Decía Ilya Prigogine, Premio Nobel y miembro de la Comisión Mundial de Naciones Unidas para la Cultura y el Desarrollo, que el siglo XX ha transformado a “un mundo finito de verdades en un mundo de infinita duda e incertidumbre” (Prigogine, 1995:4). Para aprender a vivir con la incertidumbre, a mi juicio, es necesario cultivar la creatividad humana -y recuperar el sentido original de “cultura” en tanto que acción de cultivar- para que los individuos, las comunidades y las sociedades puedan adaptarse con imaginación y capacidad de innovación a la nueva era global.
La Comisión de Cultura y Desarrollo, en su informe Nuestra Diversidad Creativa, no se refiere exclusivamente a la creatividad necesaria para la producción individual de un objeto al que se atribuye un valor estético (un objeto de arte) sino a la creatividad necesaria para inventar nuevas formas de organizarse en sociedad y crear nuevos sentidos. Tampoco debemos idealizar a las culturas, pues sabemos que la creatividad está circunscrita a una sociedad con determinadas instituciones, valores y limitaciones políticas.
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