El año 1945 supuso el fin de una locura, el fin de un fenómeno que sacudió Europa durante más de 20 años: el fascismo. Y cayó gracias a la actuación de los países aliados, que de repente decidieron que había que poner fin a los devaneos grandilocuentes de Hitler y Mussolini. Todo por el bien de la Humanidad, porque la historia del siglo XX no es más que la historia de la victoria de las democracias liberales sobre dos aberraciones: el fascismo y el comunismo. Éste es el mensaje que nos llega desde la historiografía tradicional, una historiografía que quizás olvida que, tanto Hitler como Mussolini llegaron al poder de la mano de los partidos liberal-conservadores en el poder en sus respectivos países, unos partidos en descomposición y en crisis que vieron en el fascismo un instrumento para rejuvenecer y vitalizar sus grupos de apoyo, poniendo a la vez fin a la inestabilidad social provocada en Italia por el fin de la Primera Guerra Mundial, y en Alemania por la crisis de la República de Weimar. La alianza con el fascismo era también una manera de poner fin a la "amenaza" del bolchevismo y a las conquistas sociales que habían impuesto las movilizaciones obreras generalizadas, posteriores al conflicto mundial. Sólo cuando se vio clara la posibilidad de instrumentalizar el movimiento fascista y nacional-socialista en favor del mantenimiento del status quo y del gran capital, sólo entonces, el fascismo tuvo su oportunidad de llegar al poder, gracias a los apoyos recibidos de esta vieja élite política corrupta y los grandes industriales, que no sólo dieron legitimidad al discurso fascista, sino que también lo financiaron. ¿Queda aún alguna duda sobre a quién beneficiaban el fascismo y el nacional-socialismo? ¿Alguien duda de los intereses a los que servía la falacia de la "tercera vía" fascista? Ahora, medio siglo después de aquella "derrota" del fascismo en la Segunda Guerra Mundial, aparece un nuevo término: el "neofascismo", que pretende designar la ideología tanto de los grupos de skinheads nazis como a la derecha radical nacionalista que representan Le Pen, Fini, Hayder, Zhirinovsky, Tyndal... Pero ¿podemos realmente hablar de neofascismo, de reproducción de las pautas de comportamiento y la estrategia que llevaron a Hitler, con el NSDAP, y a Mussolini , con el PNF, al poder? Es evidente que los grupos de skinheads que convierten la violencia en un fin en sí mismo y se dedican a sembrar el miedo en las calles nos recuerdan a aquellos escuadristas de los años 30; también parece que los representantes de esta extrema derecha parlamentaria empiezan a adaptar las formas demagógicas y populistas propias del fascismo. El discurso, evidentemente, es diferente: se mantienen el racismo, el antisemitismo, el "anticapitalismo especulador", el principio del liderazgo... pero ahora a éstos se añaden la cruzada anti-abortista, el desprecio por los medios de comunicación de masas, y se potencian aspectos como el odio a todo lo extranjero (empezando por los inmigrantes y terminando por los Estados Unidos). Recientemente, por ejemplo, Falange Española repartía trípticos anti-OTAN en plenas Ramblas de Barcelona; en Austria, en los mítines de Hayder hay stands de algunos sindicatos, y hay grupos de la extrema derecha fascista del Estado Español que se definen a sí mismos como "nacional-bolcheviques". Esto es adaptarse a los nuevos tiempos.
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