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Cultura audiovisual y otros (des)equilibrios en la era de big brother

Omar González en Rebelion

Domingo 6 de marzo de 2005, por ediciones simbioticas


En 1878, un año antes de que tuviera lugar la Exposición de Paris, a la que José Martí dedicó una extensa crónica publicada en La Edad de Oro, las metrópolis occidentales eran dueñas del 67 por ciento de la superficie terrestre. En apenas ocho décadas, habían crecido a un ritmo de 214 mil 970 kilómetros cuadrados cada año, y su voracidad llegaría a tales extremos que, en 1914, en el momento de iniciarse la Primera Guerra Mundial, el 85 por ciento de esa misma superficie estuvo sometida, de una u otra forma, a la tutela de las principales potencias de Occidente. Fue tal su dominio que, como han señalado varios autores, prácticamente nada ni nadie, en ninguna parte, podía escapar de la influencia omnipresente del colonialismo y sus efectos en los más variados ámbitos de la cotidianeidad. “En Europa misma, sostiene el profesor Edward Said, a finales del siglo XIX, casi ningún aspecto de la vida quedó fuera de la influencia de las actuaciones imperiales” . Así, aquel largo proceso de brutalidad y muerte, que había comenzado bajo el estandarte de la civilización, prefiguraba lo que, con el pasar de los años, se conocería como globalización: un fenómeno que, en lo prevaleciente, no es sino la manifestación del capitalismo en todos los ámbitos posibles de la realidad. Martí, que vislumbró esta circunstancia como pocos en su época, nos advirtió del terrible advenimiento de los nuevos conquistadores, y nos legó para la eternidad la conjugación feliz de cultura, virtud y resistencia.

La infatigable labor política, periodística y literaria de aquel “hombre sencillo” que fuera José Martí, además de sorprendente por su hondura, diversidad temática e, incluso, por su extensión, adquiere hoy una actualidad que se renueva cada día, particularmente los artículos que dedicara al estudio de la sociedad norteamericana y al naciente imperio. En su reporte del Congreso Internacional de Washington, de 2 de noviembre de 1889, afirma, anticipándose a estos días de lucha, ALCA y Tratado de Libre Comercio:

“Los peligros no se han de ver cuando se les tiene encima, sino cuando se los puede evitar. Lo primero en política es aclarar y prever. Sólo una respuesta unánime y viril, para la que todavía hay tiempo sin riesgo, puede libertar de una vez a los pueblos españoles de América de la inquietud y perturbación, fatales en su hora de desarrollo, en que les tendría sin cesar, con la complicidad posible de las repúblicas venales o débiles, la política secular o confesa de predominio de un vecino pujante y ambicioso, que no los ha querido fomentar jamás, ni se ha dirigido a ellos sino para impedir su extensión, como en Panamá, o apoderarse de su territorio, como en México, Nicaragua, Santo Domingo, Haití y Cuba, o para cortar por la intimidación sus tratos con el resto del universo, como en Colombia, o para obligarlos como ahora, a comprar lo que no puede vender, y confederarse para su dominio”

[...]

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