
Una muestra más de la sociedad en la que vivimos y los principios que la rigen lo encontramos en el intento de independencia de Tíbet y la represión china. En la situación actual y en el caso de China a Occidente, y sobre todo a Estados Unidos, le da igual que China ocupara militarmente un país libre, que ese país siga intentando recuperar su independencia, que se atente de manera palmaria y cruel contra los derechos humanos má elementales tanto en el Tíbet como en el resto de China, que se expulse a cualquier periodista que pueda ser cronista independiente de la situación,... lo que cuenta para nuestros dirigentes y para las multinacionales es el enorme negocio que supone el acercamiento del gigante chino, con la mitad de la población mundial, a la economía de mercado, a una sociedad cibercapitalista asentada sobre la pantomima de una democracia bipartidista y partitocrática que narcotiza y disuelve cualquier intento de plantear otro reparto de la riqueza más justo, o simplemente, de que las personas sean más importantes que los beneficios económicos.
En este contexto es, aunque injustificable para mí, comprensible que todos los gobiernos de Occidente y quienes los dirigen desde las multinacionales miren para otro lado y hagan sus cuentas de lo que supondrá la realización de las Olimpiadas y la puerta que se ofrece así a los dirigentes y empresarios chinos para formar parte del club.
Seguramente, estas líneas no servirán para ayudar a ese pueblo y a las personas que en China y en todo el mundo sufren y mueren para que otras personas se enriquezcan y gobiernen nuestro mundo a su antojo, pero no quiero quedarme callado, quiero, al menos, mostrar mi solidaridad con esas gentes, quiero gritar ¡basta ya! de hipocresía, de mirar para otro lado, de aceptar situaciones en las que está en juego la vida de seres humanos y sus derechos son pisoteados sistemáticamente ante el silencio y la aceptación de la comunidad internacional.
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