Un lejano amigo, José Antonio de Marco, decía que una de las mayores contradicciones que estamos viviendo es el desfase que se produce actualmente entre el mundo real y la cultura dominante. Para él la cultura (la forma de valorar, sentir, pensar, hacer, decir y actuar común a un grupo de individuos) que mantenemos y continuamos transmitiendo en nuestros días es una cultura basada en la idea de que no hay suficiente para todos. Es una idea surgida en el neolítico, en un periodo de la humanidad dependiente de la agricultura, de la cosecha, del suelo, del clima, del desconocimiento de las plantas, pero que ha llegado hasta nosotras trasladada no sólo a los alimentos sino también a los "bienes de consumo" y rige y determina nuestras organizaciones sociales. Partiendo de ella se explica la necesidad de acumular de los individuos a pesar del hambre de otros seres humanos, de la propiedad privada, de la defensa a ultranza de las fronteras, de guerras de pura rapiña económica o geopolítica, de los efectos invernaderos al priorizar la consecución de beneficios económicos,...
Sin embargo, los tiempos han cambiado, están cambiando. El sentido común nos dice que la población del planeta podría alimentarse sin problemas con otro reparto de la riqueza y con otro uso de los recursos naturales. Si esto continúa así es básicamente por una serie de elementos que apuntalan y perpetúan este modelo cultural. En otro artículo "Argumentos microfascistas" ya me refería a mecanismos mentales cotidianos y personales que contribuyen a ello. Pero hay un elemento que nos ha llegado casi del neolítico adherido como una lapa, o mejor como una sanguijuela o una garrapata, a esta cultura y que ha sobrevivido a imperios, feudalismos, absolutismos, revoluciones, comunismos,... y cualquier otra forma de organización social o política porque en el fondo la cultura que conocemos, la idea básica que la fundamenta, ha continuado siendo la misma. Se trata de las iglesias, de la religión institucionalizada y organizada, de ese, en nuestro caso, macrofascismo que nada como pez en el agua entre las ideologías y los cambios sociales y que les aporta el alimento a los grupos de poder para continuar vivos, defendiendo y difundiendo soterradamente la idea de que no hay suficiente para todos, pero no hay problema porque habrá otra vida u otra reencarnación.
Me parece absolutamente escandaloso y nauseabundo constatar como un grupo humano, en la parte que nos toca de religión católica, apostólica y romana, ha conseguido, a partir de preceptos tan concretos y claros como el "amor al prójimo" o el "no os procuréis oro, ni plata, ni cobre, para vuestros cintos, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón,..." [1], crear, mantener y justificar la mayor acumulación económica y patrimonial del planeta mientras hay seres humanos que no es que no tengan una túnica o unas sandalias, es que se mueren de hambre, son violados, torturados o sometidos a la esclavitud; que continúan con el discurso de discriminar a las mujeres como seres demoníacos sin más papel social y vital que servir a los "santos varones"; que esconden sus normas y preceptos tras un muro de buenas obras realizadas por algunos de sus miembros, pero que callan y ocultan las barbaridades que cometen otros, cuando las personas son independientes de sus creencias religiosas, una religión hay que valorarla por sus normativas, principios reales y estructura. Y a pesar de ello hay gente que aún se plantea o que duda en seguir manteniendo esa organización político-económica que atenta directamente contra los derechos humanos al importarle más la acumulación de riquezas que las personas, que se pone al lado de los poderosos en las grandes decisiones políticas o económicas, y que únicamente busca su amparo vía acuerdos y concordatos.
Los tiempos están cambiando y hay suficiente para todas y todos. El problema es "sólo" de distribuir la riqueza, de no destruir los alimentos para manipular los precios del mercado, de no derrochar los recursos, de priorizar las personas y sus necesidades sobre los beneficios y las prebendas. Es un reto fascinante al que nos enfrentamos, el cambiar la idea básica que ha sustentado miles de años de cultura humana por otra idea que tenga en cuenta nuestra realidad y que sirva de base para una nueva cultura que genere otra organización social y, para ello, será decisivo, además de nuestro compromiso personal y cotidiano con el "pensar", "crear" y "resisitir", el progresivo abandono y la denuncia de instituciones que mantienen, promueven y fomentan las discriminaciones e injusticias del modelo cultural que propugnan y con el que se arropan.
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