INTRODUCCIÓN Este libro es parte de un proceso de búsqueda y profundización en mis estudios relativos al poder. Cuando lo inicié, en 1992, partí de una serie de hipótesis acerca del concepto género y su convergencia con el problema del poder que he ido comprobando durante el curso de mis investigaciones sobre ambos temas. El estudio de los componentes culturales del poder, a los que he prestado particular atención, me ha permitido nutrirme de variadas fuentes y referencias. Mientras un problema se insinuaba como tal en un plano, podía reafirmarlo, profundizarlo o rechazarlo como tal problema en otro. La fluida intercomunicación entre mis estudios de construcción de poder desde abajo y los de género, de modo explícito o implícito, me ayudó a esclarecer cuestiones, cerrar algunas interrogantes y abrir otras, encadenando problemas y soluciones posibles que, en resumidas cuentas, arrojaron mayor claridad acerca de la extraordinaria complejidad y dimensión de los mecanismos de producción y reproducción de la hegemonía ideológico-cultural del poder de dominación, discriminación y exclusión social.
El enfoque de género resulta profundamente cuestionador de las relaciones de poder, de la cultura del poder desde lo político hasta lo privado, al punto tal que desnuda sin miramientos el carácter político de las relaciones que se desarrollan en el mundo privado y supuestamente no político. De ahí que su consideración, su enfoque crítico, sus planteamientos y sus propuestas resultan indispensables en todo debate o proyección política encaminada a una transformación del poder en el sentido de democratizarlo, de humanizarlo, de ponerlo al servicio de la sociedad, es decir, de los hombres y las mujeres que le dan cuerpo y alma.
La cuestión de género no es "cosa de mujeres"; plantea una relación social entre hombres y mujeres establecida sobre la base de patrones culturales que instalan y justifican la desigualdad y la subordinación de la mujer. A partir de allí, cuestiona las relaciones discriminatorias establecidas respecto a las mujeres a través de los siglos en desmedro de éstas, aunque las reconoce incorporadas y asimiladas por hombres y mujeres mediante su reiterada repetición en la vida cotidiana, y acuñadas como "naturales" por la fuerza de la costumbre, de las tradiciones, etc., de la cultura de ese modo creada y recreada. Sólo la deconstrucción histórico-social de esta cultura hará posible la construcción de otro tipo de relaciones, abrirá caminos para establecer nuevos roles (diferentes), más equitativos, más humanos entre los hombre y las mujeres.
Se trata de un proceso simultáneo de deconstrucción-construcción de nuevas relaciones (e identidades) entre hombres y mujeres, proceso largo, sinuoso y contradictorio como todos los procesos sociales cuyas raíces culturales están en la base misma constituyente de la sociedad. Su componente cultural dice a las claras que la transformación abarca, entre otras cosas y fundamentalmente, a la mentalidad vigente y presente en hombres y mujeres, que entiende que el ser mujer y el ser hombre se define por determinados parámetros sobre los cuales se delimitan los roles hombre-mujer tal como hasta ahora los conocemos, y cuyas raíces culturales datan de milenios.
La propuesta de género que reclama romper con esa cultura y con esa mentalidad, no es un cuestionamiento unidireccional de las mujeres hacia los hombres -aunque en cierto sentido lo es- sino hacia hombres y mujeres y, fundamentalmente, hacia las propias mujeres, en gran medida reproductoras de los patrones patriarcal-machistas en la pareja, en el seno de la familia y en la vida social, política, económica, etcétera.
No se trata entonces de un "problema de las mujeres". Atañe a una nueva concepción de organización de la sociedad, de las relaciones entre las clases y los sectores sociales y, atravesándolas, atañe a la transformación -desde abajo, también y en gran medida desde la vida familiar- de las relaciones entre hombres y mujeres. Esto resulta tan inherente a la esencia autoritaria o no, democrática o no, prepotente o no, discriminatoria y excluyente o no, de un sistema social, del poder, como lo es el enfoque que desnuda y denuncia al Capital como el productor y reproductor de la explotación del hombre por el hombre.
Ese enfoque da cuenta de una parte importante y esencial de la injusticia y la explotación y propone su superación mediante una recomposición de las relaciones sociales basadas en la equidad y el equilibrio entre las personas, teniendo como eje la desaparición del Capital como motor del sistema de producción y reproducción de la vida social. En ese sentido resulta válido y necesario, pero no basta. No llega hasta los otros tentáculos del poder, no cuestiona sus bases ideológico-culturales anteriores al capitalismo, sobre las cuales se ha erigido -incorporándolas y desarrollándolas a su modo- la sociedad capitalista moderna. El planteamiento de género, en su cuestionamiento, llega hasta los cimientos mismos de la cultura del poder patriarcal heredado y desarrollado por el capitalismo. De ahí su fundamental importancia para un replanteamiento profundo del conjunto de relaciones sociales y del poder de una sociedad dada, en el sentido de nuevo proyecto social. No digo que sea suficiente, pero sí necesario, imprescindible, insoslayable. Para avanzar hacia una concepción más integral y globalizadora es importante sumar, articular los diversos enfoques, las críticas y los planteamientos.
La primera parte del libro -que es la que tienen a su disposición-, la he destinado fundamentalmente al tratamiento del tema desde el punto de vista conceptual. La segunda y la tercera -que no hacen parte de esta publicación-, recogen de un modo testimonial, experiencias de mujeres sobre temas o problemas definidos de antemano.
Esto hace a una nueva forma de pensar el saber: como realidad presente y diseminada (múltiple) entre las distintas actoras y actores sociales del continente. El pensar no es un patrimonio exclusivo de la intelectualidad, está entre todos nosotros y nosotras, y tenemos que aprender a extraerlo, hacerlo palpable y construirlo (articularlo) colectivamente. Esto, claro está, sin desmerecer la necesidad de contar con pensamiento teórico en el sentido pleno del concepto; las dos vertientes son necesarias.
No pretendo dar recetas para enfrentar las relaciones personales, laborales o políticas de un modo diferente y convergente con la perspectiva de equidad de género. Más bien, mirando históricamente el mundo por venir, pienso que estamos empezando y necesitamos profundizar nuestros conocimientos y cuestionamientos. Lo importante entonces es nutrirnos lo más posible, intercambiar, experimentar, volver a intercambiar y a polemizar y así ir construyendo, entre todas y todos, un futuro que esperamos y queremos que sea mejor para el conjunto de los seres humanos, hombres y mujeres.
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