El dilema de la exclusión
Vivimos en una era de cambio rápido y permanente, donde la innovación tecnológica trae aparejadas obsolescencias instantáneas y sensaciones de evanescencia. Al mismo tiempo, las estructuras políticas y económicas, así como los patrones culturales, muestran fuertes continuidades, que a veces se manifiestan como rigideces y cristalizaciones. O sea, coexisten e interactúan el cambio rápido y la inercia.
Para los seres humanos que viven estos procesos, el cambio rápido puede provocar situaciones de desarraigo, producidas ya sea por desplazamientos y migraciones (a veces impuestos por situaciones de violencia política o de carencia económica) o por disrupciones ligadas a transformaciones económicas y políticas que se dan en un mismo lugar –en el que se ha nacido y crecido. Estos procesos de desarraigo, paradójicamente, llevan también a una búsqueda renovada de raíces, de un sentido de pertenencia, de comunidad. Pertenecer a una comunidad es una necesidad humana, es un derecho humano. Para citar a una autora ya clásica,
“La privación fundamental de los derechos humanos se manifiesta por sobre todo en la privación de un lugar en el mundo, (un espacio político) que torna significativas las opiniones y efectivas las acciones. (...) Tomamos conciencia del derecho a tener derechos (...) y del derecho a pertenecer a algún tipo de comunidad organizada, sólo cuando aparecieron millones de personas que habían perdido esos derechos y que no podían reconquistarlos debido a la nueva situación global. (...) El hombre, según parece, puede perder todos los así llamados Derechos del Hombre sin perder su cualidad humana esencial, su dignidad humana. Sólo la pérdida de la comunidad política lo expulsa de la humanidad” (Arendt, 1949, citado por Young- Bruehl, 1982, 257).
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