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Lo obvio

Viernes 15 de octubre de 2004, por Chema


“En el centro de esta peculiar forma de dominio por medio del lenguaje y de la relación que establece entre las conciencias, se ha llegado a la posesión de la subjetividad, de la intimidad. Dominar a los hombres no es tanto establecer, a través de instituciones, prohibiciones, violencias, los límites que el dominador no quiere que sean traspasados, cuanto apoderarse de su posibilidad de pensar, para que en un futuro no sea necesario indicar fuera de nosotros estos límites; porque, insensiblemente, nos habremos convertido en una pura limitación.” E. Lledó (El Epicureismo)

Lo más difícil de ver suele ser lo más evidente, aquello que no plantea dudas ni sugiere preguntas. Lo más difícil de ver es lo obvio. Lo cotidiano, labores, conductas habituales, trabajo, diversión, lo que llamamos la vida diaria, la de cada uno que es al mismo tiempo por común la de todos, está hundida, adherida a lo obvio: la vida en el día a día sobrevive en lo que no tiene obstáculos ni barreras para la comprensión. Es el difícilmente aprehensible mecanismo del “hay que hacerlo porque sí”, porque lo dicta el sentido común. Vivimos, vivo, muertos en el sentido común y éste es comunión de realidad única, plana, transparente.

La forma de vida del siglo XXI, progreso progresado, en la que se instala mi vida concreta, la que me duele en mi cuerpo, la que vibra cuando tengo fiebre y que se desorienta en el placer, esa forma de vida del progreso está impostada a mi vida y es eminentemente visual: buscadora de llenos en los sentidos hasta conseguir que los huecos y vacíos sean transparentes por su colmo, por su relleno para así derrotar opacidades que podrían abrir fisuras a la realidad a modo de obstáculos, de barricadas a lo obvio.

La fragilidad de la convivencia, la fragilidad del mínimo respeto y separación de uno por otro que hace que la violencia no sea la ley, hace pensar en la prudencia como lo que ha sido históricamente, un arma de doble filo que puede simultáneamente ir manteniendo viva la esperanza mientras que al cortar las posibilidades de hacer, de juzgar configura con estos miembros amputados un monstruo pensante y actor de la opresión, de la muerte. Consideración muy a tener en cuenta en los tiempos de guerra que nos toca vivir.

Preguntar que es el poder en un sentido político, es decir en un contexto de relaciones entre personas que de alguna manera deciden o se encuentran en algún tipo de comunidad, es interrogar al lenguaje por ¿qué digo, a qué llamo poder?. ¿Qué es poder? Lo que consigue hacer lo que quiere o no hacer lo que no quiere sobre alguien, en alguien. Desde esta respuesta, en esta perspectiva microfísica, yo soy poder cuando consigo hacer que alguien haga lo que quiero. El poder es fácil de señalar si actúa de forma coercitiva, violenta, represiva mas el poder también actúa de forma sutil: insinúa, convence, sugiere, encamina, dirige. El poder estimula y premia. El poder alegra. Y su actuación, no puedo olvidarlo, es siempre sobre la vida, en la vida, en la mía concreta, en la de cada uno. El poder nos dice como hemos de ser y de comportarnos y me dice que he de ser transparente, invisible a su mirada, a su visión sobre todo y todos en la que no debe de encontrar opacidad alguna, ningún obstáculo. El poder busca colmar, expandir, cubrir toda extensión y profundidad, ser energía. El poder también se dice en positivo. El poder es un eslogan de publicidad.

Y mientras, en esta vida impostada de lo cotidiano, el vivir concreto, el estar yo vivo, se esfuma, se disuelve, se diluye en único plano de realidad. Es la colonización de la vida de cada uno hasta lo más profundo, íntimo y propio. Porque ¿cómo sé que quiero querer lo que deseo cuando la forma de vida, el sistema del progreso progresado, del que soy algo, es una indiferenciación, una apisonadora de obstáculos, de opacidades, de separación entre dentro y fuera, una máquina de producción de transparencia, una aniquiladora de intimidades, una factoría de realidades únicas y por tanto invisibles, obvias? Quizá una de las pocas señales que se mantienen activadas sean las del propio cuerpo; la carne da muestras de resistencia, rebeldía, de obstáculo con su malestar, con la incomodidad y responde tácitamente a la pregunta sobre qué es aquello concreto que se siente como opresión, presión, poder. Es el impreciso sentir que debería persistirme aun en la alegría, para no dormirme en el sueño de consumo y posesión con que narcotiza el progreso, ya que el poder me quiere triste para expulsarme, para ignorarme y hacerme cero, hacerme nada, inexistente. ¿Qué son tantas enfermedades del alma, del ánimo, angustias, depresiones, somatizaciones sino la denuncia anónima y sorda de las fuerzas instaladas con violencia en los cuerpos.?

El discurso oficial, el discurso que dice aquello que quiere quien o quienes tienen medios para hacernos hacer desear lo que quieren, el discurso políticamente correcto del momento insiste en que ya no hay utopías. Falso: la utopía existe y tiene presencia, es presente. La utopía en la que estamos instalados es el progreso como capitalismo que lo desarrolla y en el que todos los problemas van a solucionarse con su despliegue en la Historia. Ésta es la única utopía, la unirrealidad plana, obvia y de aquí su inmenso poder.

Si el progreso que exigía gobernar con fines señalados por la ciencia llegó a su culminación con los fascismos del pasado siglo, el progreso actual exige gobernar con la ortodoxia capitalista del progreso como paraíso, llevándonos a los post y neofascismos que ya apuntan con vigor aprovechando tiempos de guerra como el actual. Fascismo como poder, presión, intervención continua e incrementada para estrechar el espacio vital donde la vida de cada uno se instala. Se acotan así espacios físicos, se borran espacios mentales, y este “todo” organizado en un sistema cuyo objetivo es conseguir un único estilo, una única forma, un único modo en aquello y en cualquiera que exprese o contenga vida. Si el poder es un arma imprescindible para llegar a este resultado deseado y deseoso de totalidad, el lenguaje es herramienta del poder y por la misma razón que esconde y amaga significados, que son también realidad, desde el mismo lenguaje podemos mostrar y hacer visibles otros sentidos creando, destapando, sobrepasando la limitación que suponen los ya dados como obvios. En definitiva, podemos hacer realidad. La palabra es acción.

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