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La responsabilidad laboral de los funcionarios públicos.

Viernes 6 de mayo de 2005, por José Ramón I. Alba @culturpunk

Sensación de culpa la de los funcionarios públicos. Por ejercer una profesión con supuestos privilegios (y así es, en cierto sentido, en una economía del capital que pretende sustituir piezas humanas en continua búsqueda del mayor y más inmediato beneficio) Sensación de culpa que ciertos responsables políticos alimentan mientras se suman a una dialéctica paranoica que persigue la confusión sin lograr entender que su misión es conseguir una sociedad justa y equilibrada. Sensación de culpa que estimulan sin averiguar la actividad real que ejercen y sin analizar sus características. Sin contar con la compleja diversidad de una profesión que engloba a multitud de personas, técnicos cada uno en su especialidad, que tienen la misión de ejecutar cuantas tareas son necesarias para alcanzar los objetivos de una sociedad en marcha. Profesores, jardineros, bomberos, administrativos, maestros, celadores, médicos… multitud de individuos, variadas profesiones que cuentan con esa aparente condena: la funcionarial. Porque, parece premeditado, se pretende hacer creer que el funcionario es el señor o señora que atiende detrás de una ventanilla o quien, desde un habitáculo más o menos digno, pone sellos y manipula expedientes. Simplificar y menospreciar esta profesión es peligroso, entiendo, para el conjunto de los ciudadanos.

Empecemos por los cimientos, analicemos cuales son los factores que facilitan esta hostilidad, ese desprecio marginativo

- Uno, la voluntad de provocación: no puede provenir sino de una intencionalidad manifiesta por desviar la atención y debilitar reivindicaciones a partir de conseguir un enfrentamiento abierto entre diferentes modelos profesionales y, en definitiva, entre la ciudadanía.
- Dos, la estrategia utilizada: alarmar sobre los privilegios de un estamento profesional que cuenta con la “gracia añadida” de su estabilidad laboral, en contra de la precariedad del resto de los trabajadores privados.
- Tres, el absentismo y la dejadez como arma arrojadiza.
- Cuatro, la condición que lo facilita: el desconocimiento y la falta de información sobre el entorno estructural y organizativo de un ámbito profesional amplio y diverso
- Cinco, el clima que lo expande: la precaria situación laboral que quienes acusan, cínica paradoja, son capaces de mantener y propiciar.

Ni la Administración ni sus trabajadores sobran. Lo que hay que hacer con ella es revisarla y conseguir que cada persona ejerza según sus responsabilidades.

Ahora, además, comienzan a oirse voces sobre la reforma del Estatuto Básico del Empleado Público. En ella se nos adelanta, de momento sólo como análisis teórico, que todos los contratados laborales podrán ser despedidos sin recibir ninguna indemnización. Esta propuesta, que va en contra de los derechos de los trabajadores, puede ser minimizada por la opinión pública debido a la categoría de los contratados. Es decir, como son funcionarios (cosa que no es cierta) no se ve tan disparatada la medida, no genera esa solidaridad inmediata entre trabajadores. Los asuntos públicos son diversos y abundantes, es difícil defender que sobran personas cuando existen necesidades de la población sin cubrir o cubiertas de modo deficiente. Lo correcto es poner a trabajar a esas personas en los lugares y con los objetivos oportunos.

Me explico y me centro en el reproche de absentismo. Estas acusaciones, habitualmente y en general, sólo van dirigidas hacia los, digamos, niveles inferiores. Es decir hacia quienes tienes la misión y la tarea de ejecutar las órdenes que sus superiores les transmiten. Veamos, si el cerebro es incapaz de actuar según sus funciones (dar órdenes oportunas a través de las sinapsis), mal podemos culpar al brazo de que no se alargue para alcanzar determinado objeto; aunque esté perfectamente sano. Es, podría decirse, un análisis genético de las organizaciones. Por ir más allá, si se demuestra que este brazo es capaz de alcanzar objetos sin la mediación del cerebro quien sobra es el cerebro ya que consume una enorme cantidad de energía que ni aprovecha ni optimiza.

Y lo que sí está demostrado es que la Administración se abre todos los días y todos los días funciona, es decir la mano de obra cumple, es decir el brazo alcanza los objetos. Sin ánimo de exculpar ni de inculpar gratuitamente: existen unos niveles de responsabilidad perfectamente definidos en manuales de funciones, criterios y procesos de selección, mecanismos de promoción… que precisan lo que cada uno debe desarrollar en su puesto de trabajo y, no cabe duda, que quien tiene la responsabilidad de que todo funcione debe ejercerla. Y si no actuar contra él. No hagamos como siempre en esta sociedad cainita y proverbialmente incongruente: no matemos al mensajero, por favor. ¿Cómo los solucionamos? Un enorme ejercicio de voluntad política y sindical, seguro. Incómodo, también seguro. Pero necesario en grado sumo. Y no se trata de eliminar las conquistas laborales que se han ido alcanzando ni de privar a nadie de sus derechos adquiridos. Se trata de analizar prospectivamente hacia dónde va la sociedad en su conjunto, cuáles son las realidades emergentes hacia las que nos dirigimos, cuáles son las necesidades que se derivan de esas realidades… y después comenzar a proyectar un modelo de Administración acorde, paulatino y programado. Existen figuras legales que facilitan la transición de funciones, la amortización de puestos, la adecuación de las estructuras… Y, sobre todo, existe el sentido común y la profesionalidad para pergeñar un modelo eficaz, proporcionado y conveniente. Por cierto, ¿dónde están los licenciados en Ciencias de la Administración? ¿Por qué cualquier licenciado en cualquier materia puede optar a una plaza de gestión de la Administración Pública y no puede optar a una de Pediatría, por ejemplo? Evidentemente, esto último, por la necesidad de una especialización formativa, pero ¿por qué no existe el mismo requerimiento para trabajar en determinados puestos de gestión en la Administración Pública?

Lo peor es que desde la misma Administración, lugar común y referencia de igualdad, tendemos a perpetuar una sociedad de clases en la que los más poderosos son los que siempre salen indemnes. Los altos funcionarios. Las élites. Los asesores… ¿Quién les exige resultados? ¿Quién les exige transcendencia en los procesos de gestión? ¿Quién valora su absentismo? No debemos olvidar que el éxito o fracaso de una organización depende de la forma de estructurar y gestionar sus recursos (humanos y materiales) con lo que, es evidente que la falta de eficacia de la Administración Pública debe achacarse, en primer lugar a quien tiene la responsabilidad de gestionarla.

Pongamos un ejemplo que cualquier persona de cualquier entorno laboral puede admitir. Un albañil está, como cualquier otro profesional, obligado a ejercer su profesión de la forma más eficaz posible, sin embargo en ningún momento se le puede achacar la responsabilidad de no tener edificios que construir, ni de carecer de ladrillos que colocar. Lo único que se le podrá exigir es que los coloque y lo haga bien. Y volvemos de nuevo a los procesos de selección y a la exigencia de responsabilidades. Si yo opto a una plaza que exija poner ladrillos y no lo sé hacer ¿se me contratará?. Es evidente que no. Yo les garantizo que cuanto más “operario” el nivel en la Administración más específicas son las pruebas: un jardinero debe saber de su profesión y demostrarlo; un maestro tener conocimiento técnicos y pedagógicos, un administrativo saber teclear, un contable saber sumar…si no, no consigue la plaza. ¿pasa lo mismo con un jefe de servicio, de departamento, de unidad…? ¿Se le exige demostrada capacidad para la gestión de recursos humanos, habilidades directivas, capacidad de liderazgo, conocimiento de procesos y metodologías de intervención…? Y sin embargo la responsabilidad de que todo funcione es suya. Conozco personas de estos altos niveles que pueden cumplimentar un excelente curriculum laboral, pero ¿a alguien le preocupa comprobar cuál es el grado de garantía que lleva consigo ese curriculum? ¿Alguien se preocupa por analizar si eso que allí señala lo ha realizado correctamente?, ¿alguien examina los resultados de ese curriculum?. Habitualmente sólo se valora el apunte. Muy sencillo: un curriculum puede ser un cúmulo frío y deformado de datos. Por poner un ejemplo: un arquitecto presenta un curriculum con diez edificios; otro siete. Se seleccionará al de diez aunque en cinco de ellos haya habido deficiencias estructurales serias, por ejemplo. Puede parecer extremo, y lo es, pero en realidad ocurren cosas muy parecidas por no decir iguales.

Más sobre el absentismo. Intentar controlar que un trabajador ocupe su mesa (al final no consiste sino en eso si no tiene labores que cumplir) por medio del reloj o la ficha es absoluta y llanamente una estupidez. Conseguimos eximir de responsabilidad a quien debe ejercer el control del personal a su cargo, le estamos pagando por ello y no cumple. También estamos pagando sueldo sin motivo a quien tiene la responsabilidad de llenar de contenido el tiempo de trabajo de los demás… y, podemos poner a un tercero: el superior a estos dos que no les reclama ejercer las funciones para las que han sido contratados (controlar y dar trabajo). Aparece el absentismo técnico, mucho más grave y determinante y del que nunca se habla. ¿Por qué? Porque, como siempre y en todo, es mucho más fácil ir contra el más débil. Aunque, en el caso que estamos comentando, el absentismo técnico (el de los niveles superiores) nos salga muchísimo más caro que el absentismo presencial. Por una razón muy simple: no sólo estamos pagando a alguien por algo que no cumple sino que, por esta falta, sus subordinados no tienen trabajo real con lo que estamos pagando, además, a alguien que no tiene trabajo. Cuidado, no exculpo a quien se ausenta de su puesto, no tiene ninguna justificación para hacerlo, pero vayamos, por favor, al origen del problema, tratemos la causa, el origen, y dejemos de fijarnos y atacar únicamente los síntomas.

Como ciudadanos debemos ser exigentes, debemos reclamar una Administración eficaz, debemos requerir la máxima implicación a sus empleados. Pero cuidado, debemos ser consecuentes y no dejarnos seducir por cantos de sirena. Es decir por afirmaciones vacías. Vamos a ver: si el funcionario es absentista, (así en general y todos si excepción) aclárenme por qué, cuál es el fundamento de esa declaración, cuáles son los datos que lo sostienen, explíqueme su tesis, denme referencias. Si no es así, nos encontramos ante un insulto gratuito y reprobable es decir, se actúa desde una prepotencia, una falta de sensatez y un despotismo inadmisibles. Y se hace, la mayor parte de las veces, utilizando unos medios de comunicación a los que el agredido no suele tener acceso. Y se hace, por desgracia, por personas con responsabilidad política o cívica importantes. Y en todo caso, si así es, si existe ese absentismo tan generalizado y horrible que infecta a toda una sociedad, tengo para mí que usted, señor político es el responsable último y usted tiene que poner remedio que para eso se la ha colocado en el puesto. (Por cierto ¿alguien me puede explicar cuál es el proceso de selección objetivo, e imparcial, cuales son los méritos que le han llevado a usted a una lista para que nosotros le “elijamos”? Usted, si así es, debe convocar a los responsables de esta situación, comenzando por los más altos niveles, exigir que cada uno cumpla con su cometido y hacerlo de forma proporcional a su cargo.

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1 mensaje

  • La responsabilidad laboral de los funcionarios públicos.

    6 de agosto de 2010 09:56, por VICTOR

    ASI ES LA PREPOTENCIA EN LOS FUNCIONARIOS FEDERALES
    Nuevo mensaje
    Hola Victor,
    ...Tienes 1 mensaje nuevo en tu bandeja de entrada XING.
    El mensaje más reciente es de Luis Badillo

    "chinga tu madre"

    ya me hartaste con tu spam!!

    Luis Badillo
    Secretaria del Trabajo
    (Jefe Depto. Contratos con medios de Com. Soc.)
    ES INCREIBLE !!!

    Responder este mensaje

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