La cooperación al desarrollo es una de las últimas subherramientas de la colonización del poder occidental al resto del mundo. Emanada de la democracia, los derechos humanos y el progreso contribuye a completar la aniquilación de la existencia plena del individuo, de las otras culturas diferentes y de la vida de la especie en el planeta iniciada a partir del siglo XIII en Europa y hace más de quinientos años en el resto del mundo.
Al primer exterminio en nombre del Único Dios Verdadero le ha continuado el exterminio democrático, el que refuerza la cooperación al desarrollo al atribuirse la misión de mostrar a todos los colectivos, pueblos y países atrasados del mundo la única vía de progreso, la verdadera expresión de la naturaleza humana: la Democracia occidental.
Al misionero, al militar, al negociante, al político, al filósofo humanista, al científico se les ha añadido la hermanita roja de la caridad, que siente en muchos casos la necesidad de llenar su vacío existencial. El expolio económico y el sometimiento político-militar se completan con la agresión mental de la ayuda humanitaria, que está alcanzando éxitos sin precedentes históricos en la extensión de la homogeneización mundial en torno a unos valores radicalmente liquidadores de la plenitud de todo individuo y que conducen al exterminio de la especie por parte de una minoría democrática, avanzada, libre, igualitaria y justa.
La esquizofrenia miope y destructiva del actual Occidente Moderno construye sus cimientos en el antropocentrismo que se manifiesta en la democracia individualista, en el progreso material -producción y consumo ilimitados de artefactos y servicios mediante los avances tecnológicos -, y en la razón científica como única vía legítima de conocimiento.
Progreso y Democracia (el libre mercado al que va ligada y las dependencias económicas, políticas y sociales que genera se obvian intencionadamente), los objetivos últimos de los justicieros universales, de los salvadores de un mundo que no quiere ser salvado. “¡No me des la mano, quítamela de encima!”. Para trasvalorizar con los Verdaderos Valores Humanos a las otras culturas que todavía mantienen penosamente su independencia, los occidentalistas deben primero destruir la plenitud de sus presentes. De otro modo jamás verían a Occidente como el modelo a admirar ni a sus valores como los Únicos Verdaderos.
Es en este proceso de aculturación, de agresión mental individual y colectiva, cuando la personas se desorientan, pierden confianza en sí mismas y en sus comunidades, cuyos mecanismos quedan desmembrados. Estalla así el hambre, la miseria y la guerra permanentes, que refuerzan la superioridad del progreso y de la democracia occidentales.
Al fin emerge claramente un Primer Mundo a imitar por un Tercer Mundo. De tener éxito este proceso, acabaremos por no poder soportar nuestra soledad.
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