En un período de la humanidad en que la velocidad de los cambios culturales, sociales y económicos no dan tiempo al acomodamiento lento y eficaz de las conductas humanas, donde el revolucionario contexto tecnológico y el abrumador volumen de información ahoga o por lo menos sofoca con sus luces y formas multi-mediáticas, el valor de la educación y la educación en valores vuelve a ser un lugar de anclaje, de bolsón de aire que nos permite respirar.
Nos encontramos en un sistema que nos ofrece en forma constante desarmonías entre nuestras expectativas y la posibilidad de logros, con los concomitantes riesgos que entrañan la posibilidad de baja de nuestra autoestima. Estamos sumergidos en los medios masivos de comunicación, invadidos en forma constante por la publicidad, propagandas, promotoras, en un torbellino de consumo donde se lo sacraliza, y por supuesto si hablamos de sagrado, debemos construir templos. Surgen así los gigantes shoppings, donde circula la gente, donde los productos siguen siendo sagrados, ya que nunca los podremos alcanzar, o si tocamos uno, al otro día hay otros diez inalcanzables.
Tenemos en cuenta dos dimensiones en la educación, por un lado, de ser motora de la reproducción social o integración en el sistema sociocultural dominante en el territorio al que pertenecen sus habitantes, y por otro lado, como liberadora, potenciadora del crecimiento personal y colectivo, produciendo cambios sociales, culturales y políticos que generan el progreso en los ámbitos como el de las libertades, los derechos, las criticas, la participación y control del poder de los ciudadanos. Son validas estas razones como para alentar la profesionalización de la tarea.
Tarea nada simple, ya que estamos en un mundo de inmediatez, y los procesos de cambios generados en la educación tiene sus verdaderos frutos a mediano y largo plazo, diluyendo el encanto de la misma frente a aquello que esta sociedad nos enrostra en cada momento, siempre con la zanahoria frente a la boca sin poder alcanzarla. Como docente me preocupa la situación micro-social de las aulas,( sin descuidar u obviar la realidad macro-social de la realidad nacional), por lo tanto propongo concentrarme en la misma...
Pero para hacer una defensa y fortalecer la educación creo interesante punzar en un lugar doloroso y sombrío como es el trato cotidiano de las actitudes, conductas y valores en la vida cotidiana de las aulas, patios, rincones y producciones de la escuela, como son sus evaluaciones.
Se exige participación en las clases, esfuerzo en el trabajo cotidiano. Pero esta participación es valorada frente a una media del grupo, frente a la "gracia" del docente o a la diferencia de cantidad de veces que se levantan la mano, para exponer pensamientos.
¿ Son estos pensamientos develados al exterior, arrojados a la ronda de la clase en función de compartir saberes, de interactuar con los otros, o simplemente es un favorecerse de la posibilidad particular de exponerse frente a los demás, de ser centro de la atención del grupo-tarea, endulzado por la mirada del docente, que se regocija en la actuación a veces alienada de los alumnos, favorecido por un sistema educativo que no sabe como evaluar-calificar y no se pregunta, si es necesario calificar los procesos actitudinales de los alumnos? Si hacemos un recorrido de los curriculum educativos, el tema de los valores y las actitudes, es una concepción emblemática de la Institución Educación. Están claramente explícitos, incluso plasmado en los informes evaluativos, (se porta bien - más o menos - o mal), pero nunca he podido percibir la correlación entre lo evaluado de lo actitudinal y los procesos de adquisición de conocimiento y saberes, en ocasiones cuantificados. En los escuetos resúmenes de la vida de un sujeto que aprende no puedo dilucidar como los docentes hacemos "las cuentas" para ayudar, "darle una mano" a aquellos alumnos, que según el docente son "de los buenos", en la famosa fórmula de la nota de concepto.
Más de una vez se habrán encontrado con un colega poniendo la nota de calificaciones de sus alumnos en el salón de profesores o en la cafetería de la escuela, y ya que estabamos cerca, nos preguntaba ¿qué tal, tal alumno?, y después de brindarle nuestra inocente aproximación de los quehaceres del mismo, lo habíamos ayudado a calificar un proceso, "crucificando" o no al alumno. Pero que inteligente que somos... en una charla de unos minutos y a veces uno solo, hemos modificado la nota final de su proceso, a través de la nota de concepto, y tan inteligente somos... que se la modificamos a un colega, sin saber cual fue el camino transitado de ese alumno en la particular situación con tal docente.
Si lo meditáramos aunque sea solamente cinco minutos en la forma que colocamos los conceptos, que intentan dar cuenta de las actitudes de nuestros alumnos, no creo que nos animaríamos a colocarnos de jueces de valores y actitudes.
Quien no se a puesto a charlar en la "cocina imaginaria" de alumnos y sus conductas, en la que se transforma la sala de profesores (si la hay en la institución, por que sino, no se preocupen, algún pasillo no faltará), en breves instantes dos o más docentes aniquilan a sus alumnos con sus conceptos, sin tomar en cuenta que las grandes meditaciones fueron echas en un tiempo compartido de quince minutos, dividido en la necesidad de pasar por los sanitarios, completar los libros de tema, tomar un té o café instantáneo acompañado con una galletita, leer el cuaderno de comunicados, dar un vistazo a la pizarra por las dudas, además de hojear si hay algún cursillo que eleve nuestra alma o alguna propaganda de vacaciones promulgada por nuestro afables sindicatos. En esos minutos milagrosos de los recreos hemos sumergido o elevado el proceso educativo de algunos alumnos, por supuesto, asépticos de los prejuicios históricos que además llevan como rótulo, no solo el alumno en forma individual, sino las de las divisiones, años o grados, o como les guste agruparlos, "ese grupo es un desastre, ninguno estudia nada, no tienen salvación"... La educación de valores no es una practica reproductora, no se puede asociar a las practicas inculcadoras de determinados valores, sino debe entenderse como un espacio de cambio y transformación personal y colectiva, como un lugar de emancipación y autodeterminación, no es una practica que debemos confundir, con la educación religiosa, educación política, la educación cívica y social, sino es un proceso de construcción de criterios morales propios, solidarios, actitud que supone una cooperación en situaciones que suponen conflictos de valores.
Pero volviendo por las aulas, este participar activo esta bien valorado, por lo tanto bien calificado, pero, ¿que sucede cuando aquellos alumnos más tímidos, o los que no están de acuerdo, en consonancia con la modalidad educativa del docente de turno, o con los conceptos vertidos en las cátedras, no son tan participativos?. Recordemos que la elección de los contenidos, situación de elaboración intima, y sus relaciones significativas y afectivas, tienen mucho de subjetivo, además de no comprender, los vínculos generados en las relaciones áulicas (trama que aparece en la mayoría de las ocasiones ocultas o muy tamizada, velada, en cada persona). Hay dos situaciones interesantes a tomar en cuenta, por un lado la relación del alumno frente a los contenidos, temáticas, áreas de desarrollo, que van a acercarse o no a los intereses de los alumnos y las manifestaciones emotivas concomitantes,por ejemplo, podemos pensar que en educación sexual, la temática del SIDA, en la vida adolescente, probablemente esté muy cercana a las necesidades de su vida cotidiana. Por otro lado tenemos que tomar en cuenta al docente , por mas que algunas posturas tratan de negarlo, son personas, humanos que tienen matrices internas no tomadas en cuenta, o negadas según la red de relaciones que en las instancias psíquicas fueron constituyéndose en el sujeto. Pero se habla (y se exige) de participación, de esfuerzo, nos referimos a cuestiones actitudinales en el sujeto, ¿pero con que criterio los calificamos (cualificamos)?, ¿ con nuestra propia subjetividad? , tamizada por modelos que fueron moldeados, en parte, antes de nuestro propio nacimiento, y a lo largo de nuestros evolutivos y eventuales acontecimientos que nos atraviesan, que nos dejan inscripciones imposibles de borrar, etc. No estoy argumentando que no debemos evaluar o tomar en cuenta las actitudes de los alumnos, sino de no calificarlos. Me parece de suma importancia observar, llevar un registro de las actitudes. Pero en función de visualizar ayudas, correcciones en los procesos de aprendizaje, proceso que es propio del alumno y no de nuestro dominio, de nuestra propiedad.
Propongo evaluar y calificar solo los productos (auténticos, nacidos del alumno), con un seguimiento a lo largo del proceso cognitivo, emocional, y actitudinal. Entrañando una gran preocupación por el desarrollo de los valores y las actitudes, a través del seguimiento y devolución dialéctica con el alumnado, no una devolución anecdótica y moralizante desde nuestra propio parcialidad.
Pero seria un equivoco negar la valoración de las actitudes de los alumnos, aquello que le pone sal a la educación. Quizás estuviésemos, entonces, volviendo a teorías del aprendizaje donde solo era importante la producción, el producto, y extraído en forma mecanizante, diríamos, alejado de lo humanizado. Creo en la necesidad de generar valores y actitudes positivas, pero no a través de la coerción de la nota de aprobación, de promoción.
Desde mí practica cotidiana docente, genero valores y los exijo desde una actitud activa y personal, donde valoro las producciones autenticas de los alumnos, por ejemplo, esas cuestiones pasadas de moda como la de comenzar y terminar las clases en horario, pero "marcando tarjeta" sino por respeto al tiempo de los alumnos y de la institución (privada o pública) que me contrate. ¿Cómo podemos pedir explicaciones a los alumnos de sus llegadas tarde a clase o su ausencia, si habitualmente comienzo la clase diez minutos después? Pero seguro el docente, siempre tiene algo que atender de mucha importancia. Educar a través del ejemplo, afirmación sostenida en forma constante por decenas de docentes de los cuales he sido alumno, afirmación escrita con la mano y borrada con el codo.
Pero lo anteriormente dicho entre interrogantes, es una vanalidad al lado de querer enseñar metodología de avanzada, conceptos innovadores del tipo pedagógico, y como docente utilizo la didáctica de dos décadas atrás, y no digo, no valorar lo pasado, sino ser consecuente entre pensamiento y acción, didáctica y practica pedagógica, actitudes y hábitos.
No se puede enseñar la concepción del aprendizaje significativo, con la didáctica derivada de la investigación y su consecuencia pedagógica de Skinner. Propongo brindarnos como un lugar de identificación, no único, ni el mejor, sino uno lugar propio, autentico, ni blanco ni negro, con todos los grises que el desarrollo de las personas y la construcción de los valores van matizando, proponerlos en silencio activo, no imponernos. Desde una posición critica y transformadora de la realidad, lejos de ser neutra y blanca pureza, inspiradora en parte en los guardapolvos inmaculados de los docentes.
Un lugar de identificación donde tengan donde asirse en una condición voluntaria, brindando para que puedan rescatar o no, algunos rasgos del accionar cotidiano de la vida en el aula. Creo en el esfuerzo, por eso me esfuerzo en cada clase, mostrando el interés por mi trabajo y por el progreso de mis alumnos.
Creo en el respeto y la tolerancia, y respeto a mis alumnos en lo que concierne a su propia identidad, su bagaje histórico, su tiempo, etc. Creo en la autonomía e independencia de mis alumnos, que moldean una visión critica de la realidad, para que la misma no "abuse" de ellos. Por eso respeto su modalidad propia de abordaje del conocimiento, sabiendo que cada uno de ellos tiene un potencial particular, una forma diferente de comprender el mundo que los rodea, no solo desde su entorno socio- cultural, sino de aquello que traen con sus inscripciones genéticas, que son facilitadoras del uso de las inteligencias, no solo valorando las occidentalmente reconocidas como lo es la inteligencia lógico-matemática y lingüística, sino también las cinético-corporales por ejemplo. Creo en la necesidad de formar sujetos activos y protagonista de sus propios aprendizajes, por eso me brindo activo y participativo de sus procesos. Simplemente lo que propongo, es actuar con suficiente coherencia con lo que se predica.
Siendo la educación el campo propicio para generar procesos de heteronomía moral, de adaptación en sentido estricto de las normas, valores y actitudes establecidas como deseables en el ámbito social y de regulación y autorregulación de criterios externos, ejerciendo un poder optimizante en el ejercicio de la libertad, no solo de actuar, sino de pensar y de querer solo el ejercicio de la responsabilidad legal, sino autentica
Bibliografía:
La causa de los Niños. Dolto Francoise. Editorial Paidós. Bs. As. Argentina .1987
La dificultad de ver lo obvio. Feldenkrais, Moshe. Ed. Paidós. Bs. As. Argentina 1996
El nuevo pacto educativo. Educación, competitividad y ciudadanía en la sociedad moderna. Tedesco, Juan Carlos. Ed. Anaya. Bs. As. Argentina .1995
Sociología de la educación. Bonal, Xavier. Ed. Paidós. Barcelona. España. 1998
Monografía de Miguel Martínez Martín: la educación moral
Con ojos de niño. Tonucci, Francesco. Ed. Barcanova. Bs. As. Argentina. 1998
formación_y_cursos.htm - Para pensar
simbióticas