Casi siempre que he tratado de manifestar mi opinión sobre el tema de los malos tratos a la mujer, sobre todo de forma oral pero también por escrito, me he encontrado con los mismo argumentos cuando quieren rebatirme. Incluso ante el dato espeluznante de más de cincuenta mujeres muertas este año por esa causa -algo equivalente a un atentado terrorista de gran envergadura o un gran accidente como el del metro de Valencia- son capaces algunas personas de hacer comparaciones tan odiosas como que también muchos hombres son maltratados de manera psicológica por muchas mujeres -como si los hombres no utilizasen también ese arma de coacción-, o con razonamientos tan absurdos como que en muchos casos es la ley que otorga a la mujer más ventajas económicas que al hombre a la hora del reparto de bienes comunes tras la separación la mayor culpable de que a veces el marido, acosado por la ambición de la esposa o compañera sentimental, se vea obligado a utilizar la violencia contra ella como último recurso. ¿Podría ser un determinante añadido para que el marido se sienta más violento? Podría serlo, pero seguramente una causa muy aislada ante un juez un tanto injusto y un marido de tendencia ya violenta. Lo que no aceptó bajo ninguna argumentación es que por lo que quizá algunos y algunas consideran un fallo legal, la mujer beneficiada se merezca que la condenen a la pena de muerte. Además, no todas las mujeres asesinadas por sus compañeros sentimentales en España han pasado por ese mismo proceso de separación, ni en todos los procesos son ellas las máximas beneficiadas. Conozco casos de separación y divorcio donde ellas han tenido que trabajar muy duro horas y horas para sacar adelante a sus hijos, ya que el ex esposo se negaba en rotundo a pagar la pensión impuesta por el juez. Lo que no conozco es que haya habido algún suceso en el que ellas hayan ido al piso donde reside el ex marido para matarlo a golpes, a navajazos o a empujarlo por la ventana. Con ello no quiero decir que no haya pasado, ni que todas las mujeres sean unas santas, sino que los datos están ahí y lo repito: cincuenta y cuatro mujeres muertas este año, sólo en España, a manos de quien se supone es la persona que más las quiere. ¿Cuántos hombres han muerto en esa misma situación este año? Quizá la prensa sea también feminista como yo y lance al mercado de la noticia algo que está muy de moda, opinarán algunos, y por supuesto, también algunas. Tampoco quiero decir con esto que deba de haber la misma cantidad de hombres muertos a manos de sus compañeras sentimentales para que la cosa se equilibre y este problema quede zanjado. Pues no hay motivos ni justificaciones suficientes, nunca, para quitarle la vida a otra persona, sea quien sea. Eso es un principio que como ser humano aprendí y asumí desde que tuve uso de razón. Quizá la victima de un asesinato marital no supo evadirse a tiempo de las garras de su asesino y tal vez consintió los malos tratos hasta el último momento, pero sólo es culpable de no haber sabido controlar sus miedos ante alguien que la domina -o lo domina-, de nada más. No se trata aquí de hacer comparaciones absurdas que no conducen a ninguna parte. De lo que se trata es de tomar conciencia de unos hechos muy graves que ocurren muy a menudo, más a menudo de lo que parece, pues no todos los malos tratos a mujeres salen en los medios de comunicación.
Yo creo que el argumento más claro para descubrir una respuesta a estos asesinatos conyugales lo encontramos en una forma de comportamiento basado en una supuesta moral que muchas personas -hombres o mujeres- asumimos desde la infancia como algo lógico e inevitable: la dominación de la hembra. Es esa forma de pensar sobre la posesión de la mujer que se denomina machismo, algo que ha prevalecido en nuestro comportamiento a lo largo de muchos siglos, y aunque nunca queramos aceptar que lo ejercemos, muchas personas lo ponen en practica cuando consiguen un “sí quiero” de la persona que supuestamente lo ama o la ama. Con ese “sí” se creen ya poseedores o poseedoras de todas o parte de las decisiones o voluntades que tome el amado o la amada. No quieren entender, tanto ellos como ellas, que nadie es propiedad de nadie y que cuando alguien decide acostarse con quien cree amar sólo lo hace porque en ese momento le apetece hacerlo y no por ello está obligado u obligada a permanecer fiel a esa persona por imposición -ni moral, ni legal, ni religiosa- durante el resto de su vida.
Sobre esta misma línea nos vamos adentrando ya en esa causa que va a determinar que aparezcan los primeros malos tratos, quizá de índole sólo psicológica pero que poco a poco se van afianzado en ordenes y amenazas hasta llegar a los primeros golpes físicos. Para que esto suceda seguramente la mujer -pues repito que en la mayoría de las situaciones es ella la victima de los malos tratos- empezará a dejar de mostrarse sumisa y obediente con su marido y se atreverá a decir que no en ciertas cuestiones como la practica del sexo, algo que el esposo no querrá nunca asumir como una decisión coherente de alguien que siempre le dijo que sí a todo, que duerme a su lado todas las noches y de quien ya cree conocer sus secretos más íntimos. ¿Pero es siempre el sexo la causa principal que mueve los hilos del maltrato del marido hacia a la esposa? No creo que sea la única, pues a veces son otras negativas tan simples como no haber terminado a tiempo de hacerle la comida, no haberle planchado una camisa o sencillamente no traerle la cerveza de la nevera mientras él ve un partido de fútbol. Pues en muchos matrimonios ya ni siquiera es el sexo el aliciente que el marido necesita para retener a su lado a la esposa, sino el hecho de que a ella la puede utilizar como una criada, mucho más barata que cualquiera de las sirvientas a las tan sólo podría contratar unas cuantas horas para poder pagarles. Su esposa está disponible todo el día, para lo que el señor desee.
Me dijo una amiga que actualmente la sociedad está cambiando en ese sentido, y que ya son muchos hombres los que van aceptando realizar algunas de las faenas del hogar, pues siempre que los dos miembros de la pareja trabajen fuera de casa, les corresponde a ambos hacerlas. Yo sé que eso es verdad en muchos matrimonios, pues lo he visto con mis propios ojos entre mis amigos, y hasta en mi propia familia, pues mi padre siempre ayudó a mi madre en esas tareas cuando tenía tiempo de hacerlo. Lo que ocurre es que el problema sobre el mantenimiento de una buena forma de compartir una vida en común -la convivencia- no radica sólo en detalles tan nimios, ya que una cosa es la fachada de un edificio -lo que queremos aparentar- y otra muy distinta su parte interior. El machismo es una costumbre que se afianza en muchos siglos de practica en la que la mujer ha sido siempre una de sus victimas, pero también muchos hombres lo somos porque muchas mujeres no quieren asumir que no por el hecho de que seamos machos hemos de demostrar ciertas actitudes celosas cada vez que nos atrevamos a seducirlas. No es más hombre el que más sabe imponerse sobre los demás conquistadores y luego controla como un guardián desconfiado que nadie mire, ni hable, ni roce a su novia, esposa o amante. Pues el amor hacia la persona que nos gusta no debe de estar basado nunca en la posesión de las voluntades de esa persona, aislándola en una burbuja impenetrable, sino en tener confianza y en saber compartir aquello que ambos desean realizar sin ningún tipo de coacción o compromiso. La libertad del hombre y de la mujer a la hora de decidir con quien se acuesta debe de estar regulada tan solo por la voluntad personal de cada individuo, todo lo demás es esclavitud.
Mariano Martínez luque
simbióticas