimonios fundamentales que dicho documental transmite, y tras leer varias de las “objeciones científicas” formuladas, no puedo sino recurrir en la reflexión de cuántos otros factores nada científicos intervienen en la lucha por controlar la opinión pública acerca del tema. Mi propio amigo, hombre de probada cultura, se pregunta y me pregunta si se pretenderá acaso llevarnos al absurdo de no admitir las verdaderas advertencias científicas disponibles, hasta que las consecuencias nefastas de las acciones humanas sobre el clima mundial las hayan hecho incuestionables y, al mismo tiempo, ya inútiles. Es muy cierto que el escepticismo constituye uno de los pilares esenciales del pensamiento científico. Pero también es preciso retener el concepto de considerar todos los datos, y no sólo una parte ellos, cuando se somete a examen una cuestión determinada, como la del calentamiento global. En función de ese principio es que habré de comentar, brevemente, algunos elementos recogidos en el artículo en cuestión. Se cita la opinión de un climatólogo, apoyada a su vez en un informe publicado por las Academias Nacionales de Estados Unidos el pasado año, para refutar la afirmación del documental de que las actuales temperaturas son las más altas del último milenio. Según el especialista citado, “lo único que sabemos con certeza es que estamos hoy más calientes que lo que estuvimos en los últimos 400 Años”. En otra parte se hace una invocación matizada al más reciente Informe emitido por el Panel Internacional sobre el Cambio Climático (IPCC), el que sin embargo, según reconoce el artículo, “fue esta vez más lejos que nunca antes en apuntar a los humanos como causa principal del calentamiento del mundo desde 1950” aunque - y aquí viene el pero- “también delineó el cambio climático como un proceso a cámara lenta”. Se acude también a un especialista escandinavo, a quien se identifica como “un sostenido escéptico, dedicado a la estadística y a las ciencias políticas” para citar textualmente su afirmación en el sentido que “el cambio climático es un asunto real y serio, que requiere de un análisis cuidadoso y de políticas de fondo” por lo cual -de nuevo un pero- “los gritos cacofónicos no ayudan” . Para hacer explícito el propósito de “balancear” la información, el articulista nos afirma que “el cuestionamiento no es acerca de la existencia del cambio climático, o de la idea de que la producción humana de gases que retienen calor es culpable en menor o mayor medida del calentamiento reciente del planeta. La cuestión es si el Sr. Gore ha ido más allá de la evidencia científica”. Es posible que razones de política interna de los Estados Unidos, que escapan a mi competencia de análisis, expliquen esta peculiar manera de comentar uno de los pocos testimonios realmente valiente acerca de este crucial asunto, por un estadista de un país altamente industrializado. Por el camino, sin embargo, se han sembrado infinidad de posibles dudas y confusiones en el lector no especializado: ¿Es grave o no el calentamiento mundial? ¿Hacen falta o no medidas urgentes para contenerlo? ¿Cuáles son esas medidas o, al menos, las principales? Para esclarecer estas aparentes contradicciones, mi deber hacia los lectores es atenerme a la mejor evidencia científica disponible y, al mismo tiempo, insistir en sacar a la luz otros aspectos del problema, que se evaden de manera sistemática por los grandes medios de comunicación internacional y en lo que el artículo que comentamos no es una excepción. En otro momento he explicado cómo se integró y cómo funciona el Panel Internacional sobre el cambio Climático. Hoy comentaré, en obsequio del lector, algunos párrafos del “Resumen para Trazadores de Políticas” preparado por el Grupo de Trabajo I del mencionado Panel, a modo de contribución al Cuarto Informe Evaluativo del mismo, aprobado en los primeros días de febrero de este año. En el Resumen se precisa que la información paleoclimática disponible, por ejemplo, apoya la interpretación de que el calor del último medio siglo “es inusual” cuando menos, para los últimos 1400 años. La última vez que las regiones polares fueron más cálidas que al presente sucedió hace unos 125 000 años y la reducción en el volumen de los hielos implicó un aumento de entre 4 y 6 metros del nivel del mar. El propio informe también puntualiza, si bien con palabras cuidadosamente escogidas, que el grueso de los aumentos observados en las temperaturas a nivel global desde mediados del pasado siglo XX, se debe “muy probablemente” al incremento observado en las concentraciones de gases de efecto invernadero producto de la actividad humana. Expresado en el riguroso lenguaje de los científicos se nos está advirtiendo que la evidencia es cada vez más concluyente. Es más, siempre de acuerdo a este citado Resumen, la influencia de las acciones humanas es actualmente discernible también en otros aspectos del clima, como el calentamiento de los océanos, la temperatura promedio en los continentes, los valores extremos de la temperaturas y los patrones del viento. En apoyo de la evidencia apuntada, acabo de leer hoy 16 de marzo la noticia, difundida por Reuters, de que la Administración Nacional de Estados Unidos para el Océano y la Atmósfera (NOAA) divulgó que la temperatura global combinada de las tierras y la superficie terrestre alcanzó en el periodo de diciembre a febrero de este año, sus valores más altos desde que existen registros, a partir de 1880. Como saldo aleccionador de la evidencia que se acumula por día y de la creciente consistencia de las predicciones científicas, el ya citado resumen advierte que el “calentamiento de origen humano y el aumento en el nivel del mar ha de continuar por siglos, en virtud de las escalas de tiempo que rigen los procesos climáticos y de retroalimentación, aun cuando se lograra estabilizar las concentraciones de gases de invernadero”. Se trata, pues, de un asunto de indiscutible objetividad científica en su problemática central: la imperiosa necesidad de recortar y reducir, cuanto antes, las emisiones de gases de invernadero a escala mundial. Si la cuestión no se percibe todavía de ese modo por muchas personas, es porque está profundamente ligada a los estilos de vida. En el sitio WEB de la Convención de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático puede leerse: “Cuando las personas toman decisiones, no lo hacen necesariamente por criterios basados en la eficiencia o en la salud del medio ambiente. A veces se limitan a hacer lo que han hecho en el pasado, lo que se espera de ellas, lo que hacen sus amigos y vecinos, lo que está de moda. Conducir un coche con un motor potente cuando otro mucho más modesto -y con menor consumo de combustible- puede prestar el mismo servicio es una decisión personal. Al elegir los automóviles y los electrodomésticos, y los métodos de calefacción y aire acondicionado en los hogares, no pensamos necesariamente en el cambio climático. Y, cuando miles en incluso millones de personas toman decisiones que agravan innecesariamente el problema del calentamiento atmosférico, los efectos pueden ser considerables.” Se trata pues, como cuestión primordial, de cambiar los estilos de vida, o por mejor decir, los patrones de producción y consumo de los países industralizados. Ello supone navegar a contracorriente de los que Frei Betto ha llamado agudamente los “Mandamientos del Mercado”. Quizá por eso el renombrado documental de Al Gore, que ni siquiera aborda de manera directa este problema, tan espinoso para las sociedades opulentas, recibe aplausos en unas partes del Mundo en tanto provoca críticas enrevesadas, y supuestamente “científicas”, en otras.
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