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Infotecnologia y brecha cultural

F. Sáez Vacas

Domingo 27 de noviembre de 2005, por ediciones simbioticas


Nuestras relaciones con la infotecnología, nombre breve para designar el vasto y complejo conjunto de tecnologías de la información y de las comunicaciones, además de difíciles, son problemáticas. De modo individual o colectivo, hasta tres factores pueden distanciarnos de ella: la infraestructura (brecha económica), la edad (brecha generacional) y la cultura (brecha cultural).

En este artículo nos ha parecido más pertinente inclinarnos por el enfoque colectivo, por su sintonía con las actuales medidas políticas y económicas para llevar a la sociedad española a su plenitud como sociedad de información.

Hoy día, el desarrollo de las sociedades se mide entre otras cosas por la densidad y eficacia de sus infraestructuras, en forma de redes de energía, de información, de transportes, etc. Un bajo nivel de acceso de la persona o de la comunidad a esas redes, en nuestro caso particularmente a las redes de información, es la característica de la primera brecha posible.

Una cosa es tener acceso y otra, muy distinta, saber usarlo. Por regla general, los niños y adolescentes, nacidos al mismo tiempo que la infotecnología digital, saben; sus padres, no. Cuanto más jóvenes, mayor es la naturalidad con la que manejan toda suerte de máquinas y dispositivos, incluyendo anecdóticamente el lenguaje de los mensajes supercortos con sus teléfonos celulares. Para los mayores, los ordenadores, las consolas, los “chips” y los “wap” tienden a ser artefactos insondables. Es por causa de la brecha generacional.

La brecha de infraestructuras puede reducirse en principio con inversiones económicas. La brecha generacional tiene mal arreglo, como es fácilmente comprensible. Pero superar la brecha cultural de nuestra sociedad es lo que presenta, para el firmante, mayor dificultad. Lamentablemente, porque su mera existencia erige barreras, más importantes de lo que se piensa, para un desarrollo equilibrado y fértil de la susodicha sociedad de la información.

Nuestros procesos de evolución cultural sufren un persistente retraso histórico. A diferencia de otros países del llamado Primer Mundo, y dentro del generalizado menosprecio por la cultura en el que sucesivas minorías dominantes han mantenido a nuestro pueblo por generaciones y generaciones, es notorio que aquí se han marginado casi siempre de los dominios de la cultura a la ciencia y la técnica, considerándolas como “artes”utilitarias. Aunque nos parezca increíble, esta situación se mantiene entre ciertas clases dirigentes y otros referentes sociales. Atenuada, incluso camuflada, pero se mantiene.

En buena parte, de tales actitudes se deriva en primer lugar la barrera que supone la escasa dotación presupuestada en nuestro país para investigación, inferior, con respecto al PIB, a la mitad de varios países europeos, dotación escandalosa que a nadie escandaliza (ello da una medida de la magnitud de nuestra brecha cultural) y que no se explica sólo por nuestro desfase económico relativo.

La consecuencia acumulativa de nuestra indigencia investigadora se hace patente en que no creamos sino que consumimos tecnología, lo que se materializa también en un importante déficit económico de la balanza tecnológica. Item más, semejante clase de actitudes repercute sobre nuestra brecha de infraestructura infotecnológica, porque, según Eurostat, gastamos en ella el 3.9% del PIB, frente al 7.6% de EE.UU., al 4.9% de Portugal y al 4.4% de Grecia. Y, por último, aunque menos mensurable, no construir sólidas estructuras científicas y técnicas equivale a atribuir erróneamente al mero volumen de dotación instrumental propiedades de panacea, prescindiendo del cerebro social necesario para organizar inteligentemente el instrumental tecnológico, en lugar de consumirlo sin tino.

Duele decirlo, pero parece que seguimos erre que erre con el legendario mensaje “que inventen ellos”, seguramente incrustado ya en nuestro inconsciente colectivo. Uno cree que las particularidades de esta ecología cultural tan poco moderna se dejan sentir como sutiles mensajes que flotan por la psicosfera para condicionar, con más fuerza de lo que nos gustará reconocer, sentimientos, motivaciones y conductas de muchos ciudadanos. Simplificando, dos son los modelos circulantes sobre tecnología: la tecnología-caja-de-Pandora y la tecnología-puesto-de-trabajo, que, vistos en conjunto, no favorecen precisamente la germinación de las incalculables posibilidades de la infotecnología.

Con todas las excepciones que se quiera, es observable que nuestros gobernantes, políticos y empresarios muestran, a través de sus acciones públicas, debates, escritos y declaraciones, que su cultura puede desenvolverse en los territorios de la historia, la ciencia jurídica, la economía, la literatura o la música, pero raramente en los de la ciencia o la técnica. No nos extrañará si de pronto recitan de memoria unos versos de Cernuda, pero difícilmente los imaginaríamos producirse solventemente sobre genes, software o Física de partículas. Aunque veamos sus nombres apiñados en comités de honor de diferentes conferencias sobre ciencia, tecnología e innovación, incluso aunque presenten o discutan un proyecto de ley de apoyo a la tecnología, probablemente no nos merecerán credibilidad personal en estos dominios, lo cual no es incompatible con reconocerles su tributo -obligado, por otra parte- al realismo de abrir la economía a la innovación tecnológica.

Este mensaje unidimensionalmente economicista se emite sobre el ruido de fondo un tanto tristón, formado por un ronroneo casi incesante de mensajes cargados de pesimismo tecnológico, procedentes de un nutrido elenco de pensadores diversos, escritores, cineastas y columnistas relevantes, para quienes, bajo argumentos formales varios, la tecnología representa una fuerza deshumanizadora, enemiga de la cultura “verdadera”, la caja de Pandora que encierra un futuro de peligros para seres humanos cuyo destino fatal es ser dominados por las máquinas.

Es humano resistirse al cambio, pero lo que se les pide a estos dirigentes y creadores de opinión ilustrada es que lo “lean”, que lo dirijan, no que lo nieguen, lo torpedeen o lo malversen. Pintar un futuro escenario social atemorizante, salvo tal vez por su vertiente económica, no es, según la Psicología, la mejor manera de contribuir a construirlo.

Todos vivimos de acuerdo con lo que creemos posible. Así es como, por un lado, menudean entre los ciudadanos quienes en los colegios, oficinas y hogares viven, con mayor o menor naturalidad, a veces con gusto, pero las más de las veces con muchos sacrificios, y al margen de opiniones “ilustradas”, su personal salto de las brechas para iniciarse en la infotecnología. Lo más probable es que tiendan, por instinto de supervivencia, a seguir el reduccionista modelo de tecnología-puesto-de-trabajo, que, para unos, significa oportunidades de empleo, tal vez dinero, para otros, una amenaza de paro o subempleo. Los favorecidos por este modelo formarán expectativas económicas razonables, pero en España no es previsible que puedan imaginarse tocando poder, influencia o prestigio social. Más adelante, reconociéndose como una pieza más, integrada en la enorme complejidad intrínseca de la maquinaria tecnológica, no sólo no se librarán de contaminarse de sentimientos negativos sobre la naturaleza y el impacto de la tecnología, sino que terminarán colaborando con su acción radicalmente especializada a crearlos y difundirlos. Sería la profecía que, mil veces repetida, acaba por autocumplirse.

La innovación tecnológica, si no es innovación social plena, puede quedarse en pura, estéril y hasta nociva maquinaria. Los mensajes correctos deberían girar en torno a la noción básica de que la tecnología es fruto histórico de la aventura cultural del ser humano, que se caracteriza por su poder renovador (destructivo-creativo) de las formas sociales y por su estimulante capacidad de abrir inmensos espacios virtuales de cambio. La dotación instrumental es condición necesaria para la innovación, pero los factores decisivos son la formación actualizada de los ciudadanos, su madurez cultural y ética, su capacidad y su deseo de inventar y organizar nuevos proyectos y procesos, su conciencia ilustrada de los riesgos y costes sociales y un cierto grado de optimismo inteligente.

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