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Sobre por qué y cómo globalizar la desglobalización de esta globalización

Las cosas por su nombre

Autor: David Sempau* (Rebelión)

Sábado 25 de septiembre de 2004, por ediciones simbioticas


"... Siempre deseé escribir. No sé muy bien por qué, pero desde muy pequeño me seducía la idea de dejar constancia de mis experiencias y mis descubrimientos, tal vez como claves para poderme entender a mí mismo más adelante. Lamentablemente y hasta no hace mucho, la pereza pudo más que las ganas de escribir. Curiosamente y como irás viendo, parece que la vida me ha conducido (o tal vez habría que decir reconducido) hacia cierta tradición familiar relacionada con la escritura, la traducción, la pedagogía y el rechazo a la injusticia. Mi antepasado Ramón Sempau, fallecido en Barcelona el año 1909, fue periodista, traductor prolífico, literato y escritor, pero también político avanzado, lo que le costó el destierro en Francia entre 1896 y 1897. A su regreso atentó el 3 de Setiembre de 1897 contra Narciso Portas, jefe de la policía especial de represión del anarquismo y principal responsable de las torturas del proceso de Montjuic. Fue encarcelado, juzgado y condenado a muerte por un tribunal militar, salvando el pellejo por los pelos pocas horas antes de la fijada para su ejecución, gracias a la absolución por un tribunal civil. Cultivó la crítica literaria y participó activamente en cuestiones sociales y relacionadas con la pedagogía. Por su parte Carlos Sempau (mi padre) sacaba, en los duros tiempos de la postguerra española, unas pesetas adicionales a su parco sueldo como oficinista en una de las grandes de la industria textil catalana (que con el tiempo acabaría siendo fagocitada por una multinacional) dando clases particulares de francés e inglés y traduciendo de ambas lenguas al español. De pequeño me dormía con el arrullo de su tecleo sobre una Underwood -que ya entonces parecía una pieza de colección- que por cierto tenía alquilada, ya que la economía familiar no le permitía costearse una máquina de escribir propia. Es para mí pues un honor seguir (aunque tarde y mal) esa tradición a la que me he referido.

Quienes hayan decidido hojear estas páginas tienen todo el derecho a plantearse algunas preguntas fundamentales, entre las que es posible que se encuentren las siguientes: ¿Quién es ese señor que se atreve a escribir un libro sobre un tema tan omnipresente y condicionante para nuestras vidas, tan propio por otro lado de “especialistas” y “expertos”? ¿Con qué derecho? ¿Sobre qué bases funda sus argumentos? ¿Qué pretende con ello?

Todas estas preguntas estarían, en caso de suscitarse, plenamente justificadas. Trataré de darles una respuesta concisa por ese mismo orden, no desde la intención de hablar de mí mismo, sino con el ánimo de esclarecer el escenario.

Si bien entre mis vocaciones tempranas figuraba la enseñanza -en el sentido amplio de la transmisión de conocimientos y del despertar de la curiosidad y del gusto por el aprendizaje- dicha vocación no estuvo acompañada de la fuerza necesaria para defenderla. Acabé sucumbiendo a los mandatos maternopaternos disfrazados de consejos (“los maestros pasan hambre”) y me impliqué en una carrera técnica de grado medio. A los veinte años tenía mi título, a los veintitrés era director técnico de una empresa promotora-constructora, a los treinta y uno dirigía mi propia empresa y a los cuarenta y dos estaba en la ruina. Con una carrera, un master, tres idiomas y más de veinte años de experiencia profesional, pero también con una edad considerada ya como inaceptable, me encontré de repente sin nada. Todo el andamiaje, que tan cuidadosamente había construido a mi alrededor para hacerme soportable una vida vivida fuera de mí, había desaparecido de repente, se había esfumado. Desnudo y tambaleante, me encontraba sólo ante el mundo. Por si fuera poco, un cataclismo sentimental vino a sumarse a todo ello. Mil veces deseé la muerte, pero no quiso escucharme. Mientras tanto, morían a mi alrededor personas que deseaban con todas sus fuerzas vivir. Nada que comprender; todo por aceptar.

La vida me concedió pues el privilegio de conocer, de forma prematura, algunos aspectos de la muerte (la pérdida de lo querido y lo conocido, la separación de los seres amados, etc.) lo cual me permite hablar ahora, con cierto desapego y alguna libertad, acerca de determinados aspectos de la realidad que nos rodea. Como dice el doctor Pim Van Lommel, cardiólogo holandés y autor de un estudio sobre personas “retornadas” de la muerte, “...si no temes a la muerte, cambias tu vida”. Quien ha conocido el vacío absoluto, quien nada tiene que perder, puede permitirse el lujo de ser sí mismo, no necesita ya fingir ni aparentar.

Después de todo este proceso -del que ahorraré a los lectores y lectoras los detalles- tan sólo que me quedaban el triste consuelo de saber que tenía razón, la sensación del tiempo perdido, el convencimiento de que pueden haber pocas cosas peores que estrellarse en un camino impuesto, y algunas fuerzas para comenzar a luchar por aquello en lo que siempre había creído: por la justicia, por la equidad, por la compasión, por la capacidad de la Humanidad para evolucionar en positivo y por una educación al servicio de esta evolución humana. Son estas pocas fuerzas las que han inspirado mi búsqueda personal en diversas áreas relacionadas con dichas creencias, las que me mueven a escribir ahora estas páginas y las que me han permitido atreverme a solicitar, para el presente trabajo, la colaboración de algunas personas notables con el objetivo de hacerlo más digno de ti.

En la profunda revisión e introspección que tamaña crisis no podía dejar de provocar, en la activa inactividad fruto de la coincidencia de mi crisis personal con una crisis general de empleo, así como en la búsqueda personal de verdades más profundas, pude restablecer el contacto con aquella vocación tanto tiempo postergada, en una circunstancia histórica en la que -como más adelante trataré de argumentar tal vez sea la educación, entendida ésta en el sentido más amplio de la palabra, una de las claves para un futuro más esperanzador que el que en la actualidad se vislumbra. En mi exploración fui descubriendo tesoros del pensamiento y del conocimiento, algunos de ellos relacionados con la esencia del ser humano, otros con la circunstancia actual en la que la especie humana se encuentra, así como con alternativas de futuro posibles. Durante un tiempo fue como si los libros me buscaran a mí y no al revés. Gracias a la generosidad de algunas instituciones, me vi asimismo enormemente privilegiado con el contacto personal y las enseñanzas directas de algunos de los protagonistas de la vanguardia del pensamiento, particularmente en los ámbitos de la educación y la ecología. Este contacto personal me abrió, de forma inesperada, las puertas al privilegio de la traducción -actividad que Xavier Antich describe bellamente como “la forma más intensa de lectura” y “la forma peculiar que tienen las lenguas de hacer el amor” de algunas de las obras punteras del pensamiento de vanguardia en los ámbitos de mi interés, actividad con la que me he seguido viendo honrado desde entonces y que me permite avanzar, profundizar y diversificar en el descubrimiento de nuevos tesoros e interconexiones. Como reza el refranero popular, “Quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija”, y yo he tenido la suerte de encontrarme, cuando más falta me hacía, con muy buenos árboles a los que “arrimarme”. De esos árboles pude recoger frutos de valor incalculable en cuanto a comprensión y reflexión, que no tienen nada que ver con el saber institucionalizado, fragmentario y congelado que se imparte en los centros oficiales de educación, pero sí mucho que ver con el avance hacia un futuro mejor para la Humanidad. Carezco pues de toda certificación “académica” que avale lo que aquí diré en ámbitos tan aparentemente diversos como la economía, la sociedad, la salud o el medioambiente. Mis “certificaciones” son muy otras, son las que dimanan de haber tenido la suerte de recibir esos frutos a los que me acabo de referir. Al privilegio de recibir corresponde la responsabilidad de transmitir y compartir, y éste es el único derecho -si así puede llamársele- desde el que me atrevo a iniciar estas páginas. “El que sabe no habla; el que habla no sabe”, dice Lao Tse en el versículo 56 del Tao Te King. Es pues seguramente la osadía propia del ignorante la que me permite hablar, pero creo que ha llegado el momento en que cada cual contribuya, desde el nivel que le corresponda y le resulte posible, a un gran despertar que nos pueda llevar hacia un camino de evolución en positivo de la especie humana, muy distinto del que parecen anunciar algunas de las tendencias actuales.

Pocas veces he visto plasmada con tanta fidelidad una imagen mental en una imagen visual, como en el caso de la secuencia del “despertar” de la película “The Matrix”. Quienes la hayan visto tal vez recordarán que, tras tomar la pastilla roja, el protagonista despierta dentro de la cápsula donde se hallaba, conectado a la realidad virtual y viviendo en un sueño, mientras sus fluidos y su energía corporales eran succionados por La Máquina. Aún estás a tiempo de elegir. Toma la pastilla azul -deja de leer- y tu universo conocido seguirá fluyendo armoniosamente... hacia el abismo y contigo dentro. Toma la pastilla roja -sigue leyendo- y despertarás. Pero no creas que cuando despiertes todo será un camino de rosas: bien al contrario, como al protagonista de Matrix, La Máquina te expulsará, pasarás a engrosar las filas de los despiertos y por consiguiente peligrosos y proscritos. Sin embargo, en el mundo de los despiertos todo está por inventar, todo está por hacer. Tú eliges: quedarte con lo conocido, adonde quiera que te lleve -si sigues leyendo verás adónde te puede llevar- o ser parte activa en la creación de un nuevo mundo; seguir remando sin discutir el rumbo ni la maniobra o tratar de tomar el timón de tu destino.

Las bases sobre las que se estructura el presente trabajo incluyen algunos de los descubrimientos antes mencionados, la trama infinita de referencias cruzadas que de ellos surge, la relación que percibo entre cuestiones aparentemente inconexas -de cuyo señalamiento se me debe considerar como único responsable, y en su caso culpable- y, por encima de todo, la viva sensación de la necesidad imperiosa de ese gran despertar al que antes aludí.

Así pues, la pretensión que inspira el presente intento de comunicación no es otra que contribuir, en la medida de mis modestas posibilidades, a este gran despertar que a algunos nos parece -hoy más que nunca- urgente, necesario y oportuno, si es que aspiramos a evolucionar hacia modelos de sociedad más plenamente humanos, en el sentido que le diera Abraham Maslow a la “plena humanidad” en cuanto a convergencia de las dimensiones físicas, intelectuales y espirituales del ser humano.

Para que ese gran despertar pueda darse es necesario superar el miedo al cambio, vencer el apego irracional pero comprensible a lo único que conocemos, aunque ya no nos sirva. Éste es uno de los objetivos principales del presente trabajo: contribuir a la familiarización de la lectora o el lector con la realidad irrefutable de que la vida es cambio y el no-cambio es muerte, tratando de seducirle hacia la gran aventura de lo nuevo, de lo desconocido, de lo que aún está por descubrir y por inventar.

Probablemente el presente trabajo sea lo menos parecido a lo que se podría entender como un “libro”, o incluso como un “ensayo”. Pulir, moldear, ordenar y estructurar las ideas que en él se contienen en un resultado final menos caótico y más “presentable” requeriría un tiempo que, dada la urgencia de las cuestiones que aquí se abordan y las limitaciones de quien escribe, no puede desperdiciarse en cuestiones de forma. Apelo pues a la benevolencia de quienes decidan adentrarse en estas páginas rogándoles que, al igual que quienes las hemos escrito, se dejen llevar por el “caos formativo”.

Cuando el caso se presente, ruego que no se entienda el uso de la primera persona del singular al dirigirme a la lectora o al lector como un síntoma de egocentrismo, sino de absoluta sinceridad e intimidad. Estoy de acuerdo con Lawrence Weschler cuando afirma que “El uso del yo es un acto de modestia, no de megalomanía. De algún modo le dices al lector: “Ésta es mi visión de las cosas”. Ni más, ni menos. En relación con esta visón propia de las cosas, mostrada con sinceridad y modestia a quien nos honrecon su lectura, es necesario aclarar que cada una de las personas que hemos intervenido en el presente trabajo tiene sus propias opiniones y convicciones, siendo pues cada una de ellas responsable únicamente, dentro del contenido general, de las que aquí expresará explícitamente.

A lo largo de mi infancia, de mi adolescencia y de mi juventud, aprendí muy bien a decir que “si”, pero nadie me enseñó nunca a decir que “no”. Esta incapacidad para negarme a aquello que no me “pertenecía” ha causado mucho sufrimiento en mi vida, tanto a mí mismo como a otras personas, a quienes pido disculpas por ello. Pero ese sufrimiento no habrá sido en vano: finalmente aprendí a decir que “no”. El presente trabajo es un “no” rotundo a lo que algunos percibimos como un abismo inminente para la Humanidad, como su sucumbir definitivo en un marasmo materialista sin precedentes en su historia. Pero también es un “si”: también quiere ser un atisbo de esperanza, un estímulo para un cambio en positivo que, además de necesario, es perfectamente posible.

He experimentado siempre un rechazo instintivo a las etiquetas, a las banderas y a las formaciones. Me bautizaron cuando no podía opinar al respecto y me desbauticé cuando consideré oportuno hacerlo, no para apuntarme a otra iglesia, sino para apuntarme a la coherencia conmigo mismo. Nunca he pertenecido a ningún partido político, a pesar de que me tentaron a ello. Cuando, como concejal independiente y primer teniente de alcalde de un ayuntamiento en la primera singladura democrática, pude comprobar que los intereses de los partidos pasan por encima de los de la ciudadanía, mis ideas al respecto se aclararon definitivamente. Por si fuera poco, con independencia de sus principios fundacionales todos los partidos políticos del abanico occidental (al menos los que cuentan en cuanto a número de votos se refiere) parecen haberse tragado, cebo, anzuelo, sedal y caña, el discurso del neoliberalismo. A la vista del lamentable espectáculo de corrupción e ineficacia que viene ofreciendo el patio político, tanto en España como fuera de ella, me alegro de haberme mantenido al margen. En lo que a mí concierne, lo que aquí expresaré no pertenece pues a ningún credo ni a ninguna disciplina, sino a la modesta reflexión de un modesto ciudadano más, del montón como tú.

En su obra El camino del ser, el gran psicólogo humanista Carl Rogers confiesa que los libros que ha escrito han sido para él como mensajes encerrados en botellas lanzadas al mar que, a juzgar por el número de ejemplares vendidos, han logrado encontrar su camino hasta la arena de numerosas playas. Ojalá que el presente mensaje, con toda su pequeñez y su modestia, consiga llegar también a playas en las que pueda fructificar, expandirse y transformarse en mucho más de lo que ahora es ..."

* Colaboraciones de Andri Stahel e Ignacio Amián

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