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El mercado de los derechos de consumo

Francisco J. Martínez en Ciencia abierta

Viernes 4 de noviembre de 2005, por ediciones simbioticas


El sistema liberal parece hoy la divina fórmula a la cual (casi) todas las naciones del planeta tierra adhieren con mayor o menor prontitud. En efecto, pareciera que llegaremos al Siglo 21 con los problemas básicos de la economía resueltos por la vía de haber superado la discusión entre el sistema de libre mercado y el de planificación centralizada. Sin embargo, aún existen importantes temas pendientes de largo plazo, entre los que se encuentra la evidente desigualdad en la calidad de vida y la dificultad para satisfacer niveles mínimos de subsistencia, esto a pesar de existir los recursos suficientes. Ante tal situación, invito al lector a seguir esta propuesta que consiste en la modificación del actual sistema económico, pensada "post caída del muro de Berlín", es decir posterior a la discusión de un mundo bipolar, y que tiene por objeto perfeccionar la versión prevaleciente de economía social de mercado en orden a incorporar en ella el tema de la distribución de los recursos en forma explícita. O sea, se propone aquí ajustar los conceptos de la microeconomía a la realidad del hombre del así llamado tercer mundo. En primer lugar, convengamos que el mercado es un sistema de relaciones que regulan la interacción productor-consumidor basado en un sistema de incentivos económicos. Así, el mercado puede describirse como un mecanismo que funciona movido por una fuente energética, que son los incentivos económicos. El resultado de este proceso es el consumo de bienes y servicios por parte de la población y un incremento del capital de los productores, es decir se basa en la necesidad mutua para obtener mayores beneficios. Este mecanismo ha probado funcionar tanto en ambientes de alta concentración de bienes de producción como en casos de baja concentración, lo que sostiene la hipótesis de que la concentración del capital no es una condición necesaria para que el mecanismo de mercado pueda operar y cumplir su cometido, hipótesis de suyo necesaria pues sólo así es posible imaginar tal mecanismo actuando en un ambiente más igualitario en lo económico como el que aquí se propone. En segundo lugar está nuestra realidad, ambiente en el cual opera este mecanismo. Por un lado, somos el resultado de una mezcla de culturas, por ejemplo en latinoamérica se mezcla la indígena y la europeo-latina, de las cuales resulta un conjunto de valores y una priorización de ellos. Me interesa destacar entre estos uno comúnmente aceptado en el latinoamérica al menos, llamado el sentimiento de solidaridad, es decir aquello que nos infunde sufrimiento al adquirir conciencia del dolor ajeno, probablemente originado en la conciencia de clan del indígena y en el concepto cristiano del amor al prójimo (somos todos hermanos). Por otro lado, vivimos en un ambiente de gran segmentación social entre grupos privilegiados (ricos o medios) y los otros, la mayoría de pobres. De allí nace una contradicción evidente entre el sentimiento de solidaridad y el dolor por los "hermanos menos privilegiados". Si este sentimiento de solidaridad existe y si es causa de tal contradicción interna, es materia que el mismo lector puede analizar en su propio caso. De ser cierto,

le interesará seguir este artículo cuyo objeto es mostrar un método de superar esta contradicción intrínseca del modelo económico actual en nuestro medio. Una solución trivial, y que pareciera bastante eficiente por la cantidad de adeptos, consiste en trastocar la realidad de manera que sea posible ignorar la pobreza, para lo cual la receta es evitar el contacto (por ejemplo, erradicando a los pobres de los barrios de altos ingresos) y complementar con una ración de caridad y otra de esperanza en un futuro mejor por chorreo de la riqueza. Esta es una solución de uso tan generalizado que ha pasado a ser parte de nuestra idiosincrasia, la practicamos hace tanto tiempo que nos acostumbramos al punto de olvidar que lo hacemos. Sin embargo, en ratos de reflexión, como los que suelen tener con mayor frecuencia los jóvenes, pocos pueden justificarla en conciencia, el resto debemos permanecer con esa contradicción que pareciera no tener solución. Los impuestos, por otra parte, constituyen un forma de contribución institucionalizada para distribuir la riqueza y permitir financiar el llamado gasto social. El problema con esta solución es su carácter centralizado, que aparece en evidente contradicción con el sistema de mercado. En efecto, ello se evidencia en la permanente necesidad del sistema de mercado de disminuir los impuestos con el objeto de aumentar su "eficiencia" y con ello la competitividad de nuestros productos en el ámbito internacional, o sea son dos mecanismos (en alto grado) antagónicos. Además, en el fondo no es una solución en el ámbito de la económica (como lo es el mercado en el sistema de producción y consumo), es un endoso del problema de distribución de la riqueza al sistema político, el cual decide cuánto cobrar por impuestos y como distribuir lo recaudado en la población. Dado que los políticos son elegidos democráticamente, podríamos esperar buenos resultados si no fuese por la mencionada contradicción impuestos-eficiencia o mercado-centralismo. Hasta aquí el diagnóstico, necesariamente breve, de nuestra situación a mi entender. Paso ahora a proponer una alternativa de solución, la que parte por aceptar la necesidad de implementar un sistema distributivo eficiente y con sentido de justicia, y en consecuencia reemplazar el sistema de distribución de la riqueza vía tributación por otro con las siguientes características. a) Que complemente el mecanismo de mercado potenciando su rol en vez de contradecirlo. b) Que sea también un mecanismo, que al igual que el mercado productivo, esté basado en un sistema de incentivos a las acciones individuales. c) Que de una solución al problema de la distribución de la riqueza, independientemente de su grado de concentración, dentro del marco de la economía, es decir que sea una solución económica y no política, concentrando el juego político en la decisión de su aplicación y como operarlo. d) Que conduzca a un estado de mejor distribución de la riqueza sin comprometer la eficiencia económica; por el contrario, y de ser posible, que impulse el desarrollo económico. e) Una condición adicional, deseable aunque no estrictamente necesaria, es que el sistema modificado por el nuevo mecanismo sea compatible con el sistema económico actual, en el sentido de que pueda operar eficientemente en condiciones de borde con el mercado

internacional actual. Esto hace factible implementar el nuevo mecanismo con independencia de las decisiones de otros países. Así expuesto el problema, es necesario diseñar un mecanismo para cumplir con las características requeridas, ejercicio que podría denominarse de diseño económico. Como se trata de diseñar, llamo a la intelectualidad creativa a colaborar con esta tarea. Mientras tanto ofrezco un diseño a nivel de prototipo o ante-proyecto y que lo llamo el Mercado de los Derechos de Consumo. Este consiste en un mercado de características similares al conocido y del cual copiaremos su mecanismo básico. En este nuevo mercado, la sociedad debe acordar que: primero, todos los individuos tenemos igualdad de derechos para consumir los bienes producidos y, segundo, que el consumo dependerá del ingreso económico que cada individuo obtenga como fruto de su trabajo, iniciativa, creatividad, etc. Este segundo principio está garantizado en el mercado productivo actual y no será violado por el mercado de los derechos. La aplicación del primer principio es la novedad. Consiste en otorgar a cada individuo derechos de consumo de bienes y servicios por un total igual al consumo per-cápita de la población. Es decir, cada habitante dispone de ingresos (en pesos) y derechos de consumo (en dc). Los derechos de consumo se pueden entender como cupones que se entregan a todos los habitantes en igual cantidad en cada periodo de tiempo, mes o año, y que en total igualan el consumo total interno del país, incluyendo bienes y servicios nacionales e importados. Para adquirir un bien o servicio, cualquiera sea el individuo, debe pagar su precio en dinero, que lo saca de su ingreso como estamos acostumbrados; pero además debe pagar, en derechos de consumo, el monto en unidades dc asociado a ese bien. Así, es fácil prever que un individuo que recibe bajo ingreso (pobre) no podrá consumir los bienes equivalentes al consumo per-cápita y, al cabo del período (mes o año), le sobrarán derechos pues le faltará ingreso para consumir los derechos restantes. A los grupos que reciben mayores ingresos, en cambio, les faltarán derechos y les sobrará ingreso es ese período. Este fenómeno genera el incentivo para que los ricos estén dispuestos a cambiar parte del ingreso sobrante por derechos que les permitan aumentar su consumo por sobre el promedio per-cápita. Por otra parte, los pobres también ganan cambiando parte de sus derechos sobrantes por ingreso y aumentando así su consumo. Es decir todos ganan en la transacción o venta de derechos y por lo tanto se verifican las condiciones para un "Mercado de Derechos de Consumo", el que esta basado en el incentivo básico de todos querer consumir más. Como ejemplo supongamos que hay dos individuos, uno rico (R) y otro pobre (P) con ingresos de 90 y 10 al mes respectivamente (en alguna unidad monetaria, por ejemplo pesos); así, el consumo global es de 100 pesos. En un mercado tradicional R consume 90 pesos y P consume 10 pesos. Ahora bien, en un mercado de derechos, cada uno recibe 50 derechos al mes que es el consumo medio o per-cápita en este ejemplo. Para consumir, es necesario pagar el precio del bien en ingreso y entregar igual monto en derechos de consumo1. P puede consumir bienes hasta un valor de 10 pesos y le costaría 10 derechos, sobrándole 40 derechos; en tanto R consumirá bienes por valor de 50 pesos sobrándole ingreso por 40 pesos y gastándose todos los derechos que recibió. Así, P queda con 40 derechos y sin ingreso, mientras R queda sin derechos y 40 de ingreso; ninguno puede 1 La relación entre derechos de consumo e ingreso que se debe pagar por un bien, se puede definir en razón un peso por derecho.

aumentar su consumo pues le falta ingreso o derechos. Es obvio que ambos podrán consumir más si TRANSAN ingreso por derechos. Un estado de equilibrio es que P venda 20 derechos a R (la mitad de los derechos que le sobran) a un valor total de 20 pesos, con lo cual ambos pueden aumentar su consumo, P a 30 y R a 70, obteniéndose un efecto distributivo neto. Antes de analizar más detalles sobre este sistema, compuesto de dos mecanismos paralelos de mercado, precios y derechos de consumo, veamos si cumple con las condiciones deseadas. a) Se puede predecir que el nuevo mecanismo no impone una contradicción evidente entre ambos mecanismos. Más aún, se espera un aumento del consumo de los pobres y un aumento del ahorro por parte de los ricos (consumir es más caro en el mercado con derechos). b) Obviamente cumple con ser un mecanismo de mercado basado en incentivos individuales y de ajuste automático (no arbitrario). c) La distribución de la riqueza será más justa cualquiera sea el equilibrio final en el mercado de transacción de los derechos; el grado de mejoramiento es una materia de interesante análisis, pero se puede predecir a priori que la mejor distribución se obtiene cualquiera fuese el grado de concentración de la riqueza y de la propiedad de los medios de producción. En cuanto al cumplimiento de las dos condiciones restantes, la condición (d) es materia de estudio en orden a identificar el impacto en términos de la eficiencia económica global y, en cuanto a la condición (e), se requiere de un diseño adecuado del mercado en su interacción con mercados tradicionales (condiciones de comercio internacional, exportación e importación). Procedamos ahora a revisar algunas características de este nuevo modelo. 1. Resulta particularmente interesante el precio de equilibrio que adquieren los derechos, pdc, en unidades de ingreso por cada derecho ($/dc). Este valor será el natural resultado de las fuerzas de oferta y demanda de derechos en el mercado, lo que probablemente dependerá de aspectos culturales como valoración del ocio y propensión al ahorro. Además, este precio constituye un índice del grado de homogeneidad de los ingresos en la población; en efecto, el caso extremo en que todos los individuos reciben idéntico ingreso el precio pdc es máximo porque los derechos disponibles en el mercado se hacen muy escasos. 2. Un aspecto importante que requiere un delicado diseño es el cobro de los derechos. Debe haber un incentivo claro para que el proveedor de bienes y servicios finales (al consumidor) cobre tanto el precio como los derechos, de otra forma el mecanismo se tiende a viciar. Un mecanismo posible es el que opera con el concepto del valor agregado, es decir, donde cada elemento de la cadena de producción intermedia (no final) debe a su vez cancelar tanto el precio como los derechos. Sin embargo, a diferencia del precio en dinero, que se transforma eventualmente en ingreso o salario por el capital o trabajo, los derechos deben caducar pues en ello se basa su distribución igualitaria en cada período (mes o año). De allí que se requiere un diseño especial para este instrumento para lo que se deberá introducir la tecnología disponible para ayudar a superar las dificultades que se presentan.

3. Un resultado evidente de la introducción del mercado de los derechos es que los cesantes reciben un ingreso de subsistencia, el que se obtiene de la venta de la mitad de sus derechos; el resto de los derechos los puede consumir directamente el cesante. Esta característica puede también entenderse como un subsidio social al ocio. En este sentido, cabe notar que las sociedades desarrolladas en efecto subsidian a los cesantes, ociosos si se quiere, para asegurar un nivel de subsistencia. Aquí también cabe el diseño para desincentivar la cesantía con medidas específicas a ese sector. 4. Las transacciones de los derechos constituyen un mercado y se puede pensar en un sistema tipo "bolsa de los derechos" donde se encuentra la oferta con la demanda. El sistema financiero actual puede expandir su ámbito de acción para gestionar el mercado de los derechos; esto es, dar servicio a sus clientes en cuanto a recibir las remesas de derechos en cada período y transar los derechos que desee el cliente. 5. El mercado de los derechos tiene por objeto introducir un mecanismo automático de distribución de la riqueza, por lo tanto debe reemplazar aquellos impuestos que pretenden solventar obras de servicio social. En este nuevo orden económico tales impuestos son innecesarios pues cada habitante del país puede afrontar sus necesidades con sus propios recursos, luego los bienes y servicios pueden ser provistos por el mercado y los habitantes los demandan con dignidad por muy básicos que ellos sean; esto elimina el concepto de caridad económica y debe propender a un mejor uso de los recursos (eficiencia). 6. Otro aspecto que requiere diseño, y que introduce decisiones de orden político, es el definir si los menores de edad deben recibir el mismo número de derechos que los mayores. El problema a considerar es el incentivo implícito a aumentar el número de niños en cada hogar como una forma de captar mayor número de derechos en la familia y, de esa forma, recibir un mayor subsidio. Por otra parte, un niño sin familia que lo apoye se transforma en un ser "deseado" por la sociedad pues recibe una cuota de derechos que le permite subsistir y enfrentar sus gastos. Se puede pensar entonces en instituciones que administran esa cuota de derechos para menores sin familia. Por otra parte, el jefe del grupo familiar es responsable ante la sociedad de otorgar un nivel de vida acorde con los derechos que recibe por cada hijo; esto último es parte del sistema legal en algunos países con subsidio a los menores de edad. Todos los aspectos de diseño deben ser realizados con gran creatividad pues nuestra meta consiste en obtener un nuevo orden económico que supere al sistema actual. Aquí, superar significa que es dominante, en el sentido que el término tiene en la evolución de las especies. Para lograrlo, debe ser eficiente, es decir al menos competitivo en el sistema actual, condición necesaria que debe ser alcanzada por el diseño del nuevo sistema. Pero esa condición no es suficiente, pues no basta ser igual de eficiente que el sistema actual, sólo con eso no es dominante. El efecto dominante proviene de otorgar a la población, ricos y pobres, un sistema que les otorgue un mayor bienestar. Eso se logra, sin duda, por medio de institucionalizar la solidaridad, es decir dar cauce estable a ese sentimiento tan mentado. Con ello, se podrá resolver un conflicto humano que cruza toda nuestra sociedad, es decir, reducir nuestra angustia social y evitar así la necesidad de ocultarla. En todo caso, sin perjuicio de que un diseño meditado y creativo es sin duda un próximo paso ineludible en el análisis, no es menos cierto el argumento central de este artículo. Esto es, que resulta

perfectamente factible diseñar un sistema económico donde los enunciados de solidaridad y compromiso social quedan garantizados, pasando así del dicho al hecho. El prototipo de sistema presentado garantiza, sin asomo de duda, que se verifica un estado de mayor distribución de los recursos, sin que ello viole la saludable diversidad basada en los talentos y esfuerzos individuales, que es el estimulador básico del sistema de mercado tradicional. Finalmente, confieso desear sinceramente que este artículo merezca la crítica de otros, que incremente los entusiastas comentarios hasta ahora recibidos, con el objetivo último de madurar como sociedad, pasando de un estado basado únicamente en el beneficio individual a otro donde el sentimiento de solidaridad sea efectivo; ello requiere que enfrentemos viejos conflictos sin temor a innovar radicalmente en nuestro sistema económico-social.

Francisco J. Martínez

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1 mensaje

  • El niño como factor de la oferta del mercado de trabajo

    19 de octubre de 2009 20:27, por wilmor

    El niño como factor de la oferta del mercado de trabajo

    Hay una construcción concreta de la maternidad, el niño estaría determinado biológicamente para necesitar de una atención materna exclusiva, especialmente en sus tres primeros años de vida. La madre se supone así biológicamente determinada para proporcionar estos cuidados, el no recibirlos o no darlos resultaría perjudicial para el vínculo de la niña o niño con su madre (Bowlby, 1969).

    La evidencia empírica no corrobora esta perspectiva.

    En tales circunstancias los niños son objetos de una construcción adicional, la que los concibe como factores de la oferta del mercado de trabajo, que deben cuidarse para garantizar tanto una oferta de mano de obra adecuada, como un uso eficiente del recurso humano, de ahí la necesidad de una atención infantil alternativa no materna.

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