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El mundo según Benetton: Identidad cotidiana y saturación del yo

Martín Mora Martínez en plektopoi

Jueves 27 de enero de 2005, por ediciones simbioticas


Cuando me comentaba la editora de Renglones, revista del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), en Guadalajara, México, la propuesta para escribir la versión en papel de este escrito, no pude evitar el imaginar la enorme cantidad de temas analizables desde una perspectiva psicosocial, así como la dificultad para eslabonarlos dentro de una interpretación metafórica que correspondiera a la psicología social. Sin embargo, un primer intento puede hacerse mediante su consideración como elementos de ese mundo intersubjetivo, cultural y político denominado vida cotidiana.

Si bien el intento de definición de vida cotidiana nos enfrenta con el primer problema de acuerdo lingüístico, conviene expresar una interpretación sobre el concepto: con vida cotidiana queremos decir el mundo de comunicaciones, de intercambios afectivos y conceptuales, de prácticas útiles para la existencia social y de trazas culturales que se conforman como atmósfera de relaciones sociales. En pocas palabras, es todo aquello que constituye lo común y corriente de la vida y que no se percibe como importante, precisamente porque su papel esencial consiste en dar el clima y el aire que sustenten la comunicación. Mediante la descripción de un día común y corriente para ciertas personas que habitan Guadalajara, México, se dará paso a la puesta en marcha de algunas reflexiones psicosociales acerca de la vida cotidiana, desde una perspectiva que denominaremos psicología cultural.

UN PERIPLO COMO EJEMPLO

Luego de un sueño profundo cortado de súbito por el agudo zumbido del despertador, el hombre se levanta de la cama mediante su habitual salto hacia el tapete, procurando pisar con el pie derecho. La maniobra siempre resulta complicada porque el hombre suele levantarse hacia el lado izquierdo de su cama. Para este momento, el televisor se enciende gracias al mecanismo de reloj y lanza imágenes y sonido hacia la penumbra de la habitación. El hombre parece estar más despierto —quién escaparía después de tamaña cantidad de agresivos estímulos— y se calza para proceder a cerrar la cortina de la ventana que da hacia la calle y procurar la privacidad que le permita terminar de desnudarse para meterse bajo la regadera. Diez minutos tarda en frotarse el cuerpo con agua y jabón para completar la tarea de ubicarse definitivamente en la vigilia. Mientras duda en su elección de ropa, en el televisor ya está el noticiario matutino lanzando las malas nuevas de siempre, haciendo que el hombre se vista con lo primero que encuentra al momento que la bilis sube de nivel hasta dejarlo listo para funcionar en la vida urbana. No desayuna. Si acaso toma una taza de café —preparada mientras hace otra cosa— al tiempo que carga su mochila con lo necesario para una vida fuera de casa durante las siguientes doce horas. Con la casa en la mochila —como buen seguidor de Diógenes, gusta de calificarse— el hombre recorre las cinco cuadras que lo separan de la parada del camión; el primero de los tres que en promedio requiere para llegar al sitio de su empleo matutino. A esta hora ya ha soportado la tardanza del transporte, la aglomeración del camión, la dosis de "música" concomitante al transporte, la dejada una o dos cuadras adelante del sitio solicitado con el timbre, el desayuno apresurado, el reglamentario saludo a los compañeros de empleo, el tardado comienzo para entrar en materia de trabajo. Cuesta mucho esfuerzo concentrarse en las actividades porque el ritmo vertiginoso del inicio del día tiende a continuar. Ruido, gritos de niños, telefonemas, el eterno retorno de los comentarios y problemas en el trabajo, la necesidad de otra fuerte dosis de café, las constantes idas al baño, la aparición inesperada de asuntos para resolver con urgencia y que desplazan a los ya acumulados días atrás en una cadena interminable de pendientes y, así de repente, se ha ido la jornada matutina. De nuevo hacia el camión para dirigirse al segundo empleo del día: una repetición casi rigurosa de los avatares sufridos en la primera transportación, aunque con el agregado de los cantores y declamadores de camión. El hombre llega al sitio de trabajo, saluda a quien se encuentra, recoge sus mensajes, telefonemas, recados, pendientes, urgencias, etcétera, y llega a su cubículo. Organiza ahí sus cosas: saca de la mochila periódicos, libros, revistas, cartas, agenda y consigue que por quince minutos el volumen de su bolsa disminuya. Sin embargo, pasada la primera desempapelada viene la tarea de rellenado de la mochila: recortes de periódico, otros libros, otras revistas, otras cartas, la misma agenda pero con anotaciones nuevas. Ahora viene la toma de decisiones que harán posible organizar la tarde: ¿terminar de leer el libro que se tiene en trámite desde hace diez días? ¿Continuar escribiendo el artículo ya muy aplazado? ¿Dónde y qué comer? ¿Organizar las fichas bibliográficas para su utilización? ¿Hacer las dos o tres llamadas telefónicas que resuelvan algunos pendientes? ¿Salir a la calle a hacer observaciones sobre el proyecto de investigación? ¿Redactar el plan de trabajo y el informe inminente? ¿Dedicar tiempo para ver avances en los otros proyectos que forman parte de la vida cotidiana? ¿Meterse al café, guardarse en el cine o asistir al curso de idioma extranjero en que el hombre está inscrito? ¿Irse a casa para descargar el contenido del día y procurarse un momento de relajamiento con música o televisión? ¿Pensar en la vida amorosa y dedicarle un poco del escaso tiempo que es robable de la rutina cotidiana? El hombre decide en pocos minutos, procura hacer casi todas las alternativas y ve cómo va llegando la noche. Ya en casa, repasa mentalmente sus quehaceres del siguiente día, logra concentrarse en el disfrute de la música que ha puesto mientras come algo ligero. Enseguida, en su habitación, programa el aparato de televisión y el reloj para que lo despierten temprano y echa un último vistazo hacia la pantalla a fin de dormir las seis horas de sueño que se ha ganado antes de comenzar de nuevo el día.

LOS VAIVENES DE LA IDENTIDAD

Como parte medular de la vida cotidiana ubicaríamos el giro tornasolado de la identidad para desde esta confluencia establecer un análisis de las metáforas que se le adosan. En primer lugar, existe una idea de identidad que, llevada al extremo, resulta clara y desfondada a la vez. Por un lado, es posible entender esa masa volátil que es la identidad mediante la puesta en marcha de la sensación y el afecto ligados a su uso: parecemos entender porque sentimos que hablamos de lo mismo y porque creemos que hace referencia a la noción de autoconocimiento personal y de rasgos comunes con los demás. Sin embargo, de manera simultánea nos sumergimos en la atmósfera de la palabra vacía de sentido precisamente porque nos preguntamos qué es lo que presumimos entender y que los demás comparten: ¿una noción de peculiaridad individual? ¿Una cosa personal que nos hace parecidos a otros? ¿El sentido de pertenencia de grupo? En fin, éstas y cualquiera de las otras ideas que corrieron por nuestra imaginación cuando leímos la palabra identidad.

Como segundo aspecto de reflexión podemos tomar la idea de temporalidad de la identidad. Existe la creencia de que la identidad es una representación individual que se logra construir en la infancia y que luego sólamente se enriquece con las inclusiones de los referentes sociales a los que nos acercamos. Existe una estructura sólida que muestra variaciones aparentes y que es viable conocer como reducto último de introspección. Por lo tanto, es posible la fotografía de la identidad en el seno de sus vestidos ocasionales. Nada más discutible. Si bien es cierto que una estructura pareciera predominar a lo largo de la representación cotidiana de la identidad, es igualmente posible argumentar que dicha identidad está sujeta a una permanente revisión y negociación por parte del individuo y que siempre es posible mostrar a los demás una identidad que nos sea cómoda y que flexibilice nuestra interacción. Es muy viable una identidad que permita aglutinar las diversas prácticas cotidianas y que nos dé cierta imagen. Dicho sea con poca dulzura, podemos hacer que los demás nos traten como queremos que nos vean.

Vayamos al ejemplo. Cuando la puesta en marcha de la vigilia es ordenada por los aparatos de la modernidad (el televisor y el reloj) comienza el proceso de armazón de la identidad cotidiana: el acto supersticioso del primer pie en el piso hace las veces de persignamiento que convoca al buen azar y actúa como uno de los eslabones en la cadena de hábitos que permiten recuperar la apariencia diaria. Enseguida, el hombre requiere conocer las noticias, sea para afrontar en competencia temática los comentarios que se harán durante la mañana, sea para saciar su interminable sed de novedad. Como lo apunta Octavio Paz (1995) con toda precisión:

La droga de la novedad se ha apoderado de los espíritus y acabará por idiotizarnos a todos. Nada ni nadie puede satisfacer nuestra sed de novedades, porque la novedad cambia sin cesar y sin cesar renace. Apenas la conocemos se disipa e inmediatamente después, con la misma celeridad, reaparece en otra que va a subsituirla por unas cuantas horas. La sed de novedades es una forma degradada de la sed de eternidad que padece el tiempo. Leemos cada mañana el diario con la ilusión de encontrar esa Noticia que acabará con todas las noticias y que es el equivalente moderno de la Revelación de las religiones.

Encontramos que la puesta al día en términos de noticias es como la vestimenta interior que permite la configuración de la masa social base de la identidad. Sirve además como recordatorio que ubica de nuevo al recién despierto dentro de la línea que facilite su incorporación al rol cotidiano mañanero. La elección del atuendo completará la imagen de identidad que es necesario expresar durante el día: el estilo de vestir debe ser versátil. En la calle se negocia la identidad de peatón frente a los automovilistas que igualmente se dirigen a sus empleos: como ocurre regularmente, el peatón es el ciudadano de segunda que debe ceder su espacio y tiempo al otro individuo envuelto en la omnipotencia de la máquina. Más tarde, en el camión, se juega la identidad de pasajero que soporta estoicamente la apretura, el ruido, el robo silencioso del cambio si no se paga lo justo, la paciencia ante la pésima manera de conducir del chofer. Con los pies en la banqueta se reinicia la jugada de la identidad de peatón junto con los demás caminantes urbanos. Por lo tanto, aparecen una serie de directrices y normas que corresponde utilizar a fin de usufructuar la identidad peatonal: seguir el paso de los demás evitando las colisiones y las invasiones indebidas del espacio personal ajeno, la observancia de los semáforos —y de los conductores que acostumbran pasarse los altos— para cruzar la calle, la evitación de la mirada directa y persistente hacia los ojos de los otros, la concesión del rincón de la banqueta a las mujeres y personas mayores, etcétera. Y en cuanto el pie es colocado acrobáticamente en el estribo del camión, comienza de nuevo la variación de identidad pasajera. Como puede observarse y sobre todo imaginarse en el fuero interno de cada lector, se desglosan una serie de actitudes, normas, conductas, hábitos, para cada espacio de interacción. En suma, se desdobla la identidad en una enorme variedad de prácticas y observancias éticas a lo largo de la vida cotidiana.

Ahora bien, ¿por qué se habla de una identidad firme y se censuran las variaciones? Quizá porque se sigue abonando en el terreno de las personalidades fijas como si estuviéramos ante realidades factuales y simbólicas permanentes, quizá porque se experimenta un enorme desasosiego ante la idea de cambio y se prefiere creer en la firmeza de la identidad. De esa manera, se precipita la tensión resultante de la movilidad característica de la identidad hacia la censura de la misma variación en los demás. En otros términos, no es soportable que la gente cambie sus ideas y sus estados de ánimo de un momento a otro, sino que se exige una permanencia anímica e intelectual en la cual sea posible descansar una imagen social que pretende ser válida para categorizar a la gente. Descripciones que han construído una tipología psicosocial que, hay que decirlo con cierta vergüenza, son utilizadas comúnmente por los profesionales psi en sus asesoramientos tan parecidos al rezo escolar: se habla de personalidades asténicas, neuróticas, fronterizas y, para precisar el perfil de los cambiantes de ánimo, maniaco-depresivas. Por supuesto que dichas categorizaciones cuasientomológicas no corresponden a la vida cotidiana que ejercita en el cambio de identidad su sentido, sino que sólo pontifican en contra de las variaciones que, finalmente, son el pan de cada día en lo tocante a las relaciones intersubjetivas. Se exige una identidad susceptible de identificar y que facilite la permanencia de uso de la imagen que nos hacemos de la gente: conocerse a sí mismo es creído como el mantenerse encerrado en el tiempo, como suponer que la identidad se corresponde al brevísimo lapso en el cual es capturada la luz que impresiona una película fotográfica.

LA SATURACIÓN DEL YO

En una de sus más ejemplares obras Kenneth Gergen (1992) desarticula la problemática que padece el yo y los dilemas de la identidad en el mundo contemporáneo. Hace una revisión fundamental de las variaciones culturales del yo a lo largo de las últimas centurias, hasta desarrollar una caracterización de la vida moderna y de la cultura posmoderna. El inicio de su libro nos ubica en el ojo del huracán. Luego de una ausencia de días y volver al colegio en donde labora, Gergen nos señala que tenía sobre su escritorio un fax urgente en donde le reclamaban cierto artículo ya prometido, además un estudiante le increpaba acerca de ciertos prejuicios étnicos manifiestos en el programa del curso, la secretaria llevaba un fajo de cartas, notas telefónicas y requerimientos fiscales, llamadas telefónicas de antiguos amigos que solicitaban su compañía para ciertas fechas en otro país, la impartición de clases vespertinas. Ya en casa, se enfrentaba a despachos por correo electrónico, la radio con sus malas noticias, el pasto del jardín muy descuidado, mensajes en la contestadora telefónica y la televisión con sus tentadores veintiséis canales. Se hallaba en una situación de agotamiento muy marcado:

...todas mis horas se habían consumido en el proceso de la relación con otras personas —cara a cara, por carta o electrónicamente— dispersas en distintos puntos de Europa y Estados Unidos, así como en mi pasado. Tan aguda había sido la competencia por este "tiempo de relación" que virtualmente ninguno de los intercambios que mantuve con esas personas me dejó satisfecho... Inmerso en una red de conexiones sociales que me consumían, el resultado era el atontamiento. (Gergen, ob. cit. pp. 19-20).

La tesis central que plantea Gergen puede interpretarse como un intento por demostrar que el incremento brutal de los estímulos sociales, "que se aproxima al estado de saturación", es lo que sostiene tanto a los enormes cambios en nuestra experiencia cotidiana de nosotros mismos y de los demás, como al desenfrenado relativismo que ha cundido en la esfera académica y que se hace visible a partir de los años sesenta (aunque en nuestro contexto, con el habitual retraso, inicia apenas la puesta en la mesa de los debates). Es esta argumentación la que confiere pertinencia a la reseña del trabajo de Gergen, quien analiza con maestría los dilemas de la identidad que nosotros esbozamos aquí. En tal sentido, puede recomendarse la lectura cuidadosa de dicho libro y de anteriores obras suyas o de autores como Michael Billig, John Shotter, Pablo Fernández Christlieb, Rom Harré, Tomás Ibáñez, Ian Parker, Jonathan Potter, Richard Harvey Brown, Paul Secord y Serge Moscovici, que no vamos a citar aquí pero que explican el sentido del actual ensayo.

Luego de la digresión necesariamente pedante y que ejemplifica la permanente atención a los asuntos que la vida cotidiana presenta y que nos hace verlos como dispersos, conviene volver a la reflexión sobre la identidad, sus vaivenes y el proceso de saturación que sufre en las sociedades modernas (posmodernas, mejor dicho). Al igual que Tomás Ibáñez debemos invocar a Penélope para rehilar en el sentido de la petición de la editora de esta revista: caracterizar algunas de las aproximaciones que la psicología social realiza de la vida cotidiana urbana.

Es indudable que esa entidad difusa que es el yo de la gente se caracteriza por la movilidad y la permanente inaprensibilidad. Cuando suponemos haber definido una identidad propia o en los demás, nos salta de repente el as de la manga: nos sorprendemos de reaccionar de manera distinta o diametralmente opuesta a la que pregonábamos y llegamos a niveles de creatividad expresiva que no creemos. Huelga decir que experimentamos un sentimiento incómodo que se corresponde con la aparente ilogicidad de la conducta y que, en ratos lúcidos, nos interrogamos por qué las circunstancias nos juegan tan malas pasadas si consideramos que tenemos una imagen propia bastante bien conocida. Además, cuando nuestro yo se manifiesta dentro de un registro inusual suponemos que debe haber algo malo en los hechos, una anomalía que explica el salto mortal. La mayoría de la gente asume como respuesta válida la argumentación de entidades casi mágicas tales como el poder de influencia de alguien en particular, el influjo zodiacal, el plan astral de las entidades extraterrestres, la interrelación cósmica tipo Gaia, la seducción muy parecida al embrujo, la eclosión del animal que todos llevamos dentro, el insight tipo psicoanalítico o, ya de plano, la voluntad inescrutable de la divinidad. Sin embargo, las explicaciones pretender acometer un problema que no existe en realidad. Lo que sucede es que el yo se reconstruye en las diversas interacciones y que nunca se encuentra definido ni quieto. El fenómeno de la saturación insostenible del yo, merced a la continua exigencia cotidiana en la urbe, nos enfrenta a la manifestación disímbola de cantidades espectaculares de yoes: simultáneamente somos Juan Domínguez y padre de otros y amigo de varios e hijo de alguien y novio de otra persona y patrón de quince y subordinado del jefe y profesor reputado y vividor nocturno y deportista entusiasta y amante empedernido y vecino raro y asíduo de ciertos lugares y entusiasta melómano y colero en el Banco y detestable transeúnte y amoroso esposo y anónimo habitante y don nadie en un rincón de casa, etcétera, etcétera. Todo en un simple momento del día. Por lo tanto, ¿es justo reprochar o reprocharnos el no tener un yo claro y marmóreo? ¿Por qué insistir en la congruencia de nuestros actos cuando la vida cotidiana no se mueve en esos registros lógicos?

COLOFÓN: LOS SENTIMIENTOS PASTICHES

Fenómenos sociales de la vida cotidiana como los descritos líneas arriba no se agotan en la mera expresión personal. Son vehículos inexorables hacia la vida sentimental, los afectos y los amores de la gente. Cuando se vive inmerso en un conjunto complejísimo de relaciones sociales y se tienen infinidad de opciones para expresar las mil y una facetas de la identidad cotidiana, es a todas luces inminente que la vida afectiva parezca dispersa y sin anclaje (resulta inminente la pregunta que se hace el hombre del periplo, líneas arriba en este ensayo). A cada manera específica de relación corresponde, por lo regular, una tonalidad afectiva particular sustentada como fondo y que hace comprensible el intercambio simbólico de la relación: cada manera de ser con los demás tiene su peculiar expresión afectiva. En consecuencia, si hemos apuntado que existe una diversidad de identidades diariamente, debemos suponer la intensa refulgencia emocional que debe experimentarse en un día común y corriente. Vamos de la apariencia circunspecta a la carcajada estentórea, de la timidez inevitable a la indiferencia política, de la pasión sensual al bostezo del aburrimiento, de la cólera estresante a la languidez enamorada. Y todos los impulsos sentimentales son vividos sin aspavientos ni programaciones. Son expresados como parte inevitable de la relación con el mundo que somos todos.

Quizá lo más inquietante resulte el darse cuenta de la cantidad de matices posibles —como la infantil admiración que provoca conocer por vez primera un pantone— y lo injusto que es el hecho de exigir una planicie emocional en las relaciones cuando lo inevitable es la transformación camaleónica. No es raro notar entonces que no siempre se ama de igual manera a la pareja, ni se detesta parejamente a los "mansos de espíritu", ni se avergüenza de igual manera ante los desfiguros familiares. Cada vez que aparecen los sentimientos parecen ser pastiches que cumplen su función de intercambio e integración social. Sirven como engarces que formulan la regla de la convivencia, sin ser expresiones de hipocresía o de volubilidad. Simplemente, son las maneras cotidianas que toman los sentimientos para constituirse en la arquitectura de la vida cotidiana. A final de cuentas, de lo que se trata es de no juzgar frívolamente a la gente cuando expresa lo que se le ocurre, sino de saber cómo se disuelven las identidades contínuamente y cómo los afectos se muestran de manera polisémica: vaivén de mundo según Benetton, en el que las diferencias y los sentimientos ligados a valores son puestos en entredicho y la aceptación de las variaciones y los matices parece ser el único credo. Se trata de un mundo de sentimientos e identidades vertiginosamente cambiantes, dado así para angustia de los investigadores omnisapientes y rígidos de espíritu como sus teorías, pero para regocijo de los observadores apasionados que todavía disfrutamos la vida cotidiana.

BIBLIOGRAFÍA

FERNÁNDEZ Christlieb, Pablo. El Espíritu de la Calle. Psicología Política de la Cultura Cotidiana. Editorial Universidad de Guadalajara, Guadalajara: 1991. Col. Fin de Milenio.

GERGEN, Kenneth J. (1991) El Yo Saturado. Dilemas de Identidad en el Mundo Contemporáneo. Paidós, Barcelona: 1992.

IBÁÑEZ Gracia, Tomás (coordinador). El Conocimiento de la Realidad Social. Sendai, Barcelona: 1989.

------Psicología Social Construccionista. Textos Recientes. Editorial Universidad de Guadalajara, Guadalajara: 1994. Col. Fin de Milenio.

LIPOVETSKY, Gilles (1987). El Imperio de lo Efímero. Anagrama, Barcelona: 1990.

MORA, Martín y LARES, Martha Elba. La Teoría de las Representaciones Sociales de Serge Moscovici. Tesis de licenciatura en psicología. Guadalajara: 1992, inédito.

MOSCOVICI, Serge (1961). El Psicoanálisis, su Imagen y su Público. Huemul, Buenos Aires: 1979.

PAZ, Octavio. "El Instante y el Calendario", en Vuelta, no. 219, febrero de 1995, pp. 6-7.

POTTER, Jonathan and WETHERELL, Margaret (1987) Discourse and Social Psychology. Beyond Attitudes and Behaviour. Sage Publications, London: 1992.

SHOTTER, John. Cultural Politics of Everyday Life. Social Constructionism, Rhetoric and Knowing of the Third Kind. Open University Press, Buckingham: 1993.

SIMONS, Herbert W. and BILLIG, Michael, edit. After Posmodernism. Reconstructing Ideology Critique. Sage Publications, London: 1994.

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Martín Mora Martínez. Universidad de Guadalajara, México. Universitat Autònoma de Barcelona, España. Doctorat de Psicologia Social: 1998.

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