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Crisis del trabajador democrático moderno

Miércoles 11 de agosto de 2010, por colomer grau

Después de la gran borrachera especulativa y una resaca llena de pánico, parecida a aquellas en las que se despierta junto al cadáver de una desconocida, y que se apaciguó con la inyección de varios lingotazos de dinero, viene ahora el analgésico social. Volatilizado el dinero fantasma llega el momento de recurrir al dinero real, que es el del trabajador, para seguir sustentando precisamente la circulación del dinero fantasma.

La fórmula mágica del capitalismo para solucionar la crisis supone menos gasto público y un nuevo marco contractual para que las empresas vuelvan a contratar en lugar de despedir o amenazar con despidos, de modo que podemos observar una tendencia a la baja en derechos sociales y una paulatina reducción de los Estados desde que el sistema neoliberal se convirtió en hegemónico. Lo público se apaga y al público se le ponen nuevas cadenas, de tal modo que tras varios ciclos de recesión-recuperación-recesión los nuevos solicitantes de trabajo se encuentran cada vez más desamparados por el Estado y más predispuestos a firmar contratos que le desnudan por completo una vez le dan el reluciente uniforme de empleado.

No hace mucho Julio Anguita, con la sombra de la reforma laboral rondando, nos daba la bienvenida al siglo XIX(1). En cuanto a situación material de la gente, es evidente una proletarización de ésta. Ahora bien, en el siglo XIX los movimientos sociales estaban madurando, creciendo, adquiriendo fuerza; mientras que en el siglo XXI asistimos a sociedades desmovilizadas. ¿Qué ha ocurrido en ese tiempo?

Es curioso comprobar que a finales de los setenta y principios de los ochenta, los epigonales elementos revolucionarios que quedaban se concentraron en torno al consumo de heroína, anulándose con ello su potencial de movilización. Lo marginal asimismo absorbió la violencia social y a efectos propagandísticos favoreció su deslegitimación. Sin embargo, no todo el espectro abarcable por el sujeto revolucionario acabó enganchado a la heroína, y este elemento marginal de la desmovilización se vio complementado por la conversión de los trabajadores en consumidores de su propia individualidad, para lo cual se crearon multitud de objetos a los que podía tener acceso mientras por las noches se le arropaba y se le decía que los tiempos del hambre habían pasado. Con ello el trabajador quedó atomizado, aislado de cada compañero en la medida en que estos no son sino individuos diferentes con los que comparto un tiempo y un espacio, quizás también una cervecita o una juerga, pero nada más, pues ellos tienen su vida y yo la mía, pues ellos trabajan en la obra o en las oficinas y yo en una fábrica textil. Obvio es decir que esta ideología de lo individual supone a las claras un retroceso en el sentimiento de solidaridad, cuya forma residual aparece cuando al compañero le deseamos lo mejor una vez lo han despedido, y un refuerzo del sentimiento de competición, pues luego le movemos la cola al jefe para agradecerle que no nos haya despedido a nosotros.

Deslegitimada la violencia por vía de lo marginal y neutralizado el sentimiento de solidaridad por vía de la competencia individual, la respuesta ante los recortes sociales se ve considerablemente mermada. Sobre todo teniendo en cuenta también de que los sindicatos mayoritarios y la izquierda socialdemócrata potenciaron, fomentaron y participaron en el diseño de ese WAY OF LIFE para el trabajador democrático moderno, y utilizaron su poder de convocatoria como una mera escenificación de pataletas, cuyo balance global ha sido el de hacer pasar con vaselina los recortes auspiciados por el capital.

Con estos antecedentes llegamos al actual ambiente de recortes y amenazas de huelga general que recorre Europa. Una vez más el sistema ofrece su solución. Los trabajadores se encuentran de nuevo en la encrucijada y es evidente que no se puede confiar en los azuzadores oficiales, los cuales son la quinta columna del capital con sus manifestaciones lúdico-festivas. Por todo esto, es necesaria una ruptura, y esta ruptura pasa por la convocatoria de movilizaciones ofensivas, que demuestren que los trabajadores siguen siendo una fuerza y no una mera suma de individuos reunidos para tocar la pandereta. Es necesario convencernos de que si hemos vuelto al siglo XIX debemos actuar como en el siglo XIX. Hay que convencer a los trabajadores de volver a la radicalidad, a la raíz. Hay que convencerles de que el compañero no es un competidor, de que nunca lo ha sido, antes al contrario, pues todos compartimos destino y pese a las mentiras y los cuentos que hasta ahora nos habíamos creído, siempre hemos estado juntos en esto. En este sentido hay que realizar una labor de convencimiento de la radicalidad. Hay que recuperar la conciencia de un enfrentamiento que muestre a las claras que no estamos dispuestos a perpetuar el engaño, que el tiempo de las mentiras se ha acabado y que llega el momento de la verdad, el momento de decir basta, el momento de recuperar la calle, la ofensiva, el momento de acabar con ese espejismo que ha sido la paz social. Venida la crisis económica hay que forzar ahora la crisis del trabajador democrático moderno y reencontrarnos con la simpleza del trabajador, esa simpleza que nos iguala y que nos sitúa, a todos sin excepción, en la misma situación de desamparo.

Toda huelga que no se desmarque del sistema que ampara a la figura del trabajador democrático moderno, solo será una repetición de un crimen que ya dura demasiado tiempo. Si se deja pasar esta oportunidad de volver a reencontrarnos, la próxima vez nos pedirán que pongamos el culo mientras se jactan de que la vaselina se ha terminado (2), lo cual será el síntoma de que la última parcela de poder que nos queda se habrá esfumado.

1, http://www.eleconomista.es/opinion-...

2, Pido disculpas por el lenguaje soez, pero me parece una imagen muy válida de lo que nos está ocurriendo.

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