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"Si ahora tuviera que volver a escribir esta obra, ofrecería al Salvaje una tercera alternativa. Entre los cuernos utópico y primitivo de este dilema, yacería la posibilidad de la cordura, una posibilidad ya realizada, hasta cierto punto, en una comunidad de desterrados o refugiados del "mundo feliz", que viviría en una especie de reserva. En esta (...) [ Sigue... > ]
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El pensamiento único

Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique

Domingo 21 de agosto de 2005, por ediciones simbioticas

Atrapados. En las democracias actuales, cada vez son mas los ciudadanos que se sienten atrapados, empapados en una especie de doctrina viscosa que, insensiblemente, devuelve cualquier razonamiento rebelde, lo inhibe, lo perturba, lo paraliza y acaba por ahogarlo. Esta doctrina, es el pensamiento único, el único autorizado por un invisible y omnipresente policía de la opinión.

Tras la caída del muro de Berlín, el desfonde de los regímenes comunistas y la desmoralización del socialismo, la arrogancia, la altanería y la insolencia de este nuevo evangelio se extiende con tal intensidad que podemos, sin exagerar, calificar este furor ideológico de moderno dogmatismo.

¿Qué es el pensamiento único? La traducción en términos ideológicos con pretensión universal de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, en particular las del capital internacional. Ha sido, por así decirlo, formulaba y definida desde 1.944, con ocasión de los acuerdos de Brenton-Woods. Sus fuentes principales son las grandes instituciones económicas y monetarias -Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Organización de Cooperación y Desarrollo Económico, Acuerdo General sobre Tarifas Aduaneras y de Comercio, Comisión Europea, Banco de Francia, etc.- que mediante su financiación vinculan al servicio de sus ideas, a través de todo el planeta, numerosos centros de investigación, universidades, fundaciones... las cuáles perfilan y expanden la buena nueva en sus ámbitos. Este discurso anónimo es retomado y reproducido por los principales órganos de información económica, y particularmente por las “Biblias” de los inversores y bolsistas -The Wall Street Journal, Financial Times, The Economist, Far Eastern Economic Review, Les Echos Reuter, etc.-, propiedad, con frecuencia de grandes grupos industriales o financieros. Un poco por todas partes, las facultades de ciencias económicas, periodistas, ensayistas, personalidades de la política... retoman las principales consignas de éstas nuevas tablas de la ley y, a través de su reflejo en los grandes medios de comunicación de masas, las repiten hasta la saciedad. Sabiendo con certeza que, en nuestras sociedades mediáticas, repetición equivale a demostración.

El primer principio del pensamiento único es tan potente que un marxista distraído no lo cuestionaría: la economía supera a la política. Es basándose en tal principio que, por ejemplo, un instrumento tan importante en manos del poder ejecutivo como el Banco de Francia ha sido, sin oposición destacable, convertido en independiente en 1.994 y, de alguna forma, “dejado a salvo de las contingencias políticas”. “El Banco de Francia es independiente, apolítico y apartidista”, afirma en efecto su gobernador Jean Claude Trichet, que añade sin embargo: “Nosotros pedimos la reducción del déficit público”, (y) “perseguimos una estrategia de moneda estable”. ¡Como si esos dos objetivos no fueran políticos!.

En nombre del realismo y del “pragmatismo” - que Alain Minc formula de la siguiente forma: “El capitalismo no puede desfondarse, es el estado natural de la sociedad. La democracia no es el estado natural de la sociedad. El mercado si” , la economía es situada en el puente de mando. Una economía desembarazado, como es lógico, del obstáculo de lo social, una suerte de ganga patética cuya pesadez sería motivo de regresión y crisis.

Los otros conceptos-clave del pensamiento único son conocidos: el mercado ídolo cuya “mano invisible corrige las asperezas y disfunciones del capitalismo” y, muy especialmente, los mercados finacieros, cuyos “signos orientan y determina el movimiento general de la economía; la concurrencia y la competitividad, que “estimulan y dinamizan las empresas, conduciéndolas a una permanente y benéfica modernización”; el librecambio sin limitaciones, “factor de desarrollo ininterrumpido del comercio, y por tanto de nuestras sociedades”; la mundialización, tanto de la producción manufacturera como de los flujos financieros; la división internacional del trabajo, que “modera las reivindicaciones sindicales y rebaja los costos salariales”; la moneda fuerte, “factor de estabilización”; la desreglamentación, la privatización; la liberalización, etc. Siempre “Menos Estado”, un arbitraje constante a favor de las rentas del capital en detrimento de las del trabajo. Y la indiferencia respecto al coste ecológico.

La repetición constante en todos los medios de comunicación de este catecismo por casi todos los políticos, tanto derecha como de izquierda, le confiere una tal carga de intimidación que ahoga toda tentativa de reflexión libre, y convierte en extremadamente difícil la resistencia contra este nuevo oscurantismo.

Se acabará considerando de alguna forma que las decenas de millones de parados europeos, el desastre urbano, la precarización general, la corrupción, los suburbios en llamas, el saqueo ecológico, el retorno de los racismos, de los integrismos y de los extremismos religiosos y la marea de los excluidos son simples espejismos, alucinaciones culpables, discordantes de forma extremista en el mejor de los mundos, que construye, para nuestras conciencias anestesiadas, el pensamiento único.

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