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La guerra global permanente y antagonismo social

Raimundo Viejo Viñas

Miércoles 28 de septiembre de 2005, por ediciones simbioticas


El 15 de febrero de 2003, millones de personas salieron a la calle a lo largo y ancho del planeta para expresar un «NO» rotundo y pacifista a una eventual guerra contra Iraq. Esta iniciativa antimilitarista, originada en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, alcanzó unas dimensiones y cualidades que sorprendieron a propios y extraños, marcando un punto de inflexión en el desarrollo histórico del movimiento social. Sus efectos, tan influyentes e inesperados como los resultados electorales del 14-M, han configurado una correlación de fuerzas completamente nueva entre el movimiento social y la autoridad gubernamental; entre el activismo antagonista y el gobierno representativo.

A pesar de no haber podido evitar la guerra, el potencial movilizador antimilitarista del escenario global posterior al 15-F está todavía lejos de haberse agotado. A juzgar por la evolución reciente de la situación en Irak (dificultades en la instauración de un régimen afín, radicalización de la resistencia interna, escándalos por las torturas, etc.), no parece que la contienda vaya a resolverse de manera definitiva y triunfal a favor de las potencias ocupantes. Con todo, los problemas de orden marcial más o menos inesperados, o el gasto creciente de la intervención militar, tampoco han impedido que la guerra global permanente haya proseguido su curso dentro y fuera de Irak.

En rigor, más que la guerra global permanente en sí, lo que está en cuestión es el «modo de mando» (governance) de la misma. De hecho, en última instancia, los costes políticos de la guerra han estado guiando y guían, cada vez más, las estrategias de las potencias en su continua adaptación a un contexto global[2]. A resultas de ello, la tensión entre las exigencias autocráticas que reclama el mando bélico, por una parte, y los riesgos que comporta la participación democrática, por otra, se han hecho evidentes a la vista de todo el mundo, sin que por ello parezca conjurado, empero, el espectro amenazante del estado de excepción permanente[3].

En este orden de cosas, el ejemplo del drástico fin de la Era Aznar ha trascendido los límites de la política española, configurándose como un auténtico punto de inflexión en la definición del modo de mando global a partir del cual resulta inevitable contar con el movimento. Desde esta perspectiva, mucho menos importante que la satisfacción electoralista de las exigencias de quienes se manifestaban el 15-F por parte del PSOE, más parece que haya sido el refuerzo del cuerpo diplomático español lo que finalmente se ha dirimido con la retirada de las tropas de suelo iraquí. Las implicaciones de este hecho no son menores, habida cuenta del impacto que sobre el equilibrio de poderes interno del Estado puede tener el reforzamiento de una opción más atenta a los recursos del derecho internacional que a las exigencias cambiantes del estado de excepción.

Desde el punto de vista de quienes se movilizaron contra la guerra, sin embargo, el cambio de gobierno no ha sido más que una cuestión de táctica política; un paso más en la prolongada lucha contra la guerra global permanente, indistinto de una manifestación o cualquier otra práctica de «política contenciosa»[4]. En vano se intente representar el discurso del movimiento como opción electoral. Lejos de reducirse a las decisiones políticas puntuales del juego democrático-representativo mediante las que opera actualmente el Estado nacional, el movimiento social global se articula en toda su radicalidad democrático-participativa frente a la autoridad estatal como un actor esencialmente transnacional. Por esto mismo, intentar analizar las movilizaciones del 15-F en el marco de la forma Estado se revela antes como un ejercicio ideológico de defensa de la soberanía nacional que como una reflexión sobre lo ocurrido fundamentable en un análisis empírico.

La soberanía nacional, empero, no puede articularse en la crisis del gobierno representantivo que inaugura la guerra global permanente. Así lo demuestra, por otra parte, el elevado abstencionismo de las elecciones europeas. Presentadas ante la opinión pública como una suerte de referéndum sobre la inopinada alternancia gubernamental provocada por el 13-M y, por consiguiente, sobre las dos grandes opciones de mando global presentes en la Unión Europea (eje de las Azores y eje franco-alemán), no parece que un planteamiento tal del debate electoral haya logrado ganar una mayor legitimidad para una opción que para otra. Por el contrario, el éxodo de la política de la representación ha proseguido el curso imparable que comenzó con el tránsito al posfordismo hacia finales de los años setenta y comienzos de los ochenta[5].

Por otra parte, el impacto de las movilizaciones del 15-F sobre la propia realidad del movimiento, apenas ha comenzado a ser asimilado por quienes más se interesan en su desarrollo. Buena parte del movimiento sigue empleando un aparato categorial para el análisis de la política deudor de los siglos pasados y sus épicas emancipatorias, carente de otra referencia al movimiento real que la conservación de su memoria. En el mejor de los casos, lo que podemos observar son diferentes tentativas de readaptación retórica de este mismo aparato a los tiempos que corren, sin que por ello se asuman las transformaciones que hoy invalidan, o cuando menos cuestionan, sus fundamentos teóricos y empíricos.

Y, sin embargo, la urgencia de una reflexión crítica al respecto es cada día mayor. Lejos de limitarse a la necesidad de explicar uno u otro aspecto particular del movimiento, este problema se ve dificultado por la complejidad de un contexto global en plena transformación y en cuyo seno apenas hemos comenzado a balbucear las primeras palabras de un discurso político diferente. En el presente capítulo intentamos dar algunos pasos en el ejercicio de la producción de este otro discurso al que consideramos, desde un punto de vista analítico, como eje constitutivo de una «política del movimiento».

A estos efectos, este ensayo ha sido organizado en tres partes: en la primera de ellas se aborda la que denominamos «heurística del movimiento»[6], esto es, la problemática que evalúa la validez de diferentes tesis al hilo de una primera observación aproximativa a los cambios sociales del presente. Dicha problemática viene marcada claramente por la constelación conceptual que nuclean las nociones globalización, altermundialismo, guerra global permanente e Imperio. Precisar el significado de la globalización no sólo permite una evaluación estratégica de los resultados de la ola de movilizaciones de los años sesenta y setenta, sino que, además, posibilita el diagnóstico subsiguiente del presente estado de cosas en el que, a partir de ahora, habrá de operar el movimiento. Hablar de altermundialismo, guerra global permanente e Imperio, por su parte, hace posible la determinación estratégica del estado actual de las luchas antagonistas.

Asimismo, gracias a este análisis, en la segunda parte nos planteamos diferentes puntos de fuga o hipótesis exploratorias de salida a la situación estratégica del movimiento hoy, sin pretender por ello ser exhaustivos ni concluyentes. No se trata de ofrecer un esquema general omnicomprensivo. Lo que pretendemos con ello, antes bien, es abrir diferentes perspectivas trazando las líneas provisorias de una praxis cognitiva a desarrollar en el seno del movimiento; en otras palabras: el primer borrador de un work in progress movimentista. Partimos así de una apuesta concreta que la lectora o lector informad@s podrán identificar rápidamente por las referencias en las que se apoya[7].

La razón de esta apuesta es triple y parte, en cualquier caso, de su adecuación a la heurística que se bosqueja en la primera parte de este estudio: (1) la globalización resulta de un cambio substantivo que se ha operado en el mundo a resultas de anteriores olas de movilización (tesis de la centralidad de lo político); (2) comprender un cambio de estas características no sólo requiere evaluar conceptos, métodos y teorías heredados de olas pasadas, sino también ampliar el potencial explicativo de lo heredado y producir nuevos instrumentos analíticos operativos (tesis sobre la inmanencia del discurso); y (3), sólo mediante la experimentación aplicada en el seno de la ola de movilizaciones en curso podrá validarse un nuevo aparato categorial (tesis sobre la irreificablidad del movimiento y XI tesis sobre Feuerbach de Karl Marx)[8].

Por último, incardinados en las líneas abiertas en la parte precedente, se presentan algunos «fundamentos» para elaborar la que hemos dado en llamar «gramática» del movimiento. Entendemos por gramática del movimiento el análisis de los elementos del lenguaje político y las combinaciones que de ellos se derivan posibilitando el antagonismo social. Se trata, inevitablemente, de una gramática cuya formalización es sencilla y no exige mayores conocimientos teóricos para ser puesta en práctica, toda vez que cada cual dispone de la capacidad necesaria para desarrollarla por medio de la praxis cognitiva que comporta su ser en el mundo.

Se trata, asimismo, de una gramática que consideramos explícita e inmanente a la vez: (A) explícita, porque tanto sus reglas como las condiciones en que éstas operan (el «presente estado de cosas») deben «explicitarse» mediante los procesos de deliberación política que comporta el procedimiento decisional; (B) inmanente, porque proyecta un conjunto delimitado de proposiciones sobre el conjunto infinito de (re-)combinaciones posibles que informan el discurso político. Aludimos, por lo tanto, a un concepto de gramática, a la par analítico y sintético, que no parte del punto de vista del emisor del discurso, sino de la interacción comunicativa entre éste y su destinatario y, por consiguiente, del «poder constituyente» (Negri, 1994) que surge de su experiencia en común o «comunista»[9]. El fin de la gramática del movimiento, por tanto, no sería otro que el de explicitar este conocimiento implícito de los seres humanos.

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