La difusión libre de conocimiento y obras intelectuales está en la raíz de la evolución que ha llevado a nuestras sociedades actuales. Esta libertad ha fomentado el desarrollo científico-técnico, el desarrollo social y político y, en general, el avance del conocimiento de la humanidad. Uno de los hechos que permitió esta libertad de difusión fue tecnológico: la imprenta disminuyó muy notablemente los costes de distribución de ciertos tipos de información y permitió el acceso de grandes capas sociales a producciones intelectuales a las que antes tenían muy difícil acceso.
Hoy estamos ante otro cambio tecnológico que permite nuevos modelos de distribución con costes aún menores y en condiciones que hace sólo unos años eran impensables. Si somos capaces de aprovecharlos, las posibilidades de producción y difusión de conocimiento se incrementarán de nuevo. Pero el esquema legal y con las restricciones impuestas por la propia tecnología pueden hacer imposibles estos cambios. O al menos dificultarlos mucho. Por eso es importante, cuando diseñamos cómo será el futuro (y lo estamos haciendo día a día, a golpe de legislación y de tecnología), considerar dónde estamos, y dónde podríamos estar.
De la imprenta a Internet: nuevas posibilidades
Como tecnología, la imprenta permitió en su momento hacer copias de información en grandes cantidades. Teniendo en cuenta los recursos que requería la copia a mano, la reducción de coste fue tan grande que permitió una forma de difundir el conocimiento completamente nueva. A su alrededor, con el paso de los siglos, se creó toda una arquitectura legal y social, que no ha cambiado sustancialmente desde hace 200 años . Cuando han ido apareciendo nuevas tecnologías para la reproducción de información (el fonógrafo, el cine, el vídeo) se ha adoptado para ellas el mismo modelo legal usado para la imprenta (cuyo núcleo es la legislación sobre propiedad intelectual). Y lo mismo ha ocurrido con la aparición de la informática y los programas de ordenador (que al fin y al cabo no son sino otro tipo de información que se puede reproducir a bajo coste en grandes cantidades).
Sin embargo con el paso del tiempo, y de forma especialmente acelerada en los últimos años, somos testigos de un cambio cualitativo. Ya no sólo es posible editar con bajos costes grandes cantidades de una misma información, sino que podemos hacer copias de casi cualquier tipo de información, en cualquier cantidad (desde un solo ejemplar hasta decenas de millones), y colocarla en cualquier parte del mundo, con un coste ridículos (al menos para los estándares del mundo rico). Nunca antes un autor había tenido la oportunidad de que su obra esté literalmente al alcance de decenas de millones de observadores (lectores, espectadores, oyentes) potenciales, repartidos por todo el planeta, prácticamente sin coste para él. Por supuesto, luego los consumidores potenciales se convertirán (o más probablemente no) en consumidores reales, pero esa es otra historia.
Es difícil imaginar lo que supondría disponer de estas posibilidades con objetos físicos. El equivalente podría ser el duplicador universal de objetos: una máquina maravillosa capaz de producir copias idénticas de cualquier ente físico, casi sin consumo de energía ni de materias primas, y que colocaría la copia en cualquier lugar que se le indique. Esto es justamente lo que tenemos en el ámbito de la información. Pero lo tenemos desde hace tan poco tiempo que aún estamos aprendiendo a usarlo.
Y aún hay más. Como la información está en un soporte completamente flexible, es sencillo modificar cualquier obra, componerla con otras, y colaborar en la creación de obras conjuntas. Lo que hasta hoy ha sido (salvo anécdotas) producción individual o de grupos muy pequeños (y muy coordinados) puede ser ahora construido por grupos potencialmente muy grandes, poco o nada coordinados, trabajando durante largos periodos de tiempo.
¿Qué seremos capaces de hacer con todas estas nuevas posibilidades? Aún es muy pronto para saberlo, pero algunos experimentos que ya están en marcha parecen indicar que los cambios pueden ser al menos tan importantes como los que en su día produjo la imprenta.
Qué se puede hacer, y qué es legal
Antes de estudiar cómo nos está limitando la legislación actual sobre propiedad intelectual, conviene considerar qué podría hacerse en su ausencia. Estamos tan habituados a ella, que a veces cuesta darse cuenta de que, por muy legítima que sea, y por muchos beneficios que nos pudiera estar proporcionando, es probablemente la mayor intromisión en la libertad individual que tenemos en las sociedades democráticas. Pero como a muchos esta afirmación les parecerá completamente exagerada, imaginemos por un momento ese mundo donde esta legislación no existiera, e imaginemos qué podríamos hacer con la información que recibiéramos en cualquier formato.
Inmediatamente nos damos cuenta de que la información se comporta, a efectos de su “consumo”, de forma muy diferente a los bienes materiales. Si yo tengo una manzana, y se la doy a alguien, ya no puedo comerla, ni dársela a un tercero. Pero si tengo un programa de ordenador, una novela en formato electrónico o la grabación digital de una canción, la máquina perfecta de copia de la que hablábamos hace un poco (la suma de la informática más Internet) me permite darle una copia a quien quiera, seguir “consumiendo” la obra cuantas veces quiera, y seguir repartiendo más copias en el futuro. Ninguno de los que interviene en una “transacción” de información (ni quien la recibe, ni quien la “da”) está en principio motivado para impedirla aunque no reciba contraprestación. Quien la recibe, porque queda claramente beneficiado. Quien la da, porque no pierde nada, y quizás gane algo, aunque sólo sea en términos de agradecimiento del receptor. Esto marca una diferencia muy importante con respecto a los objetos físicos. Ahí si hay motivos claros para no “cederlos” a otra persona: si lo haces, te quedas sin él. Mientras que cualquiera que tenga un objeto físico puede estar motivado para defender su “propiedad” sobre él, quien tenga un documento digital no tendrá, en general, motivos para oponerse a que otros obtengan copias.
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Enero de 2003
©2003 Jesús M. González Barahona.
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