Ninguna generación ha estado tan obsesionada por lo visual como la nuestra. Nos rendimos ante lo visible y apenas podemos librarnos del poder de las imágenes, tanto de las fascinantes como de las terribles. La sociedad que se ha ido generando en torno a la televisión está acostumbrada a no creer salvo lo que ve y a creerse todo lo que ve.
Asignamos a la visibilidad un valor central, al que se asocian otros como la sinceridad, la autenticidad, la inmediatez o la transparencia. Desde hace tiempo esta visibilidad se ha vuelto problemática o ficticia. Uno tiene la impresión de que todo está a la vista, pero que, al mismo tiempo, los poderes que de verdad nos determinan son cada vez más invisibles, menos identificables, que están, como la vida lamentada por Kundera, ’en otra parte’. Dicho de una manera más general: los signos son más difíciles de interpretar y tras las apariencias se abre una fosa indescifrable donde se ocultan los verdaderos significados de las cosas que nos pasan. Las evidencias escasean en un mundo complejo, en el que todo lo que puede saberse tiene el estatuto de una suposición o de una sospecha. Saber es algo muy parecido a sospechar. Es la propia configuración del mundo actual lo que no permite abandonarse a lo visible y exige interpretaciones más complejas. En el curso de la globalización, la pregunta del millón es: ¿quién manda aquí? En otras épocas, esta pregunta carecía de sentido o podía contestarse con una simple indicación. Éste ya no es el caso cuando en buena medida el poder se ha desplazado de los Estados nacionales a los conglomerados anónimos que tienen una localización incierta, escapan a las obligaciones de control político y no han de dar cuentas ante ningún electorado. Cuando, por ejemplo, ’los mercados’ reaccionan con nerviosismo no hay ningún interlocutor al que se pudiera tranquilizar o criticar. Los poderes mismos son invisibles, inimputables; a lo sumo puede uno protestar ante las conferencias internacionales o derribar el World Trade Center, pero el sistema sale indemne, precisamente porque no consiste en una organización gobernada desde un centro visible.
Daniel Innerarity es profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza.
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