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El neoliberalismo cibercapitalista y la posibilidad de otro mundo mejor

Jueves 13 de enero de 2005, por José Luis Murillo


El mayor obstáculo y el mayor peligro al que nos enfrentamos si queremos avanzar en la construcción de ese otro mundo posible más justo, humano y solidario es el neoliberalismo como metaideología cibercapitalista con su propia metaestructura y su plasmación sociocultural, política y económica concreta: el estado del bienestar neoliberal.

El cibercapitalismo de la era de la información, las nuevas tecnologías y el mercado (que ya no el de la industrialización y el capital material) ha encontrado la mejor arma para manejar y dominar a las personas sin utilizar de forma evidente o generalizada la violencia física: las propias necesidades de esas mismas personas satisfechas/insatisfechas hasta cierto punto, el triunfo y la expansión de la burguesía, en definitiva el estado del bienestar alcanzado gracias a la lucha de las clases obreras y marginales contra la explotación de los seres humanos llevada a cabo durante la industrialización y el capitalismo anterior, pero convenientemente reprogramado y maquillado como de si de un logro y de una propuesta del liberalismo se tratase.

El neoliberalismo actual es el corpus conceptual del cibercapitalismo y nos envuelve desde que nacemos con un modelo mental, con una determinada explicación del mundo, incluida la idea de que no hay alternativa posible a sus planteamientos o de que es la menos mala de las alternativas, y con un conjunto de reglas y normas de comportamiento. Con él podemos ser críticos, marginales, revolucionarios, sumisos, rebeldes o solidarios sin que ello implique ninguna modificación en las relaciones de poder ni en el reparto de la riqueza; podemos “ayudar” a los demás desde nuestra comodidad; podemos satisfacer nuestras necesidades básicas (alimentación, sexo, protección frente al entorno, poder o compañía) con engañosa facilidad; y podemos aplacar nuestra conciencia sin necesidad de perder esa posición de bienestar en el mudo.

El estado del bienestar que nos muestra el neoliberalismo provoca que los que lo anhelan sean capaces de dar su vida o su cultura por entrar en él sin necesidad de obligarles por la fuerza, y que los que ya estamos en él lo consideramos irrenunciable. El neoliberalismo que lo sustenta y lo promueve actúa como una metaideología con su propia metaestructura. Como metaideología da la sensación de estar al margen de las ideologías, de no ser responsable de las injusticias que ocurren en el mundo, y como metaestructura parece estar fuera de las estructuras y las dinámicas sociales establecidas y ahí, en ese aparente no estar, radica su fuerza y su poder, su capacidad para no ser visto ni tenido en cuenta, para escabullirse de análisis y posibles ataques, pero la realidad es que está incrustado en cada ser humano, se ha infiltrado en la cultura individual a través del aprendizaje de valores, ideas, sentimientos, formas de comportarse,,... y, por tanto, es un elemento determinante y siempre presente en las tomas de decisiones y actuaciones de las personas y de las estructuras sociales, un elemento que no necesita de pesados y anticuados ejércitos ni policías para su expansión en nuestra cibersociedad.

Como metaideología, el neoliberalismo tampoco necesita ya la xenofobia, el racismo, la discriminación de la mujer o la explotación laboral como formas de control social o de enriquecimiento propias del capitalismo o de épocas anteriores en nuestro mundo, ahora utiliza algo mucho más sutil y contagioso: el microfascismo, el control que supone el micropoder de los que nos rodean y su cultura individual neoliberal. Esas formas de discriminación y explotación pueden trasladarse a territorios precapitalistas sin mayor problema con lo que consigue:

- alejarlas y ocultarlas de nuestra visión directa.

- crear la necesidad de llegar a la sociedad neoliberal en esos territorios.

- meternos miedo de ser alejados del estado del bienestar al externalizar empresas y economía, y extender el paro y los trabajos basura en nuestra sociedad.

El neoliberalismo tan sólo necesita el respeto a sus normas, a sus reglas del juego, para mantenerse y reproducirse y por ello puede admitir cambios que no supongan modificaciones sustanciales en el reparto de la riqueza y del poder sin que se produzcan grandes traumatismos sociales. Así se entiende la “facilidad” con la que se van consiguiendo avances impensables hace medio siglo en esas situaciones y con menor enfrentamiento sociopolítico que antes. Esos avances tenemos que aprovecharlos aún a sabiendas de que se trata de una trampa si nos dejamos embaucar por sus cantos de sirena, nos adormecemos y cedemos mentalmente antes sus supuestos encantos: más personas entrando en el redil del estado del bienestar neoliberal, dependiendo de él, acatando sus normas y contagiándolas a nuevos individuos, y con nuestra capacidad de reacción narcotizada ante su trastienda llena de horror y miseria.

Pero el neoliberalismo cibercapitalista no se limita a ser una mera metaideología social o económica sino que, además de una metaestructura formal, ha ido incorporando nuevos elementos con los que se protege y actúa más impunemente: un metalenguaje, una metarreligión y un metapartido político, cubriendo así todo el espectro estructural e ideológico de la sociedad.

El neoliberalismo elabora y utiliza su propio metalenguaje, adaptado y acomodado a sus intereses, lo que provoca la actual perversión de los lenguajes reales. Ese nuevo lenguaje es el que se transmite a través de los medios de comunicación y las nuevas tecnologías. Así, ya no se habla de invadir países sino de liberar países; de estafas económicas internacionales, de movimiento sin trabas ni peajes del capital por el mundo, o de freno a la movilidad territorial de las personas sino de globalización; de pobres o de personas en la miseria sino de desfavorecidos; de asesinatos y tragedias humanas injustificadas sino de daños colaterales; de aumentar los privilegios de unos sobre otros, o de fortalecer aún más el triunfo de las clases dominantes, sino de libertad de mercado; de tratados y negocios económicos a favor de los grupos políticos y las multinacionales sino de Constitución europea.

Como metaestructura el neoliberalismo ha aprendido a no pertenecer a un país determinado, a un territorio concreto (incluso en un mismo espacio convive gente en la miseria con gente perfectamente instalada en su estado del bienestar sin que eso genere ningún tipo de conflictividad ni enfrentamiento), o a no tener formas físicas visualizables (no hay ejército, ni cárceles, ni policía, ni población,...), ni afiliaciones de carnet a asociaciones o partidos políticos, sino que utiliza las estructuras existentes en cada nación o en el concierto internacional (FMI, Banco Mundial, CEE, OTAN, ONU,...) y así puede estar en todos los órganos de decisión sin que se le pueda imputar ninguna decisión equivocada o catastrófica ya que se trata de una estructura abstracta y un sistema de relaciones, no una asociación política o económica ni una institución determinada y tangible.

El neoliberalismo también funciona como una metarreligión: tiene sus “verdades” absolutas y salvíficas ante las que sus predicadores y discípulos se arrodillan tildando de descarriados a los no creyentes, y hablando de verdad y error y no de diferentes opiniones o puntos de vista; su dios, el Mercado; su “pecado original”, el de la bondad humana, que provoca todos los males de este mundo; su camino de redención y de alcanzar el paraíso del mercado “libre” a través de la conversión a la nueva fe; sus rituales (de consumo -fechas y formas de comprar o de regalar- o de entrega de premios a la calidad, a las ventas, a la competitividad,...); sus iglesias (oficinas bancarias, tiendas,...) y catedrales (grandes superficies comerciales que son ya más visitadas que las religiosas y construidas por los mejores arquitectos del momento con la admiración y el apoyo de las comunidades donde se establecen); su colegio cardenalicio (multinacionales y grandes fortunas); su sumo pontífice (el emperador americano); sus cónclaves y concilios (reuniones del Banco Mundial o del FMI); su obediencia jerárquica y su elección de representantes interna y antidemocrática (no podemos elegir al presidente de sus organismos, sólo su casta sacerdotal puede participar en esas decisiones); su lengua propia (el inglés de la economía y un metalenguaje propio que pervierte al resto de lenguajes); e incluso ya ha alcanzado la madurez del fariseísmo: dice defender el estado del bienestar y la democracia sólo porque en este momento le sirven de escenario y de estructuras política para mantener el reparto de la riqueza y las relaciones de poder tal como están ahora; o hace como que tiene en cuenta a las personas y sus derechos, pero sólo mientras no molesten o amenacen sus modelos económicos y políticos en cuyo caso inicia cruzadas a través de inquisidores que intervienen en los países díscolos o en los que necesita para sus intereses (sólo hay que ver lo ocurrido en Irak, Afganistán, Liberia, Guantánamo o Palestina), volviendo a desempolvar sin ningún pudor los viejos recursos fascistas del capitalismo, pero eso sí, esta vez tratando de difundir su sonrisa y su buena imagen falsamente dialogante e hipócritamente amable por el mundo.

Esta metarreligión neoliberal está provocando el nerviosismo y el miedo entre las religiones institucionalizadas. Del tradicional apoyo mutuo entre poderes (religioso, estatal, económico) se ha pasado a una situación en la que las religiones anteriores tampoco son necesarias para el control social y, por tanto, prescindibles y sin fuerza en el concierto internacional. Incluso puede resultar peligroso para el neoliberalismo apoyarlas en determinadas circunstancias que podrían provocar rechazo y rebeldía social y las abandona en esas situaciones. Lo tragicómico es que esas religiones fueron las que apadrinaron y constituyeron un factor decisivo en el surgimiento de esta nueva metarreligión y ahora se encuentran indefensas ante su engendro, una criatura que las puede devorar, pero eso si, pacíficamente y, a la vez, ofreciendo la imagen de defensora a ultranza de la libertad y de los derechos humanos, incluidos los religiosos, con lo que debilita de antemano cualquier intento de oposición por su parte. Y es que no estamos ante otra religión al uso basada en dioses tradicionales o revelaciones para después de la vida. La verdad salvífica del neoliberalismo cibercapitalista es para esta misma vida: gracias al dios Mercado se acabará el sufrimiento de la humanidad lo que convierte en innecesario el consuelo ante la muerte; con su triunfo en el mundo se resolverán todos los problemas y los que no se resuelvan ya los taparemos para que no molesten o serán los causados por personas que no habrán querido salvarse, ya que todos habrán contado con las mismas oportunidades (ojo con el metalenguaje, con las mismas oportunidades, no con las mismas posibilidades) de enriquecerse si abrazan la nueva buena y obedecen su doctrina.

Seguramente estamos asistiendo al mayor cambio acaecido en la cultura religiosa individual, así como en la cultura religiosa social y en las relaciones con los estamentos religiosos desde hace 2000 años: se va sustituyendo paulatinamente la caridad cristiana por la solidaridad laica (apadrinamientos, acogimientos, ayuda ante catástrofes, ONGs,...), el santoral cristiano por el “santoral” neoliberal, los enterramientos en el suelo sagrado de los cementerios por incineraciones, los bautismos o matrimonios religiosos por sus homólogos civiles, la opinión autorizada de los sacerdotes por la de los científicos, el pedir ayuda y consuelo en las iglesias por hacerlo las oficinas bancarias o en los hospitales,... En este nuevo contexto podemos entender los encuentros multiconfesionales de los últimos años para aunar esfuerzos y “ser escuchados” mejor, o sea, para seguir contando social y políticamente, o extrañas situaciones ocurridas en España en los últimos meses en las que, ante una película, un comentario del gobierno, o un artículo de un periódico, la iglesia católica amenazaba con poner en marcha campañas y movilizaciones en contra de la sociedad laica que luego desconvocaban, ruedas de prensa donde mostraban su indignación y sus categóricas y contundentes posturas de las que ya no se ha sabido nada, impresión de trípticos que luego no se han repartido, fervorosas recogidas de firmas que se han quedado almacenadas o no pasarán de una simbólica entrega y ya está,...

Y, por último, otro componente esencial del neoliberalismo es su funcionamiento como metapartido político. Como tal no presenta una estructura tangible para canalizar las inquietudes políticas, pero insisto una vez más, se halla presente en todas las decisiones políticas ya sean de partidos, de organismos gubernamentales o de asociaciones de vecinos. Sólo necesita utilizar las estrucutras sociopolíticas surgidas en la época capitalista (democracia, partidos, instituciones,...) y su infiltración ideológica en cada persona. Ya da igual que nos consideremos de izquierdas o de derechas, hayamos sido comunistas, anarquistas, socialistas o fascistas, el neoliberalismo cibercapitalista admite cualquier asociación e ideología política, al igual que lo hace con las religiosas, que respete sus reglas de juego falsamente democráticas, ya que no quiere que se elijan los representantes en listas abiertas con la posibilidad de cesarles por el electorado en cualquier momento si no cumplen lo prometido, sino partidos cada unos cuantos años que pueden tomar las decisiones que les dé la gana sin respetar sus propias campañas y, además, estos tienen sus propias estructuras y dinámicas de poder internas que deciden su actuación pública. No importa ya que los socialistas o los que sean gobiernen porque, en este contexto de “libertad” de mercado, el socialismo, la izquierda oficial como estructura y como ideología, se ha convertido en una mera administradora económica, en una humilde y diligente servidora del estado del bienestar neoliberal y en una organización que se dedica al reparto de prebendas y privilegios entre los suyos como, por otra parte, hacían los anteriores gobernantes de la derecha.

Pero como metapartido político necesita un sistema de participación para intervenir en las tomas de decisiones de nuestras sociedades occidentales, y para articular políticamente su estado del bienestar. El sistema más utilizado por el neoliberalismo y los grupos de poder que lo promueven es la democracia actual basada en los partidos políticos, partidos que se dedican a defender los intereses de los grupos que los mantienen, frente a los individuos, intentando convencernos a la vez de que somos las personas las que elegimos a nuestros representantes y si no tenemos más capacidad de decisión en la sociedad y en la política es por nuestro pasotismo y nuestro desinterés en lo público. La democracia permite mantenerse fácilmente en la sombra a las multinacionales y las grandes fortunas del planeta en los acuerdos y en el funcionamiento de los gobiernos, los organismos legislativos y los judiciales, pero imponiendo a la vez sus criterios y sus intereses sin encontrar oposición ni provocar rechazo social contra ellos, en todo caso contra sus tapaderas políticas.

Sólo hay una dinámica social que escapaba al control del neoliberalismo hasta hace unos pocos años: el terrorismo. Pero ya casi lo tiene domesticado y reciclado para su propio beneficio. El neoliberalismo ha dado la vuelta a la antigua, e inservible hoy en día, justificación terrorista: hemos pasado de que los terroristas son los héroes que defienden a la población frente a las injusticias del poder o a las naciones desbocadas (como la guerrilla española frente al invasor francés, o la ETA del final de la dictadura), a unos asesinos que matan injusta e indiscriminadamente. En este cambio mental han ayudado los propios terroristas. Unos porque son unos auténticos asesinos o unos fanáticos. Otros porque no se han enterado de los cambios ideológicos recientes y continúan anclados en estrategias y planteamientos válidos únicamente para la sociedad precapitalista. Y los últimos porque su desesperación, rabia e impotencia ante las injusticias que han padecido no les ha dejado otra vía de protesta y de lucha. Para el neoliberalismo cibercapitalista da igual el tipo de terrorismo que ocurra. A la nueva metaideología le ha venido de maravilla mezclarlos a todos, difundir sus mitologías y su dialéctica de terror, y lanzar un ejército mediático a crear mundos mentales donde no se admita la reflexión sobre el fenómeno terrorista y se cierren filas, declarándole abierta y descaradamente una tercera guerra mundial, reconvirtiéndolos en el nuevo enemigo ante el que armarse permanentemente y en cuya lucha todo vale con tal de vencerle.

Desde el punto de vista de este neoliberalismo dominante los terroristas no son las gentes o los países que invaden el territorio de otros y expulsan y masacran a poblaciones que llevaban varios miles de años viviendo allí como han hecho los israelitas con el apoyo de la multinacional neoliberal en un auténtico exterminio del pueblo palestino. Para los sacerdotes del neoliberalismo, sus seguidores y sus medios de comunicación los palestinos que se autoinmolan son terroristas que amenazan la paz mundial y a los “pobrecitos”, “indefensos” y “caritativos” israelitas que les han permitido sobrevivir en el desierto. Para esa metaideología estos terroristas y el resto forman la “internacional terrorista” que vaya a saber usted porque parece que se han empeñado en acabar con la humanidad y con nuestra maravillosa sociedad que tanto los quiere.

Ante esto nos cabe:

- tomar conciencia:

- como seres humanos que compartimos un planeta en el que hay otros muchos seres humanos sufriendo, incluso a nuestro alrededor.
- de que necesitamos modificar nuestros “automatismos” culturales microfascistas.
- de que la miseria y el sufrimiento, hoy en día, se producen únicamente por el mal reparto de la riqueza y el poder en el mundo, por un falso estado del bienestar neoliberal.
- de que hay intereses creados, personas y estructuras sociales que luchan y hacen todo lo posible para que se mantenga este “estado del bienestar” que beneficia a unos pocos y que intentan cerrarnos los ojos ante el sufrimiento de los que no están dentro de él.

- reflexionar permanentemente sin dejarnos atrapar por falsos cantos de sirena ni dejarnos adormecer por las comodidades de las que disfrutamos.

- decir no de la forma individual o colectiva que esté a nuestro alcance, ante lo que consideremos que tenemos que decir que no. No dejarnos invadir por la falacia de que es inútil nuestra voz y por el cansancio que provoca la aparente falta de resultados que conseguimos con ella.

- extender y repetir incansablemente la propia opinión como algo necesario para imaginar colectivamente otro mundo posible y caminar hacia él.

- configurar una nueva metaideología que tenga como punto de partida para los análisis y el establecimiento de prioridades a la persona y sus necesidades y no al mercado y sus reglas, y que pueda servir de otro envoltorio conceptual a ese otro mundo posible.

- poner en marcha o colaborar con iniciativas que creamos que van en esa dirección, en la de ese otro mundo con un mapa mental diferente al que nos propone el neoliberalismo que gobierna actualmente (esté el partido que esté en el poder o sea cual sea la forma de estado y de participación ciudadana que tengan los países ya que, invadiéndolo todo, está la metaideología neoliberal cibercapitalista).

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1 mensaje

  • El neoliberalismo cibercapitalista y la posibilidad de otro mundo mejor

    26 de septiembre de 2006 00:35, por Sigfrígido

    No va a servir de nada este comentario porque nadie lo va a leer, pero... Quiero decir algo: proclamas como éstas las ha habido siempre con idénticos resultados. El artículo es interesante y he llegado hasta el final, aunque me quedo con el primer tercio. El cibercapitalismo no se combate así, siendo además contradictorio o desmemoriado al haber dicho antes que el neoliberalismo lo engulle todo, hasta las revoluciones, pacíficas o no. La única lucha contra el neo... es la ataraxia, o algo por el estilo, no soy testarudo. Equivale a extirpar un cancer, o a escupirlo fuera de nosotros. La semilla del innombrable la llevamos ya, en más o menos cantidad, circulando por la sangre.

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