A lo largo de estas páginas pretendemos rescatar el significado original del concepto de poder, por tanto, matizaremos la concepción convencional que ha tenido bajo las figuras político-metafóricas de Leviatán, Príncipe, etc. (entendidas como poder de Estado o del soberano); expondremos las fuentes en las que se puede fundamentar el poder; nos preguntaremos en qué se justifica la obediencia de los ciudadanos/as a éste; destacaremos lo más esencial de las aportaciones de otros usos y formas que se han denominado como poderes «alternativos»; rescataremos la capacidad y la fuerza que tiene el concepto de «poder integrador» y de la doctrina de la no violencia para el fortalecimiento social o «empoderamiento»; finalizando con las contribuciones a todo ello del ejercicio y del concepto de poder pacifista. Comencemos haciéndonos algunas preguntas: ¿qué entendemos por poder? ¿es acaso poder igual a violencia? ¿cuántas formas de poder hay? ¿cuál es nuestra relación con el poder? ¿cuánto poder creemos tener y cuánto poder nos conceden los otros? No podemos responder a todas ellas por falta de espacio pero, al menos, sí queremos plantear algunas reflexiones acerca de cómo interpretar el poder y cómo hacerlo, especialmente, desde y con el poder pacifista. Toda acción humana de relación social constituye un poder (diríamos mejor: una forma de ejercicio del poder). Decimos, también, se hace siempre lo que se puede hacer. Es el poder que uno despliega el resultante de nuestra fuerza y de nuestras posibilidades, las que tenemos y las que nos dan otras personas y las cosas sobre las cuales pretendemos ejercer nuestro poder. Sin embargo, nada hay en este concepto en el que aparezca el término violencia al que tradicionalmente se ha asociado. Poder es la facultad para hacer algo. Es dominio e influencia que uno tiene sobre alguno o sobre alguna cosa. Es posesión o tenencia. Es fuerza, potencia o capacidad para producir determinados efectos.
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