Hay una falsa modestia que es vanidad; una falsa gloria que es ligereza; una falsa grandeza que es pequeñez; una falsa virtud que es hipocresía; una falsa santidad que es vileza. (La Bruyère)
En mis vacaciones de agosto este año he viajado a Roma, la ciudad eterna. Quería saborear el olor milenario de sus monumentos , las tonalidades ocres de sus calles, la alegría perenne de los italianos, el placer de sentir ese “far niente” estival que impregna cada rincón de la ciudad.
A pesar de que cada día estoy más alejada de las "verdades reveladas" y basadas en la irracionalidad, no dudé en dedicar una tarde a visitar el Vaticano, no sin cierto recelo por el rechazo que me produce cualquier organización que contemple la represión, la imposición y el liberticidio dentro de su ideario. El contemplar las obras de Rafael y Miguel Angel en la Capilla Sixtina fueron el aliciente que impulsó finalmente mi visita.
Tras esperar más de media hora la cola de visitantes y turistas después de haber pasado por el control inicial del escáner, ví a lo lejos un hombre rígido, con cara tensa y mirada perdida que en un segundo control iba dejando pasar a unos y echando para atrás, en un espacio vallado aparte, a otros. Según me iba acercando a este segundo control iba viendo cómo algunos y algunas increpaban a este hombre encorbatado (a pesar de los casi cuarenta grados a la sombra), y mostraban su indignación, algunos de manera acalorada. Ya cerca de él, sólo con cuatro o cinco personas delante de mí, descubrí lo que ocurría en ese segundo control de acceso al inmenso y ostentoso recinto “sacro”. Pude ver una especie de panel con unos dibujos y unas palabras en inglés que marcaban cómo se podía acceder y cómo no, según la vestimenta que se llevara puesta. Obvia decir que el acceso estaba prohibido a los que no llevaran pantalón o falda larga y llevaran los brazos al descubierto.
En pleno mes de agosto, a las cuatro de la tarde y con un calor bochornoso, lógicamente pocos eran los que iban vestidos de invierno. La mayoría éramos turistas e íbamos vestidos para sobrellevar los tremendos calores de agosto. Sólo los afortunados que iban en grupos organizados y ya prevenidos de esta norma, no tenían problema de acceso.
En el momento de cruzar este trasnochado control, el hombre rígido y surrealista me dió el alto con una mano mientras señalaba el absurdo panel informativo con la otra. Yo le pregunté el porqué de lo que yo considero un despropósito puesto que mi pantalón corto a media pierna y mi blusa de tirantes no es un atuendo ni muchísimo menos indecente como para impedirme acceder dignamente al templo cristiano; el hombre de cara monolítica y mirada perdida ni siquiera me miró, ni mucho menos articuló palabra y se limitó a marcarme con su mano el recinto de las “indecentes”, y digo “las” porque en ese pequeño vallado la mayoría eran mujeres. Insistí una vez más preguntándole la causa de que un simple atuendo femenino veraniego fuera incompatible con el hecho de entrar en un recinto religioso público (tuve muy en cuenta que el Vaticano se financia con dinero público de muchos países del mundo, entre ellos España, es decir, dinero de los ciudadanos a los que ese señor estaba impidiendo el paso).
Como mi insistencia no obtuvo respuesta a la vista del inmóvil semblante de este personaje que Valle-Inclán no hubiera dudado en definir como esperpéntico, me dirigí al espacio de los “rechazados” llena de indignación y con la sensación de haber retrocedido varios siglos en el tiempo. Allí permanecimos un rato absortas en nuestro asombro mujeres de distintas nacionalidades, que nos mirábamos cómplices y perplejas, y nos sonreíamos las unas a las otras como para apoyarnos en el despropósito que estábamos viviendo. Intercambié algunas palabras con una mujer inglesa de mediana edad que me decía que no entendía lo que ocurría; también hablé un rato con una chica peruana cuyo “pecado” era llevar blusa con tirantes y no tapar sus brazos; como llevaba pantalón largo le sugerí que comprara un pañuelo en la tienda de al lado (dentro del recinto del Vaticano y, por supuesto, de su propiedad) y se cubriera los hombros, como veíamos que hacían algunas, para intentar pasar si es que tenía interés en ello. Me contestó algo que yo misma estaba sintiendo; me dijo que ya no le interesaba entrar en el macro-templo católico porque se había sentido insultada y humillada como mujer y como ser humano.
Tenía razón; los minutos que permanecí en ese insultante apartado los dediqué a observar cómo había mujeres que, en su insistencia por entrar aun a costa de tapar “su indignidad”, convertían pañuelos en faldas o blusas. Otras se bajaban las faldas en lo posible o se ponían camisetas de los maridos para esconder “decentemente” su cuerpo.
La verdad es que estábamos siendo testigos y, a la vez, objeto de una ridícula discriminación más propia de zotes retrógrados y tiranos que de ciudadanos del siglo XXI, discriminación que nos hacía sentir avergonzadas, en mi caso no por lo que ellos pretendían (por llevar mis brazos desnudos), sino por constatar in situ la estupidez, el sinsentido y el alejamiento de la verdadera espiritualidad de la Iglesia Católica. Lo que a simple vista no es más que una mera anécdota puede considerarse como un símil que refleja la verdad de las religiones y los fundamentalismos.
Tras la escena, que en apariencia era de una comicidad surrealista y que visto desde afuera pudiera parecer un gag de una película de Fellini, se esconde, sin embargo, algo muy serio. ¿Qué tiene de indecente o pecaminoso el cuerpo humano, especialmente el femenino? ¿Porqué las religiones se han propuesto a lo largo de la historia hacer creer que lo natural es indigno y lo bello es pecado? ¿..es que el dios con el que compran nuestra voluntad reniega de su propia creación? ¿Porqué el catolicismo insiste en hacernos sentir a las mujeres como indecentes si no cubrimos nuestro cuerpo? ...Y no se trata de situaciones fuera de lugar, ni siquiera de guardar ninguna norma social, cívica ni de buen gusto. Las mujeres a las que nos impedían el paso éramos mujeres normales, vestidas en absoluto indecorosas y que no caíamos en estridencias de ningún tipo.
Aún en el vallado de las impropiamente vestidas, me vinieron a la mente las miles de mujeres sacrificadas por las religiones a lo largo de la historia, desde la científica y matemática Hipatia, lapidada en el siglo IV, a tantas y tantas otras que, por libres, por inteligentes, por no someterse a dogmas obsoletos y opresores, por libertarias, por cultas, por republicanas, por sabias o librepensantes han sido víctimas de la irracionalidad, la represión y el fanatismo religioso.
Y me vino igualmente a la mente la palabra “decencia”, que en ningún modo es sinónimo de “hipocresía”, sino más bien de “dignidad”. Y es decente quien es honesto y es indecente quien impone unas normas hacia fuera que incumple desde dentro. ..Y me pregunto..¿Es decente impedir el paso a quien no tapa su cuerpo y protege, sin embargo, a pederastas? ¿Es decente preconizar unas normas de vida rígidas, intolerantes y radicales a la vez que atemorizar con la idea de pecado y castigo eterno, mientras se apoyan dictaduras y se cometen genocidios?, ¿Es decente inducir a la discriminación y al rechazo de los que piensan o sienten diferente?, ¿Es decente hablar hipócritamente de amor al prójimo mientras no se respetan los derechos humanos fundamentales y se practica el más exacerbado sectarismo?, ¿Es decente exigir la humildad en los adeptos cuando se es poseedor de la mayor fortuna del planeta?, ¿Es decente utilizar como “tapadera” la supuesta ayuda al tercer mundo cuando el tercer mundo ha sido saqueado, explotado y destruído, entre otros, por ellos?.
Hay mucho que investigar sobre el tema y mucho que reflexionar para liberarnos de tanta idea siniestra que nos han impuesto con calzador para adoctrinarnos desde la más tierna infancia. Como dijo Gandhi, religión y espiritualidad son conceptos muy dispares, y cada día me convenzo más de que el laicismo no sólo es deseable, sino necesario.
Náyade Urrero
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