En memoria de Andrea Dworkin [1] // En solidaridad con Lidia Cacho [2].
"vosotras sois animales de placer, instrumentos para el goce momentáneo"
“La pornografía...hoy es una industria rentable, misógina y orientada a la producción y la exportación (...) En la pornografía las mujeres son penetradas por perros, caballos, anguilas, objetos fálicos con púas, cuchillos, pistolas y vidrios, y la piel de las mujeres negras es concebida como un genital femenino más que puede herirse. El mensaje central es que no importa lo que hagan a una mujer y de cuántas maneras la lastimen, a ella le va a gustar. No existe atrocidad histórica, como los campos de concentración, Vietnam o el esclavismo, que no haya sido usada por esos padrotes para crear sus guiones de violación, mutilación y humillación, como si las víctimas sintieran placer sexual (...) ‘Es que es la industria de la fantasía’, me argumentan, y yo digo: una asiática colgada de un árbol es una mujer asiática real colgada de un árbol real. ¡Es un insulto a la conciencia humana que esos actos de gente real se sigan concibiendo como si sólo existieran en la mente de un hombre consumidor, como si esto fuera más importante que la vida de ella!” Andrea Dworkin [3] “...el oscuro sello de lo impúdico... [4]”
Una de las producciones más explícitas de la estética burguesa es la pornografía [5]. Una idea de “placer” convertida en negocio descomunal [6] para representar otra forma de la degradación humana con todas sus modalidades, desde la pedofilia [7] hasta sadismo vuelto show. Ese negocio de exhibir, bajo una serie de estatutos visuales para el “goce” de los consumidores, el ideario sexual de muchos monopolios se convirtió en un “mercado de sexo, prostitución, prensa, video, televisión, internet, trata de blancas, etc y las actividades relacionadas con este negocio, hostelería, turismo, bebidas alcohólicas, etc. suponen tal volumen de beneficios que, aunque no existan estudios globales, es evidente que alcanza unas cifras astronómicas que superan, con mucho, al trafico de armas y drogas juntos” [8].
Ese comercio burgués de la carne humana supone que su espectáculo es “erótico” de “gozo” para las masas, mientras cancela toda intimidad concreta. La vulva de las niñas no es sólo un objeto del la voluptuosidad común sino una “cheque en blanco”. La clave es convertir en fetiche la exhibición sexual como representación de una “verdad” humana que, en realidad, esconde tras jadeos, sudores y exaltaciones la realidad brutal de la explotación (incluida la de los actores, actrices, sometidos a condiciones denigrantes y riesgosas con la “autorización” que les da el desempleo, el dinero fácil y la mafia) Mostrar para esconder. Queda posmodernizada la fabricación burguesa de una sexualidad inventada por y para los mass media, con su estética de la vulgaridad y la banalidad miserable para un “publico” pobre, que esta vez incluye a pobres y a ricos, a laicos y a beatos, a célibes y a degenerados. En la misma línea. “La nueva era empresarial presenta la explotación sexual como un negocio sumamente lucrativo para las mafias que lo controlan. Se dice que el turismo es la empresa del siglo XX, a la cual acompaña la venta, desde sitios de Internet de fácil acceso, de tours paradisíacos con sexo pagado incluido para el viajero con mujeres exóticas, jóvenes y dispuestas...América Latina, Asia, Estados Unidos y Europa, África, Canadá, Oceanía. Según el Unicef, más de un millón de niñas y niños son robados al año para insertarles en el negocio del turismo sexual con infantes. A pesar de todo, las autoridades, muchos medios, e incluso especialistas de la sociedad civil organizada, llaman aún a este fenómeno “prostitución infantil”, lo que implica, de manera falsa pero inconsciente, que hay un intercambio de dinero y de voluntades entre un adulto que paga por tener sexo con una niña de 13, 14 o 15 años, quien es forzada a aceptarlo para que su explotador cobre. La industria de la pornografía infantil, directamente relacionada con el abuso sexual, el secuestro (secuestro para fines sexuales) y la explotación infantil, genera ganancias multimillonarias y, al igual que la del cine pornográfico ya mencionado...ello no sería posible sin tres elementos: la protección de hombres de poder al crimen organizado que sustenta estos males sociales, la corrupción del Estado y la visión androcéntrica que protege los intereses masculinos (se calcula que más de trescientos millones de hombres adultos en América Latina pagan por tener sexo con mujeres jóvenes [Agencia de las Naciones Unidas para la Mujer: UNIFEM])...” Lidia Cacho [9]
Esa explicitación mediática de las actividades coitales expresa en primer lugar el grado de moralidad de su realizadores, la moral mercenaria de la industria hollywoodense, por ejemplo, y el grado de infiltración logrado con tácticas ideológicas entre audiencias victimadas por una educación sexual paupérrima, relaciones sociales devastadas por la miseria, el miedo, la ignorancia, y la explotación. Es evidencia de cómo la propiedad de unos medios de producción de imágenes e imaginarios, esta vez metidos entre sábanas de personas contratadas para exhibirse sin límites, arroja un producto, culpígeno para muchos, que logra subsistir en las gavetas más íntimas de muchos educadores, catedráticos, políticos, patrones.... De gran exigencia “moral”, como un divertimento “inocuo” [10]. Y resulta que a muchos les espanta hablar de moral... debatirla. Dicen que “eso es de cada quién”. Muchos olvidan gracias a eso la moral revolucionaria que es obra de relaciones humanas en acción de cambio radical. Desde las raíces, pues.
Se trata de un mercado de la hipocresía con estética lúbrica auspiciada no casualmente por regímenes militares [11], autoritarios, conservadores... dictatoriales que somete a la mujer a ese rol histórico de objeto para el deleite del “hombre”. No hay datos cualitativos ni cuantitativos sobre el asco real que muchas mujeres (mientras no se vean viejas o gastadas) han de soportar sometidas a degeneraciones de toda índole y a individuos, uno o varios, relativamente desconocidos, para cobrar algún dinero. Alienación genital a la ofensiva con imágenes que disocian la experiencia humana directa. Alienación didáctica que muestra a las mujeres cómo practicar la sumisión a los placeres del “hombre”, patrón, amo, guía espiritual, proveedor de vanidad, casa, familia y propiedad... alienación farandulera que engaña a los despistados con la falacia de la “liberación” sexual encarnada en las chicas del star sistem porno como un logro moral que no explicíta a qué monopolio beneficia. Es cierto que no toda la exhibición de sexo explícito es necesariamente pornográfica y que lo menos pornográfico del asunto son los cuerpos humanos, cohabitando o no, lo pornográfico es la explotación, la vendimia de mercancías alienantes y la impunidad con que se maneja la doble moral de las mafias [12] asociadas con los gobiernos. “Escribir o leer un libro sobre el abuso y comercio de menores no es ni fácil ni agradable. Sin embargo resulta más peligroso para la sociedad guardar silencio sobre este fenómeno. Ante la muda complicidad de la sociedad y el Estado, miles de menores son víctimas de comerciantes que les convierten en objetos sexuales para la compraventa y disfrute de millones de hombres, quienes encuentran en el abuso sexual infantil y en la pornografía, un deleite personal sin cuestionamientos éticos. Esta no es una historia de un viejo sucio que descubre que le gusta tener sexo con niñas hasta de cinco años de edad. Y aunque algunos fragmentos en voz de las víctimas son profundamente dolorosos, la valentía y claridad de testigos y especialistas, nos permiten ver la luz al final del camino y comprender más a fondo las implicaciones de la complicidad del silencio en el tema de la violencia y la explotación sexual.” Lidia Cacho [13]
Pornografía es pedagogía para recordar el papel histórico que la burguesía le asigna a la mujer que, además de administrar los bienes del poder masculino, han de administrar los bienes del placer machista, deberán afeitarse, pintarse, vestirse, desvestirse, contorsionarse, gemir, gozar y agradecer lo que el hombre les provea, poco o mucho, chico o grande... no hay salidas, ese es su margen de maniobra y ese es el límite de sus placeres. Estética burguesa. En un extremo de las paradojas no es difícil encontrar criterios “liberales” (¿neoliberales?) que dan por saldado el debate sobre el contenido soez, de mal gusto, racista, machista, ideológico... alienante de la pornografía. Creen haber superado los “prejuicios viejos” con un dejar hacer y dejar pasar toda la parafernalia pornográfica que reduce las relaciones sociales, a fin de cuentas políticas, entre personas, a un “mete-saca” genital, eyaculatorio y utilitarista... y eso es sinónimo de “liberación”. “la sociedad se traga todo lo que le den y ha llegado a creer que nada de esto es malo, por eso la gente no se escandaliza. No les importa”, se lamentaba, aunque nunca al extremo de bajar la guardia, convencida de que “hace tiempo que comenzamos a ver, a identificar, a articular el dolor de la brutalidad sistematizada. Es tiempo de reconocer que gran parte de ese dolor es el resultado de un sistema diseñado para asegurar nuestros placeres”. Andrea Dworkin
No importa el carácter y moraleja de esclavitud con que es tratada la mujer, (la mujer que en otros escenarios de la doble moral cumple el papel de la “madre abnegada”, la “compañera fiel”, la “esposa-amiga” más verdadera) que con todo tipo de violaciones audiovisuales es usada para dar placer masturbatorio a muchachos, calenturientos de todas las edades y status morales o económicos. El colmo es que hay mujeres que también disfrutan de eso: “las mujeres disfrutan la degradación y la violencia si así les place a los hombres, dado que la sexualidad está definida por ellos y para ambos sexos (...) Bajo el patriarcado, la subordinación de las mujeres es erotizada y la violencia se ha hecho sexualmente atractiva” Andrea Dworkin. Alienación burguesa.
Acaso la pornografía resuelva lo que muchos dictadores no pueden resolver en las relaciones humanas concretas. Acaso sea plataforma de fantasías que repiten las fantasías de dominación con que las sociedades crecen envueltas hasta el hartazgo. Acaso se trata de un paliativo masturbatorio para enajenar visualmente la conciencia de personas destrozadas psicológicamente hasta el límite de sus necesidades sexuales básicas. En cualquier caso es ejemplo de barbarie emocional y de miseria cultural. Un gran negocio, pues. Globalizado, tecnologizado [14], omnipresente.
Al respecto hay palabrería oficial de todo tipo: “Hace algo más de siete años, el Congreso estadounidense aprobó la Ley para la Decencia de las Comunicaciones, donde se establecieron multas y hasta condenas de cárcel para quienes auspiciaran este repugnante negocio. Pero ello solo se mantuvo en pie durante unos cuantos meses, porque el 26 de junio de 1997 el Tribunal Supremo de Estados Unidos, con el argumento de salvaguardar la libertad de expresión, la desaprobó. Al explicar su postura, un informe de esa entidad judicial indicó que la referida pornografía representa ganancias por unos mil millones de dólares anuales, en especial por el cobro de las tarjetas de créditos para acceder a servicios reservados” [15]. Algunas fuentes burguesas incluso hacen recuentos “minuciosos” [16].
La venden como “libertad”. Con la Pornografía aumentó la venta de nuevas tecnologías, videograbadoras, televisores, reproductores DVD, señales de Cable... ganancias importantes para muchas empresas mass media directa o indirectamente relacionadas con el affaire porno. Time Warner y Comcast, tiene canales bajo el régimen “pago por evento” para el show pornográfico. Muy pronto se habrá popularizado la pornografía audiovisual vía teléfono portátil [17]
¿Quién podrá detenerlos? ¿La moral burguesa? ¿Las leyes burguesas?
Vendrá el día en que el orgasmo también sea revolucionario.
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