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Cultura RAM

En Futurotopias

Lunes 30 de mayo de 2005, por ediciones simbioticas


Toda memoria ha sido distribuida. No hay nodos dedicados al almacenaje, espacios de sedimentación privilegiados. La memoria del conjunto del sistema está diseminada en toda su extensión, de forma heterótopa. Es cierto que cada lugar se erige en diferencial, y tiene por tanto una memoria de sí mismo que le es propia: pero sólo en relación a una economía de resonancia con el conjunto, a la manera de un gen o una minúscula mónada que conjuga infinitamente su diferencia flotante con el conjunto orgánico en que se incrusta.

Cada pequeña unidad recibe y reenvía, como un pulso, un flujo permanente de información refrescada en paquetes de código abierto, de tal modo que el conjunto se mantiene siempre retroactualizado. No hay homeostasis: el sistema se encuentra en permanente desequilibrio inestable.

Esos flujos tensodinámicos constituyen la forma misma que ha adquirido la cultura: no resta en ella nada de mirada al pasado, nada guiado por una compulsión de repetición. Ha dejado de darse bajo el imperio de Mnemosyne, para actualizarse ahora y en cada momento como pura estructura de las interacciones recíprocas. Su modelo no es más el archivo, sino la red, el estar en línea.

La totalidad del conocimiento flota y circula entonces sin descanso, sin acumularse ni congelarse en punto alguno. Ningún nodo capitaliza esa circulación efervescente. Lo que ahora ya llamamos cultura no tiene más por objeto el reconocimiento del parecido en lo diferente, la re-presentación, ni la regulación de lo que es por el recuerdo y la tensión de repetirse de lo que ya fue. Sino, y únicamente, la potencia de invención, por la gestión reticular de bloques cada vez más densos y distribuidos. No quedan, ni se hacen necesarios, los discos duros, la memorias ROM de lectura y recuperación: la calidad de los nuevos dispositivos de gestión del conocimiento se basa únicamente en su conectividad y capacidad de procesamiento.

Así, y ahora ya, toda la forma contemporánea de la cultura se asemeja a un dispositivo RAM. A una memoria de proceso: y su función no es más asegurar la recuperabilidad del pasado sino únicamente tensar la conectividad e interacción de los sistemas en el presente, para producir por su medio la intelección recíproca –y por su efectividad la invención heurística del futuro.

Lo que ahora está en cuestión –y a lo que sirve entonces la cultura- no es ya la reproducción social, sino la pura producción inventiva del mundo. En ese entorno la cultura se ha vuelto poiesis, política y performatividad autogenerante. Una mera articulación RAM que gestiona el interactuar recíproco de los muchos, la conjugación recíproca de sus códigos …

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