Cualquier acción que agrede a un individuo, psicológica o físicamente, produciéndole un daño, social o personal, mientras es ignorado por completo. El espacio de los microfascismos esta en el poder. El poder está en la realidad cotidiana. En un entorno en el que los individuos “normales” nos movemos a diario. Un entorno en el que las actitudes de desprecio pueden ser tremendas y continuas. Tan tremendas y peligrosas como que están apoyadas sobre un sustrato de cotidianidad que alimenta y justifica de continuo los comportamientos más inverosímiles. Que nos impide asimilar como agresiones aquello que hemos internalizado y hemos asimilado como natural. “La vida es así”, una actitud que justifica y tranquiliza. El simple hecho de tener la mínima sensación de superioridad sobre alguien comporta un principio de fascismo, un principio de violencia. Y la violencia no siempre necesita sangre. El simple hecho de sentirse inferior comporta una actitud de sumisión que fertiliza las agresiones. Que facilita su extensión. La propagación no siempre es belicosa. Como comentaba en Microfascismos cotidianos, éstos hoy se extienden “a modo de reproducción bacteriana en tanto que van invadiendo el ecosistema social al que infectan mientras fagocitan”
Tan sólo con una mínima reflexión sobre nuestra realidad inmediata podremos extraer multitud de ejemplos que, posiblemente, puedan mostrarnos una desagradable presencia profascista. Si somos conscientes de lo mínimo podremos entender que lo máximo no es otra cosa que la acumulación de pequeñas porciones de lo menudo. Que los hechos que observamos en los círculos de la macropolítica, del capitalismo global, no son ajenos a los comportamientos inmediatos. No es cierto que una gota colme un vaso si ese vaso no está lleno de otros millones de gotas que se han ido acumulando.
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