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“No te preocupés -me dijo-. Así debe ser. Los que hacen de la objetividad una religión, mienten. Ellos no quieren ser objetivos, mentira: quieren ser objetos, para salvarse del dolor humano.” Eduardo Galeano
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La medida de lo posible

Guillermo Tejeda

Viernes 26 de enero de 2007, por ediciones simbioticas


Líquidos

Hace unos doscientos años, Kant reflexionó a su manera sobre la redondez de la Tierra: la forma de esfera del planeta y la dificultad de escapar de él nos obliga a los humanos a estar juntos y a buscar la forma de convivir. La primera parte de este pensamiento -estar juntos a la fuerza- comienza a hacerse evidente en nuestros días. Hasta hace poco tiempo conocía uno a la gente de su barrio. Había certezas territoriales. A través de su cultura clasista de apellidos y colegios, Chile había ido evitando en gran medida la mezcla esférica del planeta, ese ir y venir de hormigas anónimas. La globalización, sin embargo, nos condena a entrar al Metro junto a rostros desconocidos y a tener vecinos con los cuales la confianza es imposible. Viajamos más que antes, nos llaman mucho por teléfono, se nos inunda el computador de virus, cunden enfermedades raras, y tenemos quizás alguna cuñada en Canadá o un hijo con ganas de internarse en el Amazonas. Somos parte de una cultura líquida, donde todo se mezcla.

Después del atentado a las Torres Gemelas, Bush (cuya cabeza no es líquida ni esférica, sino cuadrada y sólida) ordenó la invasión de Afganistán. Luego siguió con Irak. El terrorismo, entre tanto, se ha multiplicado en esos dos países y en el resto del mundo. Siguiendo aquella lógica, ¿qué territorio habría que invadir tras el atentado al Metro de Londres? Resulta que los autores de la matanza han sido unos simpáticos muchachos de origen árabe nacidos y criados en el Reino Unido. Por muchas listas y maquinitas de inmigración que haya en los aeropuertos, las fronteras están desapareciendo. El mundo es como una gran sandía cubierta de minúsculas hormigas que van y vienen sin hacer caso de aquello que en el colegio se llamaba el mapa político de la Tierra.

También se hacen líquidas las relaciones amorosas, como bien señala Zygmunt Bauman en su libro “Amor líquido”. Fuera de los homosexuales, que insisten en casarse, el resto de las personas jóvenes tienden a mantenerse flotando en las aguas de aquello que se llama “una relación”. La herramienta de la “relación” no es el hogar, sino el teléfono celular. La llamada perdida ha reemplazado al almuerzo familiar del domingo, y en lugar de las cartas de amor van y vienen los e-mails.

Los estados líquidos favorecen la libertad, el intercambio y la angustia. Podemos flotar en la cultura contemporánea, cambiar de piel o dejarnos llevar por corrientes cálidas y amables. Como ocurre con los supermercados, todo parece estar milagrosamente abierto a cualquier hora del día o de la noche. Pero al mismo tiempo esta liquidez de las cosas borronea los límites y nos obliga a sumergirnos en lo desconocido junto a especies o fragmentos que, como nosotros, flotan en la misma deriva. Hay campo para el arribismo, pero también para el navajazo.

Más caminos, más rutas aéreas, más turistas, más dólares, más bacterias, más negros copulando con pelirrojas. Porotos cocinados en wok, sushi de almeja, tortellinis con merkén, tortilla de patatas con salsa de cochayuyo. Suegras que se escapan con un compañero de gimnasia, padres abnegados que se convierten al budismo y se internan en la montaña. Las hormigas humanas del mundo se desplazan con velocidad por la corteza terrestre arrastrando en sus vientres el amor mezclado con el odio.

También se hace líquido el debate ciudadano, que más que debate es un intercambio de noticias moduladas a minuto y medio cada una en los telediarios, y en ese comercio pesan lo mismo una sonrisa que cien ideas, una licitación dudosa que el robo de empresas completas. El flujo del zapping es infinito y sólo tolera los cortes comerciales. El electorado prefiere las opciones simples, y quisiera tal vez no tener opción alguna para poder flotar tranquilamente en las aguas de la vida moderna.

Pero aquel Kant que nos trae a colación Zygmunt Bauman no sólo se refiere al destino circular de estar juntos unos con otros -peruanos con chilenos, jóvenes con viejos, hembras con hermafroditas, hombres con mujeres, obispos con terroristas, estafadores con servidores públicos, asesinos con educadores-, sino también a la necesidad de acordar formas de convivencia. En otras palabras, parece estar llegando a su fin la división entre política nacional y política internacional. El mundo es ya una sola cosa. Sobre esta roca cubierta de agua en medio del cosmos se afanan en sus deseos y acciones miles de millones de seres humanos, nosotros, y estamos por fin viéndonos las caras, descubriéndonos la piel y los dientes.

Nuestro ministro de Hacienda es muy inteligente, de eso no cabe duda alguna, pero su primera ocupación en la mañana es ir a ver cómo están las Bolsas de Londres o de Nueva York o de Tokio. Cuando de la boca de alguna de nuestras senadoras sale algún vómito de ira, los funcionarios de la Cancillería se apresuran a comprobar si después de esas declaraciones el país ha subido o ha bajado en los índices internacionales de riesgo.

Los sistemas líquidos potencian los intercambios y aumentan la incertidumbre. La licuefacción del planeta nos obliga a hablar más idiomas, a compartir estéticas, a estar tan atentos al detalle local como a la autopista global. Seguimos atados a la Tierra porque somos hijos de nuestra esquina, pero estamos dispuestos a subirnos al primer avión que pase para tener la oportunidad también nosotros, como los europeos, de saltar por los aires en el Metro de Londres.

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