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Imperialismo Cultural

José Murilo en Mercosur Cultural

Martes 9 de septiembre de 2008, por ediciones simbioticas


Quien dice Imperio, dice hegemonía y poder. Hegemonía sobre el modelo cultural que lo sustenta y poder para irradiar impositivamente ese modelo a tantos como lo permitan sus mecanismos de dominio. Son demasiados los casos, a la luz de los tiempos, para comprender que un imperio no es el fruto de la gracia divina, aunque algunos se han revestido de ésta, ni la conquista leal de cara a la prosperidad común, sino la consecuencia de consuetudinarios atropellos de aniquilación y exterminio. Cruz, cañón o mercado financiero, qué más da. A la postre, la salud del imperio se debe a severas estrategias cuya razón sustantiva es la fuerza y la violencia. Sin tales condiciones difícilmente el estamento imperial se sostendría en el tiempo ya que su aliento reside en la sujeción ajena. Su permanencia se debe, justamente, al control que logra establecer con el discurso de “venderse” como la única alternativa posible, como la frontera deseable, en definitiva, como el sueño convertido en lejanísima esperanza digna de ser conquistada. De allí que su oferta permanente sea la de ofrecerse como una promesa de reconocimiento; reconocimiento que, al cabo, se le ven las costuras de la falsa trama: para querer ser como deseas ser, debes parecerte más a lo que te he propuesto que debes ser. En este perverso juego de engaños, no hay imperio que se respete que no pretenda convertirse en un espejo para que el resto de la humanidad se vea forzada a reconocerse. Entonces y para poder comprender el ejercicio imperial, debemos preguntarnos acerca de sus procedimientos y de sus intrincados mecanismos de persuasión ideológica..

Entendido de esta manera, la concepción imperial opera, al menos, en dos sentidos: uno hacia adentro, que procura moldear a los suyos para que su modelo funcione, y otro hacia afuera el cual se propone arrasar con las diferencias y formas de identidad del otro para que se ajuste al diseño cultural que él mismo ha concebido de acuerdo a sus criterios y así ponerlo a su servicio. Aunque decir criterios es quedarnos cortos en la calificación, deberíamos, más bien y con todo derecho, definir sus propósitos como intereses reales, siendo la cualidad esencial de esos intereses fundamentalmente aquellos de carácter económicos, sobre todo en las formas avanzadas del imperialismo que vivimos en la actualidad. De esta manera, las razones del capital pasan a ser el exclusivo soporte de cualquier modalidad en las relaciones imperiales. Así, todo cuanto esté dentro de los límites de sus intereses será considerado culturalmente de provecho, mientras que aquellas prácticas que se resisten a entrar por su aro predeterminado, serán negadas como contraproducentes. Basado en estos principios simples pero de gran fortaleza, el modelo imperial se impone socavar todo sustrato que le permite a los otros ser como son, de acuerdo a la sagrada fuente de sus orígenes y a sus propios rasgos históricos. ¿Qué duda cabe? Los pueblos son fraguas que se han ido hilvanando con sus legados, consecuencia transparente del tiempo asimilado en sus debates cotidianos y que con el paso del tiempo los mismos han hecho su historia.

Desde esta premisa no existe posibilidad de configuración cultural alguna que no repose en un diálogo vivo con la memoria. Todo el acervo tradicional, que es el que les da legitimidad a los pueblos, impone un esfuerzo frente a las arremetidas que pretenden desdibujarlo a fuerza de alienación y olvido. Entiéndase que eso que se pretende preservar en la memoria colectiva de los pueblos, junto a sus sagradas claves históricas que les confieren sentido, se convierte precisamente en el blanco puntual de los ataques culturales exógenos. Cuando los mecanismos de los modelos culturales se debilitan, las culturas quedan expuestas y sin armas para asumir cualquier defensa. Por eso, como pensaba Simone Weil, el ejercicio del poder no persigue otro propósito que cosificar al otro, debilitarlo hasta aniquilar la potencialidad humana que le da sentido al ser diferente. Visto así, conservar la dignidad cultural frente a las estrategias imperiales, necesariamente se vuelve una lucha de resistencia. Al considerar las modalidades recientes de dominación a través de las cuales el imperialismo cultural ejerce su poder sobre su amplio margen de influencia, se le impone a los pueblos una imperiosa urgencia: ahondar en la búsqueda de estrategias de preservación, si en efecto queremos hallar un espacio en el orden mundial con dignidad y soberanía, a la vez que honre el perfil ancestral e histórico que nos define.

María Zambrano, la gran pensadora española, manifestó en una ocasión que si se desea conocer a una cultura lo más indicado sería preguntarle en qué cree. Esa creencia supone no sólo las cruciales expectativas en las que cifra su porvenir, sino además y sobre todo, su concepción del hombre y sus relaciones con los múltiples ámbitos que amparan su transitar por la historia. En este particular y desde esta mirada, las actualizaciones de esa creencia se conforman en sello de identidad cultural y garantía de sobrevivencia frente a los múltiples poderes imperiales. De allí la urgencia de crear permanentemente estrategias que nos permitan no sólo el resguardo de las tradiciones, sino también la insistencia en el ejercicio crítico que posibilite la revisión y los reajustes imponderables en el enfrentamiento de patrones culturales ajenos al soporte que nos pertenece. Demás está acotar que esta dialéctica cultural, entre lo propio como reserva espiritual frente a lo extraño como poder avasallante, es un proceso permanente; por eso el imprescindible y obligante compromiso de andar despiertos y con la reflexión por delante, ya que este es el único camino que nos permitirá nuestras reafirmaciones y el talante vital que reivindique nuestras soberanías.

Si deseamos tener rostro debemos mirarnos en nuestras íntimas y profundas aguas conquistadas en el fragor de los siglos. Ese es el reto, ese el alcance de nuestra trascendencia cultural. Torcer el sendero y desvelarnos en los espejos imperiales, es perdernos. En consecuencia, los tiempos que corren reclaman tomarnos con seriedad la defensa de lo que somos, ya que son demasiadas centurias de intervención y de modelos ajenos sobre las espaldas de los pueblos. Así, conservando el compromiso con la dignidad de nuestro rico acervo, estamos obligados por la historia a encarar éticamente nuestros destinos comunes; de allí que debamos profundizar nuestras reflexiones y en consecuencia asumir las acciones que se deriven de las mismas. Sin embargo, para acometer esta necesidad cultural debemos medirnos y ahondar en aspectos cruciales: ¿Cuáles son nuestras reales y sentidas fortalezas culturales frente a los mecanismos avasallantes del imperio? ¿Hacia dónde debemos orientar nuestro empeño con el fin de afianzar las conquistas logradas y allanar el terreno para las que aún reclaman consistencia? ¿De qué manera ajustaremos la relación dialógica entre los signos de la modernidad y los legados tradicionales? ¿Cuál es el destino que deseamos culturalmente para nuestros pueblos? ¿Qué vinculaciones se pueden establecer entre las urgencias culturales y las nuevas formas políticas que se levantan en el continente? Sirvan estas interrogantes, entre otras que tendríamos que plantearnos, para emprender las reflexiones impostergables que nos merecemos, en procura de la construcción de una vida de más alto vuelo para nuestros pueblos.

José Murilo en http://www.cultura.gov.br/mercosur/?p=435

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