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El ojo de la cámara observa a las masas y las experimenta. Cuerpos humanos absorbidos por una mirada neutra y registradora, dentro de un espacio rectangular, con una única entrada y una única salida, lo que posibilita que la ausencia de un cuerpo en la cuadrícula correspondiente haga saltar la sospecha.
Portada del sitio > DOCUMENTOS > La humanidad en el siglo XXI: la gran opción*.

"Cuando el hombre confunde el bien y el mal, es señal de que la divinidad arrastra su alma a la ruina, en la cual sucumbirá en poco tiempo" SÓFOCLES, Antígona, 622-625.

La contradicción original del ser humano.

El mito de la creación del hombre, contado por Protágoras en el diálogo de Platón del mismo nombre (320c y siguientes) es la más preciosa lección que heredamos de la sabiduría griega sobre las relaciones entre la técnica y la ética.

Según el relato mitológico, llegado el tiempo de la creación de los seres mortales, los animales irracionales y el hombre, los dioses del Olimpo decidieron confiar a dos de sus pares, Epimeteo y Prometeo, la responsabilidad de determinar las cualidades que serían atribuidas a cada especie. Epimeteo ("el que piensa después"- de mathema , es decir, estudio, ciencia, conocimiento, con el prefijo epi, después) propuso entonces a su hermano que lo dejase hacer solo esa distribución de cualidades entres las diferentes criaturas, quedando Prometeo ("el que piensa antes") encargado de verificar en seguida que todo había sido bien hecho.

Una vez obtenido el acuerdo de su hermano, Epimeteo puso manos a la obra y pasó a distribuir las cualidades, de modo que se asegurara a todos los animales terrestres, a pesar de sus diferencias, una posibilidad igual de supervivencia. Así , para evitar que ellos se destruyeran mutuamente, les atribuyó a ciertas especies la fuerza sin la velocidad, dando a otras, por el contrario, la velocidad sin la fuerza. Del mismo modo, a fin de protegerlos contra la intemperie, Epimeteo, revistió a los animales con pieles o caparazones adecuados. En cuanto a las fuentes de alimentación, en el intento de preservar el equilibrio ecológico, decidió que cada especie tendría su alimento propio en el reino vegetal y que, cuando ciertos animales sirvieran de alimento a otros, éstos serían menos fecundos que aquellos, de modo de garantizar la supervivencia de todo el reino animal.

Estaba así Epimeteo listo para declarar terminada la tarea, cuando se dio cuenta súbitamente de su imprevisión: había distribuido todas las facultades disponibles entre los animales irracionales, pero nada había sobrado para componer al ser humano, que iba a nacer desnudo e indefenso. Fue en esta situación embarazosa que Prometeo lo encontró cuando fue a examinar que todo había sido bien hecho. ¿Qué hacer? Agotadas las cualidades destinadas a los seres mortales, solo quedaban disponibles los atributos propios de los dioses. En una decisión osada, Prometeo sube entonces al Olimpo y logra sustraer de Efestos y Atenas un conjunto de técnicas, o sea, la capacidad inventiva de los medios propios de subsistencia, para entregar esa cualidad divina a los hombres.

Y así se hizo. Sucedió sin embargo que los hombres aunque munidos de habilidad técnica para encontrar los medios de subsistencia (peri ton bion sophian) se mostraron desde luego incapaces de convivir armónicamente unos con otros, pues ignoraban el arte política (politika sophia). De hecho, este era un atributo de Zeus, y Prometeo ya no tenía como volver a escalar la acrópolis y sortear la fuerte guardia personal del dios supremo, para substraer de el , como hiciera con la técnica material, el noble arte del gobierno.

Felizmente para la especie humana, Zeus lanzó una mirada a la Tierra y, compadeciéndose de la situación aflictiva en que se encontraban los hombres, destruyéndose unos a otros en disensos y guerras continuas, temió por su supervivencia. Decidió entonces enviar a Hermes como su mensajero personal, recomendándole que atribuyese a los seres humanos los sentimientos de justicia (diké) y de dignidad personal (aidos) sin los cuales no hay sociedad que subsista.

Antes de partir para la Tierra, mientras tanto, Hermes le preguntó a Zeus si debería distribuir a los hombres el don de la política de la misma manera por que a ellos se les había distribuido la habilidad técnica. Esta, en efecto, en sus diferentes modalidades no fue dada a todos indistintamente, sino en la proporción de un especialista para cada grupo más o menos numeroso de no especialistas. Así, por ejemplo, no todos los hombres precisaban entender de medicina, bastando que existiesen algunos médicos para cuidar adecuadamente la salud general de la colectividad. La respuesta de Zeus fue categórica: todos los hombres, indistintamente, tenían que poseer el arte política, pues, en caso contrario, si apenas algunos fuesen instruidos en ella, no habría armonía social y la especie humana acabaría por desaparecer de la faz de la Tierra. El padre de los dioses recomendó del mismo modo a su mensajero que instituyese la pena de muerte a todo aquél que se mostrase incapaz de practicar el arte del gobierno, pues eso sería como el inoculador de una enfermedad letal en el cuerpo de la sociedad.

El divorcio recurrente entre la técnica y la ética en el curso de la historia.

La historia demostró que los temores de Zeus eran sobradamente justificados. El desarrollo de la habilidad técnica en manos de algunos pocos, si estar contrabalanceada por la extensión de la sabiduría política a todos, engendró un déficit ético permanente, consubstanciado en la organización oligárquica, tanto en el interior de las sociedades locales como en las relaciones internacionales. Esa carencia moral, a lo largo de la historia, ha provocado regularmente grandes catástrofes, bajo la forma de masacres colectivas, hambrunas, epidemias, explotaciones humillantes, como consecuencias inevitables de la diferencia que existe entre la minoría poderosa y la mayoría indigente. De esta forma, un avance ético se hace siempre por reacción a esos períodos de humillación social. A cada gran surgimiento de violencia aniquiladora, los hombres reculan, horrorizados, ante la vista de la ignominia y comprenden finalmente el sentido de la dignidad humana. Es una confirmación de la sabiduría expresada por la máxima griega: sufrir para comprender (too pathei mathos ). 1

La última gran concentración cronológica de ultrajes en la historia ocurrió en la 2º Guerra Mundial. Durantes esos seis años que van de las primeras declaraciones de guerra en 1939, hasta la rendición incondicional de Japón en agosto de 1945, 60 millones de personas, en su mayoría civiles, fueron muertas; 40 millones fueron echadas de los países donde vivían cuando se inició el conflicto y un sinnúmero de otras quedaron mutiladas para el resto de sus vidas. Para acumular las atrocidades, la segunda conflagración mundial llevó al paroxismo el funcionamiento del universo de los campos de concentración, organizado bajo la forma de verdaderas usinas de aniquilación en masa de seres humanos. El acto final de la tragedia (el lanzamiento de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki) sonó como un preanuncio del Apocalipsis: el hombre acababa de adquirir el poder de destruir toda la vida de la faz de la Tierra.

Una vez cesaron las hostilidades, finalmente se abrieron las conciencias, al hecho de que la supervivencia de la humanidad exigía una reorganización de la vida en sociedad a escala planetaria, basada en el respeto absoluto por la persona humana. En el preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas, sus integrantes se declararon "decididos a preservar las generaciones venideras del flagelo de la guerra, [...] a promover el progreso social y mejores condiciones de vida dentro de una libertad más amplia". Además de crear un órgano nuevo, inexistente en el tiempo de la Liga de las Naciones, el Consejo Económico y Social , la ONU incluyó en sus cuadros una pre-existente Organización Internacional del Trabajo, así como nuevas agencias especializadas para cuidar en el ámbito mundial las cuestiones de agricultura y alimentación (la FAO), la salud (la OMS), la educación, la ciencia y la cultura (la UNESCO). Al mismo tiempo, la conferencia de Bretton Woods, al instituir el Fondo Monetario Internacional y el Banco mundial procuró enfrentar los graves problemas de inestabilidad financiera, reconstrucción y desarrollo dejados por la guerra.

Siguieron los "treinta años gloriosos" en los que la humanidad conoció una tasa media de crecimiento económico y una caída de los índices de desempleo sin precedentes en el curso de la historia. Más de 70 países se libraron de su situación colonial y se tornaron naciones independientes, experimentando casi todos, en los años 60, un ritmo de crecimiento económico que nunca mas pudieron retomar después.

Sin embargo, a partir de los años 70, como lo señala el Informe Mundial sobre el Desarrollo Humano de 1999 de las Naciones Unidas, la humanidad en su conjunto viene siendo sometida a un proceso fuertemente contradictorio de unificación técnica y de disgregación social. Los hombres nunca se vieron, tal como se ven hoy, acercados unos a otros por los instrumentos de información y comunicación. En 1960, un cable transatlántico permitía la realización de 138 comunicaciones telefónicas conjuntas. En 1995, un cable de fibra óptica ya era capaz de transmitir un millón y medio de conversaciones telefónicas simultáneas. En 1998, 140 millones de personas utilizaban la red Internet. En 2001, se estima que los usuarios de este medio de comunicación deberán sobrepasar los 700 millones.

Esas cifras globales entretanto enmascaran una formidable desigualdad entre los que pueden y los que no puede utilizar esas maravillas del ingenio humano. En verdad, la disociación de la humanidad entre la minoría abastecida y la mayoría carente se aceleró considerablemente después de los "30 gloriosos años". En 1960, la quinta parte más rica de la población mundial disponía de una renta media 30 veces superior a la del 20 por ciento más pobre. En 1997, esa proporción se había acrecentado a más del doble: 74 a 1. En apenas cuatro años, de 1994 a 1998, la suma del patrimonio individual de las doscientas personas más opulentas fue más que el doble al pasar de 440 billones de dólares a más de un trillón. La fortuna actual de esos doscientos billonarios es actualmente superior a la producción nacional acumulada de un conjunto de países que concentran el 41 % de la población mundial. Los técnicos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo calculan que bastaría un impuesto anual de 1% sobre el patrimonio de esos multimillonarios para costear la educación primaria de todos los niños en edad escolar del planeta.

Debe notarse, por el contrario, que la onda de neoliberalismo que avasalló el mundo a partir del final de los años 70, llevó esa desigualdad dentro de los propios países ricos. En los Estados Unidos, por ejemplo, el 20% más rico posee casi la mitad de la renta del país (exactamente el 49,2%) al tiempo que el 20% más pobre debe contentarse con un 3,6 %. La disociación de la humanidad ya no es, hoy, un fenómeno puramente geográfico, una especie de deriva social de los continentes. Ella produce también un corte vertical en el interior de cada nación del globo al universalizar aquel desequilibrio estructural, que los científicos sociales siempre reconocieron como la esencia del subdesarrollo.

Es sobre este telón de fondo que se proyecta un perfil de profunda inseguridad en todos los cuadrantes de la Tierra. Inseguridad en el campo del trabajo asalariado, con una explosión de los índices de desempleo y subempleo aparentemente enarboladas en todas las regiones del mundo. La capacidad laboral de cada uno, a la cual Adam Smith consideró "la más sagrada e inviolable de las propiedades" 2 es así totalmente dejada de lado. La inseguridad sanitaria, trágicamente simbolizada por el avance del síndrome de inmunodeficiencia adquirida: en 1998, de los 33 millones de personas seropositivas entonces existentes en el mundo, el 95 % vivía en los países pobres. La inseguridad previsional, con la programada destrucción de las instituciones estatales de seguridad previsional y asistencia social, para ser substituidas por los mecanismos de mercado, susceptibles de marginalizar una multitud de carenciados de todo género. Inseguridad ecológica, al afectar a todos los pueblos y al amenazar la subsistencia a corto plazo de por lo menos medio millón de personas en las regiones tropicales. Inseguridad política, al fin, con la multiplicación de guerras civiles: entre 1989, año de la caída del muro de Berlín, y 1998, sesenta y un conflictos armados irrumpieron en le mundo, de los cuales apenas tres fueron guerras exteriores.

Asistimos, entonces, en este paso del segundo al tercer milenio de la era cristiana, a la ruina de los grandes ideales, sobre los cuales los países que lucharon contra la barbarie nazista construyeron la Organización de las Naciones Unidas. En el discurso sobre el Estado de la Unión norteamericana pronunciado el 6 de enero de 1941, el Presidente Franklin D. Roosevelt advirtió que la seguridad futura de la humanidad dependía, fundamentalmente, de cuatro grandes reivindicaciones libertarias entre las cuales de destacaban la liberación de la necesidad (freedom from want), y la liberación del miedo (freedom from fear). Sin embargo, raramente la humanidad en su conjunto, se ha visto tan asolada por esos flagelos como en el presente.

Una opción necesaria.

¿Qué conclusión sacar de todo esto? ¿Habremos perdido definitivamente la batalla por la preservación de la dignidad humana? Después de haberse elevado penosamente, de la afirmación de los primeros derechos y libertades individuales a los derechos de la propia humanidad, pasando por el reconocimiento de los derechos económico-sociales y de los derechos de los pueblos, ¿estará ahora el género humano condenado a desbaratarse miserablemente por la conjugación siniestra de intemperancia ética y de dominación tecnológica? ¿No sabrá Zeus aún compadecerse de las criaturas humanas para enviar a su mensajero salvador una segunda vez a la Tierra?

En un ensayo publicado en 1931, en el cual intentó interpretar el espíritu de la época (Die geistige Situation der Zeit), Karl Jaspers distinguió con detalle dos tipos de previsión histórica: la simplemente especulativa (dachtende Prognose) y la instigadora (erweckende Prognose).

La primera representa un puro ejercicio intelectual. Un observador se imagina fuera del mundo, como un mero espectador del "teatro de la Historia". Desde esta perspectiva cerebral , el futuro de la humanidad queda abandonado al puro azar, o a las fuerzas ciegas de la naturaleza. En suma, no se prevé nada porque "de afuera" nada se puede ver; y sin visión de futuro no se puede actuar, porque toda la acción humana supone un objetivo elegido e intencionalmente buscado.

Una realidad existencial del mundo sólo aparece como lo notó Jaspers, a los ojos de aquellos que empeñan su propia persona en una trama histórica. Una verdadera prognosis no se hace apenas con el intelecto, sino también con la voluntad, la sensibilidad valorativa y el juicio ético. En ese sentido ella es instigadora de la acción pues supone en cada uno de nosotros la conciencia de que somos, dentro de ciertas condiciones, señores de nuestro propio destino.

Pero ¿qué condiciones son las que definen la acción y modelan el futuro? Es un diagnóstico, o el discernimiento de la realidad presente, es una elección de la vía adecuada para la construcción del futuro. Ambas suponen aquella virtud pragmática que los griegos denominaron phrônesis que los romanos tradujeron por prudentia. Aristóteles la definió como la capacidad deliberativa en lo concerniente a las acciones humanas, guiada por el juicio ético ("lo que es bueno o malo para el ser humano") 3. Al dirigirse entonces hacia las acciones humanas y no hacia el hacer humano o producción de cosas (poiesis) la prudencia se distingue nítidamente de la técnica 4 . Los romanos que introdujeron la esencia del saber jurídico, mientras que Aristóteles la identificó con el arte política 5, afirmando que ella es una virtud propia del gobernante (ê phrônesis arkontos idios arete mone) 6.

Sin embargo, justamente el diagnóstico de la crisis actual apunta hacia una especie de entropía o desorden universal, causada por la carencia gubernamental , tanto en el interior de las naciones como en la esfera internacional . Una resurrección de la ideología liberal, representada ahora en un nuevo envase publicitario, llevó al debilitamiento generalizado del poder de los gobiernos, con el desbocamiento de las fuerzas del mercado y de las viejas rivalidades étnicas y culturales. Los perdedores, como siempre, son los pobres, los humildes y los desprotegidos.

Llegamos en este cambio de milenio al apogeo del capitalismo en el preciso sentido etimológico del término, es decir, una fase histórica en que el se coloca en una posición de mayor distanciamiento de la Tierra y de la Vida. Es éste, por lo tanto, el momento crítico, según la vieja tradición hipocrática, ñeque se puede precisar un diagnóstico de la molestia y trazarle una prognosis evolutiva.

Con la declinación previsible e inevitable de la experiencia comunista en todo el mundo, la alternativa que se descorre lentamente delante de nuestros ojos es bien clara: o la humanidad se deja llevar al desgarro definitivo, en línea directa con el apogeo capitalista, o tomará al final el rumbo de la justicia y de la dignidad, siguiendo el luminoso camino trazado por la sabiduría clásica. No hay una tercera vía. La simple propuesta de esta bifurcación histórica ya es, en sí misma, una instigación a la elección y a la decisión. Pero para que podamos tomar lúcidamente partido de la dignidad humana, es preciso discernir con claridad las características esenciales del lado opuesto.

El capitalismo no es un mero sistema económico, una forma más de vida en sociedad, o si se quiere dando al término un sentido neutro, una civilización. Como tal, el se define por un espíritu (en el sentido en que Montesquieu utilizó el término) un conjunto de instituciones socio-políticas y una práctica. El espíritu del capitalismo es el egoísmo competitivo, excluyente y dominador. De allí que toda colaboración entre empresarios, o entre estos y el gobierno, es naturalmente dada por sospechosa, así como le pareció sospechosa y nociva a la buena economía desde sus orígenes y a los ojos de los empresarios, la sindicalización de los trabajadores.

En ese tipo de civilización, toda la vida social, y no solamente las relaciones económicas, se fundan en la supremacía absoluta de la razón de mercado. En el campo económico, se opera , con esto, una completa inversión ontológica: en cuanto al capital es personificado y elevado a la posición de sujeto de derecho, el hombre es reificado como simple mercadería, o instrumento productivo al servicio del capital. Sin embargo, la razón de mercado es necesariamente expansionista. Más de un siglo antes de la actual "globalización" , Marx ya había anunciado que"la tendencia a crear un mercado mundial está en el propio concepto de capital. 7

Pero no es solamente en el campo económico que impera la razón de mercado, fundada en el individualismo competitivo. No por casualidad, Adam Smith fue el primero en recomendar vivamente el establecimiento de la rivalidad y la competencia en todas las profesiones, aún las que tradicionalmente no son económicas, como la abogacía o los oficios religiosos 8 . En verdad, para una mentalidad capitalista, solamente aquello que tiene precio en el mercado posee valor en la vida social. En cuanto a la estructura institucional del capitalismo, su obra maestra es el confinamiento de la actividad estatal a la protección del orden, del contrato y de la propiedad privada, como garantías del ejercicio de la libertad empresarial. El conjunto de libertades civiles y políticas pasa así a ejercer un papel secundario en ese cuadro institucional: ellas pueden ser postergadas delante de la propiedad de empresa, como se ha visto a menudo en Asia, en África y en América Latina.

La práctica capitalista representa el desarrollo sistemático del espíritu individualista que la anima. Es una lógica de la exclusiva posibilidad técnica: todo lo que puede ser producido empresarialmente posee un valor absoluto y no debe ser impedido por exigencias éticas. Es la pelea por la concentración ilimitada del capital, es decir del poder económico, basada en la explotación de los trabajadores y consumidores, en la apropiación de los bienes comunes de la humanidad, naturales y culturales y en el agotamiento, este también a nivel global, del medio ambiente.

Se nota también el actual estado de evolución económica que la preocupación con el lucro y la acumulación del capital se desprende de cualquier interés por la producción para el mercado. El ideal del capitalismo financiero contemporáneo es la realización del lucro sin producción de bienes o prestación de servicios a la comunidad. Más de un trillón y medio de dólares circulan todos los días en el mercado mundial de divisas, y menos del 10% de este fabuloso monto mantiene aún una relación con operaciones comerciales o de inversión.

El proceso de concentración capitalista, por el contrario, ya no tiene por objeto solamente los bienes materiales sino que se funda cada vez más en el monopolio de los conocimientos tecnológicos. De allí el extraordinario impulso que se le da hoy a la propiedad intelectual. El reciente "acuerdo sobre los aspectos de los derechos de propiedad intelectual relativos al comercio", elaborado en el seno de la Organización Mundial de Comercio, representó un poderoso estímulo a la inversión capitalista en investigación y desarrollo de nuevos productos con fines de lucro, al mismo tiempo que el predominio de la ideología neoliberal contrariaba el estímulo a las inversiones públicas en esa área en todos los países del mundo. El resultado de esta combinación de políticas ha sido altamente perjudicial para la población pobre y desprotegida del mundo entero.

Así es que por fuerza del mencionado acuerdo, los países-miembro de la OMC están obligados a extender el sistema de patentes a los medicamentos, lo que provoca un doble efecto de una concentración de investigación en remedios que se pueden vender únicamente en los mercados ricos y un aumento generalizado de los precios al consumidor. Para tener una idea de lo que esto significa en términos de exclusión social, es preciso saber que de las 1233 fórmulas de medicamentos patentadas en el mundo entre 1975 y 1997, apenas 13, es decir, un poco más del 1% se destinaban a la cura de enfermedades tropicales, que destruye anualmente 6 millones de vidas en el mundo. Con la aceptación general del patentamiento de genes, inclusive humanos, para explotación de la industria farmacéutica , llegamos al punto culminante de la locura capitalista: se instituye la propiedad sobre las matrices de la vida.

Una guía de humanización del mundo.

Para conjurar el riesgo de la consolidación de la barbarie necesitamos construir urgentemente un mundo nuevo, una civilización que asegure a todos los seres humanos, a pesar de las múltiples diferencias biológicas y culturales que los distinguen entre sí, el derecho elemental a la búsqueda de la felicidad. Constituye efectivamente un oprobio verificar que, en el momento histórico en que parecemos finalmente convertirnos en señores y poseedores definitivos de la naturaleza, como anunciara Descartes 9, las condiciones de vida de tres cuartos de la humanidad representen la negación objetiva de ese derecho, proclamado en el preámbulo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos como inherente a la condición humana.

Una civilización que garantice a toda la humanidad el derecho a ser feliz ha de contraponerse radicalmente al capitalismo, tanto por su espíritu como por el sistema institucional o la práctica de vida.

En oposición al individualismo excluyente, el espíritu de la nueva civilización ha de ser la irradiación de la fraternidad universal, la organización de una humanidad solidaria donde se imponen al fin "en la paz, leyes iguales, constantes, que a los grandes no den lo de los pequeños", como soñó Camoes. 10.

Si todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos, según lo proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la vida social ha de organizarse comunitariamente, a la luz del principio de aquella justicia proporcional o distributiva (analogon dikáion), la cual tan bien trató Aristóteles 11. Por su carácter eminentemente político, ella se contrapone a la justicia conmutativa o de trueque, que regula las relaciones contractuales entre particulares (synalagmata). Mientras que la justicia sinalagmática habla del respeto a la igualdad de prestaciones, es decir, a la equivalencia de las cosas y los servicios que se intercambian por un precio, la justicia proporcional concierne la igualdad esencial de los hombres, que no se intercambia ni se vende porque no tiene precio y, por eso, representa un valor inconmensurablemente más elevado que el económico.

Cuando el capitalismo avasalla al Estado, introduce en su funcionamiento la lógica mercantil del intercambio de prestaciones y retira de él un poder-deber de someter los intereses particulares la supremacía de la cosa pública, o bien común del pueblo.

Siendo objetivo de la justicia proporcional o distributiva la instauración de la igualdad sustancial de condiciones de vida, es obvio que ella sólo puede realizarse por medio de políticas públicas o programas de acción gubernamental. Un Estado débil, permanentemente sometido a las injerencias del capital privado es incapaz de atender la exigencia del establecimiento de condiciones sociales de vida dignas para todos. Nunca como hoy, en tiempos del neoliberalismo excluyente y agresivo, se percibió tan nítidamente el carácter anticapitalista de los derechos humanos de naturaleza económica y social.

Todo eso en cuanto al espíritu o los valores de la nueva civilización.

En lo relativo al sistema institucional a ser creado para la concretización de esos valores, éste tendrá como presupuesto lógico la superación de la dicotomía entre Estado y sociedad civil, sobre la cual se fundó una alianza histórica del capitalismo con el Estado Liberal. En esa concepción dicotómica, el pueblo es reducido a una masa de individuos, cada cual dividido en sí mismo en la doble posición del hombre, es decir, como componente de la sociedad civil, y de ciudadano, es decir, como miembro de la sociedad política. Ambas funciones son puramente pasivas: el individuo es tan impotente delante del poder económico tanto en la sociedad civil como lo es el ciudadano para ejercer la parcela individual de la soberanía popular que teóricamente le corresponde. Las objeciones de Rousseau contra el sistema representativo de gobierno 12 nunca fueron tan justificadas como en la actualidad.

La verdad es que la bipartición del individuo en integrante de la sociedad civil y ciudadano del Estado acata el gran designio del sistema capitalista en materia constitucional: separar la economía de la política, poner la actividad empresaria al abrigo de cualquier interferencia gubernamental.

En contraste con esa segmentación artificial de la sociedad, el derecho público de la civilización comunitaria ha de fundarse, por un lado, en la prerrogativa inalienable e indelegable del pueblo para deliberar y decidir directamente sobre las cuestiones fundamentales de la política interna o internacional, por medio de referendos, plebiscitos, iniciativas populares o por la elaboración de presupuestos participativos. Se funda también, por otro lado, en el poder de supervisión y sanción directa, por el pueblo, de los agentes políticos de cualquier naturaleza, sean ellos gobernantes, altos funcionarios, parlamentarios, magistrados o miembros del ministerio público.

En el derecho público de la civilización comunitaria, además, exactamente porque es público, es decir, del pueblo (res publica, res populi, como decían los romanos) la soberanía popular no puede confinarse a la esfera estatal, pero ha de ejercerse en el ámbito de la sociedad como un todo.

La vida económica, antes que nada, ya no será sometida al interés supremo de acumulación ilimitada del capital privado, sino que se organizará en el sentido del servicio a la comunidad y a la atención prioritaria de las necesidades y utilidades públicas. Para entonces, las células del organismo económico, las empresas, serán estructuradas bajo la forma comunitaria, con la supresión de la soberanía del capital sobre los demásagentesde producción. La actividad empresarial, además, tendrá que ser dirigida por medio de estímulos y sanciones adecuadas a la producción de bienes y servicios de interés colectivo, conforme a las directrices programáticas establecidas por las autoridades gubernamentales, con la debida aprobación popular. En una sociedad auténticamente democrática, debe merecer especial cuidado la organización de medios de comunicación social. Incluso allí, la civilización ateniense puede servirnos de modelo. El debate público sobre cuestiones de interés colectivo en ella ocupaba un lugar central y la isegoria o igualdad de palabra era escrupulosamente observada, cualquiera fuera la condición social del ciudadano.

Sucede que, en nuestros días, el espacio público de la comunicación ya no es una ágora ateniense ni siquiera el Parlamento, como imaginó el constitucionalismo liberal, pero si lo son la prensa, la radio, la televisión, la Internet.

Sin embargo, salvo ésta última, los demás grandes vehículos de comunicación, cuando no fueron monopolizados por el Estado autocrático, acabaron siendo apropiados por la clase empresarial, para el servicio de sus intereses de clase. La democratización de los medios de comunicación de masa representa, entonces, una condición sine qua non del efectivo ejercicio de soberanía popular en los días que corren. "Un gobierno popular sin información popular", dijo James Madison, a su vez, "es un prólogo de farsa, una tragedia, o ambas cosas". La farsa democrática, nosotros ya la conocemos desde hace mucho. Resta saber si todavía hay tiempo de evitar la tragedia.

Si volvemos ahora los ojos hacia las relaciones internacionales, no podremos dejar de comprobar la desaparición de las grandes esperanzas, suscitadas en 1945, de que el mundo de pos-guerra sería reorganizado en el sentido de la preservación de la paz y los derechos humanos.

Todavía aquí, vivimos una situación de aguda carencia gubernamental, delante de la creciente inseguridad política y económica que invade el planeta. Con el colapso de la Unión Soviética, los Estados Unidos, que fueran los principales promotores de la creación de las Naciones Unidas, se convencieron de que el mantenimiento del aparato institucional de la ONU contraría sus intereses hegemónicos. Una señal inquietante de esa transformación política es el hecho de que, a partir de 1966, los Estados Unidos vienen sistemáticamente excusándose de ratificar todas las convenciones internacionales de derechos humanos, en la medida en que ellas constituyen una limitación de su soberanía.

Pero, tal como ocurre en el plano constitucional de los Estados, sólo la democracia asegura la organización de la vida internacional basada en el respeto integral de la dignidad humana. ¿Cómo no percibir que el reconocimiento de los derechos humanos fundamentales de los pueblos y de los derechos de la propia humanidad exige, para su efectividad, una institución resultante de un gobierno democrático mundial? Algunas señales alentadoras, por el contrario, ya aparecen en ese sentido, como la movilización internacional de asociaciones de defensa de los pueblos, a través de Internet, para hacer abortar el acuerdo multilateral de inversiones preparado por la OCDE en 1997, y la amplia protesta levantada contra la conferencia ministerial patrocinada por la Organización Mundial de Comercio en Seattle, en noviembre de 1999.

Pero la institución de un gobierno democrático mundial debe ser construida con base en los cimientos ya existentes, o sea, ella ha de hacerse mediante la ampliación de los poderes de naturaleza legislativa, ejecutiva y judicial de las Naciones Unidas.

Una medida importante para el refuerzo del poder legislativo mundial de las Naciones Unidas podría ser adoptada en materia de convenciones sobre los derechos humanos, votadas por la Asamblea General. La aplicación de tales convenciones del sistema común de ratificación individual por los Estados-miembro representa un anacronismo. En su obra fundadora de derecho internacional 13, Grócio remarcó que las convenciones entre Estados, análogamente a los contratos del derecho privado, pueden clasificarse en dos grandes tipos: los bilaterales y los multilaterales. Las primeras, dice el, dirimunt partes, mientras que las segundas communionem adfeerunt. Nótese que ese objetivo comunitario es más acentuado en el caso de las convenciones multilaterales votadas en el seno de una organización internacional, cuyas decisiones tal como en el ámbito de las sociedades o asociaciones del derecho privado, son normalmente tomadas por votación mayoritaria y no por unanimidad. El argumento de que la firma de un tratado internacional, o la adhesión al mismo, es un acto de Estado no simplemente de gobierno no tiene vigencia pues el ingreso del Estado en la organización internacional ya fue objeto de ratificación por su Parlamento y esto implicó obviamente una aceptación de sus reglas constitutivas.

Es de entera justicia, por lo tanto, que la aprobación de convenciones sobre derechos humanos sea incluida en la categoría de las "cuestiones importantes", referidas en el artículo 18, segundo párrafo, de la Carta de las Naciones Unidas, con el quórum deliberativo calificado de dos tercios de los miembros presentes y votantes, dejándose de lado en el caso la ratificación individual de los Estados-miembro para su entrada en vigencia. Una gran carencia de capacidad gubernamental se observa también en cuanto al ejercicio de lo que se podría caracterizar como el Poder Ejecutivo de las Naciones Unidas.

Las dos funciones principales de la ONU, por determinación de la Carta de 1945, son, por un lado, el sostenimiento de la paz y de la seguridad internacional, y por el otro, la cooperación de todos los pueblos en materia económica y social. Para el ejercicio de la primera función, se creó el Consejo de Seguridad ; para el desempeño de la segunda, el Consejo Económico y Social. Entre esos dos organismos, sin embargo, el desequilibrio de poderes es escandaloso . Mientras que el Consejo de Seguridad fue dotado de competencia en las decisiones para ejercer una "acción pronta y eficaz", como se dice en artículo 24 de la Carta, al Consejo Económico y Social solamente le incumbe la atribución de "hacer recomendaciones a la Asamblea General , a los miembros de las Naciones Unidas y a las entidades especializadas interesadas"(art.. 62).

Incluso esa "acción rápida y eficaz" del Consejo de Seguridad ha sido, como se sabe, frecuentemente paralizada por el poder de veto, atribuido a los miembros permanentes (art. 27, 3). Además, una de sus principales atribuciones, cual es la de formular "los planes a ser sometidos a los miembros de las Naciones Unidas para el establecimiento de un sistema de reglamentación de armamentos " (art. 26) jamás fue cumplida pues ella choca con los intereses nacionales de las grandes potencias con actuación permanente en el organismo.

Como si no bastase, los Estados Unidos y sus aliados europeos, incluso después de la desaparición de la Unión Soviética, insisten en mantener y ampliar la Organización del Tratado del Atlántico Norte, utilizándola como instrumento de intervención militar fuera del alcance del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

El camino para la institución de un gobierno mundial democrático en el seno de las Naciones Unidas se dibuja con nitidez, a partir de ese diagnóstico. Es menester abolir el carácter oligárquico del Consejo de Seguridad suprimiendo los cargos permanentes con poder de veto. Es indispensable dotar al Consejo Económico y Social de competencia para decidir, atribuyéndole, además, un poder de supervisión y orientación no sólo de las actividades de las agencias especializadas de las Naciones Unidas en materia económica y social, sino del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial y de la Organización Mundial de Comercio.

Pero un gobierno democrático no prescinde, justifica recordarlo, de la organización de un Poder Judicial fuerte y autónomo. En ese sentido, parece indispensable abolir la cláusula de reconocimiento facultativo de la jurisdicción de la Corte Internacional de Justicia, tal como lo hizo el Protocolo nº 11 en la Convención Europea de Derechos Humanos en lo relativo al Tribunal de Estrasburgo. A ningún miembro de las Naciones Unidas le sería entonces lícito sustraerse a la jurisdicción de la Corte de forma de sobreponer su interés propio a la realización de la justicia en el plano internacional. Incluso en cuanto a las funciones judiciales en el seno de las Naciones Unidas sería preciso completar la obra iniciada con la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948 y con los dos Pactos Internacionales de 1966. En la sesión del 16 de febrero de 1946 del Consejo Económico y Social quedó sentado que esos documentos normativos constituirían etapas preparatorias de montaje de un mecanismo institucional adecuado para asegurar el respeto universal a los derechos humanos y tratar los casos de su violación. La implementación de esa primer etapa viene siendo postergada, primero a causa de la "guerra fría"y, en seguida, por la oposición decisiva de Estados Unidos. Es indispensable reforzar los poderes de investigación de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas y crear, al mismo tiempo, un tribunal internacional con amplia competencia para conocer y juzgar los casos de violación de esos derechos por los Estados-miembro.

Para reunificar la humanidad.

"De todas las maravillas del mundo", cantó un coro en la Antígona de Sófocles (332-333), "ninguna se iguala al ser humano". Pasa entonces el coro a enumerar los diferentes aspectos de la admirable destreza en dominar las fuerzas de la naturaleza, de la tierra, del mar y de los aires.

El coro no se deja ofuscar, sin embargo, por la contemplación de ese don excepcional que, según todas las apariencias, como enseña el mito de Prometeo, es de naturaleza divina. Concluye su intervención en la pieza teatral recordando que, si el hombre está dotado de un ingenio técnico que sobrepasa todas las expectativas (sóphon ti to mechanoen technas yper elpid echoon) el es siempre libre de utilizarlo para el bien o para el mal, de optar por la vida o por la muerte, no sólo individualmente sino a escala planetaria.

El siglo XX de la era cristiana el la mejor ilustración histórica de esa gran verdad. El hombre se tornó definitivamente "señor y poseedor de la naturaleza" inclusive de la propia, al adquirir el poder de manipular el patrimonio genético. Pero, al mismo tiempo, por la espantosa acumulación de poder tecnológico, jamás como en la centuria pasada, el ingenio humano fue capaz de provocar tal concentración de hecatombes y degeneraciones; nunca como hoy la humanidad se dividió tan profundamente entre la minoría opulenta y la mayoría indigente.

El rumbo del curso histórico como el enredo de la tragedia clásica, parece pues apuntar a la ruina y a la desolación. "El desastre", nos recuerda el coro de Agamenón de Esquilo (375-379) "es hijo de las osadías temerarias de los que se complacen en el orgullo desmedido cuando sus casas desbordan de opulencia". La advertencia moral de la tradición griega, desde Solón, es siempre la misma: el exceso de riqueza no compartida engendra la arrogancia (hybris) y esta conduce fatalmente al precipicio.

Pero todavía es tiempo de cambiar de ruta y navegar al rumbo de la salvación. En la línea del horizonte ya lucen las primeras señales de la aurora. Es la esperanza de una nueva vida que renace.

NOTAS
1. ESQUILO, Agamenon, 178.
2. La riqueza de las naciones, Libro I, capítulo X.
3. Ëtica a Nicomaco, 1140b,5.
4. idem , 1140b, 22-24
5. Ética a Nicomaco, 1141ª, 20
6. Política, 1277b, 25
7. Principios de Economía Política, Parte II, El capital.
8. La riqueza de las naciones, Libro V en el capítulo justamente consagrado a los gastos del Soberano o de la Comunidad (Of the Expenses of the Sovereign or Commonwealth). En el Libro I, capítulo X, el afirma que "aunque sea, sin duda, indecente comparar lo que abarca un vicario de parroquia, lo que abarca un capellán con un jornalero (a journeyman) el estipendio de un vicario o el de un capellán pueden, mientras tanto, ser propiamente considerado como de la misma naturaleza que los salarios de los jornaleros".
9. En el Discurso del Método, que constituye una especie de manifiesto de la civilización tecnológica, DESCARTES afirmó que "las nociones generales que conciernen a la física me han hecho ver que es posible llegar a conocimientos que sean muy útiles para la vida y que, en lugar de la filosofía especulativa que se enseña en las escuelas, uno puede encontrar una de tipo práctico por la cual conocer la fuerza y las acciones del fuego, del agua, del aire, de los astros, los cielos y todos los otros cuerpos que nos rodean,y tan claramente como conocemos los diversos trabajos de nuestros artesanos, podríamos utilizarlos de la misma forma en todos los usos que les son propios, y así convertirnos en dueños y poseedores de la naturaleza" (Sexta parte).
10. Os Lusíadas IX, 745-746.
11. Política, 1131ª, 10s
12. Del Contrato Social, libro tercero, capítulo xv.
13. De Jure Belli ac Pacis, libro II, capítulo XII, párrafos III y IV.

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* Traducido por Cris Martínez y María Elena Saludas(ATTAC-Rosario, Argentina) Traductoras voluntarias ATTAC Marzo de 2001

** Fabio Konder Comparato es Doctor Honoris Causa de la Universidad de Coimbra; Doctor en Derecho de la Universidad de París; Profesor Titular de la Facultad de Derecho de la Universidad de San Pablo.

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