A modo de introducción: desmitificando las tecnologías.
“La tecnología no es algo inevitable, sino algo diseñado, que se puede criticar, cambiar, socavar, transformar y, de vez en cuando, ignorar para subvertir sus tendencias limitadoras y totalitarias; ya estén provocadas por los estados o por los mercados”. (Lovink, 2004: 47).
A pesar de las aceleradas innovaciones que presenciamos diariamente, los cambios de paradigma tecnológico tardan tiempo en asentarse; años e incluso décadas. Y, en ese proceso de acomodo, dan pasos adelante y atrás, en una dirección y en otra. Inicialmente, aunque espoleadas por la imaginería militar, las nuevas tecnologías fueron desarrolladas por universidades y hackers. Tras una segunda fase de “misticismo cibernético” (el Big Bang digital) en torno al descubrimiento del ciberespacio (la era de los años noventa1, por ejemplo) y de la condición de originalidad de las redes telemáticas (capitaneada por el auge y caída de la puntocom.manía), ahora estamos emplazamos en un momento distinto, esencialmente diferente. Internet tiene ya una historia. Nos hemos instalado en una fase clave para la socialización de dichas tecnologías. Se abre una etapa que ya no se caracteriza por las deslumbrantes novedades o las portentosas primicias. Vivimos una suerte de segunda juventud, un período de redefinición y pugna entre diferentes visiones de lo que son (y pueden llegar a ser) las nuevas tecnologías; un paso caracterizado por el acceso masivo a la red (la aparición de las “cibermasas”) y en el que la información es un nuevo entorno natural donde moverse. Dicha transición ha superado la etapa más romántica y mitológica, y se encuentra en un punto más pragmático. Es por ello que el ciberespacio es aún un universo en expansión, un proyecto inacabado, un experimento vivo, una revolución digital permanente o un “mundo en construcción”2. Aún así, aprovechemos la ocasión, los nuevos medios no serán nuevos siempre.
Si algo hemos aprendido en estos años es que Internet no es un don divino ni una caja negra cerrada ni un objeto natural y monolítico. La tecnología es modificable por la acción humana, por aciertos y errores. No es, necesariamente, un producto terminado y listo para consumir. Todavía más, las tecnologías no están dominadas únicamente por factores técnicos ni mucho menos. Cada vez se encuentran más hibridadas y entrelazadas con culturas, valores, usos, usuarios/as de carne y hueso, políticas, regulaciones, maginarios e ideologías, etc. No están subsumidas ni determinadas por una lógica de máquina pura sino que son artefactos sociales. Por ejemplo, la fuerza motriz de la cultura digital no es el hardware, sino la gente3. Más aún, Internet no es un mundo paralelo, está en este. Las nuevas tecnologías y los medios digitales no forman un espacio separado y distanciado del mundo material y cotidiano; son partesintegrantes del mismo. Tampoco van a trasmutar la naturaleza humana hasta hacernos radicalmente distintos (malvados o bondadosos) ni fomentan el “choque de civilizaciones” de Huntington (más bien el “choque de ignorancias” de Said). Confundir Internet con la televisión (Sartori), todos los medios de comunicar con las industrias culturales (Escuela de Frankfurt) o el medio con el mensaje (McLuhan) ayudan poco hoy en día. Seguramente sea un problema generacional4. Y las respuestas fáciles, inmediatas o maximalistas no siempre son las mejores. De hecho, la más furibunda crítica antitecnológica izquierdista de los años setenta y ochenta pecó de excesiva tecnofobia, debilitándose atrapada en contradicciones irresolubles (aunque a veces colea). La más ingenua glorificación de la divina tecnología arrastra, por su lado, un conformismo inocente e inoperante. Busquemos un punto medio.
Otra intuición que nos as alta es que, frente a la versión más extendida, Internet no es un lugar paradisíaco para el mundo económico; o, por lo menos, no más que cualquier otro espacio (material o inmaterial). El despliegue corporativo y consumista sobre las nuevas tecnologías no ha sido mayor que la mercantilización ya existente sobre el resto del mundo social. Las más terribles profecías sobre la omnipresencia empresarial en el terreno virtual no se han cumplido. El “populismo de mercado” (neoliberalismo) habita en todos los lugares (dentro y fuera de la Red) de una manera bastante similar. Dos casos avalan esta intuición: el desastre de las punto.com (año 2000-20015), el debilitamiento de la “fiebre del comercio electrónico” y el fracaso de la banca electrónica6. Esto no niega el voraz apetito de las empresas por hacer del ciberespacio un campo económico donde sembrar, cosechar y recoger. Lo que demuestra es que dicha estrategia no ha sido tan exitosa como nos hicieron pensar inicialmente. Dicho de otra forma: las redes telemáticas no son el coto vedado de los grandes capitales, por mucho que siempre estén ahí. Internet no es más funcional para el mercado que cualquier otro objeto o mercancía insertos en una sociedad capitalista como la nuestra. En la misma línea, según los últimos informes especializados (eEspaña, 2003; Accenture, 2003; Informes Telefónica, 2003) se corrobora el estancamiento e incluso una ligera regresión de nuestro país en la participación y en el desarrollo de ese ente difuso y ambiguo que es la “Sociedad de la Información”. Confirmación de esta tendencia explicaría el cuestionamiento recibido por el Plan Info217 (Plan de la administración española para la implantación de la sociedad de la información, dotado con 4572 millones de dólares) y la inesperada puesta en escena del Plan España.es8. Dicho estancamiento queda representado en la exigua confianza hacia cuestiones como la administración virtual o el todavía controvertido voto electrónico. Habría que destacar, además, que, a pesar de la penúltima posición de España en el índice general de desarrollo de la Sociedad de la Información en la Unión Europea, encontramos particularidades como el hecho de que nuestro “subíndice de eGobierno” presenta una posición relativamente elevada (accesibilidad a través de Internet de la Administración pública nacional y local, posibilidad de ejecutar transacciones económicas y administrativas, acceder a formularios on-line, etc.). Paradójicamente España, al tiempo que persigue la entrada en el grupo de las grandes potencias económicas (G-8), se sitúa en la 28ª posición de una lista que encabeza Suecia, Dinamarca, Islandia, Corea y Noruega según el Índice de Acceso Digital diseñado por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT9).
A nivel electoral las conclusiones son muy similares. La persuasión publicitaria de las campañas electorales tiene escaso eco en el ciberespacio, al menos en comparación con otros fenómenos. Los políticos españoles, independientemente de sus tendencias y colores, no aprovechan Internet como medio para conseguir votos10. Un ejemplo de ello es el website oficial http://www.candidato2004.net/, escaparate de las ofertas electorales para el votante a las elecciones europeas de 2004 y supuesto test programado para medir la “Internet electoral”: En este caso, el candidato más votado (Josep Borrell) únicamente recibió 201 preguntas durante toda la campaña (de las que respondió a 179), mientras que el candidato más preguntado fue Jaime Mayor Oreja con 207 preguntas (respondiendo a 191)11. Willy Meyer, candidato de Izquierda Unida, no pasó de 64 preguntas y Alejo Vidal-Quadras recibió 10 dudas. Hay que recordar que hubo más de 15 millones de votantes y que el censo lo componían más de 33 millones de personas (la abstención fue del 54%12). No parece ni que estemos hablando de un diálogo muy fructífero o elaborado ni que los votantes se hayan informado a través de Internet de sus opciones políticas. Las nuevas tecnologías todavía no son ese puente que acerca a políticos profesionales y ciudadanos.
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