Redacción / @Contactar
ediciones simbióticas

"El capitalismo ha creado, desde que reina en forma absoluta, las condiciones que permiten demasiado a menudo y trágicamente la asimilación del pobre, del proletario y del deportado, asociados en una comunidad de destino, despojados de su individualidad, sometidos, sujetos, sin esperanza de dejar las prisiones en las que se pudren, como quien (...) [ Sigue... > ]
Portada del sitio > DOCUMENTOS > El sujeto y el poder

El sujeto y el poder

Michel Foucault

Domingo 6 de febrero de 2005, por ediciones simbioticas


Por qué estudiar el poder: la cuestión del sujeto

Las ideas que me gustaría discutir aquí no representan ni una teoría ni una metodología.

Quisiera decir, en primera instancia, cuál ha sido el propósito de mi trabajo durante los últimos veinte años. No ha sido el de analizar los fenómenos del poder, ni el de elaborar los fundamentos de tal análisis.

En cambio, mi objetivo ha sido crear una historia de los diferentes modos por los cuales, en nuestra cultura, los seres humanos se convierten en sujetos. Mi trabajo se ocupa de tres modos de objetivación que transforman los humanos en sujetos.

El primero es: los modos de inquirir que tratan de darse el estatuto de ciencias; por ejemplo, la objetivización del sujeto hablante en la grammaire générale (gramática general), la filología y la lingüística. O también, en este primer modo, la objetivización del sujeto productivo, el sujeto que trabaja, en el análisis de la riqueza y de lo económico. O, un tercer ejemplo, la objetivización de la realidad absoluta del ser viviente en la historia natural o en la biología.

En la segunda parte de mi trabajo, he estudiado la objetivización del sujeto en lo que yo llamaré «prácticas de escisión». El sujeto está escindido en sí mismo o separado de los otros. Este proceso lo objetiviza. Como ejemplos están el loco y el cuerdo, el enfermo y el sano, los criminales y los «muchachos buenos».

Finalmente, he procurado estudiar (es mi trabajo actual) la vía por la cual un ser humano se vuelve, él o ella, un sujeto. Por ejemplo, he escogido el dominio de la sexualidad: cómo los hombres han aprendido a reconocerse a sí mismos como sujetos de «sexualidad».

Por tanto no es el poder sino el sujeto, el tema general de mi investigación.

Es verdad que me he visto bastante envuelto en el problema del poder. Muy pronto me pareció que, mientras el sujeto humano está situado en relaciones de producción y de significación, está igualmente situado en relaciones de poder que son muy complejas. Ahora, me pareció que la historia y la teoría económicas proporcionaban un buen instrumento a las relaciones de producción, que la lingüística y la semiótica ofrecían instrumentos para estudiar las relaciones de significación; pero para las relaciones de poder no teníamos instrumentos de estudio. Para pensar el poder solamente podíamos recurrir a las formas basadas en los modelos legales, es decir: ¿qué legitima al poder? o, para pensar el poder, teníamos que recurrir a las formas basadas en los modelos institucionales, es decir: ¿qué es el Estado?

Fue, por lo tanto, necesario ampliar las dimensiones de una definición del poder si queríamos usar esta definición en el estudio de la objetivización del sujeto.

¿Necesitamos una teoría del poder? Puesto que una teoría asume una objetivización previa, no puede ser declarada como base para el trabajo analítico. Pero este trabajo analítico no puede llevarse a cabo sin una conceptualización en proceso. Y esta conceptualización implica un pensamiento crítico, una constante verificación.

Lo primero en verificarse es lo que llamaríamos las «necesidades conceptuales». Quiero decir que la conceptualización no ha de fundarse en una teoría del objeto (el objeto conceptualizado no es el único criterio de una buena conceptualización).

Tenemos que conocer las condiciones históricas que motivan nuestra conceptualización. Necesitamos una comprensión histórica de nuestra situación presente.

Lo segundo en verificarse es el tipo de realidad con la cual estamos tratando.

En alguna ocasión un escritor expresó su sorpresa en un periódico francés muy conocido: «¿Por qué la noción de poder es hoy planteada por tanta gente? ¿Es un tema tan importante? ¿Es tan independiente que puede ser discutido sin tomar en consideración otros problemas?

La sorpresa de este escritor me asombra. Soy escéptico con respecto a la suposición de que esta pregunta hubiera sido planteada por primera vez en el siglo XX. De todos modos, para nosotros no es solamente un problema teórico sino una parte de nuestra experiencia. Me gustaría solamente mencionar dos «formas patológicas» (esas dos «enfermedades del poder»): el fascismo y el estalinismo. Una de las numerosas razones por las cuales ellas son tan inquietantes para nosotros es, que a pesar de su unicidad histórica, no son tan originales. Emplearon y ampliaron mecanismos ya presentes en la mayoría de las otras sociedades. Es más: a pesar de su propia locura interna, utilizaron en gran parte las ideas y los mecanismos de nuestra racionalidad política.

Lo que necesitamos es una nueva economía de las relaciones de poder; la palabra economía usada en su sentido teórico y práctico. En otras palabras: desde Kant, el papel de la filosofía es impedir que la razón vaya más allá de los límites de lo que es dado en la experiencia; pero a partir del mismo momento -es decir, desde el desarrollo del Estado moderno y del manejo político de la sociedad- el papel de la filosofía es también mantener una vigilancia sobre los poderes excesivos de la racionalidad política. La cual es una aspiración más bien alta.

Todo el mundo está enterado de hechos tan triviales. Pero el hecho de que sean triviales no quiere decir que no existan. Lo que debemos hacer con los hechos triviales es descubrir o tratar de descubrir qué problema específico y quizá original está conectado con ellos.

La relación entre la racionalización y los excesos de poder político es evidente. Y no necesitaríamos esperar la burocracia o los campos de concentración para reconocer la existencia de tales relaciones. Pero el problema es: ¿qué hacer con tales hechos evidentes?

¿Tratar de razonar? A mi manera de ver nada sería más estéril. Primero, porque el campo no tiene nada que ver con culpa o inocencia. Segundo, porque es insensato referirse a la razón como a la entidad contraria de la no razón. Por último, porque una tal tentativa nos atraparía en el hacer la parte arbitraria y aburrida tanto del racionalista como del irracionalista.

¿Investigar este tipo de racionalismo que parece ser específico de nuestra cultura moderna y que se origina en la Aufklärung? Pienso que esta fue la aproximación de algunos miembros de la Escuela de Frankfurt. Mi propósito, sin embargo, no es iniciar una discusión de sus trabajos, a pesar de su gran importancia y valor. Más bien, propondría otro camino para investigar las conexiones entre racionalización y poder. Sería sensato no tomar como una totalidad la racionalización de la sociedad o de la cultura, sino analizar tal proceso en varios campos, cada uno con referencia a una experiencia fundamental: la locura, la enfermedad, la muerte, el crimen, la sexualidad, etc.

Pienso que la palabra racionalización es peligrosa. Lo que tenemos que hacer es analizar racionalidades específicas más que invocar siempre el progreso de la racionalización en general.

Incluso si la Aufklärung ha sido una fase muy importante en nuestra historia y en el desarrollo de la tecnología política, pienso que tenemos que referirnos a procesos mucho más remotos si queremos comprender cómo hemos sido atrapados en nuestra propia historia.

Me gustaría sugerir otro camino para ir más lejos, hacia una nueva economía de las relaciones de poder, un camino que sea más empírico, más directamente relacionado con nuestra situación actual, y que implique más relaciones entre teoría y práctica. Consiste en tomar como punto de partida, las formas de resistencia contra diferentes formas del poder. Para utilizar otra metáfora, consiste en usar esta resistencia como un catalizador químico que esclarezca las relaciones de poder, localice su posición, descubra su punto de aplicación y los métodos usados. Antes que analizar el poder a partir del punto de vista de su racionalidad interna, se trata de analizar las relaciones de poder a través del antagonismo de las estrategias. Para descubrir, por ejemplo, lo que nuestra sociedad entiende por salud, deberíamos investigar quizá lo que está pasando en el campo de la enfermedad.

Y qué entendemos por legalidad en el campo de la ilegalidad.

Y, para comprender acerca de qué son las relaciones de poder, quizá deberíamos investigar las formas de resistencia y los intentos realizados para disociar estas relaciones.

Como punto de partida, tomemos una serie de oposiciones que se ha desarrollado en los últimos años: oposición al poder de los hombres sobre las mujeres, de los padres sobre los hijos, de la psiquiatría sobre el enfermo mental, de la medicina sobre la población, de la administración sobre las formas de vida de la gente.

No basta con decir que estas son luchas antiautoritarias, debemos tratar de definir más precisamente lo que tienen ellas de común.

1. Son luchas «transversales»; es decir, no están limitadas a un país. Claro que se desarrollan más fácil y se extienden más ampliamente en ciertos países, pero no son privativas de una política particular o forma económica de gobierno.

2. Los objetivos de estas luchas son los efectos del poder como tales. Por ejemplo, la profesión médica no es criticada en primer lugar porque sea un negocio, sino porque ejerce un poder incontrolado sobre los cuerpos de la gente, su salud, su vida y su muerte.

3. Estas son luchas «inmediatas» por dos razones. En tales luchas la gente critica las instancias del poder más cercanas, aquellas que ejercen su acción sobre los individuos. No buscan el «enemigo principal», sino el enemigo inmediato. Ni tampoco esperan encontrar una solución a su problema en el futuro (es decir, liberaciones, revoluciones, fin de la lucha de clases). En comparación con una escala teórica de explicaciones o un orden revolucionario que polariza al historiador, son luchas anarquistas.

Pero estos no son sus puntos más originales. Los siguientes me parecen ser más específicos:

4. Son luchas que cuestionan el estatuto del individuo: por una parte, afirman el derecho a ser diferentes y subrayan todo aquello que hace verdaderamente individual al individuo. Por otra parte, atacan todo lo que separa al individuo, lo que rompe sus lazos con los otros, lo que rompe la vida de la comunidad, lo que lo obliga a respaldarse sólo en él y lo ata a su propia identidad por una vía constriñente.

Estas luchas no son exactamente por o contra el «individuo» sino más bien luchas contra el «gobierno de la individualización».

5. Son una oposición a los efectos del poder que están asociados con el conocimiento, la competencia y la calificación: luchas contra los privilegios del conocimiento. Pero también son una oposición contra el secreto, la deformación y las representaciones mistificadas impuestas a las gentes.

No hay nada «cientificista» en esto (es decir, una creencia dogmática en el valor del conocimiento científico), ni tampoco es un rechazo escéptico o relativista de toda verdad verificada. Lo que es cuestionado es la forma en la que el conocimiento circula y funciona, sus relaciones con el poder. En resumen, el régime du savoir.

6. Finalmente, todas estas luchas actuales giran alrededor de la pregunta: ¿quiénes somos? Ellas son un rechazo a estas abstracciones, a la violencia estatal, económica e ideológica que ignora quiénes somos individualmente, y también, un rechazo a la inquisición científica o administrativa que determina quién es uno.

En resumen, el objetivo principal de estas luchas es atacar no tanto «tal o cual» institución de poder, o grupo, o élite, o clase, sino ante todo, una técnica, una forma de poder.

Esta forma de poder se aplica a la inmediata vida cotidiana que categoriza al individuo, lo marca por su propia individualidad, lo adhiere a su propia identidad, le impone una ley de verdad que él debe reconocer y que los otros tienen que reconocer en él. Es una forma de poder que hace a los individuos sujetos. Existen dos significados de la palabra sujeto: sujeto a alguien por el control y la dependencia, y el de ligado a su propia identidad por una consciencia o autoconocimiento. Ambos significados sugieren una forma de poder que subyuga y crea sujeto para.

Generalmente, se puede decir que existen tres tipos de luchas: tanto contra formas de dominación (étnica, social y religiosa); contra formas de explotación que separan los individuos de lo que producen; o contra lo que liga al individuo consigo mismo y lo somete a otros en esta forma (luchas contra la sujeción, contra formas de subjetividad y sumisión).

Pienso que en la historia se pueden encontrar muchos ejemplos de estos tres tipos de lucha sociales, tanto aisladas las unas de las otras como mezcladas entre sí. Pero incluso cuando están mezcladas, la mayoría de las veces, una de ellas prevalece. Por ejemplo, en las sociedades feudales, las luchas contra las formas de dominación étnica o social eran prevalentes, aunque la explotación económica pudo haber sido muy importante entre las causas de la sublevación.

En el siglo XIX, la lucha contra la explotación llegó a primer plano.

Y en la actualidad, la lucha contra las formas de sujeción (contra la sumisión de la subjetividad) se está volviendo cada vez más importante, aunque las luchas contra formas de dominación y explotación no han desaparecido. Todo lo contrario.

Sospecho que no es la primera vez que nuestra sociedad ha sido confrontada con esta clase de luchas. Todos aquellos movimientos que tuvieron lugar en los siglos XV y XVI, y que tuvieron la Reforma como su principal expresión y resultado, deben ser analizados como una gran crisis de la experiencia occidental de la subjetividad y una revuelta contra el tipo de poder religioso y moral que dio forma, durante la edad media, a esta subjetividad. La necesidad de asumir una parte directa en la vida espiritual, en el trabajo de la salvación, en la verdad del Libro; todo eso fue una lucha por una subjetividad nueva.

Conozco las objeciones que se pueden hacer. Podemos decir que todos los tipos de sujeción son fenómenos derivados que son, a duras penas, consecuencias de otros procesos económicos y sociales: fuerzas de producción, lucha de clases y estructuras ideológicas que determinan la forma de subjetividad.

Es cierto que los mecanismos de sujeción no pueden ser estudiados por fuera de su relación con los mecanismos de explotación y de dominación. Pero ellos no constituyen solamente el «terminal» de los mecanismos más fundamentales. Mantienen relaciones complejas y circulares con otras formas.

La razón para que esta clase de luchas tienda a prevalecer en nuestra sociedad, es debida al hecho de que desde el siglo XVI, una nueva forma política de poder se ha venido desarrollando continuamente. Esta nueva estructura política, como lo sabe todo el mundo, es el Estado. Pero la mayoría de las veces, el Estado es visto como una especie de poder político que ignora los individuos, ocupado solamente de los intereses de la totalidad o, yo diría, de una clase o un grupo de ciudadanos.

Esto es muy cierto. Pero me gustaría subrayar el hecho de que el poder del Estado (y esta es una de las razones de su fuerza) es, a la vez, una forma de poder individualizante y totalizante. Yo pienso que nunca en la historia de las sociedades humanas -aún en la antigua sociedad china- ha existido una tan intrincada combinación en las mismas estructuras políticas de las técnicas de individualización y de los procedimientos de totalización.

Esto se debe al hecho de que el Estado moderno occidental ha integrado en una nueva forma política, una vieja técnica de poder originada en las instituciones cristianas. Podemos llamar a esta nueva técnica del poder: poder pastoral.

En primera instancia, unas pocas palabras acerca de este poder pastoral.

Se ha dicho a menudo que el cristianismo dio a luz un código de éticas fundamentales diferentes a las del antiguo mundo. Usualmente se hace menos énfasis en el hecho de que propuso y extendió nuevas relaciones de poder a través del antiguo mundo.

El cristianismo es la única religión que se organizó como Iglesia. Y como tal, postula en principio que ciertos individuos pueden, por su calidad religiosa, servir a otros no como príncipes, magistrados, profetas, adivinos, benefactores, educadores, etcétera, sino como pastores. Sin embargo, esta palabra designa una forma muy especial de poder.

1. Es una forma de poder cuyo propósito final es asegurar la salvación individual en el otro mundo.

2. El poder pastoral no es solamente una forma de poder que manda; debe también estar preparado a sacrificarse por la vida y salvación del rebaño. Por lo tanto, es diferente del poder real, que exige un sacrificio de sus sujetos para salvar el trono.

3. Es una forma de poder que no se ocupa solamente de la comunidad entera, sino de cada individuo en particular, durante toda su vida.

4. Finalmente, esta forma de poder no puede ejercerse sin conocer el interior de las mentes de la gente, sin explorar sus almas, sin hacerles revelar sus más recónditos secretos. Esto implica un conocimiento de la consciencia y una habilidad para dirigirla.

Esta forma de poder es orientada a la salvación (como opuesta al poder político). Es oblativa (como opuesta al principio de soberanía); es individualizante (como opuesta al poder legal), es coextensiva y continua con la vida; está ligada con una producción de verdad: la verdad del individuo mismo.

Pero todo esto hace parte de la historia, ustedes dirán; el pastoreo ha perdido la parte principal de su eficiencia, sino es que ha desaparecido.

Esto es verdad, pero pienso que deberíamos distinguir dos aspectos del poder pastoral: el de la institucionalización eclesiástica que ha cesado o al menos perdido su vitalidad desde el siglo XVIII, y el de su función que se ha extendido y multiplicado, por fuera de la institución eclesiástica.

Un fenómeno importante tuvo lugar aproximadamente en el siglo XVIII: una nueva distribución, una nueva organización de esta forma de poder individualizante.

Pienso que no debiéramos considerar el «Estado Moderno» como una entidad que se desarrolló por encima de los individuos, ignorando lo que ellos son e incluso su misma existencia, sino por el contrario, como una estructura muy sofisticada, en la cual los individuos pueden ser integrados, bajo una condición: que esta individualidad sea modelada de una nueva forma y sometida a un conjunto de patrones muy específicos.

En cierto modo, podemos ver el Estado como una matriz moderna de individualización, o una nueva forma de poder pastoral.

Unas pocas palabras más acerca de este nuevo orden pastoral.

1. Podemos observar un cambio en su objetivo. No será ya más la cuestión de conducir al pueblo a su salvación en el otro mundo, sino más bien asegurarlo en este mundo. Y en este contexto, la palabra salvación asume diferentes significados: salud, bienestar (es decir, suficiente riqueza, un nivel de vida), seguridad, protección contra accidentes. Una serie de objetivos «mundanos» sustituyeron los fines religiosos del pastoreo tradicional, en una forma muy sencilla puesto que aquellos, por varias razones, habían seguido en una forma accesoria a cierto número de estos fines; solamente tenemos que pensar en el papel de la medicina y su función de bienestar asegurado durante largo tiempo por las iglesias católica y protestante.

2. Simultáneamente los oficiales del poder pastoral aumentaban. Algunas veces esta forma de poder fue ejercida por el aparato de Estado o, en todo caso, por una institución pública tal como la policía. (No debemos olvidar que en el siglo XVIII las fuerzas de policía no fueron inventadas sólo para mantener la ley y el orden, ni tampoco para asistir a los gobiernos en su lucha contra sus enemigos, sino para asegurar las necesidades urbanas: higiene, salud y estándares considerados necesarios para la artesanía y el comercio). Algunas veces el poder fue ejercido por empresas privadas, sociedades de asistencia social, benefactores y generalmente por filántropos. Pero las antiguas instituciones, por ejemplo la familia, también fueron movilizadas en esa época a asumir las funciones pastorales. También fue ejercido por estructuras complejas tales como la medicina, que incluía iniciativas privadas con la venta de servicios sobre principios de economía de mercado, pero también incluyó instituciones públicas como los hospitales.

3. Finalmente, la multiplicación de los fines del poder pastoral concentró el desarrollo del conocimiento del hombre alrededor de dos papeles: uno, globalizador y cuantitativo, que concierne a la población; el otro, analítico, que concierne al individuo.

Y esto implica que el poder de un tipo pastoral, que durante siglos -más de un milenio- estuvo ligado a una institución religiosa definida, de repente se extiende a todo el cuerpo social; encontró soporte en una multitud de instituciones. Y, en vez de un poder pastoral y un poder político, más o menos ligado el uno al otro, más o menos rivales, hubo una «táctica» individualizante que caracterizó una serie de poderes: los de la familia, la medicina, la psiquiatría, la educación y los patrones.

A finales del siglo XVIII, Kant escribió un corto texto en un periódico alemán -el Berliner Monatschrift-. El título fue ¿Was heisst Aufklärung? Fue por mucho tiempo considerado, y lo es aún, un trabajo relativamente de poca importancia.

No puedo negar que lo encuentro muy interesante e inquietante porque era la primera vez que un filósofo proponía como tarea filosófica investigar no sólo el sistema metafísico o los fundamentos del conocimiento científico, sino también un evento histórico reciente, incluso contemporáneo.

Cuando en 1,784 Kant preguntó, ¿was heisst Aufklärung? quiso decir, ¿qué es lo que pasa precisamente ahora? ¿Qué nos está pasando? ¿Qué es este mundo, este período, este preciso momento en el que estamos viviendo?

O en otras palabras, ¿qué somos como Aufklärer, como parte de la Ilustración? Compara esto con la pregunta cartesiana: ¿Quién soy yo? ¿Yo, como un sujeto universal y ahistórico? Yo, ¿es para Descartes cada uno, en cualquier parte y en cualquier momento?

Pero Kant pregunta algo más, ¿qué somos nosotros? en un momento preciso de la historia. La pregunta de Kant aparece como un análisis a la vez de nosotros y de nuestro presente.

Pienso que este aspecto de la filosofía tomó cada vez más importancia. Hegel, Nietzsche...

El otro aspecto de la «filosofía universal» no desapareció. Pero la tarea de la filosofía como un análisis crítico de nuestro mundo es algo que cada vez es más importante. Quizá el más seguro de todos los problemas de la filosofía es el problema del tiempo presente, y el de qué somos en este preciso momento.

En la actualidad el objetivo quizá no sea el descubrir qué somos, sino el rechazar lo que somos. Tenemos que imaginar y crear lo que podríamos ser para librarnos de esta especie de «doble atadura» política que consiste en la simultánea individualización y totalización de las estructuras modernas del poder.

La conclusión sería que el problema político, ético, social, filosófico de nuestros días no es tratar de liberar al individuo del Estado, ni de las instituciones del Estado, sino liberarnos a la vez del Estado y del tipo de individualización que está ligado a él. Debemos promover nuevas formas de subjetividad por medio del rechazo de este tipo de individualidad que se nos ha impuesto durante siglos.

¿Cómo se ejerce el poder?

Para algunos el preguntarse acerca del «cómo» del poder, los limitaría a describir sus efectos sin nunca relacionarlos a la vez con las causas o con una naturaleza básica. Harían de este poder una sustancia misteriosa que vacilarían en interrogar, seguramente porque preferirían no llamarla a interrogatorio. Procediendo de esta manera, que nunca es explícitamente justificada, parecen sospechar la presencia de un cierto fatalismo. ¿Pero no indica su misma desconfianza una pre-suposición de que el poder es algo que existe con tres cualidades distintas: su origen, su naturaleza básica y sus manifestaciones?

Si, por el momento, doy una cierta posición privilegiada a la pregunta por el «cómo» no es porque quisiera eliminar las preguntas por el «qué» y por el «por qué». Es más bien porque deseo presentar estas preguntas de un modo diferente: más aún, saber si es legítimo imaginar un poder que reúna en él mismo un qué, un por qué y un cómo. Hablando francamente, yo diría que comenzar el análisis con un «cómo» es sugerir que el poder como tal no existe. Al menos es preguntarse qué contenidos se tienen en mente cuando se usa este término totalizante y reificante: al sospechar que una configuración extremadamente compleja de realidades se nos escapa, se permanece indefinidamente en la doble pregunta: ¿Qué es el poder? ¿De dónde viene el poder? La pequeña pregunta ¿qué pasa? aunque llana y empírica una vez que se la escudriña, se nota cómo elude la acusación de hacer fraude a una metafísica o a una ontología del poder; más bien intenta una investigación crítica dentro de las temáticas del poder. «Cómo», no es en el sentido de «¿Cómo se manifiesta?» sino, ¿Por qué medios se ejerce? y, ¿Qué pasa cuando los individuos ejercen (como ellos dicen) el poder sobre otros? En cuanto concierne al poder, es necesario primero distinguir lo que se ejerce sobre las cosas y da la habilidad de modificarlas, usarlas, consumirlas, destruirlas; un poder que surge de aptitudes directamente inherentes al cuerpo o transmitidas por instrumentos exteriores. Digamos que aquí existe un problema de «capacidad». Por otra parte, lo que caracteriza al poder que estamos analizando, es que pone en juego relaciones entre individuos -o entre grupos. Para no dejarnos engañar: si hablamos de las estructuras o de los mecanismos de poder, es solamente en la medida en que supongamos que ciertas personas ejercen poder sobre otras. El término «poder» designa relaciones entre parejas (y con esto no estoy pensando en un juego de suma cero, sino simplemente y por el momento, permaneciendo en los términos más generales, en un conjunto de acciones que inducen otras y se siguen de otras).

Es necesario, también, distinguir las relaciones de poder de las relaciones de comunicación que transmiten información por medio de un lenguaje, un sistema de signos o algún otro medio simbólico. Sin duda alguna, comunicar es siempre una cierta forma de actuar sobre otra persona o personas. Pero la producción y circulación de elementos de significación pueden tener como objetivo o como consecuencia ciertos resultados en la espera del poder; estos últimos no son simplemente un aspecto de lo anterior. Pasen o no por sistemas de comunicación, las relaciones de poder tienen una naturaleza específica. Por esta razón, las relaciones de poder, las relaciones de comunicación, las capacidades objetivas, no deben confundirse.

Esto no quiere decir que sea cuestión de tres dominios separados. Ni tampoco que exista por un lado el campo de las cosas, de la técnica perfeccionada, del trabajo, de la transformación de lo real; por otro, el de los signos, la comunicación, la reciprocidad y la producción de sentido; y finalmente, el de la dominación de los medios de coacción, de la desigualdad y de la acción de hombres sobre otros hombres. Es un asunto de tres tipos de relaciones que de hecho siempre se sobreponen una sobre otra, se apoyan la una en la otra recíprocamente y se usan mutuamente como medio para un fin. La aplicación de las capacidades objetivas en sus formas más elementales implica relaciones de comunicación (ya sea bajo la forma de información previamente adquirida o de trabajo compartido); está ligada también a las relaciones de poder (ya consistan en tareas obligatorias, en gestos impuestos por la tradición o el aprendizaje, en subdivisiones y la más o menos obligatoria distribución del trabajo). Las relaciones de comunicación implican actividades finalizadas (aún si solamente se trata de la correcta puesta en operación de elementos de significación) y, en virtud de la modificación del campo de información entre parejas, producen efectos de poder. Difícilmente ellas pueden ser disociadas de actividades llevadas a su término final, ser aquellas que permiten el ejercicio de este poder (tales como técnicas de entrenamiento, procesos de dominación, medios por los que se logra la obediencia) o aquellos que para desarrollar su potencial apelan a relaciones de poder (la división del trabajo y la jerarquía de las tareas).

Por supuesto que la coordinación entre estos tres tipos de relaciones no es uniforme ni constante. En una sociedad dada no existe un tipo general de equilibrio entre actividades finalizadas, sistemas de comunicación y relaciones de poder. Existen más bien diversas formas, diversos lugares, diversas circunstancias u ocasiones en las que estas interrelaciones se establecen de acuerdo con un modelo específico. Pero también existen «bloques» en los que el ajuste de habilidades, los recursos de comunicación y las relaciones de poder constituyen sistemas regulados y concertados. Tomemos como ejemplo una institución educativa: la disposición de su espacio, la regulación meticulosa que gobierna su vida interna, las diversas personas que viven o se encuentran allí; cada uno con su propia función, su carácter bien definido: todas estas cosas constituyen un bloque de capacidad-comunicación-poder. La actividad que asegura el aprendizaje y la adquisición de aptitudes o tipos de comportamiento se desarrolla allí por medio de un conjunto completo de comunicaciones reguladas (lecciones, preguntas y respuestas, órdenes, exhortaciones, signos codificados de obediencia, marcas de diferenciación del «valor» de cada persona y de los niveles de conocimiento), y por medio de una serie completa de procesos de poder (enclaustramiento, vigilancia, recompensa y castigo, la jerarquía piramidal, etc.).

Estos bloques, en los que la puesta en operación de las capacidades técnicas, el juego de las comunicaciones y las relaciones de poder están ajustadas recíprocamente de acuerdo con la fórmula considerada, constituyen lo que uno podría llamar, ampliando un poco el sentido de la palabra, disciplinas. El análisis empírico de ciertas disciplinas, tal como han sido empíricamente constituidas, presenta por esta precisa razón un cierto interés. Esto es así porque ante todo las disciplinas muestran acuerdo con sistemas artificialmente bien definidos y decantados, la manera como los sistemas de finalidad objetiva y los sistemas de comunicación y poder pueden ser fundidos conjuntamente. También manifiestan diferentes modelos de articulación, algunas veces dando preeminencia a relaciones de poder y obediencia (como en disciplinas de tipo monástico o penitenciario), algunas veces a las actividades finalizadas (como en las disciplinas de talleres u hospitales), algunas veces a relaciones de comunicación (como en las disciplinas de aprendizaje), algunas veces también a una saturación de los tres tipos de relaciones (como tal vez en la disciplina militar, donde una plétora de signos indica, hasta el extremo de la redundancia, un apretado tejido de relaciones de poder calculadas con cuidado para producir un cierto número de efectos técnicos). Lo que debe ser entendido como el disciplinar de las sociedades europeas desde el siglo XVIII, no es , por supuesto, que los individuos que hacen parte de ellas se vuelven cada vez más obedientes, ni que sean reunidos en cuarteles, colegios o prisiones; sino más bien que se haya procurado un proceso de ajuste cada vez mejor vigilado (cada vez más racional y económico) entre actividades productivas, recursos de comunicación y, el juego de relaciones de poder. Aproximarse al tema del poder por un análisis del «cómo» es por lo tanto introducir algunos desplazamientos críticos en relación con la suposición de un poder fundamental. Es darse uno mismo como objeto de análisis las relaciones de poder y no el poder mismo; relaciones de poder que son distintas de las habilidades objetivas tanto como de las relaciones de comunicación. Esto es como decir que las relaciones pueden ser captadas en la diversidad de su secuencia lógica, sus habilidades y sus interrelaciones.

¿Qué constituye la naturaleza específica del poder?

El ejercicio del poder no es simplemente una relación entre parejas, individual o colectiva; es una forma en la que ciertas acciones modifican otras. Lo que quiere decir, por supuesto, que algo llamado Poder, con o sin mayúscula, que se supone existe universalmente en una forma concentrada o difusa no existe. El poder existe solamente cuando es puesto en acción, incluso si, por supuesto, está integrado en un campo desigual de posibilidades actuando sobre unas estructuras permanentes. Esto significa también que el poder no es una función de consentimiento. No es en sí una renuncia a libertades, una transferencia de derechos, la delegación en pocos del poder de cada uno y de todos (lo que no impide la posibilidad de que el consentimiento pueda ser una condición de existencia o de mantenimiento del poder); la relación de poder puede ser el resultado de un previo o permanente consentimiento, pero no es por naturaleza la manifestación de un consenso.

¿Quiere esto decir, que se debe buscar el carácter propio de las relaciones de poder en la violencia que debe haber sido su forma primitiva, su secreto permanente y su último recurso, que en el análisis más profundo aparece como su naturaleza real cuando es forzado a dejar a un lado su máscara y a mostrarse como es realmente? En efecto, lo que define una relación de poder es que es un modo de acción que no actúa directa e inmediatamente sobre otros. En cambio actúa sobre sus acciones: una acción sobre una acción, sobre acciones existentes o sobre aquellas que pueden surgir en el presente o en el futuro. Una relación de violencia actúa sobre un cuerpo o sobre cosas; fuerza, somete, descoyunta en la rueda, destruye o cierra la puerta a todas las posibilidades. Su polo opuesto solamente puede ser la pasividad y si se enfrenta con alguna resistencia no tiene otra opción que el tratar de minimizarla. Por otra parte una relación de poder solo puede articularse sobre la base de dos elementos, cada uno de ellos indispensables, si ha de ser realmente una relación de poder: que el «otro» (aquel sobre el cual se ejerce el poder) sea completamente reconocido y mantenido hasta el final como una persona que actúa; y que, enfrentada a una relación de poder, pueda abrirse un campo entero de respuestas, reacciones, resultados e invenciones posibles.

Obviamente, la puesta en juego de relaciones de poder, no excluye el uso de la violencia como tampoco excluye la obtención de consentimiento; sin duda, el ejercicio del poder nunca puede hacerse sin una u otra, a menudo ambas al mismo tiempo. Pero si bien el consenso y la violencia son los instrumentos o los resultados, ellos no constituyen el principio o la naturaleza básica del poder. El ejercicio del poder puede producir tanta aceptación como se la desee: puede apilar muertos y refugiarse tras de cualquier amenaza que pueda imaginar. En sí mismo el ejercicio del poder no es violencia ni tampoco un consentimiento que, implícitamente, sea renovable. Es una estructura total de acciones llevada a actuar sobre acciones posibles; incita, induce, seduce, vuelve más fácil o más difícil: en el límite constriñe o prohibe absolutamente; sin embargo es siempre una manera de actuar sobre un sujeto o unos sujetos actuantes en virtud de su actuación o de su capacidad de acción. Un juego de acciones sobre otras acciones.

Quizá la naturaleza equívoca del término conducta es una de las mejores ayudas para llegar a un acuerdo con la especificidad de las relaciones de poder. «Conducir» es al mismo tiempo «guiar» a otros (de acuerdo con mecanismo de coerción que son estrictos en grado variable) y una forma de conducirse dentro de un campo más o menos abierto de posibilidades. El ejercicio del poder consiste en guiar la posibilidad de conducta y colocar en orden la posible consecuencia. Básicamente, el poder es menos una confrontación entre dos adversarios o el enlace del uno con el otro, que un problema de gobierno. Esta palabra debe ser admitida con el muy amplio sentido que tenía en el siglo XVI. «Gobierno» no se refería solamente a las estructuras políticas o al manejo de Estados; más bien designaba la forma como la conducta de los individuos o de los grupos podía ser dirigida: el gobierno de los niños, de las almas, de las comunidades, de las familias o del enfermo. No solo cubría las formas legítimamente constituidas de la sujeción política o económica, sino también modos de acción, más o menos considerados y calculados, que estaban destinados a actuar sobre las posibilidades de acción de otra gente. Gobernar en este sentido, es estructurar el posible campo de acción de otros. La relación propia del poder no debería por lo tanto buscarse del lado de la violencia o de la lucha, ni tampoco en la unión voluntaria (pues, a lo más, en el mejor de los casos, son sólo los instrumentos del poder), sino más bien en el área del modo singular de acción (ni lo belicoso, ni lo jurídico) que es el gobierno.

Cuando se define el ejercicio del poder como un modo de acción sobre las acciones de los otros, cuando se caracterizan estas acciones por el gobierno de hombres por otros hombres -en el más amplio sentido del término- se incluye un elemento importante: la libertad. El poder se ejerce solo sobre sujetos libres, y solamente en la medida en que ellos son libres. Con esto queremos decir, sujetos individuales o colectivos que están enfrentados con un campo de posibilidades en el que se puedan realizar diversas formas de conducirse, diversas reacciones y diversos comportamientos. Donde los factores determinantes saturan el todo, no existe relación de poder, -en este caso se trata de una relación física de represión. Por consiguiente no hay una confrontación cara a cara entre el poder y la libertad que sea mutuamente excluyente (la libertad desaparecería donde se ejerce el poder), sino una influencia recíproca mucho más complicada. En este juego la libertad puede muy bien aparecer como la condición para el ejercicio del poder (al mismo tiempo su condición previa, dado que la libertad debe existir para que el poder se ejerza, como también su soporte permanente, dado que sin la posibilidad de la desobediencia, el poder sería equivalente a una determinación física).

Por consiguiente, la relación entre el poder y la negativa al sometimiento de la libertad, no pueden ser separadas. El problema crucial del poder no es el de la servidumbre voluntaria (¿Cómo podríamos buscar el ser esclavos?). En el centro mismo de la relación de poder y constantemente provocándolo, están la desobediencia de la voluntad y la intransigencia de la libertad. En vez de hablar de una libertad esencial, sería mejor hablar de un «agonismo»; de una relación que es al mismo tiempo una incitación y lucha recíproca, es más bien una provocación permanente que una confrontación cara a cara que paraliza ambas partes

¿Cómo se analiza la relación de poder?

Se pueden analizar tales relaciones, o más bien diría que es perfectamente legítimo hacerlo, enfocando hacia instituciones cuidadosamente definidas. Lo último constituye un punto privilegiado de observación, diversificado, concentrado, puesto en orden y llevado al punto más alto de su eficacia. es aquí donde, en una primera aproximación, se puede esperar ver la aparición de la forma y de la lógica de sus mecanismos elementales. Sin embargo, el análisis de las relaciones de poder, como se encuentran en ciertas instituciones circunscritas, presenta un cierto número de problemas. Primero: el hecho de que una parte importante de los mecanismos puestos en operación por una institución estén planeados para asegurar su propia preservación, trae consigo el riesgo de descifrar funciones que son esencialmente reproductivas, especialmente en las relaciones de poder entre las instituciones. Segundo: al analizar las relaciones de poder a partir del punto de vista de las instituciones se tiende a buscar la explicación y el origen de las primeras en las últimas, es decir, en definitiva, explicar el poder por el poder. Finalmente, en la medida en que las instituciones actúan esencialmente por la puesta en juego de dos elementos: las regulaciones explícitas o tácitas y un aparato, se arriesga el dar -al uno o al otro- un privilegio exagerado en las relaciones de poder y, por lo tanto, ver en las últimas solo las modulaciones de la ley y la coerción.

Esto no niega la importancia de las instituciones en el establecimiento de las relaciones de poder. Por el contrario, quiero sugerir que se deben analizar las instituciones desde el punto de vista de las relaciones de poder, más bien que a la inversa, y que el punto fundamental de anclaje de las relaciones, incluso si están incorporadas y cristalizadas en una institución, ha de encontrarse por fuera de la institución.

Regresemos a la definición del ejercicio del poder como una forma en la que ciertas acciones pueden estructurar el campo de otras acciones posibles. Lo que entonces sería propio de una relación de poder es el ser un modo de acción sobre acciones. Es decir, que las relaciones de poder están profundamente arraigadas en el nexo social, no reconstruidas «sobre» la sociedad como una estructura suplementaria cuya eliminación radical uno pudiese quizás soñar. En todo caso, vivir en sociedad es vivir de tal forma que la acción sobre otras acciones es posible y en efecto se da. Una sociedad sin relaciones de poder sólo puede ser una abstracción. Lo cual, dicho sea de paso, hace aún más necesario desde un punto de vista político el análisis de las relaciones de poder en una sociedad dada, su formación histórica, la fuente de su fuerza o fragilidad, las condiciones que son necesarias para transformar algunas o abolir otras. Puesto que al decir que no puede existir una sociedad sin relaciones de poder no se quiere decir que las que están establecidas sean necesarias, o en todo caso, que el poder constituya una fatalidad en el centro de las sociedades, de tal forma que no puedan ser socavadas. Por el contrario, diría que el análisis, la elaboración, el cuestionamiento de las relaciones de poder y el «agonismo» entre las relaciones de poder y la intransitividad de la libertad es una tarea política permanente, inherente a toda existencia social.

Concretamente el análisis de las relaciones de poder exige que se establezcan un cierto número de puntos:

1. El sistema de diferenciaciones que le permite a uno actuar sobre las acciones de los otros: diferenciaciones determinadas por la ley o por las tradiciones de estatus y privilegio; las diferencias económicas en la apropiación de riquezas y mercancías, desplazamientos en el proceso de producción, diferencias lingüísticas o culturales, diferencias en habilidad y competencia, y así sucesivamente. Cada relación de poder pone en marcha diferenciaciones que son al mismo tiempo sus condiciones y sus resultados.

2. Los tipos de objetivos perseguidos por aquellos que actúan sobre las acciones de los otros: el mantenimiento de privilegios, la acumulación de beneficios, el funcionamiento de la autoridad estatutaria, el ejercicio de una función o de un oficio.

3. Los medios que dan origen a las relaciones de poder: de acuerdo a si el poder es ejercido por la amenaza de las armas, por los efectos de la palabra, por medio de la disparidad económica, por medios más o menos complejos de control, por sistemas de vigilancia, con o sin archivos, de acuerdo con reglas que son o no explícitas, fijas o modificables, con o sin los medios tecnológicos que ponen todas estas cosas en acción.

4. Formas de institucionalización: estas pueden mezclar predisposiciones tradicionales, estructuras legales, fenómenos relacionados con la costumbre o con la moda (tal como se ve en la institución de la familia); pueden tomar también la forma de un aparato cerrado sobre sí mismo, con sus loci (lugares) específicos, sus estructuras jerárquicas que están cuidadosamente definidas, con una relativa autonomía en su funcionamiento (tales como las instituciones escolásticas o militares); también pueden formar sistemas muy complejos dotados de múltiples aparatos, como en el caso del Estado cuya función es la de tomar todas las cosas bajo su custodia, crear una vigilancia general, el principio de regulación y también, en una cierta medida, la distribución de todas las relaciones de poder en un conjunto social dado.

5. Los grados de racionalización: poner en juego las relaciones de poder como acción en un campo de posibilidades puede ser más o menos elaborado en relación con la efectividad de los instrumentos y la certeza de los resultados (mayores o menores refinamientos tecnológicos empleados en el ejercicio del poder) o de nuevo en proporción al posible costo (bien sea el costo económico de los medios puestos en funcionamiento, o el costo en términos de la reacción constituido por la resistencia con que está confrontado). El ejercicio del poder no es un hecho escueto, un derecho institucional, ni tampoco es una estructura que se mantiene o se destruye: es elaborada, transformada, organizada; se dota a sí mismo de procesos que están más o menos ajustados a la situación.

Se ve por qué el análisis de las relaciones de poder dentro de una sociedad no puede ser reducido al estudio de una serie de instituciones, ni tampoco al estudio de todas aquellas instituciones que merecerían el nombre de «políticas». Las relaciones de poder están enraizadas en el sistema de redes sociales. Sin embargo, esto no quiere decir que exista un principio primario y fundamental de poder que domine la sociedad hasta en el mínimo detalle, pero, tomando como punto de partida la posibilidad de acción sobre la acción de otros (lo que es coextensivo con cada relación social): las múltiples formas de disparidad individual, de objetivos, de la aplicación dada al poder sobre nosotros o sobre otros, de - en diversos grados- la institucionalización parcial o universal, la organización más o menos deliberada, se pueden definir diferentes formas de poder. Las formas y las situaciones específicas del gobierno de unos hombres por otros son múltiples en una sociedad dada, están superpuestas, se cruzan, imponen sus límites, algunas veces se destruyen unas a otras, a veces refuerzan. Es cierto que en las sociedades contemporáneas el Estado no es simplemente una de las formas o situaciones específicas del ejercicio del poder (incluso si es el más importante), sino que en cierta manera todas las otras formas de la relación de poder deben referirse a él. Pero no es porque sean derivadas de él; es más bien porque las relaciones de poder han llegado a estar cada vez más bajo el control del Estado (aunque este control estatal no ha tomado la misma forma en los sistemas pedagógicos, judicial, económico o familiar). En referencia al sentido restringido de la palabra gobierno, se podría decir que las relaciones de poder han sido progresivamente gubernamentalizadas, es decir, elaboradas, racionalizadas y centralizadas en la forma de, o bajo los auspicios de las instituciones del Estado.

Relaciones de poder y relaciones de estrategia

La palabra estrategia es empleada corrientemente en tres formas. Primero: para los medios empleados para alcanzar un cierto fin; es una cuestión de racionalidad funcionando para llegar a un objetivo. Segundo: para designar la manera como un partícipe, en un cierto juego, actúa con respecto a lo que piensa que sería la acción de los otros y lo que considera que los otros piensan que sea la suya; esta es la forma en que se busca tener la ventaja sobre otros. Tercero: para designar los procedimientos usados en una situación de confrontación para despojar al adversario de sus medios de combate y obligarlo a que se rinda en la lucha; por lo tanto, es asunto de los medios destinados a obtener la victoria. Estos tres significados se juntan en situaciones de confrontación -guerra o juegos- donde el objetivo es el de actuar sobre un adversario en tal forma que la lucha, se vuelva imposible para él. Entonces la estrategia es definida por la escogencia de soluciones triunfadoras. Pero no debemos olvidar que este es un tipo de situación muy especial y que existen otras en las cuales se deben mantener las distinciones entre los diferentes sentidos de la palabra estrategia.

Con referencia al primer sentido que he indicado, se puede llamar estrategia de poder a la totalidad de los medios que se ponen en operación para aplicar el poder efectivamente o para mantenerlo. Se puede también hablar de una estrategia propia de las relaciones de poder en la medida en que constituyen modos de acción sobre una acción posible, la acción posible, la acción de otros. Por esta razón se pueden interpretar los mecanismos que se ponen en juego en las relaciones de poder en términos de estrategias. Pero obviamente, la más importante es la relación entre las relaciones de poder y las estrategias de confrontación porque, si bien es verdad que en el centro de las relaciones de poder y las estrategias y como una condición permanente de su existencia hay una sublevación y una cierta obstinación esencial sobre la parte de los principios de la libertad, no hay relación de poder sin los medios de escape o posible fuga. Cada relación de poder implica al menos, in potentia, una estrategia de lucha, en donde las dos fuerzas no están superpuestas, donde no pierden su naturaleza específica, o donde no se confunden. Finalmente cada una constituye para la otra una especie de límite permanente, un punto de retroceso posible. Una relación de confrontación alcanza su término, su momento final (y la victoria de uno de los dos adversarios) cuando unos mecanismos estables reemplazan el juego libre de las reacciones antagónicas. A través de tales mecanismos se puede dirigir, de una manera más o menos constante y con una certeza razonable, la conducta de otros. Para una relación de confrontación, desde el momento en que no sea una lucha a muerte, la fijación de una relación de poder se vuelve un objetivo: al mismo tiempo su cumplimiento y suspensión. Y como contrapartida la estrategia de lucha también constituye una frontera para la relación de poder, la línea en la que en vez de la manipulación y la inducción de acciones de una manera calculada, uno debe conformarse con reaccionar a ellas después del evento. No sería posible que las relaciones de poder existiesen sin puntos de insubordinación que, por definición, son medios de escape. De acuerdo con esto, cada intensificación, cada extensión de las relaciones de poder para someter al insubordinado solo puede resultar en los límites del poder. Este último alcanza su término final en un tipo de acción que reduce al otro a la total impotencia (en tal caso la victoria sobre el adversario reemplaza el ejercicio del poder) o por una confrontación con aquellos a quienes se gobierna y su transformación en adversarios. Es decir, que cada estrategia de confrontación sueña con llegar a ser una relación de poder y cada relación de poder se inclina hacia la idea de que, si sigue su propia línea de desarrollo y se las tiene que ver con una confrontación directa, puede convertirse en la estrategia victoriosa.

En efecto, entre una relación de poder y una estrategia de lucha existe una atracción recíproca, una unión perpetua. En cada momento la relación de poder puede llegar a ser una confrontación entre dos adversarios. Igualmente, la relación entre adversarios en sociedad puede, en todo momento, dar lugar a la puesta en operación de mecanismos de poder. Las interpretaciones que resultan, no están formadas de los mismos elementos de significado, o de los mismos lazos, o de los mismos tipos de inteligibilidad, aunque se refieran a la misma estructura histórica y cada uno de los dos análisis debe tener referencia con el otro. De hecho, son precisamente las disparidades entre las dos interpretaciones las que hacen visible esos fenómenos fundamentales de «dominación» que están presentes en un gran número de sociedades humanas.

La dominación es, de hecho, una estructura general de poder cuyas ramificaciones y consecuencias se pueden a veces encontrar descendiendo a las más recalcitrantes fibras de la sociedad. Pero al mismo tiempo es una situación estratégica más o menos aceptada como un hecho y consolidada por medio de una confrontación a largo plazo entre adversarios. Ciertamente puede suceder que el hecho de la dominación pueda ser solamente la transcripción de un mecanismo de poder que resulta de la confrontación y sus consecuencias (una estructura política surgida de la invasión); también puede ser que una relación de lucha entre dos adversarios sea el resultado de las relaciones de poder con los conflictos y divisiones que traen consigo. Pero lo que hace de la dominación de un grupo, una casta o una clase, junto con la resistencia y las revueltas que enfrenta la dominación, un fenómeno central en la historia de las sociedades, es que ellas manifiestan, de una forma masiva y universalizante, a nivel del cuerpo social entero, la conjunción de relaciones de poder con relaciones de estrategia y las consecuencias resultantes de su interacción.

-----------------------------------------------

Texto perteneciente a la Sala de Lectura de la Universidad Nacional de Colombia

Comentar este artículo


moderado a priori

Este foro está moderado a priori: tu contribución no aparecerá hasta haber sido validada por la administración del sitio.

¿Quién eres? (opcional)
  • [Conectarse]
Texto
  • (Para crear párrafos, deja líneas vacías.)


Seguir la vida del sitio RSS 2.0 | Mapa del sitio | Espacio privado | SPIP | esqueleto | Esqueleto Adaptado de: Rouge sang